Archivos en el mes de June del 2011

Sábado, 25 de Junio de 2011

Entrevista con Glenys Alvarez

Me complace presentarles la primera (espero de muchas) entrevistas con algunas personalidades del ciberespacio ateo. La idea de estas entrevistas es que conozcamos un poco más de quienes han ayudado al ateísmo a salir del closet mediante una lucha, muchas veces sin retribución económica, y a través de argumentos racionales, invirtiendo su tiempo y recursos en tratar de quitar la venda del

Viernes, 24 de Junio de 2011

Entrevista con Glenys Alvarez

Jueves, 23 de Junio de 2011

La historia de la ciencia ha sido la de intentar vencer a la religión paso a paso: Richard Dawkins

Richard Dawkins se encuentra en Tenerife, España, participando del Starmus Festival que se celebra estos días para conmemorar el aniversario del viaje de Yuri Gagarin. Junto con Dawkins se encuentra el premio Nobel de Física Jack Szostak y el astrónomo Robert Williams, presidente de la Unión Astronómica Internacional, entre otros científicos.

Exobiología y religión

Fuente: Público.es

Dawkins llegó para impartir una conferencia titulada Exobiología y religión y para explicar su visión de la evolución y la posibilidad de vida en otros mundos. Como en las antiguas ágoras, en esta reunión única de astronautas, astrónomos, biólogos y premios Nobel vale discutir todo, desde las bases biológicas del pensamiento religioso al aspecto que tendrán los humanos tras millones de años de evolución o la posibilidad de que los primeros colonos en ciertos planetas desarrollen “largas piernas como arañas” debido a las condiciones de su nuevo hogar, como especuló Dawkins después de haber puesto en su sitio a la religión.

“La religión sólo existe como parte de la psicología humana, porque a veces estamos tentados de postular un supuesto diseño para cosas que son complicadas”, dijo Dawkins,conocido por sus críticas contra el creacionismo. Y aunque reconoció que la perfección de la vida en la forma de un ala, una pierna o un ojo “pueden llevar a ver un espejismo de diseño, el único propósito de la teoría de la evolución por selección natural de Darwin es desechar que haya diseño inteligente”, señaló.

En su visión del mundo sólo hay una progresión hacia la complejidad basada en el ADN y la selección natural. “La historia de la ciencia ha sido la de intentar vencer a la religión paso a paso”, resumió.

Autor de libros como El gen egoísta o El espejismo de Dios, Dawkins ve al hombre como una “máquina de genes”, pero, ¿es Dios un gen? “No creo que haya un gen que haga creer en Dios, pero sí genes que predispongan a hacerlo en el contexto adecuado”, señaló. “La familia de Bach probablemente tenía genes que produjeron su habilidad musical. Pero en otro contexto, los mismos genes pueden hacer otra cosa”, opinó. La mejor forma de encontrar esos genes es analizar a los gemelos idénticos, aquellos que surgen de un solo óvulo y tienen el mismo ADN. “Algunos trabajos ya han mostrado que estos gemelos tienden a tener las mismas orientaciones religiosas”, explicó.

Vida extraterrestre

Fuente: Público.es

Por los pasillos del hotel donde se celebra Starmus resonaba también la pregunta de si estamos solos en el universo. Para Dawkins, el Cosmos está infestado de vida, pero repartida en “islas”. “El número de estrellas es grande, pero la islas están tan diseminadas que podría ser que nos quedemos muy solos y a la vez seamos muy numerosos”, aventuró.

La jaula que impone esa soledad la explicó Albert Einstein. El científico fue el primero en demostrar que nada puede viajar más rápido que la luz (o una onda de radio) que recorre 300.000 kilómetros por segundo. Para cruzar la Vía Láctea, habría que viajar 100.000 años a esa velocidad. Dawkins señaló que los esfuerzos del hombre para intentar captar señales de radio de otras civilizaciones en proyectos como SETI “merecen mucho la pena”, pero reconoció su desencanto. “Es muy improbable que obtengamos respuesta y nunca tendremos una conversación”, concluyó.

Creación de vida artificial

Fuente: El mundo.es

Jack Szostack, Nobel en 2009 por su trabajo sobre telómeros, y ahora centrado en la creación de vida artificial, reconocía que “aún no se conoce” como conseguirlo. “Nos falta saber cómo las membranas de las células se abren y se cierran, cómo se dividen. Los científicos nos afanamos en comprender esos procesos sencillos que llevan a la química y la biología planetaria, pero aún no lo hemos conseguido”. Reconoce que cuando empezó con estos experimentos pensaba que tardarían 20 años en lograr generar un sistema biológico. “Ahora pienso lo mismo, que pasarán 20 años y puede que entonces conteste igual”, afirma.

En todo caso, es un misterio en el que él tampoco ve la mano de Dios. “Si la gente entendiera que hay que buscar respuestas a lo que no sabemos, el mundo sería mejor”, asegura.

Así lo cree también Williams, para quien los científicos tienen el deber “dar explicaciones contra las supersticiones”. De hecho, aventuró que en 200 años, al ritmo de hallazgos actual, “podremos llegar a tener información de lo que había antes del Big Bang”, uno de los grandes misterios actuales.

Sobre la vida en la Tierra, está convencido de que “el sistema es robusto” y aunque la especie humana no sobreviva, “alguna forma de vida si lo hará y puede que llegue a evolucionar hacia la inteligencia humana, aunque no sé si a tener nuestra conciencia”.

Pastor bautista, acusado de doble moral, recibe una gran suma de dinero durante su sermón

El pastor Eddie Long, dirigente de la Iglesia Bautista misionera del Nuevo Nacimiento, una mega-iglesia con sede en Atlanta, EE.UU. recibió sorpresivamente un gran fajo de billetes a inicios de junio de 2011, por una mujer que interrumpió su prédica.

El pastor, también llamado obispo Long, se detuvo abruptamente, e irónicamente, dijo: “lo que necesito”. Seguidamente Long, quien se mostró sorprendido por el regalo, afirmó que “manifiestas son las señales, maravillas y milagros del Señor”

Mientras esto ocurría la congregación aplaudía, y algunas personas se conmovieron hasta las lagrimas. El pastor aprovechó el entusiasmo para hacer un pedido por más dinero: “Eso es sólo el primer fruto, veo a todo el mundo que traen algo al altar. Rápido, rápido, deprisa”, decía Long muy emocionado mientras sostenía el abultado fajo de dólares en sus manos.

Las prédicas del destacado pastor tienen una teleaudiencia en la República Dominicana a través de un canal religioso que tiene como difusión principal la doctrina de la prosperidad este medio es Enlace Televisión, que está en los sistemas de cables de muchos países.

Cabe preguntarnos ¿Cuánto de este dinero irá para sembrar arboles y contrarrestar el calentamiento global? Nada seguramente. Ni un solo centavo de este fajo dará un plato de comida a un necesitado, ni apoyará a una familia victima de un desastre natural, ni ayudará a educar a una mujer en Afganistán.

En EE.UU. y muchas partes de Latinoamérica las iglesias cuentan como beneficio especial estar exentas de pagar impuestos ni mostrar informes de sus ingresos, razón por la que muchos pastores han visto incrementar sus activos.

Polémico pastor

Eddie Long se convirtió en pastor de la Iglesia Bautista Misionera del Nuevo Nacimiento en 1987 cuando la iglesia tenía 300 miembros. Después creció hasta tener 2.000 en menos de un año y hoy se encuentra en un campus de 240 acres.

El popular y carismático pastor es conocido por negarse al reconocimiento de derechos para los gays, reservando el matrimonio solo para heterosexuales. En 2004 encabezó una manifestación por el centro de Atlanta para oponerse al matrimonio civil para homosexuales. Pero, a pesar de su activismo homófobo el pastor Long tiene acusaciones de llevar una doble vida, atrayendo jovencitos para tener sexo a cambio de dinero, autos y joyas.

El escándalo se conoció a finales de 2010, pero en mayo del 2011 el abogado del pastor Long anunció, sin dar mayores detalles, que el caso no irá a juicio tras haber “llegado a un acuerdo entre las partes”.

Maurice Robinson de 20 años, Anthony Flagg de 21 y Jamal Parris de 23, afirman que todo inicó cuando la iglesia los vinculó en el programa de tutoría que Long dirigía en el «New Birth» para chicos de 13 a 18 años. Los chicos estaban comprometidos en la «Long Fellows Youth Academy» (Academia de jóvenes becarios), conocidos como «Hijos Espirituales» y, presuntamente, acompañaban al pastor en viajes tanto dentro como fuera de EE.UU.

Los demandantes exponen que el pastor Long los llevó en varios viajes a diversos destinos nacionales e internacionales, compartiendo con ellos la habitación y haciéndoles tomar parte de actos sexuales. Los tres jóvenes afirman que Long les hizo regalos espléndidos –que van desde coches hasta la matrícula universitaria- para poder tener sexo con ellos, y que incluso el pastor hizo que ellos hicieran parte de la nómina de la iglesia.

La abogada de Atlanta, B.J. Bernstein, que representa a Parris, Flagg y Robinson, dijo que cuando Robinson empezó a hablar con otros sobre su experiencia con Long, «se dio cuenta de que no era el único», informó la CNN.

«Te digo que estas fuertes y brutales acusaciones son ciertas», dijo Bernstein. «El tiene relaciones varias veces, en diferentes lugares y con quien quiere». Bernstein dijo que les había dicho a Flagg y Robinson que serían «crucificados» por hacer estas acusaciones contra Long, «y ellos solamente dijeron: tenemos que hacerlo porque sabemos que hay otros», según informó la CNN.

En momentos del escándalo, el pastor Long dijo que las acusaciones eran contra él y toda su feligresía (¿acaso todo su rebaño también estaba acusado de asediar sexualmente a los tres jóvenes?). Long calificó las acusaciones de «Desagradables cargos» que le habían hecho a él y a sus 25.000 miembros de la Iglesia Bautista Misionera del Nuevo Nacimiento eran falsos. «He dedicado toda mi vida a ayudar a otras personas, y estas acusaciones falsas me hieren profundamente, pero mi fe es fuerte y la verdad saldrá a la luz» dijo entonces.

Cabe preguntarse si en realidad la luz saldría al final, porque el pastor decidió cerrar la boca a los demandantes con dinero. ¿O acaso el trato que hizo con los demandantes fue darles Biblias nuevas para no ir a juicio?

En momentos en que el pastor viene de pagar una enorme suma (aún no se conoce el acuerdo al que llegó con sus demandantes) es sin duda todo un “milagro” que una feligrés haya dado tan jugosa ofrenda al pastor de la Iglesia Misionera del Nuevo Nacimiento.

¿No dicen amen hermanos?

Les dejo el video del momento de la ofrenda:

La biblioteca de Darwin al alcance de tu ratón

Darwin fue un ávido lector, es de sobra conocido que obras como los Principios de Geología de Charles Lyell o Ensayo sobre el principio de la población de Thomas Malthus, influyeron en el desarrollo de la teoría de la evolución de Charles Darwin. Pero, ¿qué pensaba Darwin mientras leía esas y otras obras? La verdad es que Darwin solía realizar anotaciones en los bordes y en los pies de páginas. Leyendo esas anotaciones podemos ver como fue cambiando su pensamiento, en cierto modo, podemos asistir, al menos en parte, a cómo fue la génesis de la teoría de la evolución en la cabeza de su desarrollador.

La Biodiversity Heritage Library es un proyecto con la intención de poner en la web toda la información de la historia natural. En dicho proyecto se encuentran digitalizados 330 libros donde Darwin realizo anotaciones. Es una oportunidad única para entrar en la cabeza de un grandisimo genio.

vía ScienceNow

Ismael Pérez Fernández.

Hace tres años

Nunca le echaremos de menos lo suficiente. Nunca.


Miercoles, 22 de Junio de 2011

Siete nuevas especies de mamíferos en Filipinas

La lista de mamíferos de la isla de Luzón pasa de 42 a 49 especies. Un lugar fascinante con la mayor concentración de especies únicas de animales del mundo

Redacción

Un grupo de biólogos estadounidenses y filipinos han descubierto siete especies previamente desconocidas de mamíferos en Filipinas, incrementando de golpe la lista de mamíferos de la isla de Luzón en un 17 por ciento, al pasar de de 42 a 49.

La descripción formal de las siete especies, todas miembros del género Apomys, han sido publicas en la revista Fieldiana, editada por el Museo Field, que impulsa este proyecto. Entre los nueve coautores se incluyen a biólogos de la Universidad de Filipinas, el Museo Nacional de Filipinas, Conservación Internacional-Filipinas, El Museo de Historia Natural de Utah y la Universidad del Estado de Florida.

Todas las especies son ratones del bosque, y cada especie sólo vive en una pequeña parte de Luzón. Según el doctor Lawrence Heaney del Museo Field, director del proyecto y autor principal de la publicación, “estos son maravillosos pequeños ratones que viven en las regiones boscosas en las montañas. A pesar de que a menudo son abundantes, evitan activamente a los seres humanos y rara vez causan daño. Prefieren comer lombrices de tierra y semillas en el suelo del bosque”.

Dos de las nuevas especies sólo viven en el Monte Tapulao (una de ellas, Apomys brownorum, se muestra en la imagen) otras dos en el Monte Banahaw, al sur de Manila; otras dos en las montañas de Mingan, de la provincia de Aurora, y la restante en la Sierra Madre del noreste de Luzón, informa Science Daily.

“Es extraordinario que tantas especies nuevas de mamíferos aún no se hubieran descubierto en las Filipinas”, dijo Danilo Balete, líder del equipo de campo del proyecto. “En los últimos 10 años hemos publicado descripciones formales de otras 10 especies, y otros biólogos han descrito otras cinco. Y no estamos ni siquiera cerca del final de nuestros descubrimientos. Filipinas puede tener la mayor concentración de especies únicas de animales de cualquier país del mundo”.

Foto de Velizar Simeonovski para The Field Museum. Visto en Europa Press.


120 curas de Madrid censuran el coste de la visita del Papa

Firman una carta titulada Los Mecenas de Rouco en la que critican la alianza entre la Iglesia y el poder económico para financiar la Jornada de la Juventud.

Redacción

El llamado Foro de Curas de Madrid, que forman 120 sacerdotes que trabajan en algunas de las parroquias más pobres de la región como las situadas en Vallecas, Canillas, la Cañada Real, critica en un documento público titulado Los Mecenas de Rouco la alianza entre el Arzobispado de Madrid y el poder económico y político para financiar la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará del 15 al 22 de agosto en la capital.

Estos sacerdotes, que crearon en 2008 este foro para expresar su voz crítica dentro de la Iglesia, no se oponen a la visita de Benedicto XVI ni a la Jornada de la Juventud, sino a “cómo se hace, cómo se ha organizado y cómo se están financiando los fastos”. Así, el documento denuncia el “escándalo social” que supone el alto coste del viaje en plena crisis económica, lamenta que el “pacto con las fuerzas económicas y políticas refuerza la imagen de la Iglesia como institución privilegiada y cercana al poder” y echa en falta que no se haya tenido en cuenta a la Iglesia de base y a las parroquias para una cita basada en el “boato” y alejada de la humildad y la sencillez del mensaje de Jesús.

Sus críticas se centran en la alianza entre el cardenal de Madrid y las grandes empresas del Ibex 35 como Iberdrola, Banco Santander, BBVA, Sacyr Vallehermoso, Telefónica o Endesa que, a través de la Fundación Madrid Vivo, colaboran en la Jornada Mundial de la Juventud. A su juicio, es un “escándalo” comparar la “facilidad con que los poderes públicos financian este acontecimiento” al tiempo que hacen “tantos recortes en recursos económicos y en derechos sociales como se está exigiendo a la mayoría de los ciudadanos”.

Los firmantes de la misiva, que han enviado al cardenal Antonio María Rouco Varela, censuran el alto coste de la Jornada, cifrado en 50 millones de euros, y recuerdan que el patrocinio de la cita proviene de un poder económico responsable en buena medida de la crisis y que estas grandes empresas obtienen importantes beneficios fiscales a cambio de esa colaboración. Estas grandes empresas, además, están haciendo “buenos negocios en medio de la crisis a costa de los ciudadanos” y de los desahucios por impago de hipotecas. A su juicio, la cita, planteada así, se aleja de la humildad y sencillez del mensaje de Jesús.

Los integrantes del Foro de Curas de Madrid subraya que no se ha tenido en cuenta a la Iglesia de base y a las parroquias madrileñas de cara a esta visita, salvo para cuestiones prácticas de alojamiento y cesión de aseos y duchas. Ante este olvido, reivindican su derecho a ser escuchados porque, según dicen, la opinión de la Jerarquía no es la única en la Iglesia madrileña ni representa el sentir de todos los cristianos. Entre estos 120 párrocos (todo Madrid tiene unos 2.000) hay curas obreros e intelectuales y son muy activos en las asambleas de redes cristianas.

Estas críticas se suman a las de los sindicatos, que se han quejado de que el viaje obligará a quedarse sin vacaciones a muchos funcionarios para que 275 institutos permanezcan abiertos esos días de agosto con el fin de acoger a peregrinos. Los sindicatos piden, además, que el Arzobispado de Madrid corra con los gastos de estas instalaciones.

Foto de Gorka Lejarcegi. Visto en El País.


Con todos ustedes ¡los expertos!

Martes, 21 de Junio de 2011

La economía de la discriminación 8

La ventaja comparativa de las mujeres en las tareas domésticas se ha tomado como punto de partida para el análisis anterior de la entrada anterior de esta serie en términos de inversión en capital humano. No tendrá las mismas implicaciones para las políticas en favor de la igualdad entre los sexos el hecho de que esta decisión se haya tomado de manera voluntaria o involuntaria.
Hay, al menos, tres maneras en las que esta especialización puede haberse realizado de manera involuntaria. La primera y más obvia se debe a las diferencias biológicas entre los sexos. El hecho de que la maternidad y la alimentación del recién nacido (en una de sus opciones) estén determinadas biológicamente constituye una fuente innata de ventaja comparativa en ciertas labores que se realizan fuera del mercado de trabajo. Una segunda se refiere a las decisiones tomadas durante la minoría de edad de las mujeres. Por una parte hay decisiones no tomadas por ellas mismas, como es el tipo de educación a la que son expuestas en la infancia. Por otra parte las mujeres adultas deben estar protegidas de decisiones tomadas en épocas tempranas, cuando las preferencias de los niños sobre ciertas materias no se consideran relevantes por chocar con las preferencias del yo-adulto, que son las que deben ser respetadas. En la medida que estas decisiones no concuerden con las que hubiera tomado la mujer con sus preferencias de adulta sobre su educación, (o en la medida que esta diferencia sea mayor que para el caso de los hombres), las condiciones iniciales de cara a seguir una carrera profesional pueden ser desventajosas (de manera involuntaria) para las mujeres. Éste sería un caso de discriminación, incluso entendida en su sentido más estricto.
Una tercera causa de especialización involuntaria se puede encontrar apelando a fallos de información sobre las alternativas reales presentes y futuras. Por ejemplo, si los cambios sociales favorables a la integración de las mujeres en el mercado de trabajo, o la disponibilidad de bienes y servicios que faciliten las tareas domésticas no son correctamente anticipados en su magnitud o en la rapidez de su desarrollo, las mujeres que hayan decidido una menor inversión en capital humano orientado al mercado se encontrarán en una situación ex-post muy desfavorable. No es inmediato que el criterio de eficiencia implique que deban ser las mujeres las que paguen este tipo de errores de previsión (que pueden tener hombres y mujeres, pero que afectan más a las mujeres). Los miembros de la sociedad pueden ganar si se aseguran contra este tipo de eventualidades.

El ateísmo mixto

© Íñigo Ongay

Con el título «Ateísmo lógico», Alfonso Fernández Tresguerres nos ha ofrecido en el número 110 de El Catoblepas un trabajo en el que expone las razones que fundarían un juicio negativo respecto al problema de la existencia de Dios. Tresguerres estaría reconstruyendo allí una argumentación filosófica de signo ateo, no teísta pero tampoco meramente agnóstica, tendente a la negación más terminante de la existencia de Dios. Y ello tanto por motivos lógicos («ateísmo lógico») como por razones puramente factuales (pues es así que, según parece, de la incapacidad del teísta a la hora de demostrar la existencia de Dios, deberá concluirse, a la Hanson, que este simplemente no existe de hecho dado que, como ya se sabe, «el que afirma tiene que probar», &c.). Esto es; si a la incapacidad del teísta de probar sus asertos «en el terreno de los hechos» (algo que, adviértase, ya de suyo probaría la inexistencia de Dios) se suma el carácter contradictorio de la esencia divina (y es que, al fin de cuentas, Dios no es siquiera posible en el terreno de la lógica) se seguirá simplemente, tras la combinación de ambos tipos de argumentos «a la mayor gloria del ateísmo», que Dios no existe y ello por mucho que, tal y como le sucede a Tresguerres según «confesión de parte», estuviésemos encantados de que el Padre Eterno existiese a fin de no vivir en la finitud puesto que, apoyándonos en Unamuno, simplemente no nos da la gana de morirnos. Una vez semejante conclusión ha quedado bien aquilatada cabrá, sí, «respetar» las «creencias» del teísta (pues al fin y al cabo éste es muy libre de creer lo que estime oportuno incluso cuando se ampara en fideísmos del tipo «credo quia absurdum» de Tertuliano) siempre y cuando éste, a su vez, sea también capaz de ofrecernos un respeto semejante a los que, en nombre del «ateísmo lógico», «no creemos».
En este contexto, si nosotros, por nuestra parte, nos hemos decidido a «responder» a algunas partes de su ensayo es porque la idea misma de ateísmo desde la que él mismo razona en todo momento nos parece enteramente indefinida al menos si es verdad que el «ateísmo» (como en general todos los conceptos negativo-funcionales) se dice de muchas maneras. Ello, estimamos, será razón más que suficiente para tratar de «diagnosticar» la posición, sin duda que atea, de Tresguerres, sirviéndonos para ello de algunos de los delineamientos doctrinales expuestos por Gustavo Bueno en su libro La fe del ateo.
En efecto, tal y como Gustavo Bueno nos lo advierte en su libro, el término ateísmo, en cuanto que construido según una estructura funcional definida por el «alfa privativa», sólo alcanzará un sentido preciso al recortarse sobre los contenidos determinados que se nieguen en cada caso, con lo que ciertamente, no se podrá en modo alguno confundir la negación de la existencia de los dioses ónticos de los panteones politeístas griegos, romanos, fenicios, egipcios o cartagineses (ateísmo óntico) con la negación de la existencia del Dios metafísico de las religiones terciarias (ateísmo ontológico) como no será tampoco indiferente que la operación negar, contenida en el alfa privativa de referencia, aparezca como referida al Dios católico (ateísmo católico) o al Dios de Mahoma (ateísmo musulmán). Tampoco será igual, referir la negación a la existencia de Dios conservando su esencia o constitutivo formal (ateísmo existencial) que negar la esencia divina bien sea en alguno de sus componentes o atributos en el sentido del ateísmo esencial parcial (como lo hacen los deístas respecto de la providencia, razón por la que Voltaire pudo tipificarlos como «ateos corteses») bien sea en relación a la totalidad de la esencia de Dios (en el sentido del ateísmo esencial total según el cual, dejando enteramente al margen el problema de la existencia de Dios –problema que ahora, aparecerá como capcioso en su mismo planteamiento–, lo que propiamente no existe es la propia idea de Dios). En fin, tampoco será exactamente lo mismo el ateísmo privativo característico de tantos «ateos militantes» que necesitan definirse incesantemente en función de los propios contenidos negados (por ejemplo, apostatando u organizando «procesiones ateas» en plena semana santa católica, &c., pero también «echando de menos a Dios» suponemos que a la manera como también se echa de menos el «miembro fantasma») que el «ateísmo negativo» propio de aquellas personas que se desenvuelven al margen de Dios, &c.
Desde este punto de vista, nos apresuramos a manifestar nuestro acuerdo total con Tresguerres a la hora de señalar el error de diagnóstico de Enrique Tierno Galván. En efecto, si Tierno afirmaba que el «ateo no quiere que Dios exista» mientras que el «agnóstico se limita a no echar de menos a Dios conformándose con vivir la finitud», nosotros, procediendo desde las mallas clasificatorias que acabamos de resumir, interpretaríamos la postura propia de quienes en efecto «no quieren que exista Dios» como un «ateísmo privativo» (pues todos nos definimos a la postre por nuestros enemigos) mientras que, ciertamente, «no echar de menos a Dios» cuadraría más bien con el «ateísmo negativo» de signo más neutro. No entendemos en cambio demasiado bien lo que quiere decir Tresguerres cuando asegura que estaría encantado si Dios existiese, puesto que tal «confesión», por mucho que se ampare en la autoridad de don Miguel de Unamuno, no tendría mayor alcance, al menos si hemos entendido correctamente el núcleo de su «ateísmo lógico», que «desear» la existencia de un decaedro regular al que se comienza por considerar como un contrasentido geométrico a la luz de las leyes de Euler. No es que neguemos a Tresguerres su derecho a «no querer morirse», pero desde luego nos parece sorprendente que nuestro autor pueda declararse «encantado» ante la «existencia» de un conciencia egomórfica incorpórea e infinita que empezaría por hacer imposible la existencia del mundo, una conciencia por lo demás, de la que se predica a la vez la omnipotencia y la incapacidad de dotar a sus propias criaturas la virtud creadora, &c. Simplemente si la esencia divina es contradictoria, no cabrá ni «estar encantado» ni «afligirse» (muy literalmente, a la manera de Espinosa: ni reír ni llorar) ante la afirmación, ahora declarada como imposible, de su existencia.
Ahora bien, si la postura que Tierno enjareta al ateo es en realidad propia tan solo de una de las variedades de ateísmo, con lo que en efecto, la diferencia entre este y el agnosticismo no podría situarse donde Enrique Tierno Galván la hace residir, tampoco cabrá, según pensamos, limitarse a declarar que frente al escepticismo del agnóstico que, inconsecuentemente, retiraría el juicio de existencia, el ateo sostiene que Dios no existe (y menos aún rematar semejante declaración con un rotundo «así de simple»), y ello puesto que tal posición, sin perjuicio de que en efecto se coordine hasta identificarse con la postura propia del ateísmo existencial (en el que valdría situar a Hanson, cuyos argumentos parecen resultar tan caros a Tresguerres), no por ello se solidarizará con otras versiones del ateísmo que dirigieran su trituración no tanto a la «existencia» como a la «esencia» divina, o a algún componente especialmente significativo de la misma. Este, sin ir más lejos, sería el caso de argumentos tan clásicos como el de Epicuro al que Tresguerres se refiere, puesto que en lo referido al problema del mal, retirar la Bondad divina (si es que Dios ha podido evitar el mal pero no ha querido hacerlo) como negar su Omnipotencia (si es que Este ha querido evitarlo sin poderlo) no equivale sin más a destruir la totalidad de su constitutivo formal a la manera del ateísmo esencial total. Por las mismas razones cabría suponer, en la dirección de un ateísmo parcial por referencia al teísmo terciario, que Dios, aunque exista, no es omnipotente o no es bueno o simplemente no gobierna el mundo, &c., planteamientos todos ellos que nos pondrían muy cerca del deísmo o de concepciones como pueda serlo la del propio Epicuro con sus dioses de los Entremundos.

Pero a nuestro juicio, cuando de lo que se trata es de aquilatar lo que las diferentes variedades del ateísmo puedan dar de sí, es justamente el ateísmo existencial a la Hanson el que puede estimarse enfangado en un callejón sin salida. Y es que aunque nosotros desde nuestras propias premisas podamos sin duda aceptar con Tresguerres que «no hay experiencia alguna ni evidencia de ningún tipo que demuestre la existencia de Dios, ni tampoco argumento alguno capaz de hacerlo», ello, no se deberá tanto a que «Dios sólo exista como idea», tal y como el filósofo asturiano concluye de su crítica del argumento ontológico anselmiano, sino más bien, a que por el contrario «Dios no existe como idea», esto es, a que lo que ni existe ni puede existir es la misma idea de Dios que tanto el teísta como el ateo existencial (tanto San Anselmo como Santo Tomás, tanto Hanson o Richard Dawkins como Alfonso Fernández Tresguerres a lo largo de la mayor parte de su trabajo) proceden dando enteramente por supuesta.
Pero hay más. Y es que, si bien es cierto que, tal y como Tresguerres parece detectar con ojo clínico, las vías tomistas, sin perjuicio de poder recorrerse con total comodidad en la línea del regressus, hacen imposible todo progressus crítico al mundo del que se partió (y de ahí su formalismo metafísico), también se hará preciso reconocer, nos parece, que argumentos como el de San Anselmo no podrán en modo alguno desactivarse con objeciones del tipo «la existencia no es una perfección» como parece suponer Tresguerres (en la línea de Gaunilo, de Santo Tomás o incluso de Kant), puesto que no se trata tanto de que lo sea. De lo que se tratará en el fondo, y esto es algo que ni Santo Tomás ni Kant pudieron tomar debidamente en cuenta, es de que presupuesta la existencia de la idea de Dios como ser necesario (es decir, presupuesta la existencia de Dios como idea), resultará imposible (por contradictorio), proceder como lo hace el ateo existencial concluyendo que tal ser necesario es, sin embargo, sólo contingente (i. e., no necesario). Con ello, la cuestión no residirá tanto en determinar que «Dios no exista», a la manera como determinamos, por vía negativa, y tras un exhaustivo sumario empírico de los «hechos», que no existe el «monstruo del Lago Ness», puesto que Dios no es una esencia respecto de la cual la existencia aparezca como posible sin perjuicio de que pueda eventualmente negarse (como lo hace el ateo) en ausencia de pruebas, &c., &c. Simplemente si Dios es una esencia, esto es, si la idea de Dios figura como posible (composible) no ya en sí misma sino con respecto a los propios componentes que la integran así como en relación al mundus adspectabilis (si Dios es posible), entonces no quedará más remedio que reconocer inmediatamente, al menos si no se pretende incurrir en una contradicción, su existencia real (Dios es necesario) y ello porque la esencia de Dios, esto es su mismo constitutivo formal, tal y como el propio Santo Tomás se hizo cargo del asunto sin perjuicio de sus críticas a la prueba a priori, viene a coincidir con su Esse. Y la cuestión sigue siendo que si Él pudo decir a Moisés «soy el que soy», tal afirmación habrá que retraducirla, según todo el ciclo de la escolástica tomista, del siguiente modo: Dios es, en efecto, el ipsum esse subsistens.
Para decirlo de otro modo: si es verdad que el ateo (existencial) pero también el agnóstico razona como si resultase posible reconocer la idea de Dios al tiempo que se retira su existencia real, ello, al cabo, es algo que sólo podrá hacerse al precio de quedar vigorosamente enredado en la misma maquinaria del argumento ontológico (particularmente cuando este mismo se contempla desde la perspectiva de su reformulación modal a la manera de Leibniz) puesto que entonces, quien así procediese se verá forzado a afirmar de modo contradictorio que Dios es al mismo tiempo necesario e inexistente. Y ello, añadiríamos zambulléndose en el propio argumento ontológico que se pretendía destruir, sólo que ahora bajo la figura del «insensato» que la propia maquinaria argumentativa anselmiana reclama inexcusablemente. Para decirlo de otro modo: si el ateo –parece razonar el teísta–comienza declarando como existente la idea del Dios terciario (aunque sólo sea la de su idea, al modo de Tresguerres), entonces no podrá en modo alguno resistirse sin contradicción ante la conclusión, avasalladora, de que tal idea, a la que se reconoce como posible, implica a fortiori la existencia del Ens Necessarium.
Y es que justamente, a nuestro juicio no reside en otro lugar la misma inconsistencia del agnóstico. En efecto, no se tratará, como lo sostiene Tresguerres, de que este haya renunciado a exigirle tanto al teísta como al ateo «pruebas» tanto «en el ámbito de los hechos como en el de la lógica» ni tampoco, desde luego, de que no haya advertido que la ausencia de evidencias constituye evidencia de ausencia (algo en todo caso bien discutible, e incluso gratuito como principio lógico al menos cuando tomamos distancias de las consabidas argucias de abogado) puesto que la verdadera cuestión reside en que, argumentando ad hominem, cuando se comienza reconociendo la existencia de Dios como posible, no cabrá, tras ello, mantener por más tiempo que tal existencia es sin embargo, sólo problemática como si, por imposible, el ser necesario fuese contingente.
¿Quiere todo esto decir que podamos y debamos dar por buenas las conclusiones que tantos filósofos teístas (desde San Anselmo a Descartes, desde Duns Scoto a Malebranche o Malcom) han pretendido extraer de la prueba ontológica? No sin duda, puesto que sin perjuicio de reconocer al argumento el vigor de sus engranajes lógicos, siempre cabrá proceder en la dirección del ateísmo esencial total, «abriendo el proceso a la posibilidad de la esencia» para decirlo con la fórmula empleada por Gustavo Bueno en su libro El papel de la filosofía en el conjunto del saber, es decir, siempre será posible discurrir, a sensu contrario,concluyendo por modus tollens en lugar de modus ponens, que Dios es imposible. Y ello –esta es nos parece la cuestión– en virtud del mismo circuito argumental aducido en el Proslogio, sólo que leído ahora a a la inversa. Como señala Gustavo Bueno en su obra La fe del ateo:

«El ateísmo esencial (que no necesita mayores especificaciones, porque estas las reservamos para los casos del ateísmo esencial parcial, que sólo son ateísmos esenciales por relación a los teólogos que reconocen a esos atributos negados como integrantes del constitutivo formal de Dios) es la negación de la idea misma de Dios. El ateísmo esencial, en el sentido dicho de ateísmo esencial total, no niega propiamente a Dios, niega la idea misma de Dios, y con ello, por supuesto, niega el mismo argumento ontológico. Descartes o Leibniz, como es bien sabido, ya lo supusieron, al obligarse a anteponer a su argumento la «demostración» de que existía la idea de Dios, es decir, en la teoría de Leibniz, la demostración de que la idea de Dios era posible. Pero el ateísmo esencial impugna las pretendidas demostraciones de Descartes, Leibniz y otros muchos en la actualidad, de esta idea, y concluye que no tenemos idea de Dios clara y distinta, sino tan confusa que habría que considerarla como un mosaico de ideas incompatibles (si, por ejemplo, se considera incompatible la omnipotencia y la omnisciencia de Dios: si Dios es omnisciente, ¿cómo pudo tolerar, si fuera omnipotente, el Holocausto?), así como un mosaico de estas ideas con imágenes antropomórficas o zoomórficas («inteligente», «bondadoso», «arbitrario», «anciano»). La llamada «Idea de Dios», en su sentido ontológico, sería en realidad una pseudoidea, o una «paraidea» (a la manera como el llamado concepto de «decaedro regular» es en realidad un pseudoconcepto o un paraconcepto, es decir, para decirlo gramaticalmente, un término contrasentido).
Desde la perspectiva del ateísmo esencial, en la que por supuesto nosotros nos situamos, las preguntas habituales: «¿Existe Dios o no existe?», o bien: «¿Cómo puede usted demostrar que Dios no existe?», quedan dinamitadas en su mismo planteamiento, y con ello su condición capciosa. En efecto, cuando la pregunta se formula atendiendo a la existencia («¿Existe Dios?») se está muchas veces presuponiendo su esencia –o si se quiere, el sujeto gramatica= l, y no el predicado– (si la existencia se toma como predicado gramatical en la proposición: «Dios es existente»). Y, esto supuesto, es obvio que no es posible la inexistencia de Dios, sobre todo teniendo en cuenta que su existencia es su misma esencia; y dicho esto sin detenernos en sus consecuencias, principalmente en ésta: que quien niega la esencia de Dios está negando también la existencia, precisamente en virtud del mismo argumento ontológico que los teístas utilizan.» (Gustavo Bueno, La fe del ateo, Temas de Hoy, Madrid 2007, pág. 20.)

La llamada idea de Dios es en realidad una paraidea que no existe (no existe como idea) y de la que no se puede predicar ni la existencia ni la inexistencia puesto que ambas cosas, obsérvese, presupondrían por igual concebir a Dios como una esencia pensable y consistente la cual, eso sí, podrá declararse como inexistente de hecho, a la manera, efectivamente, de los duendes de Tresguerres. Pero la idea de Dios no puede existir y si se reconoce que puede (algo que desde luego el ateo existencial parece conceder implícitamente al exigir pruebas «en el terreno de los hechos») entonces Dios existe. Así de simple.
Sea de esto lo que sea, nosotros sin duda no pretendemos (entiéndase esto bien) que Alfonso Tresguerres ignore absolutamente estos planteamientos o que los haya pasado enteramente por alto a la hora de componer su trabajo. Al contrario, justamente los asertos en los que funda su «ateísmo lógico» se coordinan, nos parece, de manera bastante aproximada con los contenidos mismos de lo que Gustavo Bueno denomina «ateísmo esencial total». Así, sin ir más lejos, el profesor ovetense demuestra con total limpieza geométrica que los atributos de la «perfección» y de la «omnipotencia» que la tradición ha venido asignando al Acto Puro resultan sencillamente incompatibles entre sí. Creemos en efecto, que tal argumento, junto con otros muchos que podrían mencionarse (véase al respecto el extraordinario artículo de Javier Pérez Jara, «Materia y racionalidad. Sobre la inexistencia de la idea de Dios», en El Basilisco, nº 36, 2005), representan pruebas suficientemente poderosas para avalar conclusiones como estas, extraída por el mismo Tresguerres:

«La idea de Dios es, así, lógicamente contradictoria y denota la Idea de un ser imposible. Es falso, pues, que existe algún A que es B, un ser que es Dios, puesto que es verdad que Ningún A es B, ningún ser es Dios, dada la imposibilidad de la esencia designada por B, es decir, por la Idea de Dios. En consecuencia, la proposición «Dios existe» es falsa y la que sostiene que Dios no existe es necesariamente verdadera. Decía Leibniz (Monadología, & 45) que si Dios es posible, existe. Pues bien si Dios no es posible, no existe. Y no es posible. Luego no existe. Tal es en esencia, lo que sostiene el ateísmo lógico.»

Tal es, en efecto, lo que sostiene el «ateísmo esencial total». Pero si ello es así (como ciertamente nos parece que lo es), no entendemos que digamos demasiado bien qué es lo que quiere decir Tresguerres cuando procede, diríamos, componiendo acumulativamente este planteamiento con las «argucias de abogado» propias del «ateísmo existencial». De hecho, Tresguerres, sostiene en repetidas ocasiones a lo largo de su texto (y también en otros, véase al respecto por ejemplo «Dios en la filosofía de la religión de Gustavo Bueno», publicado en El Catoblepas, nº 20, 2003, pero también su contribución al manual Filosofía de primero curso de Bachillerato editado por la editorial ovetense Eikasía), que el ateo no debería renunciar del todo a argumentos como los de Hanson, &c., &c.
Ahora bien, la cuestión es que una tal acumulación argumental, muy lejos de vigorizar la conclusión que Fernández Tresguerres parece extraer cuando razona como un ateo esencial (la idea de Dios no existe porque es contradictoria) conduce su razonamiento en la dirección de una suerte de «ateísmo mixto –esencial– existencial», y esto –esto es, semejante ateísmo «bifronte»– es lo que resulta, ahora sí, claramente inconsistente, o incluso, llevado al límite, contradictorio. De otro modo, al proceder acumulativamente según lo dicho, Tresguerres parecería estar reconociendo con una mano que Dios es imposible como idea, mientras que con la otra se concede que su esencia es pensable sin contradicción, aunque desde luego falsa al no existir Dios «de hecho» (y de otro modo no tendría ningún sentido exigir al teísta pruebas al respecto), con lo que, ahora, la proposición «Dios no existe» parecería estar tratándose de una manera análoga a enunciados tales como «el monstruo del Lago Ness no existe».
Pero esto es justamente lo que no puede hacerse. Por decirlo de otra manera, cuando ante el problema de la existencia de Dios, empezamos por pedir pruebas al que afirma, dando en consecuencia por descontado que «el que afirma» tiene una idea clara y distinta del «sujeto» al que atribuye el predicado gramatical «existe», entonces volvemos a comportarnos como el «insensato» de San Anselmo, quedando en consecuencia prisioneros de la potencia dialéctica del mismo argumento que, por otro lado, Tresguerres ha reconocido en su condición de «ateo esencial».
Ahora bien, así las cosas, no resulta sin duda nada fácil determinar las razones por las que Tresguerres ha considerado necesario enrocarse en una estrategia acumulativa tendente a combinar el «ateísmo esencial» («ateísmo lógico») con el «existencial» (el «ateísmo –diríamos, a falta de mejor rótulo– de abogado») sin parar mientes en que dicha yuxtaposición conduce a un verdadero callejón sin salida. Si no nos equivocamos demasiado por nuestra parte, creemos que estas razones, sean ellas mismas las que sean, estarían vinculadas a un equívoco en el que el profesor asturiano ha incurrido repetidamente a lo largo de su texto. Nos referimos a la constante división entre el terreno de los «hechos» y el ámbito de la «lógica», como dos perspectivas, al parecer duales, que según el autor de Los dioses olvidados cabe separar, sin perjuicio suponemos de sus entrecruzamientos &c., a la hora de analizar estas cuestiones. En estas condiciones, parecería (y de hecho así lo sugiere el propio Tresguerres en más de una ocasión) que, situado en el «terreno de los hechos», el ateo podrá proceder como un «coleccionista de hechos», limitándose, por vía empírica, a pedir al teísta que demuestre sus afirmaciones para concluir, en ausencia de evidencia, que Dios sencillamente no existe. Cuando nos situamos, empero, «en el terreno de la lógica», el ateo podrá sin duda «ir más lejos» (el sentido del ateísmo esencial), demostrando por su parte que Dios no puede existir al denotar su misma esencia la idea de un ser contradictorio.
Con ello, según parece dinamarse del sentido general de la argumentación, ambos tipos de ateísmo (esencial y existencial) se yuxtapondrían armónicamente, reforzándose mutuamente para desesperación del teísta que, acosado por ambos francos, no podrá sino reconocer que en efecto «Aquel» al que todos llaman Dios no existe y además es imposible.
Pues bien. A nosotros nos parece sin embargo que tal división jorismática entre los «hechos» y la «lógica» no es mucho más que una hipóstasis metafísica que resulta, principalmente, de ignorar que la «lógica», en su ejercicio, no es otra cosa que la propia concatenación de los propios «hechos» según sus ensortijamientos propios, y ello de tal suerte que estos mismos quedarían disueltos en tanto que hechos (es decir en su entretejimiento constitutivo) al margen de la lógica. Ello, a su vez, demuestra que el propio sintagma «ateísmo lógico», aunque se emplee como sinónimo de «ateísmo esencial», no dice nada, puesto que también el «ateísmo existencial» (por no mencionar otras especies del género «ateísmo», pero también de «agnosticismo» o incluso de «teísmo», posiciones todas ellas que resultaría evidentemente absurdo tipificar como «ilógicas» o «anti-lógicas») son igualmente «lógicas» como es «lógico», asimismo, el proceder del «coleccionista de hechos» al que se refiere Tresguerres. Si con «ateísmo lógico» se pretende aludir a la posición de quien afirma que la idea de Dios es contradictoria «en el terreno de la lógica» como contradistinto al de los hechos, esto mismo será decir muy poco o decir un contrasentido –y particularmente metafísico– pues ni siquiera es verdad que la Idea de Dios sea contradictoria en sí misma. La Idea de Dios, exactamente igual que la idea de un decaedro regular, al menos cuando razonamos fuera de las premisas de la propia teología natural, no es de suyo una idea simple que pueda suponerse como contradictoria «lógicamente» respecto de sí misma, sino un conglomerado muy complejo de términos plurales (omnisciencia, omnipotencia, providencia, aseidad, simplicidad, actualidad, infinitud, &c.) que resultan, ellos sí, incomponibles «de hecho» tanto mutuamente (y por eso la idea de Dios no puede componerse, esto es, no es posible) como con relación a la propia pluralidad de términos que componen el mundo en marcha (y por eso la idea de Dios no es compatible con un mundo al que anegaría si es que Dios es infinito) y ello, a la manera como también resultan incomponibles, según la lógica material ejercitada operatoriamente por la geometría sólida, las caras, las aristas y los vértices de un decaedro regular; mas no «al margen de los hechos», o, por razones meramente «lógicas» (al menos cuando estas se interpretan como desconectadas hipostáticamente de aquellos) sino contando con los hechos (geométricos) mismos, y a su través.
Y en efecto, esta es, nos parece, la razón principal por la que el ateísmo esencial ni siquiera entra a discutir la «existencia» de Dios como si su «esencia» pudiese darse, en cambio, por supuesta como esencia pensable, aun cuando sólo fuese para concluir que dicha «esencia» corresponde a la de un «ser imposible». Si este «ser» es, esencialmente, imposible será porque ni siquiera su idea puede componerse lógico-materialmente, entre otras cosas, porque no podrá coexistir con el mundo en marcha. Con ello, adviértase la radicalidad de la cuestión, ni siquiera decimos (desde el ateísmo esencial total) que el «creyente» o el «teísta» se equivoquen al atribuir «existencia real» a Dios (pues esto, representaría a la postre, un simple «error de identificación»), sino, más bien, que ni el «creyente» ni el «teísta» ni el «agnóstico» o el «ateo existencial» tienen una idea de Dios sobre cuya existencia real pudieran, eventualmente, mantener posiciones contradictorias. Simplemente sucede que el «teísta» no dice absolutamente nada (al menos etic) cuando afirma que Dios existe porque de hecho lo que no existe, salvo por el nombre, es la propia idea que San Anselmo creía percibir clara y distintamente «en su corazón».
Pero si nadie en absoluto tiene una idea clara y distinta de Dios y sí tan solo un mosaico incongruente de imágenes obtenidas de contextos mundanos muy diversos, ¿qué decir de la actitud de «respeto» que Tresguerres, acaso irónicamente claro está, pretende mantener sobre las «creencias» del teísta terciario? Ante todo esto: que tal «respeto», signifique lo que signifique psicológicamente, en modo alguno podrá dirigirse tanto a la propia fe del teísta en Dios Padre Omipotente, puesto que, para empezar, esta fe no existe como no existe la propia idea de Dios. De otro modo, la fe del creyente terciario no estaría, salvo emic, referida a Dios mismo, sino más bien a un conjunto de personas –finitas– o instituciones de las que la propia para-idea a la que «todos llaman Dios» habría derivado. Si con su «respeto», lo único que Tresguerres quiere decir es que en efecto «tolera» la fe (natural) de los «creyentes» católicos en las instituciones vinculadas con la Iglesia, no tendríamos desde luego nada que oponer ante semejante «actitud» salvo en lo que se refiere a su subjetivismo (aunque, eso sí, no podríamos menos que preguntarnos en todo caso de cuántas «divisiones acorazadas» dispone Tresguerres para dejar de «tolerarla»), pero en todo caso, repárese en esta circunstancia, no cabe, al menos desde las premisas del ateísmo esencial, «respetar» a los que «creen en Dios» por la sencilla razón de que en Dios, salvo que por imposible empecemos por considerarlo como una esencia componible, literalmente no cree nadie más que en el terreno de las apariencias. Todavía más confuso resultará, por los motivos dichos, «echar de menos a Dios» o manifestar que «se estaría encantado si Él existiese» (aunque a renglón seguido se reconozca que, desafortunadamente, esa esencia cuya existencia se considera como deseable, no corresponde a ningún ser real) puesto que ni Unamuno, ni Tresguerres ni yo mismo disponemos de una idea consistente sobre la que discutir.

Versión levemente resumida del artículo publicado originalmente en El Catoblepas.

Un espacio para dudar. Ateos, agnósticos, escépticos. Reflexión, ensayo, debate. Arte y literatura. Humanismo secular.

El espíritu científico del mundo islámico

Desde nuestra posición actual tendemos a pensar que cualquier avance científico que ha recibido la humanidad ha tenido su origen en nuestra civilización occidental. Es un hecho, en cambio, que el mundo islámico lideraba la ciencia mientras nuestra Europa se hallaba sumergida en la Edad Media.

Descarga o escucha el fichero MP3 o suscríbete al podcast, también en iTunes.

Jim Al-Khalili

Muchos occidentales deberían pensárselo dos veces antes de suponer que lo que llamamos ciencia moderna sólo empezó con Copérnico en el siglo XVI y que lo que llamamos método científico es una ocurrencia de Francis Bacon y René Descartes en el siglo XVII. Incluso aquellos que tienen un vago conocimiento de que el imperio islámico medieval vivió una era de oro mientras que occidente estaba sumergida en su Edad Media probablemente ven a los académicos de Bagdad, el Cairo o Córdoba como no más que renovadores del conocimiento griego, empeñados en pegarle una limpieza y prestárnoslo para nuestro Renacimiento europeo. La realidad es muy distinta.

Entre el siglo IX y el siglo XV, el idioma internacional de la ciencia era el árabe. Los académicos del mundo islámico (musulmanes, cristianos, judíos, paganos o agnósticos) contribuyeron a un espíritu racional que le dio al mundo el álgebra, la química y los fundamentos de la óptica. Los astrónomos persas y árabes nos dieron las teorías geométricas de la mecánica celeste, la base del modelo heliocéntrico de Copérnico. Los doctores árabes describieron la circulación de la sangre y el funcionamiento interno del ojo siglos antes de que los europeos se preocuparan por esos problemas. Pero el legado más importante de esta era de oro fue aproximarse a ellos basándose en evidencias.

Como científico, humanista y ateo estoy convencido de que el método científico, y el conocimiento que la humanidad ha obtenido de la ciencia, nos da algo más que “una forma de ver el mundo”. Una frase que oigo a menudo de labios de creyentes. No he sido, sin embargo, un apologista contra la religión. En parte porque crecí en un hogar con distintas creencias: un padre musulmán y una madre protestante cristiana. Así que para mí son naturales la tolerancia y el respeto mutuo, y extiendo esa tolerancia hacia la gente de fe, a pesar de mi firme convicción de que están equivocados.

Por desgracia, el mundo musulmán actual deberá recorrer un largo camino para recuperar ese espíritu racional, de hecho no pueden ni permitirse el lujo de acomodar un diálogo honesto y abierto sobre, por ejemplo, la evolución contra el creacionismo. Aquí es donde me distingo de otros humanistas y ateos. Creo que que remarcar esa incompatibilidad sobre ciencia y religión en el mundo islámico es contraproducente, y que es necesario tratar el tema de forma más sutil y tolerante.

La ciencia es un objetivo intelectual que no debería ser siervo de ninguna cultura. El lenguaje científico es común en todo el mundo. De ahí que intentar que el público se comprometa con los asuntos científicos (desde la evolución hasta la genética, pasando por la energía nuclear) debe ser un diálogo intercultural. Lo fascinante es que la universalidad de la ciencia sea una forma de unificar diferentes sociedades, religiones y culturas.

Recordarles a los musulmanes su propia herencia científica creo que les dará un orgullo cultural que necesitan en un momento en el que toda ayuda es poca para librarles de la intolerancia y el extremismo, y abrazar actitudes liberales e ilustradas. Y animarles a mantener el impulso donde hayan decidido levantarse y demandar libertad a sus gobernantes. Si la ciencia demuestra intolerancia hacia la religión, que nadie se sorprenda si recibe lo mismo.

Es un artículo de Jim Al-Khalili para New Humanist.


Elevando los niveles de seguridad nuclear en el mundo

El Organismo Internacional de la Energía Nuclear se reúne para tomar medidas internacionales que adecúen el nivel de seguridad de las centrales nucleares a los tiempos que corren, tras la catástrofe de Fukishima.

EFE

El Organismo Internacional de la Energía Nuclear (OIEA) comienza hoy una reunión en Viena de cinco días a la que se espera asistan representantes oficiales de más de 150 países, para intentar tomar medidas internacionales que eleven el nivel de seguridad, tras la catástrofe de Fukushima.

Los asistentes, entre ellos una treintena de ministros y secretarios de Estado, tienen mucho trabajo para intentar llegar a un acuerdo entre los participantes sobre cómo puede evitar accidentes en el futuro una acción internacional fuerte.

Antes del inicio de la reunión, algunos estados ya han manifestado su postura de que los detalles sobre la nueva regulación de seguridad se deje a los gobiernos interesados. Sin embargo, otros quieren que sea el OIEA el que marque las líneas maestras de actuación bajo la forma de una normativa internacional.

El desastre de Fukushima ha destapado una preocupación pública mundial sobre la seguridad nuclear. Alemania ha decidido apagar todos sus reactores en 2022 e Italia ha votado contra el plan de reactivar la energía nuclear.

La reunión discutirá también sobre el informe de la emergencia nuclear de Fukushima, que se hará público hoy durante la reunión. Algunas filtraciones apuntan a que las conclusiones establecen que Japón no siguió las líneas de actuación marcadas para responder a la crisis y que no aprendió de otros incidentes en el pasado, en plantas que están ubicadas en zonas con peligro de tsunami.

Eso sí, también se va a elogiar el trabajo duro y arriesgado que han realizado los trabajadores de la planta de Fukushima.

“Los operadores han hecho frente a un escenario catastrófico, de una emergencia sin precedentes y sin energía, sin control sobre el reactor y sin otros instrumentos”, se asegura en el informe de 160 páginas.

En total, unas 110.000 toneladas de agua se han acumulado durante estos esfuerzos para enfriar los reactores que se vieron afectados por el terremoto del 11 de marzo y el tsunami. El agua contaminada, con la que se podría llenar hasta 40 piscinas olímpicas, ha supuesto un riesgo al verterse al mar.

El accidente de Fukushima ha sido el mayor desastre nuclear del mundo tras el de Chernobyl (Ucrania) en 1986. El fuerte terremoto y el tsunami generado después provocó la muerte de más de 15.200 personas, mientras que casi 8.500 continúan desaparecidos.

Foto de Yukima Amano, director del OIEA por EFE. Visto en El Mundo.


En realidad Dios es como todos los jefes

Martes, 9 de Agosto de 2011

El ateísmo mixto



© Íñigo Ongay



Con el título «Ateísmo lógico», Alfonso Fernández Tresguerres nos ha ofrecido en el número 110 de El Catoblepas un trabajo en el que expone las razones que fundarían un juicio negativo respecto al problema de la existencia de Dios. Tresguerres estaría reconstruyendo allí una argumentación filosófica de signo ateo, no teísta pero tampoco meramente agnóstica, tendente a la negación más terminante de la existencia de Dios. Y ello tanto por motivos lógicos («ateísmo lógico») como por razones puramente factuales (pues es así que, según parece, de la incapacidad del teísta a la hora de demostrar la existencia de Dios, deberá concluirse, a la Hanson, que este simplemente no existe de hecho dado que, como ya se sabe, «el que afirma tiene que probar», &c.). Esto es; si a la incapacidad del teísta de probar sus asertos «en el terreno de los hechos» (algo que, adviértase, ya de suyo probaría la inexistencia de Dios) se suma el carácter contradictorio de la esencia divina (y es que, al fin de cuentas, Dios no es siquiera posible en el terreno de la lógica) se seguirá simplemente, tras la combinación de ambos tipos de argumentos «a la mayor gloria del ateísmo», que Dios no existe y ello por mucho que, tal y como le sucede a Tresguerres según «confesión de parte», estuviésemos encantados de que el Padre Eterno existiese a fin de no vivir en la finitud puesto que, apoyándonos en Unamuno, simplemente no nos da la gana de morirnos. Una vez semejante conclusión ha quedado bien aquilatada cabrá, sí, «respetar» las «creencias» del teísta (pues al fin y al cabo éste es muy libre de creer lo que estime oportuno incluso cuando se ampara en fideísmos del tipo «credo quia absurdum» de Tertuliano) siempre y cuando éste, a su vez, sea también capaz de ofrecernos un respeto semejante a los que, en nombre del «ateísmo lógico», «no creemos».
En este contexto, si nosotros, por nuestra parte, nos hemos decidido a «responder» a algunas partes de su ensayo es porque la idea misma de ateísmo desde la que él mismo razona en todo momento nos parece enteramente indefinida al menos si es verdad que el «ateísmo» (como en general todos los conceptos negativo-funcionales) se dice de muchas maneras. Ello, estimamos, será razón más que suficiente para tratar de «diagnosticar» la posición, sin duda que atea, de Tresguerres, sirviéndonos para ello de algunos de los delineamientos doctrinales expuestos por Gustavo Bueno en su libro La fe del ateo.
En efecto, tal y como Gustavo Bueno nos lo advierte en su libro, el término ateísmo, en cuanto que construido según una estructura funcional definida por el «alfa privativa», sólo alcanzará un sentido preciso al recortarse sobre los contenidos determinados que se nieguen en cada caso, con lo que ciertamente, no se podrá en modo alguno confundir la negación de la existencia de los dioses ónticos de los panteones politeístas griegos, romanos, fenicios, egipcios o cartagineses (ateísmo óntico) con la negación de la existencia del Dios metafísico de las religiones terciarias (ateísmo ontológico) como no será tampoco indiferente que la operación negar, contenida en el alfa privativa de referencia, aparezca como referida al Dios católico (ateísmo católico) o al Dios de Mahoma (ateísmo musulmán). Tampoco será igual, referir la negación a la existencia de Dios conservando su esencia o constitutivo formal (ateísmo existencial) que negar la esencia divina bien sea en alguno de sus componentes o atributos en el sentido del ateísmo esencial parcial (como lo hacen los deístas respecto de la providencia, razón por la que Voltaire pudo tipificarlos como «ateos corteses») bien sea en relación a la totalidad de la esencia de Dios (en el sentido del ateísmo esencial total según el cual, dejando enteramente al margen el problema de la existencia de Dios –problema que ahora, aparecerá como capcioso en su mismo planteamiento–, lo que propiamente no existe es la propia idea de Dios). En fin, tampoco será exactamente lo mismo el ateísmo privativo característico de tantos «ateos militantes» que necesitan definirse incesantemente en función de los propios contenidos negados (por ejemplo, apostatando u organizando «procesiones ateas» en plena semana santa católica, &c., pero también «echando de menos a Dios» suponemos que a la manera como también se echa de menos el «miembro fantasma») que el «ateísmo negativo» propio de aquellas personas que se desenvuelven al margen de Dios, &c.
Desde este punto de vista, nos apresuramos a manifestar nuestro acuerdo total con Tresguerres a la hora de señalar el error de diagnóstico de Enrique Tierno Galván. En efecto, si Tierno afirmaba que el «ateo no quiere que Dios exista» mientras que el «agnóstico se limita a no echar de menos a Dios conformándose con vivir la finitud», nosotros, procediendo desde las mallas clasificatorias que acabamos de resumir, interpretaríamos la postura propia de quienes en efecto «no quieren que exista Dios» como un «ateísmo privativo» (pues todos nos definimos a la postre por nuestros enemigos) mientras que, ciertamente, «no echar de menos a Dios» cuadraría más bien con el «ateísmo negativo» de signo más neutro. No entendemos en cambio demasiado bien lo que quiere decir Tresguerres cuando asegura que estaría encantado si Dios existiese, puesto que tal «confesión», por mucho que se ampare en la autoridad de don Miguel de Unamuno, no tendría mayor alcance, al menos si hemos entendido correctamente el núcleo de su «ateísmo lógico», que «desear» la existencia de un decaedro regular al que se comienza por considerar como un contrasentido geométrico a la luz de las leyes de Euler. No es que neguemos a Tresguerres su derecho a «no querer morirse», pero desde luego nos parece sorprendente que nuestro autor pueda declararse «encantado» ante la «existencia» de un conciencia egomórfica incorpórea e infinita que empezaría por hacer imposible la existencia del mundo, una conciencia por lo demás, de la que se predica a la vez la omnipotencia y la incapacidad de dotar a sus propias criaturas la virtud creadora, &c. Simplemente si la esencia divina es contradictoria, no cabrá ni «estar encantado» ni «afligirse» (muy literalmente, a la manera de Espinosa: ni reír ni llorar) ante la afirmación, ahora declarada como imposible, de su existencia.
Ahora bien, si la postura que Tierno enjareta al ateo es en realidad propia tan solo de una de las variedades de ateísmo, con lo que en efecto, la diferencia entre este y el agnosticismo no podría situarse donde Enrique Tierno Galván la hace residir, tampoco cabrá, según pensamos, limitarse a declarar que frente al escepticismo del agnóstico que, inconsecuentemente, retiraría el juicio de existencia, el ateo sostiene que Dios no existe (y menos aún rematar semejante declaración con un rotundo «así de simple»), y ello puesto que tal posición, sin perjuicio de que en efecto se coordine hasta identificarse con la postura propia del ateísmo existencial (en el que valdría situar a Hanson, cuyos argumentos parecen resultar tan caros a Tresguerres), no por ello se solidarizará con otras versiones del ateísmo que dirigieran su trituración no tanto a la «existencia» como a la «esencia» divina, o a algún componente especialmente significativo de la misma. Este, sin ir más lejos, sería el caso de argumentos tan clásicos como el de Epicuro al que Tresguerres se refiere, puesto que en lo referido al problema del mal, retirar la Bondad divina (si es que Dios ha podido evitar el mal pero no ha querido hacerlo) como negar su Omnipotencia (si es que Este ha querido evitarlo sin poderlo) no equivale sin más a destruir la totalidad de su constitutivo formal a la manera del ateísmo esencial total. Por las mismas razones cabría suponer, en la dirección de un ateísmo parcial por referencia al teísmo terciario, que Dios, aunque exista, no es omnipotente o no es bueno o simplemente no gobierna el mundo, &c., planteamientos todos ellos que nos pondrían muy cerca del deísmo o de concepciones como pueda serlo la del propio Epicuro con sus dioses de los Entremundos.



Pero a nuestro juicio, cuando de lo que se trata es de aquilatar lo que las diferentes variedades del ateísmo puedan dar de sí, es justamente el ateísmo existencial a la Hanson el que puede estimarse enfangado en un callejón sin salida. Y es que aunque nosotros desde nuestras propias premisas podamos sin duda aceptar con Tresguerres que «no hay experiencia alguna ni evidencia de ningún tipo que demuestre la existencia de Dios, ni tampoco argumento alguno capaz de hacerlo», ello, no se deberá tanto a que «Dios sólo exista como idea», tal y como el filósofo asturiano concluye de su crítica del argumento ontológico anselmiano, sino más bien, a que por el contrario «Dios no existe como idea», esto es, a que lo que ni existe ni puede existir es la misma idea de Dios que tanto el teísta como el ateo existencial (tanto San Anselmo como Santo Tomás, tanto Hanson o Richard Dawkins como Alfonso Fernández Tresguerres a lo largo de la mayor parte de su trabajo) proceden dando enteramente por supuesta.
Pero hay más. Y es que, si bien es cierto que, tal y como Tresguerres parece detectar con ojo clínico, las vías tomistas, sin perjuicio de poder recorrerse con total comodidad en la línea del regressus, hacen imposible todo progressus crítico al mundo del que se partió (y de ahí su formalismo metafísico), también se hará preciso reconocer, nos parece, que argumentos como el de San Anselmo no podrán en modo alguno desactivarse con objeciones del tipo «la existencia no es una perfección» como parece suponer Tresguerres (en la línea de Gaunilo, de Santo Tomás o incluso de Kant), puesto que no se trata tanto de que lo sea. De lo que se tratará en el fondo, y esto es algo que ni Santo Tomás ni Kant pudieron tomar debidamente en cuenta, es de que presupuesta la existencia de la idea de Dios como ser necesario (es decir, presupuesta la existencia de Dios como idea), resultará imposible (por contradictorio), proceder como lo hace el ateo existencial concluyendo que tal ser necesario es, sin embargo, sólo contingente (i. e., no necesario). Con ello, la cuestión no residirá tanto en determinar que «Dios no exista», a la manera como determinamos, por vía negativa, y tras un exhaustivo sumario empírico de los «hechos», que no existe el «monstruo del Lago Ness», puesto que Dios no es una esencia respecto de la cual la existencia aparezca como posible sin perjuicio de que pueda eventualmente negarse (como lo hace el ateo) en ausencia de pruebas, &c., &c. Simplemente si Dios es una esencia, esto es, si la idea de Dios figura como posible (composible) no ya en sí misma sino con respecto a los propios componentes que la integran así como en relación al mundus adspectabilis (si Dios es posible), entonces no quedará más remedio que reconocer inmediatamente, al menos si no se pretende incurrir en una contradicción, su existencia real (Dios es necesario) y ello porque la esencia de Dios, esto es su mismo constitutivo formal, tal y como el propio Santo Tomás se hizo cargo del asunto sin perjuicio de sus críticas a la prueba a priori, viene a coincidir con su Esse. Y la cuestión sigue siendo que si Él pudo decir a Moisés «soy el que soy», tal afirmación habrá que retraducirla, según todo el ciclo de la escolástica tomista, del siguiente modo: Dios es, en efecto, el ipsum esse subsistens.
Para decirlo de otro modo: si es verdad que el ateo (existencial) pero también el agnóstico razona como si resultase posible reconocer la idea de Dios al tiempo que se retira su existencia real, ello, al cabo, es algo que sólo podrá hacerse al precio de quedar vigorosamente enredado en la misma maquinaria del argumento ontológico (particularmente cuando este mismo se contempla desde la perspectiva de su reformulación modal a la manera de Leibniz) puesto que entonces, quien así procediese se verá forzado a afirmar de modo contradictorio que Dios es al mismo tiempo necesario e inexistente. Y ello, añadiríamos zambulléndose en el propio argumento ontológico que se pretendía destruir, sólo que ahora bajo la figura del «insensato» que la propia maquinaria argumentativa anselmiana reclama inexcusablemente. Para decirlo de otro modo: si el ateo –parece razonar el teísta–comienza declarando como existente la idea del Dios terciario (aunque sólo sea la de su idea, al modo de Tresguerres), entonces no podrá en modo alguno resistirse sin contradicción ante la conclusión, avasalladora, de que tal idea, a la que se reconoce como posible, implica a fortiori la existencia del Ens Necessarium.
Y es que justamente, a nuestro juicio no reside en otro lugar la misma inconsistencia del agnóstico. En efecto, no se tratará, como lo sostiene Tresguerres, de que este haya renunciado a exigirle tanto al teísta como al ateo «pruebas» tanto «en el ámbito de los hechos como en el de la lógica» ni tampoco, desde luego, de que no haya advertido que la ausencia de evidencias constituye evidencia de ausencia (algo en todo caso bien discutible, e incluso gratuito como principio lógico al menos cuando tomamos distancias de las consabidas argucias de abogado) puesto que la verdadera cuestión reside en que, argumentando ad hominem, cuando se comienza reconociendo la existencia de Dios como posible, no cabrá, tras ello, mantener por más tiempo que tal existencia es sin embargo, sólo problemática como si, por imposible, el ser necesario fuese contingente.
¿Quiere todo esto decir que podamos y debamos dar por buenas las conclusiones que tantos filósofos teístas (desde San Anselmo a Descartes, desde Duns Scoto a Malebranche o Malcom) han pretendido extraer de la prueba ontológica? No sin duda, puesto que sin perjuicio de reconocer al argumento el vigor de sus engranajes lógicos, siempre cabrá proceder en la dirección del ateísmo esencial total, «abriendo el proceso a la posibilidad de la esencia» para decirlo con la fórmula empleada por Gustavo Bueno en su libro El papel de la filosofía en el conjunto del saber, es decir, siempre será posible discurrir, a sensu contrario,concluyendo por modus tollens en lugar de modus ponens, que Dios es imposible. Y ello –esta es nos parece la cuestión– en virtud del mismo circuito argumental aducido en el Proslogio, sólo que leído ahora a a la inversa. Como señala Gustavo Bueno en su obra La fe del ateo:

«El ateísmo esencial (que no necesita mayores especificaciones, porque estas las reservamos para los casos del ateísmo esencial parcial, que sólo son ateísmos esenciales por relación a los teólogos que reconocen a esos atributos negados como integrantes del constitutivo formal de Dios) es la negación de la idea misma de Dios. El ateísmo esencial, en el sentido dicho de ateísmo esencial total, no niega propiamente a Dios, niega la idea misma de Dios, y con ello, por supuesto, niega el mismo argumento ontológico. Descartes o Leibniz, como es bien sabido, ya lo supusieron, al obligarse a anteponer a su argumento la «demostración» de que existía la idea de Dios, es decir, en la teoría de Leibniz, la demostración de que la idea de Dios era posible. Pero el ateísmo esencial impugna las pretendidas demostraciones de Descartes, Leibniz y otros muchos en la actualidad, de esta idea, y concluye que no tenemos idea de Dios clara y distinta, sino tan confusa que habría que considerarla como un mosaico de ideas incompatibles (si, por ejemplo, se considera incompatible la omnipotencia y la omnisciencia de Dios: si Dios es omnisciente, ¿cómo pudo tolerar, si fuera omnipotente, el Holocausto?), así como un mosaico de estas ideas con imágenes antropomórficas o zoomórficas («inteligente», «bondadoso», «arbitrario», «anciano»). La llamada «Idea de Dios», en su sentido ontológico, sería en realidad una pseudoidea, o una «paraidea» (a la manera como el llamado concepto de «decaedro regular» es en realidad un pseudoconcepto o un paraconcepto, es decir, para decirlo gramaticalmente, un término contrasentido).
Desde la perspectiva del ateísmo esencial, en la que por supuesto nosotros nos situamos, las preguntas habituales: «¿Existe Dios o no existe?», o bien: «¿Cómo puede usted demostrar que Dios no existe?», quedan dinamitadas en su mismo planteamiento, y con ello su condición capciosa. En efecto, cuando la pregunta se formula atendiendo a la existencia («¿Existe Dios?») se está muchas veces presuponiendo su esencia –o si se quiere, el sujeto gramatica= l, y no el predicado– (si la existencia se toma como predicado gramatical en la proposición: «Dios es existente»). Y, esto supuesto, es obvio que no es posible la inexistencia de Dios, sobre todo teniendo en cuenta que su existencia es su misma esencia; y dicho esto sin detenernos en sus consecuencias, principalmente en ésta: que quien niega la esencia de Dios está negando también la existencia, precisamente en virtud del mismo argumento ontológico que los teístas utilizan.» (Gustavo Bueno, La fe del ateo, Temas de Hoy, Madrid 2007, pág. 20.)

La llamada idea de Dios es en realidad una paraidea que no existe (no existe como idea) y de la que no se puede predicar ni la existencia ni la inexistencia puesto que ambas cosas, obsérvese, presupondrían por igual concebir a Dios como una esencia pensable y consistente la cual, eso sí, podrá declararse como inexistente de hecho, a la manera, efectivamente, de los duendes de Tresguerres. Pero la idea de Dios no puede existir y si se reconoce que puede (algo que desde luego el ateo existencial parece conceder implícitamente al exigir pruebas «en el terreno de los hechos») entonces Dios existe. Así de simple.
Sea de esto lo que sea, nosotros sin duda no pretendemos (entiéndase esto bien) que Alfonso Tresguerres ignore absolutamente estos planteamientos o que los haya pasado enteramente por alto a la hora de componer su trabajo. Al contrario, justamente los asertos en los que funda su «ateísmo lógico» se coordinan, nos parece, de manera bastante aproximada con los contenidos mismos de lo que Gustavo Bueno denomina «ateísmo esencial total». Así, sin ir más lejos, el profesor ovetense demuestra con total limpieza geométrica que los atributos de la «perfección» y de la «omnipotencia» que la tradición ha venido asignando al Acto Puro resultan sencillamente incompatibles entre sí. Creemos en efecto, que tal argumento, junto con otros muchos que podrían mencionarse (véase al respecto el extraordinario artículo de Javier Pérez Jara, «Materia y racionalidad. Sobre la inexistencia de la idea de Dios», en El Basilisco, nº 36, 2005), representan pruebas suficientemente poderosas para avalar conclusiones como estas, extraída por el mismo Tresguerres:

«La idea de Dios es, así, lógicamente contradictoria y denota la Idea de un ser imposible. Es falso, pues, que existe algún A que es B, un ser que es Dios, puesto que es verdad que Ningún A es B, ningún ser es Dios, dada la imposibilidad de la esencia designada por B, es decir, por la Idea de Dios. En consecuencia, la proposición «Dios existe» es falsa y la que sostiene que Dios no existe es necesariamente verdadera. Decía Leibniz (Monadología, & 45) que si Dios es posible, existe. Pues bien si Dios no es posible, no existe. Y no es posible. Luego no existe. Tal es en esencia, lo que sostiene el ateísmo lógico.»

Tal es, en efecto, lo que sostiene el «ateísmo esencial total». Pero si ello es así (como ciertamente nos parece que lo es), no entendemos que digamos demasiado bien qué es lo que quiere decir Tresguerres cuando procede, diríamos, componiendo acumulativamente este planteamiento con las «argucias de abogado» propias del «ateísmo existencial». De hecho, Tresguerres, sostiene en repetidas ocasiones a lo largo de su texto (y también en otros, véase al respecto por ejemplo «Dios en la filosofía de la religión de Gustavo Bueno», publicado en El Catoblepas, nº 20, 2003, pero también su contribución al manual Filosofía de primero curso de Bachillerato editado por la editorial ovetense Eikasía), que el ateo no debería renunciar del todo a argumentos como los de Hanson, &c., &c.
Ahora bien, la cuestión es que una tal acumulación argumental, muy lejos de vigorizar la conclusión que Fernández Tresguerres parece extraer cuando razona como un ateo esencial (la idea de Dios no existe porque es contradictoria) conduce su razonamiento en la dirección de una suerte de «ateísmo mixto –esencial– existencial», y esto –esto es, semejante ateísmo «bifronte»– es lo que resulta, ahora sí, claramente inconsistente, o incluso, llevado al límite, contradictorio. De otro modo, al proceder acumulativamente según lo dicho, Tresguerres parecería estar reconociendo con una mano que Dios es imposible como idea, mientras que con la otra se concede que su esencia es pensable sin contradicción, aunque desde luego falsa al no existir Dios «de hecho» (y de otro modo no tendría ningún sentido exigir al teísta pruebas al respecto), con lo que, ahora, la proposición «Dios no existe» parecería estar tratándose de una manera análoga a enunciados tales como «el monstruo del Lago Ness no existe».
Pero esto es justamente lo que no puede hacerse. Por decirlo de otra manera, cuando ante el problema de la existencia de Dios, empezamos por pedir pruebas al que afirma, dando en consecuencia por descontado que «el que afirma» tiene una idea clara y distinta del «sujeto» al que atribuye el predicado gramatical «existe», entonces volvemos a comportarnos como el «insensato» de San Anselmo, quedando en consecuencia prisioneros de la potencia dialéctica del mismo argumento que, por otro lado, Tresguerres ha reconocido en su condición de «ateo esencial».
Ahora bien, así las cosas, no resulta sin duda nada fácil determinar las razones por las que Tresguerres ha considerado necesario enrocarse en una estrategia acumulativa tendente a combinar el «ateísmo esencial» («ateísmo lógico») con el «existencial» (el «ateísmo –diríamos, a falta de mejor rótulo– de abogado») sin parar mientes en que dicha yuxtaposición conduce a un verdadero callejón sin salida. Si no nos equivocamos demasiado por nuestra parte, creemos que estas razones, sean ellas mismas las que sean, estarían vinculadas a un equívoco en el que el profesor asturiano ha incurrido repetidamente a lo largo de su texto. Nos referimos a la constante división entre el terreno de los «hechos» y el ámbito de la «lógica», como dos perspectivas, al parecer duales, que según el autor de Los dioses olvidados cabe separar, sin perjuicio suponemos de sus entrecruzamientos &c., a la hora de analizar estas cuestiones. En estas condiciones, parecería (y de hecho así lo sugiere el propio Tresguerres en más de una ocasión) que, situado en el «terreno de los hechos», el ateo podrá proceder como un «coleccionista de hechos», limitándose, por vía empírica, a pedir al teísta que demuestre sus afirmaciones para concluir, en ausencia de evidencia, que Dios sencillamente no existe. Cuando nos situamos, empero, «en el terreno de la lógica», el ateo podrá sin duda «ir más lejos» (el sentido del ateísmo esencial), demostrando por su parte que Dios no puede existir al denotar su misma esencia la idea de un ser contradictorio.
Con ello, según parece dinamarse del sentido general de la argumentación, ambos tipos de ateísmo (esencial y existencial) se yuxtapondrían armónicamente, reforzándose mutuamente para desesperación del teísta que, acosado por ambos francos, no podrá sino reconocer que en efecto «Aquel» al que todos llaman Dios no existe y además es imposible.
Pues bien. A nosotros nos parece sin embargo que tal división jorismática entre los «hechos» y la «lógica» no es mucho más que una hipóstasis metafísica que resulta, principalmente, de ignorar que la «lógica», en su ejercicio, no es otra cosa que la propia concatenación de los propios «hechos» según sus ensortijamientos propios, y ello de tal suerte que estos mismos quedarían disueltos en tanto que hechos (es decir en su entretejimiento constitutivo) al margen de la lógica. Ello, a su vez, demuestra que el propio sintagma «ateísmo lógico», aunque se emplee como sinónimo de «ateísmo esencial», no dice nada, puesto que también el «ateísmo existencial» (por no mencionar otras especies del género «ateísmo», pero también de «agnosticismo» o incluso de «teísmo», posiciones todas ellas que resultaría evidentemente absurdo tipificar como «ilógicas» o «anti-lógicas») son igualmente «lógicas» como es «lógico», asimismo, el proceder del «coleccionista de hechos» al que se refiere Tresguerres. Si con «ateísmo lógico» se pretende aludir a la posición de quien afirma que la idea de Dios es contradictoria «en el terreno de la lógica» como contradistinto al de los hechos, esto mismo será decir muy poco o decir un contrasentido –y particularmente metafísico– pues ni siquiera es verdad que la Idea de Dios sea contradictoria en sí misma. La Idea de Dios, exactamente igual que la idea de un decaedro regular, al menos cuando razonamos fuera de las premisas de la propia teología natural, no es de suyo una idea simple que pueda suponerse como contradictoria «lógicamente» respecto de sí misma, sino un conglomerado muy complejo de términos plurales (omnisciencia, omnipotencia, providencia, aseidad, simplicidad, actualidad, infinitud, &c.) que resultan, ellos sí, incomponibles «de hecho» tanto mutuamente (y por eso la idea de Dios no puede componerse, esto es, no es posible) como con relación a la propia pluralidad de términos que componen el mundo en marcha (y por eso la idea de Dios no es compatible con un mundo al que anegaría si es que Dios es infinito) y ello, a la manera como también resultan incomponibles, según la lógica material ejercitada operatoriamente por la geometría sólida, las caras, las aristas y los vértices de un decaedro regular; mas no «al margen de los hechos», o, por razones meramente «lógicas» (al menos cuando estas se interpretan como desconectadas hipostáticamente de aquellos) sino contando con los hechos (geométricos) mismos, y a su través.
Y en efecto, esta es, nos parece, la razón principal por la que el ateísmo esencial ni siquiera entra a discutir la «existencia» de Dios como si su «esencia» pudiese darse, en cambio, por supuesta como esencia pensable, aun cuando sólo fuese para concluir que dicha «esencia» corresponde a la de un «ser imposible». Si este «ser» es, esencialmente, imposible será porque ni siquiera su idea puede componerse lógico-materialmente, entre otras cosas, porque no podrá coexistir con el mundo en marcha. Con ello, adviértase la radicalidad de la cuestión, ni siquiera decimos (desde el ateísmo esencial total) que el «creyente» o el «teísta» se equivoquen al atribuir «existencia real» a Dios (pues esto, representaría a la postre, un simple «error de identificación»), sino, más bien, que ni el «creyente» ni el «teísta» ni el «agnóstico» o el «ateo existencial» tienen una idea de Dios sobre cuya existencia real pudieran, eventualmente, mantener posiciones contradictorias. Simplemente sucede que el «teísta» no dice absolutamente nada (al menos etic) cuando afirma que Dios existe porque de hecho lo que no existe, salvo por el nombre, es la propia idea que San Anselmo creía percibir clara y distintamente «en su corazón».
Pero si nadie en absoluto tiene una idea clara y distinta de Dios y sí tan solo un mosaico incongruente de imágenes obtenidas de contextos mundanos muy diversos, ¿qué decir de la actitud de «respeto» que Tresguerres, acaso irónicamente claro está, pretende mantener sobre las «creencias» del teísta terciario? Ante todo esto: que tal «respeto», signifique lo que signifique psicológicamente, en modo alguno podrá dirigirse tanto a la propia fe del teísta en Dios Padre Omipotente, puesto que, para empezar, esta fe no existe como no existe la propia idea de Dios. De otro modo, la fe del creyente terciario no estaría, salvo emic, referida a Dios mismo, sino más bien a un conjunto de personas –finitas– o instituciones de las que la propia para-idea a la que «todos llaman Dios» habría derivado. Si con su «respeto», lo único que Tresguerres quiere decir es que en efecto «tolera» la fe (natural) de los «creyentes» católicos en las instituciones vinculadas con la Iglesia, no tendríamos desde luego nada que oponer ante semejante «actitud» salvo en lo que se refiere a su subjetivismo (aunque, eso sí, no podríamos menos que preguntarnos en todo caso de cuántas «divisiones acorazadas» dispone Tresguerres para dejar de «tolerarla»), pero en todo caso, repárese en esta circunstancia, no cabe, al menos desde las premisas del ateísmo esencial, «respetar» a los que «creen en Dios» por la sencilla razón de que en Dios, salvo que por imposible empecemos por considerarlo como una esencia componible, literalmente no cree nadie más que en el terreno de las apariencias. Todavía más confuso resultará, por los motivos dichos, «echar de menos a Dios» o manifestar que «se estaría encantado si Él existiese» (aunque a renglón seguido se reconozca que, desafortunadamente, esa esencia cuya existencia se considera como deseable, no corresponde a ningún ser real) puesto que ni Unamuno, ni Tresguerres ni yo mismo disponemos de una idea consistente sobre la que discutir.


Versión levemente resumida del artículo publicado originalmente en El Catoblepas.
Sábado, 18 de Junio de 2011

Mi palabra más bonita

Cañaveral

Polisilábica, como buena palabra de su idioma, consonante-vocal en casi todas las sílabas, excepto en la última, que le confiere su sonoridad. Incluye la eñe y sus vocales son abiertas. Evoca libertad y progreso.
Viernes, 17 de Junio de 2011

Con todos vosotros ¡El EsceptiRadar!

Un nuevo proyecto a favor del pensamiento crítico ha visto la luz. El autor no es otro que Borja Robert, al cual conoceréis de los podcast de Pensando Críticamente, la verdad es que es una gozada grabar esos podcast con él.
Pues bien, el bueno de Borja ha creado su propio blog de podcasts. El nombre como ya habréis adivinado es El EsceptiRadar, y me cuenta que es un sitio para alerta rápida contra fraudes, mentiras y conspiraciones. El primer podcast ya lo tenéis subido y listo para disfrutarlo, su título: Orinoterapia, ¿medicina o mierdicina? No diréis que no promete. Ya sabéis, añadir El EsceptiRadar a vuestros lectores de RSS favoritos para no perderlo de vista.

Batman tiene su batseñal, ahora, los escépticos tenemos El EscéptiRadar. Lo siento pero si no meto la referencia friki reviento.

Ismael Pérez Fernández.

Vuelven los ochenta

Del imprescindible humor talibán de Mondongo Fanzine. Feliz fin de semana.


¿Yo? ¿Es a mí? ¿Puedo preguntar yo? ¡Gracias Albert!