Viernes 20 de julio del 2012
Después de seis años de estudio, a Juan Murrieta Pérez lo echaron del
seminario con el siguiente argumento: “Eres un prostituto, ¿cómo es que
le andas dando las nalgas a todos?â€.
Juan estaba en la oficina de
Juan Palacios, entonces rector del Seminario Diocesano de la Inmaculada
Concepción, perteneciente a Celaya, Guanajuato, cuando escuchó que dos
de sus compañeros lo acusaban de acoso sexual. “Por el bien de la
iglesia hemos decidido que salgas de la instituciónâ€, le ordenó su
superior.
- ¿Cometiste prácticas homosexuales en el seminario?
- No.
- ¿Y por qué te acusaron?
- Me pusieron un cuatro.
Por
ser originario de Veracruz, al seminarista lo hostigaron constantemente
para salir del instituto de formación de Celaya. Fue testigo cómo a
cuatro de sus paisanos también los orillaron a salirse, sólo por ser
“fuereñosâ€. Lo hicieron con una práctica muy común dentro de los
seminarios católicos: acusarlo de ser homosexual.
Los seminarios
católicos guardan una similitud con el Ejército: son instituciones
verticales, basadas en la ciega obediencia y en la absoluta secrecÃa. Al
interior se asciende más por servilismo que por méritos. Los mantienen
casi aislados del resto de la sociedad, incluidas sus familias. Los
pueden echar aun cuando acumulen años de estudio. Pero esta es sólo una
arista, las prácticas sexuales conforman una delicada trama de tabús.
La
iglesia católica, de entrada, impide a las mujeres fungir como
sacerdotisas. Los lÃderes religiosos hombres están impedidos de casarse,
tener hijos y, desde luego, ejercer prácticas homosexuales. No
obstante, en el interior de los centros de formación, abarrotados de
hombres y sin las presencia de una sola mujer, las rutinas no obedecen a
esas estrictas reglas.
- ¿Qué porcentaje de los integrantes de los seminarios cometen prácticas homosexuales? –le pregunto a Juan Murrieta.
-
Yo dirÃa que dos de cada diez.
- ¿Los superiores también forman parte?
- Yo recuerdo cómo llegaba el rector a la sacristÃa y nalgueaba a los seminaristas.
Platiqué
también con un exseminarista que estudió con la orden de los
Carmelitas. Me pidió publicar su testimonio, pero resguardando su
nombre:
“Un seminario muchas veces es para huir de la realidad.
Muchos se meten porque no tienen para pagarse una universidad, para
vivir bien, es una salida fácil, otros son los clásicos que no han
salido del clósetâ€.
Me confirma que al interior de los seminarios
es cosa de todos los dÃas las prácticas sexuales entre hombres, pero, al
mismo tiempo, es muy común que los superiores acusen a algún miembro de
ser homosexual: es el pretexto perfecto para deshacerse de él.
También
me revela que él sufrió acoso sexual por parte del rector del seminario
donde estudiaba, algo que tampoco es aislado dentro de los centros de
estudio para los aspirantes a sacerdotes.
La formación de un
sacerdote católico dura hasta catorce años y pueden ser expulsados en
cualquier momento, sobre todo si contravienen a sus superiores. Con una
carta letal, los fichan y les impiden ingresar a otro seminario. Sus
estudios no son reconocidos por alguna otra universidad.
La
iglesia, además, en la práctica, no es fiscalizada por nadie. Para hacer
carrera, obtener puestos de poder y mejores capillas, no hay más que
aliarse, permanecer callado y cómplice de todo lo que se ve.
Salvo
los escándalos sexuales relacionados con los Legionarios de Cristo,
poco se sabe de lo que pasa en los seminarios. La mayorÃa de los abusos
se comentan en corto y se quedan en casa. Sin embargo, en los últimos
años han brotado historias tenebrosas de lo que ocurre ahà dentro.
El
nueve de julio pasado, 77 mujeres que estudiaron en una escuela de
Legionarios en Rhode Island, Estados Unidos, denunciaron a The
Associated Press que sufrieron maltrato sicológico, y castigos
traumáticos como parte rutinaria de su educación. En mayo pasado se supo
que además de los abusos sexuales contra seminaristas cometidos por
Marcial Maciel, fundador de dicha orden, siete sacerdotes más están
siendo investigados por la Doctrina de la Fe del Vaticano por delitos
sexuales.
El año pasado, en Chile, el seminarista Sebastián del
RÃo Castro destapó la cloaca de los institutos de formación de ese paÃs,
al revelar que el exrector del seminario de San Rafael, Mauro Ojeda,
practicaba comúnmente acoso sexual contra los jóvenes, amenazando con la
expulsión a quien hablara al respecto.
La iglesia católica
conduce todos estos asuntos en silencio, cometiendo el delito de omisión
al no denunciar estos crÃmenes ante las autoridades civiles. Todo se
queda en el interior del “Reino de Diosâ€. Asà manejaron todas las
denuncias por pederastia que brotaron alrededor del mundo desde mediados
de la década de los noventa.
En México la Red de Sobrevivientes de
Abuso Sexual por Sacerdotes calcula que al menos 65 curas fueron
encubiertos por pederastia y la mayorÃa aún está en activo.
Sólo
que estos asuntos no son sólo exclusivos de la vida interior de la
iglesia católica. Se trata de vidas humanas que son truncadas en sus
estudios, esperanzas y anhelos. De niños que crecen con cicatrices
imborrables y de una cultura de corrupción permanente, nada diferente a
lo que ocurre en el interior de los gabinetes de los polÃticos
mexicanos. Lo único diferente es que la sociedad casi nada sabe de lo
que se esconde debajo de cada sotana, mientras que la iglesia, con la
complicidad del gobierno, guarda estos delitos en impune secreto.
Contacto: www.juanpabloproal.com
Twitter: @juanpabloproal
Fuente:
http://www.proceso.com.mx/?p=314555

