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Martes, 28 de Abril de 2009

El punto pálido azul

pale blue dot

Pale Blue Dot, o «púnto pálido azul», es el título que recibió una fotografía de La Tierra tomada en 1990 por la nave Voyager 1 desde una distancia sin precedentes, mostrándola contra el vasto vacío del espacio. Tanto la idea de tomar la fotografía como su título fueron del científico, astrónomo y referencia humanista por excelencia del siglo pasado Carl Sagan. Sagan escribió en 1994 un libro con el mismo nombre. La fotografía fue seleccionada en 2001 por Space.com como una de las diez mejores instantáneas científicas de la historia.

Andrés Santos Kunze, editor de Hombre Ateo nos narra en español un extracto del libro, sobre una colección de fotografías, digamos, provocativa. Muchas gracias, Andrés.

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Domingo, 26 de Abril de 2009

Mi nuevo logo

La media hostia estrena logo en la cabecera. Es obra de Lucía Val, la pequeña hija de Roberto Val, de mis más apreciados colisteros en skepticos. Costaría mucho dinero conseguir que un diseñador te entregase un arte gráfico a esta altura, y el resultado desde luego no tendría la misma frescura. Y, qué demonios, este blog no merece menos que un logo creado por un niño. Desde aquí muchísimas gracias a todos, a Roberto por poner el talento gráfico de su hija a mi disposición y no inmiscuirse en el proceso creativo. A su mujer por permitir a la niña redactar un texto tan agresivo como el propuesto —con lo respetuoso que habría quedado el título de mi blog de haber sido, por ejemplo, La media Fontaneda Digestive, sin dejar de lado la temática galleta—. A Lucía por un resultado final tan delicioso. Y a su hermano Stich Xavier por destruir el original después de ser escaneado, impidiendo que caiga en malas manos.

personal

Sábado, 25 de Abril de 2009

Bertrand Russell y la Ética de la Guerra

El presente artículo de Bertrand Russell, publicado en 1915 durante la Primera Guerra Mundial, y hoy en el dominio público, no estaba sin embargo traducido a nuestro idioma, al menos disponible en la red. No es necesario señalar la emoción que me supone pensar en ser el primero en traducir uno de sus textos.

Bertrand Russell

La cuestión de si alguna guerra puede estar justificada, y en tal caso bajo qué circunstancias, es una de las que necesariamente se han planteado a la atención de todos los pensadores. Sobre esta cuestión me reconozco en la de alguna forma dolorosa posición de mantener que durante la presente guerra la posición de ninguno de los bandos está justificada, sin llegar al punto de vista Tolstoiano de que cualquier guerra en cualquier circunstancia es siempre un crimen. Las opiniones sobre un tema como la guerra se derivan de los sentimientos antes que del raciocinio. Dado el temperamento emocional de un hombre, sus convicciones sobre tanto la guerra en general, como sobre cualquier conflicto en particular que ocurra durante su vida, pueden ser predichos con una certidumbre razonable. Los argumentos utilizados serán simples refuerzos de unas convicciones que se impondrán en cualquier caso. Los hechos fundamentales en esta y en todas las cuestiones éticas son sentimientos. Todo lo que el pensamiento puede hacer es clarificar y sistematizar la expresión de esos sentimientos, y son esa clarificación y esa sistematización de los míos propios las que pretendo en este artículo.

I.

Quién está en lo cierto y quién equivocado durante una guerra particular es algo que se valora desde un punto de vista jurídico o casi-jurídico. Éste o aquél rompió este o aquel tratado, cruzó esta o aquella frontera, cometió este o aquel acto potencialmente enemigo, y por lo tanto las reglas permiten destruir la otra nación hasta el punto que el moderno armamento lo permita. Se percibe la irrealidad y la falta de alcance imaginativo en esta forma de ver las cosas. Tiene la ventaja, siempre valorada por los hombres vagos, de sustituir una fórmula, en alguna ocasión ambigua y fácil de ser aplicada, por la realización vital de las consecuencias de sus actos. El punto de vista jurídico es de hecho una transferencia ilegítima a las relaciones entre los estados, de principios que sí podrían ser aplicados a la relación entre los individuos dentro de un estado. Dentro de un estado la guerra privada está prohibida, y las disputas entre los privados se resuelven no por sus propias fuerzas, sino por la fuerza de la policía, la cual siendo desmesurada, raramente requiere ser mostrada en toda su magnitud. Es necesario que existan reglas gracias a las cuales la policía pueda decidir quién debe ser considerado el poseedor de la razón en una disputa privada. Estas reglas constituyen la ley. La ganancia asociada a disponer de una ley y una policía es la abolición de las guerras privadas, y esta ganancia es independiente de la cuestión sobre si la ley es la mejor de las posibles. Es entonces de interés público que el hombre que va contra la ley sea considerado equivocado, no por la excelencia de la ley en sí, sino por la importancia otorgada a que las disputas entre individuos en un estado no sean resueltas por la fuerza.

En la interrelación entre los estados no existe nada de esta clase. Hay, por supuesto, un cuerpo de convenciones llamado ley internacional, y hay innumerables tratados entre potencias con la capacidad de firmarlos. Pero las convenciones y los tratados difieren de algo que pueda en propiedad ser llamado ley en ausencia de sanción: No hay una policía capaz ni deseosa de tal observación. Se sigue de esto que cada nación resulta haber firmado multitud de tratados, divergentes e incompatibles y que, a pesar del alto lenguaje que uno a veces escucha, el principal propósito de los tratados es poder permitirse los pretextos que podrían ser considerados respetables a la hora de plantear una guerra con otra potencia. Se considera que una potencia actúa sin escrúpulos cuando va a la guerra sin proporcionarse previamente tales pretextos —a menos que de hecho su oponente sea un país pequeño, en cuyo caso sólo hay culpa si tal país pequeño resulta estar bajo la protección de alguna otra gran potencia—. Inglaterra y Rusia podrían repartirse Persia inmediatamente tras garantizar su integridad e independencia, porque ninguna otra gran potencia ha reconocido interés en Persia, y Persia es uno de esos pequeños estados sobre los cuales ninguna obligación en forma de tratado puede considerarse vinculante. Francia y España, bajo una garantía similar sobre Marruecos, no pueden repartírselo sin compensar primero a Alemania, dado que hay que reconocer que hasta que una compensación sea ofrecida y aceptada, Alemania tiene un interés legítimo en preservar ese país. Habiendo todas las grandes potencias garantizado la neutralidad de Bélgica, Inglaterra tiene sin embargo un interés reconocido en poder sentirse ofendida por su violación —un derecho ejercido cuando se considera de interés para Inglaterra, y que se ignora cuando se considera que el interés de Inglaterra no debe sacudirse—. Un tratado, entonces, no debe ser considerado un contrato vinculante a la manera de cualquier otro contrato privado; es simplemente un medio de informar a las potencias rivales de que ciertos actos podrían, si el interes nacional lo requiere, acabar siendo justo el tipo de motivos para una guerra que podrían ser considerados legítimos. Si una observación fiel de los tratados fuese costumbre, tal y como lo es la observación fiel de los contratos, la ruptura de un tratado sería un motivo real, y no simplemente formal, para una guerra, y esto debilitaría la práctica de decidir sobre los conflictos mediante acuerdos en lugar de mediante una lucha armada. En ausencia de tal práctica, sin embargo, apelar a los tratados debe ser considerado sólo parte de la maquinaria diplomática. Una nación cuya diplomacia haya sido siempre conducida habilmente siempre encontrará algún tipo de acuerdo o tratado cuando su interés lo requiere para que la intervención quede dentro de los límites del juego diplomático. Es obvio, sin embargo, que mientras los tratados sean sólo observados cuando es conveniente hacerlo, las reglas del juego diplomático no tienen nada que ver con la cuestión de si embarcarse o participar en una guerra puede ser o no conveniente para la humanidad. Es esta la cuestión a ser decidida al considerar si una guerra está o no justificada.

II.

Es necesario, al considerar cualquier guerra, considerar, no las justificaciones en el papel de los acuerdos pasados, sino su justificación en el balance de los bienes que va a reportar a la humanidad. Al comienzo de una guerra cada nación, bajo la influencia de lo que se llama patriotismo, cree que su propia victoria es no sólo inminente sino de gran importancia para la humanidad. El beneficio de esta práctica ha llegado a ser una máxima aceptada del sentido común; aún cuando una guerra está aún en progreso se mantiene como natural y correcto que un ciudadano de un país enemigo debe considerar la victoria de su bando como garantizada y altamente deseable. Concentrando la atención en las supuestas ventajas de la victoria de nuestro propio bando, nos volvemos más o menos ciegos a la perversidad inseparable de la guerra y cierta sea cual sea el bando que finalmente se alza con la victoria. Aún sin darnos cuenta por completo, es imposible juzgar si una guerra es o no susceptible de ser beneficiosa para la raza humana. Aún con lo trillado de tema, es necesario recordarnos brevemente qué es en realidad lo que compone esa perversidad de la guerra.

Por comenzar con el mal más obvio; multitud de hombres jóvenes, los más valientes y los mejor preparados físicamente de cada nación, mueren, su familia y amigos, su comunidad, los pierde. Otros hombres jóvenes son los únicos que ganan. Muchos quedan inválidos para toda la vida, algunos enloquecen, otros quedan como manojos de nervios, inútiles, decrépitos. De los que sobreviven muchos quedarán brutalizados, degradados moralmente por el terrible negocio de matar el cual, a pesar de ser el deber del soldado, destrozará por completo sus instintos más humanos. Como cualquier registro de cualquier guerra muestra, el miedo y el odio dejan salir la bestia salvaje dentro de una considerable proporción de combatientes, lo que lleva a extrañas crueldades que deben ser enfrentadas y no ignoradas si deseamos evitar la locura.

De los males de la guerra hacia la población que no combate en las regiones donde sucede la lucha, las recientes desgracias en Bélgica han proporcionado un ejemplo que no es necesario magnificar. Es necesario, sin embargo, apuntar que las desgracias en Bélgica no han demostrado, como se cree comúnmente en Inglaterra, motivo alguno a favor de la guerra. El odio, por un trágico engaño, perpetúa los males de los que nace. Se culpa a los alemanes y no a la guerra del sufrimiento de los belgas, y así los horrores de la guerra se utilizan para estimular el deseo de aumentar su alcance y su intensidad. Aún asumiendo que la humanidad más profunda es compatible con la conducta durante las operaciones militares, no puede dudarse que si las tropas de los aliados penetran en las regiones industriales de Alemania, los alemanes sufrirán una gran parte de las desgracias que Alemania hubo hecho sufrir a Bélgica. A un hombre bajo la influencia del odio este pensamiento le hará regocijarse, pero a cualquiera aún con sentimientos humanos le parecerá que nuestra simpatía hacia Bélgica debe hacernos odiar la guerra y no a Alemania.

Los males que la guerra produce fuera del area de las operaciones militares son quizás incluso más serios, por cuanto que, aunque menos intensos, su influencia es más amplia. Pasando por la ansiedad y el pesar de aquellos cuyos hijos o maridos están en el frente, las consecuencias del daño económico producido por la guerra son mucho más amplios de lo que se supone habitualmente. Es común hablar de los daños económicos como meramente materiales, y del deseo de progreso económico como de algo mezquino y sin inspiración. Este punto de vista es posiblemente natural en la gente de bien, para la que el progreso económico consiste en comprarse un coche nuevo o en pasar las vacaciones en Escocia en lugar de junto al mar. Pero para las clases sociales más pobres, el progreso económico es la primera condición para el bien espiritual e incluso para el modo de vida. Una familia numerosa, viviendo en un zulo en condiciones de pobreza e inmoralidad, donde la mitad de los niños mueren de ignorancia sobre sanidad o higiene, y el resto crecen embrutecidos e ignorantes, es una familia que difícilmente puede progresar mentalmente o espiritualmente, a no ser gracias a una mejora en sus condiciones económicas. Aún sin rebajarnos al fondo de la escala social, el progreso económico es esencial para posibilitar una buena educación, una existencia tolerable de las mujeres, y en general la libertad necesaria para basar cualquier avance de la nación lo suficientemente sólido. No suelen ser los más oprimidos ni los más enfermizos quienes hacen una reclamación más efectiva de justicia social, de una reorganización de la sociedad que le dé menos a los privilegiados y más al hombre común.

Durante las guerras napoleónicas, mientras que los terratenientes ingleses aumentaban sus rentas, la masa de población empobrecida se hundía en una indigencia cada vez más grande. Sólo después, durante la larga paz, una menos injusta distribución empezó a ser posible. No se debe dudar que el deseo por parte de los hombres ricos de distraer las mentes de los hombres de cualquier reclamación de justicia social ha sido uno de los motivos más o menos inconscientes que han llevado a la guerra en la Europa moderna. En todas partes los partidos políticos que han representado a los privilegiados han sido los principales instigadores del odio internacional, y de persuadir al trabajador de que su principal enemigo en realidad es extranjero. Así la guerra, y el miedo a la guerra, tiene un doble efecto retardante del progreso social; disminuye los recursos disponibles para mejorar las condiciones de las clases modestas, y distrae las mentes de los hombres de la necesidad y de la posibilidad de una mejora general de sus condiciones persuadiéndolos de que la única ganancia posible está en asesinar a sus camaradas de otro país. El nacimiento del socialismo internacional es en gran parte una protesta contra este engaño y, a pesar de que hay quien considera al socialismo como simplemente una doctrina económica, su internacionalismo lo convierte en la fuerza más sana de la política moderna, y el único movimiento que ha conservado algún grado de juicio y humanidad en el caos presente.

De todos los males de la guerra el mayor, en mi opinión, es el mal puramente espiritual; el odio, la injusticia, el repudio de la verdad, el conflicto artificial donde, si alguna vez la ceguera de los instintos atávicos y la siniestra influencia de los intereses antisociales, como los armamentísticos o la prensa subversiva, pudieran haber sido superados, se habría podido apreciar que hay una consonancia real de los intereses y la identidad esencial de la naturaleza humana; de cualquier razón para reemplazar odio por amor. Mr. Norman Angell ha mostrado cómo de irreal, cuando se aplica a los conflictos de los estados civilizados, es el vocabulario de los conflictos internacionales, cómo de ilusorios son los beneficios que se suponen obtenidos tras una victoria, y cómo de falaces son los daños que, en tiempos de paz, las naciones suponen que es posible infligir durante la contienda económica. La importancia de esta tesis yace, no tanto en su aplicación económica directa, sino en la esperanza que proporciona para la liberación de mejores impulsos espirituales en la relación entre distintas cominudades. Amar a nuestros enemigos, aunque deseable, no es fácil; y por tanto es bueno darse cuenta de que la enemistad nace de la ceguera, y no de necesidad física inexorable alguna.

III.

¿Alguna guerra ha proporcionado el suficiente bien a la humanidad como para compensar los males que estamos considerando? Creo que sí han habido tales guerras en el pasado, pero no son guerras del tipo que concierne a nuestros diplomáticos, para las que nuestros ejércitos actuales están preparadas, ni para las que el conflicto actual puede servir de ejemplo. De cara a clasificarlas, podemos groseramente distinguir cuatro clases de guerras, aunque por supuesto en un momento dado cualquier conflicto podría no ser fácilmente clasificado en una de las cuatro. Para nuestro propósito distinguimos: (1) Guerras de colonización; (2) Guerras de principios; (3) Guerras en defensa propia; (4) Guerras de prestigio. De estas cuatro clases debería decir que las dos primeras están habitualmente justificadas, la tercera raramente excepto contra un adversario de una civilización inferior, y la última, la clase a la que pertenece el conflicto actual, nunca. Permítasenos considerar estos cuatro tipos de guerra en sucesión.

Por guerra de colonización me refiero a una guerra cuyo propósito es desplazar a la población completa de algún territorio y reemplazarla por una población invasora de una raza diferente. Las guerras clásicas eran principalmente de este tipo, del cual tenemos buenos ejemplos en la Biblia. En la era moderna, los conflictos entre europeos e indoamericanos, maoríes y otros aborígenes en regiones tropicales han sido de esta clase. Tales guerras están por completo carentes de justificación técnica, y son habitualmente más despiadadas que cualesquiera otras. No obstante, si juzgamos por el resultado, no podemos arrepentirnos de que dichas guerras hayan tenido lugar. Tienen el mérito, a menudo falazmente reclamado para todos los conflictos, de llevar a la supervivencia del mejor adaptado; y se opina que gracias a estas guerras la porción civilizada del mundo ha podido extenderse desde los alrededores del Mediterráneo hasta la mayor parte de la superficie terrestre. Durante el siglo dieciocho, en el que se solían bendecir las virtudes de los salvajes contra la insoportable corrupción de las cortes, no hubo sin embargo escrúpulo en expulsar a los nobles salvajes que habitaban las tierras norteamericanas. Y no nos podemos permitir en este momento condenar el proceso por el cual el continente americano se ha equiparado a la civilización europea. Para que este tipo de guerra pueda estar justificada, es necesario que haya una gran e innegable diferencia entre la civilización de los colonizadores y la de los nativos despojados de sus tierras. Es necesario también que el clima sea uno que permita que la raza invasora pueda más tarde florecer. Cuando se satisfacen estas condiciones la conquista queda justificada, aunque la lucha real contra los habitantes originales preferiblemente deba ser evitada siempre y cuando así la colonización siga siendo posible. Mucha gente objetaría contra mi teoría de la justificación de este tipo de robo, pero no creo que pueda hacerse ningún reproche práctico ni efectivo.

Tales guerras, sin embargo, hoy en día pertenecen al pasado. Las regiones donde el hombre blanco puede vivir están ya todas asignadas, bien a razas blancas o a razas amarillas a las cuales el hombre blanco no es claramente superior y a las que, en cualquier caso, no es lo suficientemente fuerte para expulsar. Aparte de pequeñas expediciones punitivas, las guerras de colonización, en su sentido más amplio, ya no son posibles. Lo que hoy en día llamamos guerras coloniales no buscan sustituir la ocupación completa de un país por una raza conquistadora; sólo buscan asegurar ventajas económicas y gubernamentales. Pertenecen, de hecho, más bien a lo que llamo guerras de prestigio, que a guerras de colonización en el sentido clásico. Hay, es cierto, unas pocas raras excepciones. Los griegos, en la segunda guerra balcánica, condujeron una guerra de colonización contra los búlgaros. Pretendiendo ocupar un determinado territorio, mataron a todos los hombres y secuestraron a sus mujeres. Pero en un caso así la justificación expuesta falla, dado que nunca existió una evidencia de civilización superior de parte de los pretendidos conquistadores.

A pesar, sin embargo, del hecho de que las guerras de colonización pertenecen al pasado, los sentimientos y las creencias sobre la guerra actual siguen siendo aquellos apropiados a las ahora extintas condiciones que hicieron aquellas guerras posibles. Cuando comenzó la presente guerra, mucha gente en Inglaterra imaginó que si los aliados vencían Alemania dejaría de existir, Alemania sería destruida y pulverizada, y dado que esas frases sonaban vigorosas y estimulantes, la gente erró en ver que no tenían significado. Hay setenta millones de alemanes; con suerte podríamos, si tenemos éxito en la guerra, matar a dos millones de ellos. Quedarían sesenta y ocho millones de alemanes y en pocos años la pérdida de población debida a la guerra quedaría superada. Alemania no es sólo un estado, sino una nación, unida por una lengua común, y tradiciones e ideales comunes. Acabe como acabe la guerra, la nación seguirá existiendo al final, y su fuerza no puede ser permanentemente retenida. Pero la imaginación sobre lo que sucede en una guerra sigue estando en Homero y en el Viejo Testamento; y todavía a quienes no pueden ver que las circunstancias han cambiado desde que aquellos libros fueron compuestos son llamados hombres prácticos y se les presume libres de falsas ilusiones. Aquellos, por otra parte, con cierto conocimiento del mundo moderno y alguna capacidad para liberar sus mentes de la influencia de determinadas frases, son llamados soñadores, idealistas, traidores o amigos de cualquier otro país excepto el suyo. Si se entendiesen los hechos, las guerras entre naciones civilizadas cesarían, dado su inherente absurdo. Las pasiones siempre están por detrás de las organizaciones políticas, y los hechos que no dejan espacio para las pasiones no suelen admitirse fácilmente. Para que el odio, el orgullo y la violencia tengan su sitio, los hombres se ciegan inconscientemente a los hechos más simples de la política y la economía, y la guerra moderna sigue justificándose con frases y teorías inventadas por hombres mucho más simples de un tiempo también mucho más sencillo.

IV.

El segundo tipo de guerra que podría estar en ocasiones justificada es la que podría llamarse guerra de principios. A esta clase pertenece la guerra entre protestantes y católicos, o las guerras civiles inglesa y americana. En tales casos cada bando, o al menos un bando, está honestamente convencido de que el progreso de la humanidad depende de la adopción de ciertas creencias, creencias que, por ceguera o simple depravación, la humanidad no reconocerá como razonables excepto si se presentan a punta de bayoneta. Tales guerras podrían justificarse; por ejemplo, una nación que practica la tolerancia religiosa podría encontrar justificación en resistirse ante otra nación invasora que mantiene un credo distinto. Así podríamos justificar la resistencia de los holandeses ante franceses e ingleses en tiempos de Carlos II. Pero estas guerras de principios están justificadas mucho menos a menudo de lo que nuestros contemporáneos creen. Es raro que un principio de valor genuíno para la humanidad sólo pueda ser propagado por la fuerza militar. Como regla general, es la parte mala de los principios y no la parte buena la que hace necesaria una lucha en su defensa. Por esta razón aquella parte mala es la que toma protagonismo durante el progreso de una guerra de principios. Una nación sosteniendo una guerra en defensa de la tolerancia religiosa con seguridad perseguiría a aquellos de sus ciudadanos que no creyesen en tal tolerancia. Una guerra de parte de la democracia, si es larga y dura, acabará con seguridad excluyendo del poder a aquellos que no estuvieron a favor de la misma. Mr. George Trevelyan, en un pasaje elocuente, describe la derrota que, como consecuencia última de nuestra guerra civil, sufrieron los ideales de tanto puritanos como caballeros. Esta fue la maldición de los vencedores, no morir, sino vivir, y casi perder su terrible fe en Dios; cuando presenciaron la Restauración, no de una vieja alegría demasiado alegre para todos ni de una vieja lealtad demasiado leal para ellos, sino de la corrupción y el egoísmo de quienes no tenían país ni rey. El sonido de los cañones puritanos ha cesado hace mucho tiempo, pero aún en el silencio del jardín pesan el destino inalterable, dando vueltas sobre sitiadores y asediados, con tal precipitación por destruirse entre ellos y permitir que sólo los viles sobrevivan. Este conflicto común entre ideales opuestos es el castigo usual, aunque no invariable, por apoyar los ideales por la fuerza. Mientras que podría concederse que este tipo de guerras no siempre deben ser condenadas, debemos sin embargo escrutar muy escépticamente cualquier reclamación de que una guerra está justificada porque la victoria de uno de los bandos será la de un principio importante para nosotros.

Hay quien mantiene que la presente guerra es una guerra en defensa de la democracia. No sé si este punto de vista es adoptado por el Zar, y buscando la estabilidad de la alianza sinceramente espero que no lo sea. No deseo, sin embargo, disputar la proposición de que la democracia en las naciones occidentales sufriría de vencer Alemania. Lo que sí deseo disputar es la creencia, sostenida frecuentemente en Inglaterra, de que si los aliados vencen la democracia puede serle obligada a una Alemania que no la desea como parte de las condiciones de la paz. Quien piensa así ha perdido de vista la letra del espíritu de la democracia. Los alemanes tienen la forma de gobierno que desean y cualquier otra forma impuesta por una victoria extranjera no estaría en armonía con el espíritu de la propia democracia, aunque se piense que sí conforma con aquella letra. Se hace bien en desear intensamente la victoria de los ideales que creemos importantes, pero suele ser un signo de indebida impaciencia creer que lo importante para los ideales de uno puede ser llevado adelante mediante la sustitución de fuerza por persuasión pacífica. Forzar la democracia por la guerra es sólo repetir, a gran escala y con resultados mucho más trágicos, el error de quienes la buscaron aquí vía el cuchillo del asesino y la bomba del anarquista.

V.

El siguiente tipo de guerra a ser considerada es la guerra en defensa propia. Se admite universalmente como justificable este tipo de guerra, y sólo Cristo y Tolstoi han llegado a condenarlas. La justificación de las guerras en defensa propia es muy conveniente, dado que que se sepa nunca ha habido aún una guerra en la que no haya habido defensa propia. Los estrategas nos aseguran que la verdadera defensa es el ataque; y cada gran nación cree que su propia fuerza descomunal es la única garantía posible de paz mundial y que sólo puede garantizarse con la derrota de otras naciones. En la guerra actual, Serbia se defiende de la brutal agresión de los austrohúngaros. Austria y Hungría se defienden de la agitación revolucionaria que se pretende que los serbios han fomentado. Rusia está defendiendo a los eslavos contra la amenaza de los teutones; Alemania defiende a la civilización teutona contra las provocaciones de los eslavos. Francia se defiende contra una repetición de lo de 1870 e Inglaterra, en principio sólo preocupada de que se mantenga el status quo, no deja desde luego de defenderse de una potencial amenaza contra su superioridad marítima. La apelación a la defensa propia por parte de cada combatiente aparece ante su enemigo como simple hipocresía porque, en cada caso el adversario piensa que tal defensa propia sólo quedará satisfecha por la conquista. Mientras que se considere que el principio de la defensa propia es una justificación suficiente para la guerra, una guerra en defensa propia sólo podrá justificarse tal y como una guerra de principios lo hace. Pienso, sin embargo que, incluso como asunto de política práctica, el principio de no-resistencia contiene una inmensa cantidad de sabiduría que el hombre aprovecharía si tuviese el coraje de intentarlo.

Los males sufridos durante una invasión hostil se sufren porque se ofrece resistencia. El Ducado de Luxemburgo, que no estaba en posición de ofrecer resistencia alguna, ha escapado al terrible destino de otras regiones ocupadas por tropas hostiles. Lo que una nación civilizada puede conseguir contra otra por medio de la conquista es mucho menos de lo que se supone comúnmente. Se dice, aquí y en Alemania, que cada parte lucha por conservar su existencia pero, cuando se escruta este razonamiento, se encuentra que oculta gran parte de confusión en el pensamiento inducida por el pánico irreflexivo. No podemos destruir Alemania ni con una victoria militar completa ni asímismo puede Alemania destruir Inglaterra ni aún sí todos nuestros barcos fuesen hundidos y Londres fuese tomado por los prusianos. La civilización inglesa, el idioma inglés, las fábricas inglesas, aún existirían y, como ejemplo de política práctica, sería totalmente imposible para los alemanes establecer una tiranía en este país. Si a los alemanes, en lugar de resistir por la fuerza de las armas, se les hubiese permitido pasivamente establecerse dondequiera que hubiesen deseado, el halo de gloria y coraje que rodea a la brutalidad de los éxitos militares no habría aparecido, y la opinión pública en la propia Alemania hubiese considerado imposible toda opresión. La historia de nuestros propios asuntos con nuestras colonias facilita suficientes ejemplos que muestran cómo bajo tales circunstancias el rechazo de un autogobierno no es posible. En una palabra, son los medios con los que se repele una agresión hostil los que hacen que las agresiones hostiles resulten desastrosas y los que generan el miedo por el cual las naciones hostiles llegan a considerar la agresión justificada. Como entre naciones civilizadas, por lo tanto, la no-resistencia dejaría de parecer un ideal religioso distante y pasaría a ser considerado el curso de una sabiduría práctica. Sólo el orgullo y el miedo se interponen a su adopción. Pero el orgullo de la gloria militar podría ser sustituido por un orgullo más noble, y el miedo ser superado por una realización más clara de la solidez y la indestructibilidad de las naciones civilizadas modernas.

VI.

El último tipo de guerra que tenemos que considerar es la que he llamado guerra de prestigio. El prestigio raramente es más que uno de los elementos que causan una guerra, pero habitualmente es un elemento muy importante. En la presente guerra, hasta que finalmente estalló por completo, era de hecho el único elemento implicado, aunque tan pronto comenzo la lucha otros muchos más importantes pasaron a plantearse. La cuestión inicial entre Austria y Rusia era prácticamente en su totalidad un asunto de prestigio. La vida de los habitantes de los Balcanes no debería haberse visto demasiado afectada por la participación o no de oficiales austríacos junto con los presuntos cómplices serbios de los asesinatos de Sarajevo. Esta importante cuestión, una de por las cuales la guerra está siendo librada, concierne a lo que se conoce como la hegemonía en los Balcanes, y es absolutamente una cuestión de prestigio. El hombre desea sentir el triunfo, y teme a la sensación de humillación que supone satisfacer por completo las demandas de otra nación. Antes que hacer inevitable el triunfo, que hacer eterna la humillación, se desea aplicarle al mundo los mismos desastres que se están sufriendo y todo el cansancio y la pobreza que va a seguirse sufriendo. El deseo de castigar y hacer eternos esos males está casi universalmente bendecida; se considera de alto espíritu, digno de una gran nación que demuestra fidelidad a las tradiciones ancestrales. El más tenue signo de razonabilidad es atribuido al miedo, y se recibe con vergüenza en un bando y mofas en el otro. En la vida privada existía el mismo estado de opinión cuando los duelos aún se practicaban, y aún existe en los países donde la costumbre permanece. Ahora se reconoce en cualquier parte del mundo anglosajón que el concepto del honor que hizo que los duelos existiesen era una estupidez y un engaño. Puede que no sea demasiado esperar que algún día el honor de las naciones, como el de los individuos, acabe siendo medido sólo por su capacidad para hacer daño. Puede difícilmente ser esperado, sin embargo, que ese cambio llegue mientras la relación entre las naciones siga estando en manos de diplomáticos que actúan únicamente bajo el anhelo del triunfo militar o diplomático del país del que proceden, y cuyo modo de vida les hace ignorantes de los hechos políticos y económicos realmente importantes para la vida de los ciudadanos, y de los cambios de opinión y de organización que han hecho de este mundo un lugar muy distinto del que era en el siglo dieciocho. Si debe hacerse algún tipo de progreso introduciendo algo de salud mental en las relaciones internacionales, es vital que esas relaciones estén en manos de personajes alejados de la aristocracia, más cerca del hombre normal, y más emancipados de los prejuicios de un tiempo pasado. Es necesario también que la educación popular, en lugar de inflamar el odio hacia los extranjeros y de representar incluso el más minúsculo triunfo como digno de los más elevados sacrificios, intente en cambio producir algún sentido de solidaridad con la humanidad y desprecio hacia aquellos elementos hacia los que los diplomáticos, casi siempre secretamente, hacen fluir la virilidad y el heroísmo de su pueblo.

Los objetivos por los que los hombres han luchado en el pasado, justos o injustos, no deben seguir siendo obtenidos mediante guerras entre naciones civilizadas. El gran peso de la tradición, de los intereses económicos o de la insinceridad política, está estrechamente ligado al anacronismo de la hostilidad internacional. Sin embargo, puede que no resulte quimérica la esperanza de que la presente guerra, que ha estremecido la conciencia de la humanidad más que cualquier otra guerra en la historia anterior, produzca una repulsión hacia métodos anticuados que podría llevar a naciones exhaustas a insistir en una hermandad y una cooperación que sus gobernantes les han negado antes. No hay motivo contra el establecimiento de un consejo de potencias que delibere todas las disputas de cara al público. Nada se opone a esto excepto el orgullo de gobernantes que no desean que nada que no sean sus propios deseos les controle. Cuando esta gran tragedia ya se haya encaminado a su desastrosa conclusión, entonces las pasiones de odio y autoafirmación habrán dado paso a la compasión con la miseria universal, y las naciones posiblemente se darán cuenta de que han estado luchando ciegas y engañadas, y que el camino de la piedad es el camino de la felicidad para todos.

Bertrand Russell, Trinity College, Cambridge.

The Ethics of War, por Bertrand Russell, fue publicado en el número de enero de 1915 del International Journal of Ethics. El original está disponible en el dominio público. Se facilita la traducción bajo la misma licencia que el resto del blog.

Viernes, 24 de Abril de 2009

Saliendo del armario ateo

En este episodio de Padre de Familia, Meg se vuelve creyente después de ver a su querido Kirk Cameron en un canal religioso de televisión. Cuando intenta convertir a Brian, éste explica que es ateo en frente de toda la familia. Es entonces cuando el asunto se le complica. En realidad es tan fastidioso salir de este armario como lo es de cualquier otro.

Visto en Atheist Movies.

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Miercoles, 22 de Abril de 2009

Barack Obama y el Pulitzer

Lo debe saber todo el que me conoce bien; soy un amante de la fotografía. La de debajo es la ganadora del premio Pulitzer de este año, obra de Damon Winter. Es una instantánea de Barack Obama dando una conferencia en Chester, Inglaterra. Todo en la fotografía es magnífico y si no me extiendo en detalles es porque no es el tema de este blog y no deseo confundir a mis lectores. :)

Vista en ALT1040.

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La ciencia según los famosos

Paris Hilton manifestó recientemente su miedo a viajar al espacio —lugar donde por otra parte nadie la ha reclamado— porque cree que al regresar todos sus seres queridos podrían haber muerto a causa del tiempo relativo que hubiera transcurrido; del orden de 10.000 años, según ella.

Madonna sostiene que la cábala neutraliza las radiaciones.

Victoria Beckham confunde la astronomía con la astrología, algo que por otra parte tiene probablemente en común con más de la mitad del resto de la humanidad. «Me interesa mucho la astronomía, como a todos los aries».

John McCain y Barack Obama manifestaron publicamente que existe una relación entre la vacuna triple vírica y el autismo. Varios expertos les enviaron 14 estudios sobre el tema para que se desdijeran.

El gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, antes act… El gobernador de California, vamos, también fue tachado de alarmista cuando pidió prohibir los ftalatos, compuestos químicos presentes en algunos juguetes. «Están amenazando la salud de nuestros hijos y pueden tener graves consecuencias para su desarrollo físico». El químico Peter Guengerich le tuvo que aclarar que aunque algún tipo de ftalato puede ser nocivo, los que se usan industrialmente son inocuos, tal y como han demostrado varias investigaciones, entre ellas la realizada en 2006 por la Oficina Química Europea. «Los ftalatos se utilizan hasta para fabricar material médico, como los catéteres».

Para la neumática Pamela Anderson «no es la contaminación lo que daña nuestro ambiente. Son impurezas que hay en el agua y en el aire las que lo hacen». Irrefutable.

Demi Moore confesó en una entevista para David Letterman que sigue un tratamiento con sanguijuelas: «Te desintoxican por dentro, por una enzima que vuelcan en tu sangre. Pero no sirve cualquier sanguijuela. Tienen que estar médicamente entrenadas». Cabe sospechar que entrenar sanguijuelas debe ser un trabajo extremadamente bien pagado.

En 2007, la modelo Heather Mills, ex mujer de Paul McCartney, en una intervención realizada en Hyde Park, Londres, propuso beber leche de rata para luchar contra el cambio climático. «Los animales criados para lácteos son una de las grandes amenazas para el medio ambiente», dijo. «Debemos beber leche de rata. Y a quien le resulte demasiado asqueroso, que pruebe con la de perros y gatos».

La actriz Carol Alt confesó que solo comía alimentos crudos. «Al cocinar se produce la transhidrogenización de las grasas. Por eso, el cuerpo no puede leer su composición molecular y no las digiere. Eso hace que se solidifiquen y a nuestro metabolismo le cueste tanto eliminarlas». ¿Quién dijo que lo de Ferrán Adriá tenía merito?

Y ya quedándonos en España, Ana Obregón, tan bióloga como madre, admite que es capaz de detectar la herencia genética de su hijo simplemente fijándose en su forma de andar; y Txumari Alfaro, que se ha hecho famoso por reciclar los típicos remedios de la abuela, añadiéndole algún toque excéntrico, como el beber la orina cada mañana para lucir más saludable, asegura que comer carne nos hace déspotas y racistas. «La mala alimentación nos hace más déspotas, más tiranos, más agresivos y más racistas. El que come mucha carne o productos envasados y enlatados está tomando alimentos que no tienen vida». A mí me gustan las verduras, pero no tanto.

Preocupados porque el público pueda creer las afirmaciones pseudocientíficas de sus ídolos, en Inglaterra se ha creado la asociación Sense About Science para intentar servir de contrapeso a declaraciones tan sumamente contraproducentes. Su lema es muy juicioso. «Seguir algunos de los consejos de nutrición y salud de las estrellas puede ser el camino más corto al cementerio».

Gracias, Emilio.

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George Carlin y el hombre moderno

George Carlin convierte la razón de ser del hombre moderno en absurda vanagloria del trabalenguas. En este caso realmente no tiene ningún sentido traducir los subtítulos. Es uno de sus números más memorables, así que si has venido a presumir de que ha existido algún cómico stand-up más grande que Carlin, simplemente piérdete.

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Martes, 21 de Abril de 2009

1 disparo, 2 muertos

Se trataría de una camiseta deportiva en la que puede verse el dibujo de una jihadista armada con una ametralladora y embarazada, en el centro de un punto de mira y con una leyenda debajo que dice «1 disparo, 2 muertos». Si es un fake, se lo han colado a la prensa escrita española. Si no lo es, es justo lo que Israel necesita para que en cualquier otra parte entiendan la naturaleza de sus acciones armadas. En uno y otro caso, no tiene gracia.

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Francisco Franco, líder de la oposición

Lunes, 20 de Abril de 2009

La energía nuclear ya es verde

Angela Saini es una periodista independiente especializada en ciencia y tecnología y su impacto en la sociedad, y colaboradora habitual del Digital Planet emitido por la BBC. En este artículo publicado en New Humanist nos detalla una tendencia interesante. La dependencia de los combustibles fósiles nos ha traido el cambio climático y a al-Qaeda. El uso de energías renovables aún no permite responder a las necesidades energéticas de las civilizaciones actuales. La oposición a la energía nuclear lleva años siendo un dogma entre la izquierda europea y los ecologistas. Sin embargo, deberíamos estar preparados tecnológicamente para responder a los desafíos que su uso comporta. ¿Por qué no abrazar la energía nuclear siguiendo siendo verdes? La traducción es de Ismael Valladolid, editor de La media hostia. El documental correspondiente está disponible en Al Jazeera English.

Angela Saini

La batalla ha sido perdida. Hace exactamente un año el gobierno británico confirmó los rumores de que una nueva generación de plantas nucleares estará en funcionamiento en 2020. «Se equivocan» insiste Greenpeace. «La energía nuclear no es la respuesta» imploran Friends of the Earth. Pero sus súplicas han caído en oídos sordos. Para muchos defensores del medio ambiente ésta es la incómoda prueba final de que mucha gente simplemente no odia la energía nuclear.

De hecho algunos verdes están incluso cambiando de bando. Environmentalist for Nuclear Energy, la EFN, un grupo cuyo nombre un día habría sido considerado un oxímoron, hoy reúne a más de 9.000 miembros en 60 países. En su sede en París, su fundador Bruno Comby prepara sitio en su casa ecológica para almacenar la enorme cantidad de formularios de ingreso y de correspondencia que recibe. El grupo tiene un catálogo de apoyos muy significativos, incluyendo a James Lovelock, el llamado «padre del ambientalismo» y autor de The Gaia Theory, así como Patrick Moore, antiguo director de Greenpeace International. En 2008, los activistas verdes George Monbiot y Mark Lynas admitieron ambos también que la presión por encontrar soluciones para la crisis energética creada por el cambio climático no basadas en combustibles fósiles les obligaría a estar preparados para considerar la energía nuclear.

«En muchos sentidos hemos pensado sobre este tema religiosamente» admite Monbiot mientras le filmo para un documental sobre la energía nuclear. «La gente parte de la posición preexistente de ser antinuclear y luego busca las evidencias para justificar esa posición. Enfrentados al tremendo desafío del cambio climático, tenemos que aportar al problema cualquier solución útil que se nos ocurra, y ahora empezamos a ver a la energía nuclear como algo mucho más útil de lo que pensabamos al principio». Puede parecer una idea racional pero es un bofetón en la cara del movimiento verde más atrincherado; con la naturaleza no se juega. Arrasar los bosques y permitir que la vida salvaje se extinga es reprobable pero, ¿qué hay peor que jugar con el bloque más básico del que se compone la naturaleza, el átomo?

Según el clásico logo de la campaña para el desarme nuclear cumplía los 50 el pasado año, se hizo evidente que mantiene la capacidad de evocar las mismas emociones que sintieron los manifestantes en Aldermaston décadas antes. Para los activistas verdes de la generación Aldermaston, la cuestión nuclear es un ataque al corazón de su movimiento. Muchos se preguntan si es ideológicamente posible ser verde y pronuclear, lo que hace más increible que unos pocos se hayan tragado sus eternas creencias y ahora abracen la energía nuclear.

«Nos hemos opuesto a la energía nuclear desde nuestro nacimiento» me cuenta Nathan Argent, responsable de las campañas antinucleares de Greenpeace. «Nuestras objeciones se realizan incluso contra una aproximación pragmática a la energía nuclear. Pensamos que hay formas más baratas y más efectivas de combatir el cambio climático». Según cada vez más ambientalistas empiezan a aceptar la energía nuclear, Greenpeace y Friends of the Earth se emperran en mantener que la solución es reducir el uso de combustibles fósiles mientras se aumenta el porcentaje de las renovables en la mezcla energética. El problema con esto es que, al menos en el Reino Unido, eólica y solar proporcionan energía de forma intermitente y dependiendo de las condiciones climáticas. Un movimiento hacia las energías alternativas necesitaría que proporcionasen una fuente constante y estable de energía, algo que hoy en día sólo los combustibles fósiles o la energía nuclear proporcionan.

A científicos e ingenieros les corresponde ahora la titánica tarea de convencer al público, muchos de ellos dedicando sus vidas a mejorar los estándares de la industria nuclear. En un esfuerzo por combatir la imagen de problema crónico nacida con los desastres de Chernobyl en 1986 y Three Mile Island en 1979, la energía nuclear es hoy en día la fuente más regulada, no sólo por las instituciones nacionales sino además por la ineludible International Atomic Energy Agency de la ONU. En consecuencia no hay incidentes nucleares desde los ochenta. Incluso el incidente de Three Mile Island, el más grave ocurrido en Occidente, elevó los niveles locales de radiación sólo marginalmente sobre los cotidianos. Hasta hoy ninguna muerte ha podido ser atribuida a dicho accidente.

Len Green, un ingeniero que ayudó a construir la estación nuclear Sizewell B, explica que las plantas modernas están preparadas para enfrentarse a cualquier posible contingencia, incluyendo el tipo de error humano que llevó a la explosión de Chernobyl. «El diseño es verificado hasta el último detalle, así como cada paso de la construcción, y durante su funcionamiento en todo momento». De acuerdo con el profesor Robin Grimes, físico de materiales en el Imperial College de Londres, y antiguo investigador en Los Alamos, no es que sean seguras, es que son a prueba de idiotas. «Los nuevos diseños de plantas nucleares utilizan sistemas pasivos, lo que las hace preparadas para simplemente cerrar el reactor en caso de problemas. El operador no tiene que hacer nada al respecto».

El argumento tantas veces repetido de que la energía nuclear es cara es aún menos razonable que el de que es insegura. Mientras que levantar una nueva planta requiere una gran inversión, el coste se recupera durante su tiempo de vida de forma más rápida que en una planta petrolífera o de gas. Y cuando el coste de extraer y almacenar el combustible repercute en el precio de venta del combustible fósil, la energía nuclear se pone rápidamente en primer lugar. Y las renovables tampoco pueden competir en precio. Un estudio de la Royal Academy of Engineering británica realizado en 2004 explicaba que el coste de generar energía eólica duplica al de la nuclear. Incrementar el porcentaje de renovables masivamente introduce también el problema de extender la red de paneles solares o de molinos de viento por todo el país.

De hecho la IAEA sugiere que la situación económica actual hace deseable el renacimiento de lo nuclear. La generación de energía nuclear habrá aumentado entre un 27 y un 50 por ciento hacia 2030, principalmente en India y China. Incluso Lituania, un pequeño estado báltico que pretende mejorar su economía desde los estragos del comunismo, pretende que una nueva planta nuclear reemplaze la vieja de la que en la actualidad disponen en el pequeño pueblo de Ignalina. Poder ofrecer energía eléctrica barata, y ser independientes energéticamente tiene mucho sentido económicamente, especialmente si un solo reactor puede proporcionar toda la energía eléctrica que Lituania necesita más un sobrante con el que comerciar. El director del instituto energético lituano ha declarado con franqueza que en Lituania simplemente ningún grupo verde ha intentado bloquear iniciativa nuclear alguna.

«Creo que muchos verdes lentamente están decidiendo que la energía nuclear es mejor que las alternativas» explica Grimes. Incluso la más habitual objeción verde a las nucleares, el tema de los residuos radiactivos, está siendo resuelto. El Reino Unido aún no dispone de un repositorio central para almacenar el combustible nuclear y continúa almacenándolo junto a cada planta. Según comiencen a funcionar los nuevos reactores, se producirán caso medio millón de toneladas de residuos, algunos de los cuales permanecerían siendo peligrosos durante milenios. Contra lo que reza el folklore verde, éste no es un problema inmutable. La Nuclear Decommissioning Authority, junto con los mejores ingenieros nucleares y geólogos del país, trabajan ya en una nueva forma de almacenaje. Encerrados bajo capas de cemento y cientos de metros de roca, esperan, tal y como lo hacen intenieros construyendo sistemas similares en Finlandia y los Estados Unidos, que los residuos estarán almacenados de forma segura. Trabajan con escalas temporales de millones de años, es decir, en sistemas que faciliten que los residuos estén seguramente almacenados no sólo más allá de lo que vivan nuestros descendientes sino probablemente de lo que dure la civilización humana.

Para científicos como Grimes el debate nuclear se ha convertido en un simple asunto educativo. Que los verdes consideren la energía nuclear es un triunfo del racionalismo sobre el miedo, aunque sea aún marginal. Este desplazamiento no es en un solo sentido. Científicos y activistas empiezan a encontrarse en otros asuntos que tradicionalmente les han enfrentado como las pruebas médicas con animales o los cultivos transgénicos. Hazte con una copia de cualquier publicación científica y te encontrarás con que las últimas noticias sobre investigaciones probablemente tratarán sobre consejos para reducir tu huella de carbón o reciclar más efectivamente. «El argumento verde siempre fue un desafío, y ahora nos invita a pensar en la forma de aplicar la ingeniería y la ciencia en su beneficio. Yo le doy la bienvenida a este debate» dice Grimes. El cambio climático ha unido a científicos y ambientalistas como nunca antes. Los investigadores proporcionan los datos científicos críticos y los verdes el impulso político. Esta cooperación ha ayudado a conseguir cierto consenso en torno a la energía nuclear.

Un consenso aún limitado. El debate nuclear aún sufre de irracionalidad, hasta el punto de que los ecologístas pronucleares son criticados por los de toda la vida simplemente por atreverse a sugerir que la energía nuclear tiene un sentido ecológico. Comby me cuenta que estos activistas no van a callarle. «Nos han atacado con veneno, pero al final nuestras ideas triunfarán, porque están basadas en la verdad científica y ésta es la que siempre se impone» dice.

¿Cómo de probable es que el resto de los verdes se unan a la cada vez mayor lista de disidentes y se pasen al lado nuclear? De momento no demasiado. La oposición de Greenpeace a cualquier solución apenas remotamente nuclear va tan lejos como para protestar ante uno de los desafíos científicos más fascinantes del siglo, el Reactor Termonuclear Experimental Internacional o ITER construido en Cadarache, Francia. El ITER es un proyecto multimillonario financiado por la Unión Europea, Japón, China, India, Rusia, Corea y los Estados Unidos, que pretende desarrollar la fusión nuclear, es decir, obtener energía de la unión de átomos, en lugar de la fisión de los sistemas convencionales actuales.

La fusión es un desafío tecnológico extremo, pero de tener éxito estaremos ante una forma de proporcionar energía limpia ilimitada a las futuras generaciones. Un milagro verde, si tan sólo más verdes intentasen verlo así.

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José Mota y la hipocresía

Suele sugerirse que la risa es lo que distingue al hombre del resto de los animales. Como rasgo distintivo, yo propongo la hipocresía. Me consta que hay animales que se ríen, pero no he conocido nunca un animal hipócrita. En el videoclip, el mejor José Mota.

Visto en el blog de Francisco Alcaide vía Crisol OptimaInfinito.

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Jueves, 9 de Abril de 2009

El Día internacional de la Blasfemia

«Todas las grandes verdades empezaron como blasfemias.» —George Bernard Shaw

El Día Internacional de la Blasfemia es una campaña internacional que busca establecer el 30 de septiembre como día en el que promover la libertad de expresión y demostrar la solidaridad con quien critica o incluso insulta a la religión sin miedo de represalias. Se considera que debería ser obligación de todas las naciones del mundo salvaguardar el derecho a la disidencia y no alinearse con quienes demandan un respeto irracional a cualquier tipo de creencia.

Márcalo en tu calendario, y únete al grupo en Facebook si te va su rollo.

Como tantos otros días de, probablemente todos los días deberían ser el día de.

Actualización: Por menos de cuatro libras, los chicos de New Humanist Blog te entregan tres blasfemias generadas por ordenador al mes. Artificial, vale, pero inteligencia al fin y al cabo.

Visto en The Freethinker desde Pharyngula.

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El SIDA en Uganda, o cuando la fidelidad y la abstinencia no son la solución

Sólo con un poco de suerte algún Papa lee esto.

Juan Garay

Soy médico y llevo años trabajando en África en hospitales, universidades y comunidades locales. Ahora coordino los programas de salud de la Unión Europea. Porque conozco bien el tema y el terreno quiero responder a las cartas sobre el SIDA en África y sobre Uganda en concreto.

El uso del preservativo es una de las intervenciones de salud pública más efectiva para evitar la infección por el virus del SIDA. Así, la comunidad internacional y las Naciones Unidas promueven el uso del condón como eje central en la lucha contra el SIDA.

Las comunidades de misioneros y religiosos, testigos del sufrimiento, y varias conferencias episcopales decidieron promover el uso del preservativo, al menos, dentro del matrimonio, cuando una persona está infectada y la otra no, en el convencimiento de que dicha protección promueve la vida, no la previene. Lamentablemente, el Vaticano llamó al orden a estas congregaciones y las obligó a desdecirse. Así que la única opción para las personas infectadas o para sus parejas, según la jerarquía de la Iglesia católica, incluso las casadas, es la abstinencia.

En cuanto al caso de Uganda, puesto de ejemplo en cuanto a descenso de la infección, es enteramente paralelo al de Ruanda, Burundi, Kenia y norte de Tanzania, con políticas distintas. Los datos no se explican por la abstinencia, sino porque el comportamiento epidemiológico del serotipo dominante de virus ha cambiado, por la muerte de una gran parte de la población infectada en los años noventa y por la inexactitud de los primeros estudios epidemiológicos. Y, en cualquier caso, la prevalencia es menor en países, e incluso comunidades, de predominio musulmán.

Hay un dato que quisiera que conocieran: Más del 80% de las mujeres infectadas por SIDA en Uganda —similar al resto de los 12 millones de africanas infectadas— sólo han tenido relaciones sexuales con un hombre. Para ellas, la abstinencia antes del matrimonio y la fidelidad durante este, según el modelo AB —abstinente, be faithful— no les protegió. La consecuencia de su infección es la enfermedad, la muerte y la orfandad de sus hijos —más de 12 millones en situación de extremo desamparo—. Tal como dice tras sus estudios el padre anglicano en Uganda Gideon Byamugisha, la estrategia AB les impidió protegerse con C —condón— y les llevó a la D —death, muerte—.

Las actitudes del Vaticano y ciertos sectores de la Iglesia negando esta evidencia o incluso promoviendo en la prensa falsedades sobre su eficacia tiene consecuencias dramáticas. El Vaticano debiera recordar el principio de la compasión cuando niega a tantos millones de personas —sin otra opción, pues sólo tienen acceso a escuelas y a hospitales de misión en una tercera parte del África rural—, el acceso a una prevención esencial para evitar tanto sufrimiento, tanta muerte.

Visto en La Vanguardia. Gracias C. Martín.

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Vanagloria del epíteto

En español conocemos como epíteto al adjetivo que no añade ninguna información a la del sustantivo con el cual concuerda, de forma que su significado, ya presente en el del sustantivo, destaca o acentúa ese matiz al repetirlo.

Por ejemplo, «merecidas vacaciones».

Hasta el próximo día 20 no habrá actualizaciones en este blog. Me encantará para entonces sin embargo ver un montón de nuevos comentarios en los artículos que ya figuran publicados. Incluso si son del Sr. Viagra.

Martes, 7 de Abril de 2009

¿Es el Islam un totalitarismo?

¿Qué es el totalitarismo?

La Real Academia Española da una definición compacta, probablemente suficiente para la mayor parte de las situaciones. Por ejemplo, para quien está jugando al Pasapalabra. «Régimen político que ejerce fuerte intervención en todos los órdenes de la vida nacional, concentrando la totalidad de los poderes estatales en manos de un grupo o partido que no permite la actuación de otros partidos.»

La Wikipedia da una definición por supuesto más extensa. «Los totalitarismos, o regímenes totalitarios, se diferencian de otros regímenes autocráticos por ser dirigidos por un partido político que pretende ser o se comporta en la práctica como partido único y confundirse con las instituciones del Estado, y por lo general exaltan la figura de un personaje que tiene un poder ilimitado que alcanza todos los ámbitos y se manifiesta a través de la autoridad ejercida jerárquicamente. Impulsan un movimiento de masas en el que se pretende encuadrar a toda la sociedad —con el propósito de formar un hombre nuevo en una sociedad perfecta—, y hacen uso intenso de la propaganda y de distintos mecanismos de control social y de represión como la policía secreta o los campos de concentración. El fascismo —tanto el italiano como el nazismo alemán y en mayor o menor medida otras versiones nacionales— y el estalinismo de la Unión Soviética —y en mayor o menor medida el de sus países satélites denominados socialismo real— son los ejemplos más destacados.». Adorna la explicación con un montaje de los rostros de Hitler y Stalin. Probablemente, si no en otros, desde luego en este caso una imagen vale más que mil palabras.

Para una definición algo más literaria tenemos a Edgar Morin, filósofo francés de origen sefardí —descarga sus libros de aquí—. Lo explica así.

«Un sistema totalitario se basa en el monopolio de un partido, el cual es único, no sólo porque no se permite la existencia de otros, y porque tiene todo el poder a su disposición, sino porque en realidad es un tipo de partido inusual. Es un partido en el que todos los poderes espirituales y temporales se concentran en un único aparato que gobierna, controla y administra. El aparato lo sabe todo y puede hacerlo todo. Es un maestro disciplinario, un activista, un académico, un soldado, un director y un policía, todos en uno. Al mismo tiempo es el portador sagrado de una verdad absoluta que tiene dos motivos para sentirse autorizado. El primero es la clara y visible posición científica que da el conocimiento de toda la verdad sobre el mundo, incluyendo las leyes de la historia. El segundo es la profundamente enraizada convicción religiosa de constituir la promesa de una salvación en vida, revelada por dichas leyes de la historia.»

En un famoso libro sobre el tema, Hannah Arendt utilizaba el término «totalitario» para referirse a los mandatos de Hitler en Alemania y Stalin en la Unión Soviética. Otra vez ellos. Dichos mandatos tenían lugar en unas condiciones que sobrepasaban a las de las viejas tiranías conocidas, de ahí que pareciese necesario acuñar un nuevo término. Los dos regímenes tuvieron éxito a la hora de implantar la dominación total en dos por otra parte aparentemente inabarcables naciones, utilizando una ideología política basada en el terror permanente. Cualquier intento de definir cómo evoluciona el totalitarismo tropieza con el hecho de que sus ideologías no apelan a leyes tradicionales ni a convenciones políticas existentes. Sólo a la existencia de un poder superior. La Ley de la Naturaleza en el caso de Hitler, o el Materialismo Histórico en el caso de Stalin.

¿Es el Islamismo actual un tipo de totalitarismo? Una cuestión provocativa. Quien argumenta que el Islam, o la fe islámica, son por naturaleza un totalitarismo le están dando la vuelta en realidad a un cliché semántico, uno que les resultará especialmente simpático a los escuchas de la COPE. Veamos.

Un gobierno islamista, como un gobierno cristiano —y alguno de entre los más poderosos del mundo sólo ahora están dejando de ser un gobierno cristiano— son totalitarios si se acepta el más amplio sentido de la palabra, desde el momento en el que tratan de implantar como obligatorios puntos de vista religiosos sobre la realidad. Se trataría de gobiernos basados en el reconocimiento de un dios como el administrador máximo de la vida civil. Dado que dicho dios es un ser sobrenatural, es necesario que el gobierno sea llevado a cabo por oficiales a quienes se les concede la representación de la guía divina. Ya sean un mullah o el Papa.

Podría existir un término más adecuado para ese tipo de gobierno, por ejemplo «teocracia». Contra lo que sería un sistema totalitario estándar, una teocracia no basa el poder en el acceso a una verdad científica. En su lugar, se basa en la relación con el deseo de un Dios, la auténtica fuente de legitimidad en este caso. Donde la historia revela que la mayor parte de las teocracias son regímenes autoritarios que limitan la libertad, llamarles «totalitarismos» es quizás una simplificación que consagra una equivocación. Probablemente deberíamos ponernos de acuerdo en utilizar los términos de una forma que dignifique su significado. Lo sabemos bien en España, donde de un tiempo a esta parte se utiliza «fascista» como sinónimo de «persona que me molesta». La propia Arendt lo explicaba.

«Existe un acuerdo silencioso en la mayor parte de las discusiones políticas y científicas que consiste en que podemos ignorar las distinciones y proceder como si a cualquier cosa le pudieses llamar cualquier otra, y que las distinciones sólo tienen sentido hasta el punto en el que cada uno de nosotros tenemos derecho a redefinir los términos. Lo curioso es que llegamos a concedernos este derecho incluso cuando discutimos asuntos realmente importantes, como si todo lo que importase fuesen las opiniones. Términos como «tiranía», «autoritarismo» o «totalitarismo» simplemente han perdido su significado común, o hemos dejado de vivir en un mundo donde las palabras que tenemos en común han perdido su significado inequívoco. Estamos entonces condenados a vivir verbalmente en un mundo sin significados, donde nos concedemos los unos a los otros el derecho a restringirnos a nuestros propios significados, y nos exigimos sólo ser consistentes con nuestra terminología privada».

Quizás es sólo uno más de los asuntos que por haber existido Hitler y Stalin es imposible discutir ahora en contexto.

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Espiritual pero no religioso

«No entiendo a esos que dicen que son espirituales pero no religiosos. ¿Eso no es como ser sólo supersticioso pero sin lo que mola de la comunidad y los rituales?»

Visto en Pharyngula.

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Lunes, 6 de Abril de 2009

Ya que crees en Dios, cree en uno lo suficientemente machote

«Mi dios tiene un martillo, y al tuyo lo clavaron en una cruz. ¿Alguna pregunta?»

Visto en LOL god.

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Chimpancés equipados con GPS

Según un reciente descubrimiento, los chimpancés mantienen en mente un mapa geométrico de los alrededores del lugar donde viven, y son capaces de moverse de ubicación en ubicación en líneas prácticamente rectas. Christophe Boesch y Emmanuelle Normand investigan el comportamiento de primates para el Instituto Max Planck de Leipzig. Durante más de doscientos días y utilizando como ayuda el GPS, han estado siguiendo los movimientos de quince chimpancés por todo el Parque Nacional Tai de Costa de Marfil. «Lo fantástico de seguir a los chimpancés por todo el bosque es que necesitamos el GPS para seguirles. Obviamente los tíos saben adónde van».

Cada mañana los investigadores despiertan a un chimpancé y le siguen a lo largo de todo el día registrando su posición con el GPS hasta que echa a dormir, casi siempre en un nido diferente. En un sólo día descansan en hasta 15 árboles distintos, de los 12.000 que componen el parque, el cual tiene una extensión de 17 kilómetros cuadrados. «El estudio es posible porque la nueva tecnología GPS funciona a la perfección incluso en un bosque. Hace cinco años todo esto no era posible» explica Boesch.

Tras analizar los datos, concluyen que los animales eligen sus rutas utilizando un mapa mental construido sobre coordenadas geométricas, en lugar de recordar hitos sobre el terreno o caminos ya utilizados anteriormente. Mientras buscan frutas en los árboles, los chimpancés adultos se mueven en líneas rectas. Incluso el ángulo desde el que atacan el árbol depende de su localización actual. Los hitos sobre el terreno sólo empiezan a ser utilizados según se acercan a su destino.

Aún más fantásticas resultan las revelaciones de Paul Garber, antropólogo en la Universidad de Illinois. Del estudio Garber concluye que los chimpancés no van eligiendo la ruta paso a paso, sino que son capaces de planearla con anticipación.

Lo significativo es que muy probablemente los seres humanos son capaces de utilizar un sistema de navegación similar, dependiendo de cuál sea tu entorno, sólo que lo más normal es que no precisen de hacerlo. Si vives en una ciudad estás rodeado de carreteras y de edificios, y todos ellos sirven como hito a la hora de orientarte. Un pigmeo en un bosque tropical o un esquimal en el ártico, por ejemplo, no disponen de esos hitos. De ahí que sean capaces de orientarse utilizando medios mucho más sofisticados, tal y como hacen los chimpancés.

Visto en New Scientist desde Slashdot.

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Si nos cargamos el planeta, más nos vale que sea entero

«Hacia el año 2065, los bosques ya cubren sólo el 1% del planeta. No obstante insisten en alojar cerca del 50% de las especies vivas.»

Viñeta de Wulffmorgenthaler.com.

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