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Martes, 2 de Junio de 2009

Colombia: ateos salen del clóset

© Hernando Salazar
Publicado en BBC Mundo

Salir del clóset está de moda en Colombia. Primero fueron algunos gays, lesbianas, bisexuales y transgeneristas, gracias a sentencias de la Corte Constitucional. Después, consumidores de drogas ilícitas, oponiéndose a su penalización, y ahora el turno es para los ateos y agnósticos.
Con sólo dos semanas en el mercado, un Manual de Ateología, escrito por personajes que niegan o dudan de la existencia de un dios, se ubicó entre los diez títulos más vendidos en las librerías de este país.
El manual fue hecho por 16 personalidades, entre ellas abogados, escritores, periodistas y psicólogos.
BBC Mundo habló con algunos de ellos y también con otros ateos y agnósticos.
Llama la atención que un libro de esa naturaleza se venda bien en Colombia, donde nueve de cada 10 personas se declaran cristianas, en su mayoría católicas. Y esas mayorías se sienten en muchos ámbitos, comportamientos y actitudes.
De hecho, durante más de ocho décadas, Colombia fue consagrada cada año por los gobiernos al Sagrado Corazón de Jesús, una de las imágenes más preciadas por los católicos.

Un estado aconfesional
Y aunque desde 1991 la Constitución declaró al Estado colombiano como aconfesional, muchas instituciones, como la Policía Nacional, siguen manteniendo en sus escudos lemas como «Dios y patria».
En esas circunstancias, muchos, como la escritora Silvia Galvis, le dicen a BBC Mundo que «es muy difícil» expresar públicamente el ateísmo.
«Cuando les conté a unos amigos que no había bautizado a mis hijos, hubo unos cruces de miradas y unas sonrisas despectivas que lo hacen sentir a uno totalmente fuera de lugar», relató Galvis, autora de varios libros, entre ellos Viva Cristo Rey, una crítica al papel de la Iglesia Católica en la historia política de Colombia en el siglo XX.
La escritora, que no hizo parte de los autores del Manual, sostiene que «hay más razones para creer que dios no existe. Me siento más confiada en la vida y hago las cosas porque creo en ellas, sin estar esperando recompensas, como sí ocurre con los creyentes».
El dirigente político Carlos Gaviria, uno de los autores del libro, quien aspira a ser nuevamente candidato presidencial del izquierdista Polo Democrático Alternativo en las elecciones de 2010, también reconoce dificultades para que los demás entiendan su agnosticismo.
¿Cómo hace un agnóstico para conseguir apoyo electoral en un país tan católico?, le preguntó BBC Mundo a Gaviria, que en 2002 obtuvo 2,6 millones de votos.
«Es cierto que la sociedad colombiana es bastante atrasada. Sin embargo, yo creo que para hacer política decente hay que exponer esas posiciones de manera honesta, sin engaños, para que la gente sepa por quién vota», responde Gaviria.
El político relató que en una ocasión un asistente a un acto político lo increpó por su actitud hacia dios y la religión. Entonces, tuvo que explicarle por qué él no tiene razones para afirmar o negar la existencia de un dios. «Después de oírme, el hombre quedó tranquilo», narra.

«Más fácil que en Irán»
A pesar de esas dificultades, otro de los autores del Manual de Ateología, el escritor Héctor Abad, le expresa a BBC Mundo que es más fácil ser ateo en Colombia que en Irán, «donde si lo fuera y lo declarara podría ir a la cárcel».
«Aquí se me puede considerar un tonto o un loco o un inmoral, pero lo puedo decir y no me siento en peligro. Es fácil, es divertido, y a muchas personas incluso les llama la atención, porque muchos creyentes, en realidad, dudan muchísimo de sus creencias», añade.
Abad es un ateo que tiene un tío que es sacerdote del Opus Dei y otro que fue arzobispo de Medellín, la segunda ciudad más importante de Colombia.
«No creo que (ellos) me vean como un anticristo, pero sí hay algunos que me advierten que me voy a ir al infierno», dice.
Según el escritor, una vez un banquero le dijo que él se iba a condenar y que le propuso que le prestara 50.000 dólares al interés que el quisiera, «con una sola condición: usted me presta la plata en esta vida, y yo se la pago en la otra. No quiso hacerme el préstamo».
El editor del Manual de Ateología, José Manuel Acevedo, reconoció hace poco en el diario El Tiempo que algunos personajes se molestaron cuando les pidieron su testimonio para el Manual de Ateología.
Uno de ellos fue Vladimir Flórez, Vladdo, el más famoso caricaturista colombiano, quien después escribió una columna titulada Dizque ateo.
Vladdo le dice a BBC Mundo que una cosa es que él critique a la Iglesia Católica por posiciones y hechos como el celibato, la prohibición de usar anticonceptivos y los casos de pedofilia, y otra que él sea ateo o agnóstico.
«Del clóset deberían salir no sólo los ateos y agnósticos sino todos los que profesan o practican creencias y costumbres “mal vistas” por el conservadurismo, como los gays, las lesbianas, los antiuribistas vergonzantes, muchos ecologistas, los comunistas de corazón y así “subversivamente”», expresa Vladdo.
Todo hace parte de la controversia entre creyentes y no creyentes, que siempre ha habido en la historia de la humanidad, en algunos sitios con más intensidad que en otros.
Abad admite que la controversia sobre un dios enfrentará a los fanáticos, sean creyentes o no creyentes, como ocurre en Afganistán y en Corea del Norte, como sucedió en la Unión Soviética de Stalin y en China durante la revolución cultural.
«Yo soy un ateo manso y poco militante. Creo que todos debemos poder creer o no creer libremente», concluye el escritor.

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Miercoles, 27 de Mayo de 2009

Una patrulla de prelados degenerados

Crece el escándalo por los abusos cometidos por la Iglesia irlandesa. Involucra a 35 mil chicos violados y maltratados en más de 250 institutos católicos.

© Julio Algañaraz
Publicado en Clarín

En el colegio San José de Cabra, especializado en chicos sordos, operaba una patrulla de prelados degenerados, encabezados por un tal John Brander, un «educador» que era un abusador físico y sexual en serie, un maníaco violento, que hasta llevaba un diario cotidiano con las puniciones corporales que infligía.
El devastador documento de 2.575 páginas de la Iglesia irlandesa sobre los abusos sexuales y de todo orden contra 35 mil infantes y adolescentes en los últimos 60 años, a cargo de 250 instituciones católicas convertidas en sádicos campos de concentración, ha estallado la semana pasada y dentro de una o dos semanas se conocerá un segundo informe sobre los horrores cometidos en la arquidiócesis de Dublin.
La Comisión sobre Abusos a los Niños ha producido tras nueve años de investigaciones el Informe Murphy, cuyos resultados son mucho peores de lo que se esperaba. En el país más católico de Europa junto con Polonia, el prestigio de la iglesia irlandesa ha quedado en ruinas.
Para el Papa, aunque el Vaticano anuncia que está en favor de la línea dura y pide que se «investigue todo», el caso irlandés es un nuevo ladrillazo del annus horribilis de su pontificado que lleva cuatro años. Desde el 21 de enero 2009, cuando Benedicto XVI aprobó el decreto fatal que levantó la excomunión a cuatro obispos cismáticos del grupo Lefebvre, la figura y la autoridad del Papa han sufrido un proceso de contestación en Europa prácticamente sin precedentes en la era contemporánea.
En Irlanda, los resultados del informe han dejado tan horrorizados a los fieles de una sociedad que históricamente identifica al catolicismo y a la Iglesia con su sufrida identidad nacional debido al colonialismo inglés, que el cardenal primado Sean Brady ha declarado: «Siento una enorme vergüenza y pienso en lo que han sufrido tantas víctimas inocentes durante tantos años».
El cardenal Brady confirmó que en junio se conocerá un segundo informe circunscrito a la arquidiócesis de Dublin, la capital, que según se adelantó contiene testimonios tan espantosos como los del informe a nivel nacional.
Los 250 institutos católicos que recibían a jóvenes pobres o a internados en las escuelas-reformatorio, estaban en parte manejados por curas y monjas sádicos que se especializaban en continuos castigos corporales y en abusos sexuales. Thomas Wall, que hoy tiene 62 años, es uno de los testigos sobre lo que ocurría en el colegio-prisión de la congregación del «Fratum Christianorum», los Hermanos Cristianos de Glin, una ciudad sobre el río Shanon. «Era un chico y todos los días un sacerdote abusaba sexualmente de mi. No había forma de evitarlo». Los alumnos más grandes completaban los abusos con «supervisiones» nocturnas en complicidad con los curas.
Los Hermanos Cristianos controlaban varios institutos. Como las monjas de las Hermanas de la Piedad, que tenían un poder absoluto sobre los niños y adolescentes que eran, en la práctica, sus prisioneros.
Sadie O’Meara era una de las víctimas y cuenta que «la comida era asquerosa, había barras en las ventanas y los maltratos y abusos sexuales eran continuos». Una película, Magdalena, causó un gran impacto en 2002 narrando estos horrores.
Los casos se prolongan «ad infinitum» en el informe de la Iglesia irlandesa. No se sabe si alguno será castigado porque por pedido de las congregaciones la magistratura de Irlanda aseguró el anonimato de los culpables. Esto ha aumentado la indignación general.
Cuando fue elegido Papa, el 19 de abril 2005, uno de los grandes objetivos de Benedicto XVI era devolverle al alicaído catolicismo europeo su misión de vanguardia y la debilitada hegemonía que todavía mantiene después de tantos siglos.
La crisis de 2009 ha golpeado seriamente este proyecto pontificio. Entre los cuatro obispos a los que el Papa Ratzinger levantó la excomunión para reintegrarlos al seno de la Iglesia, se encuentra el inglés Richard Williamson, que en una entrevista a la TV sueca declaró que el Holocausto de los judíos no existió y que tampoco funcionaron las cámaras de gases nazis en los campos de exterminio.
Esas declaraciones desataron una seguidilla de reacciones que terminaron embistiendo al propio Papa. Obispos y Conferencias Episcopales de Alemania, Suiza, Austria, Francia, Holanda, protestaron.
La premier germana Angela Merkel pidió aclaraciones que obligaron al pontífice a asumir posiciones rígidas frente a los lefebvrianos y a repudiar al obispo Williamson, que vivía en la Argentina y fue expulsado por nuestro gobierno. En Austria hubo una rebelión de los obispos por el nombramiento de un obispo ultra conservador por parte de Benedicto XVI y el Papa debió dar marcha atrás.
Una declaración del pontífice contra el uso de los preservativos como arma contra la difusión del SIDA en África determinó nuevos revuelos. Protestaron muchos obispos europeos y el Parlamento belga condenó las declaraciones del Papa, algo nunca visto en los últimos decenios.
Europa decía ser el verdadero «continente de la esperanza» y se ha convertido en la usina mayor de la protesta. En Suiza, hace pocos días, se puso en marcha una nueva ley de testamento biológico que da amplia autonomía a las personas para establecer que quieren que no les hagan en materia de ensañamiento terapéutico cuando su vida llega al final. La posición de los obispos católicos en favor del diálogo estuvo en neto contraste con el Vaticano y el Papa, que adoptaron posiciones muy rígidas y agresivas a raíz de la muerte de Eulana Englaro, una joven que había vivido 17 años en coma irreversible. La magistratura italiana autorizó a su padre a hacer suspender los tratamientos para mantenerla en vida. Algunos colaboradores del Papa lo trataron de «asesino».
Las contraposiciones religiosas y culturales con el Papa ultra conservador, tradicionalista, mantiene vivo un debate encendido con muchos obispos europeos que acusan al Vaticano de posiciones anacrónicas que la separan de la existencia social.

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Viernes, 22 de Mayo de 2009

Darwinius masillae

¿Es éste el «eslabón perdido»?

© Christine McGourty
Publicado en BBC

Los preservados restos de una criatura hembra de 47 millones de años, similar al lémur, fueron develados en Estados Unidos.
La preservación es tan buena que es posible observar el contorno de su pelaje e incluso los rastros de su última comida.
El fósil, denominado Ida, es considerado el «eslabón perdido» entre los primates haplorrinos –monos, simios y humanos– y sus parientes más lejanos.
Sin embargo, algunos expertos independientes, que esperaban la oportunidad de ver al nuevo fósil, han mostrado escepticismo ante la afirmación de que finalmente se encontró dicho eslabón.
Además, han criticado el despliegue publicitario que ha rodeado la presentación de Ida.
El fósil fue presentado por el alcalde de la ciudad en medio de una gran fanfarria en el Museo de Historia Natural de Nueva York.
Aunque los detalles de Ida sólo han aparecido en una publicación científica –PLoS One– ya existen un documental y un libro asociados.
Ida fue descubierta en la década de 1980 en el sitio fosilífero de Messel, un terreno que se convirtió en un tesoro oculto de fósiles ubicado en Darmstadt, Alemania. Durante la mayor parte de este tiempo ha estado en una colección privada.

En el Eoceno
La investigación sobre la importancia del fósil fue encabezada por Jorn Hurum del Museo de Historia Natural de Oslo, Noruega.
Hurum indicó que la criatura fósil era «lo más cercano que tenemos a un ancestro directo» y calificó el descubrimiento como «un sueño hecho realidad».
El animal vivió durante una época en la historia de la Tierra conocida como el Eoceno, la cual fue crucial para el desarrollo de los primeros primates.
A simple vista, Ida se parece a un lémur, sin embargo, la criatura carece de rasgos primitivos como el denominado «peine de dientes finos», una característica anatómica en la cual tanto los colmillos como los incisivos inferiores son alargados, están juntos y salidos hacia fuera. Tampoco tiene una garra especial utilizada para acicalarse.
El equipo concluyó que Ida no era simplemente otro lémur sino una nueva especie. Su nombre científico es Darwinius masillae, para celebrar su lugar de origen y el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin.

Sueño
El doctor Jens Franzen, un experto en las excavaciones que han tenido lugar en Messel y miembro del equipo que desenterró a Ida, la describió como «la octava maravilla del mundo», debido a la extraordinaria preservación del esqueleto.
Esta es información con la que normalmente «los paleontólogos sueñan», señaló.
Además, Ida guarda «un cercano parecido a nosotros mismos», agregó, con uñas en vez de garras, una mano y un dedo pulgar, como los humanos y algunos otros primates.
Sin embargo, dijo que algunos aspectos de los dientes indican que Ida no es un ancestro directo, es más una «tía» que una «abuela».
«Ella pertenece al grupo del cual los primates haplorrinos y los humanos se desarrollaron, pero mi impresión es que ella no está en la línea directa».
Expertos independientes están interesados en estudiar el nuevo fósil pero se muestran escépticos ante cualquier anuncio de que éste podría ser «el eslabón perdido».
El doctor Henry Gee, uno de los editores de la publicación científica Nature, dijo que el término en sí mismo es engañoso y que la comunidad científica necesitaría evaluar su importancia.
«Es algo muy bueno tener un nuevo hallazgo y será muy bien estudiado», afirmó. No obstante, agregó que el hallazgo probablemente no se encuentre en el mismo nivel que importantes descubrimientos como el «Hobbit» o dinosaurios con plumas.
El doctor Richard Beard, curador del Museo Carnegie de Historia Natural, dijo sentirse atemorizado por la maquinaria de publicidad que rodea al nuevo fósil.
Argumentó que podría afectar negativamente la popularización de la ciencia si la criatura no resultara ser tan importante como la presentaron.
Todavía Beard no conoce los detalles científicos del descubrimiento pero afirmó que podría ser muy bueno tener un nuevo fósil del Eoceno y que Ida «sería bienvenida como una nueva criatura en el mundo de los primeros primates».
Sin embargo, indicó que «estaría absolutamente estupefacto si resulta ser un potencial ancestro de los humanos».

Todo está en el pie
En la publicación PLoS, los científicos no dicen que la criatura es un ancestro directo de los humanos, pero el doctor Hurum cree que eso es exactamente lo que Ida es.
Hurum le dijo a la BBC que la clave para probar esto descansa en el detalle de su pie. La forma de un hueso en el pie llamado talus parece «casi antropoide».
Añadió que el equipo estaba planificando una reconstrucción en tres dimensiones del pie, lo que demostraría que Ida esa aun ancestro directo de los humanos.
«Aún no hemos terminado con este espécimen», expresó Hurum. «Habrá muchas investigaciones sobre Ida en el futuro», prometió.

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Viernes, 15 de Mayo de 2009

Hollywood ya no tiembla cuando el Vaticano se opone a una película

© Leonardo M. D’Espósito
Publicado en Crítica

¿De qué religión es el cine? La pregunta parece inadecuada, pero no es así: cuando un film creado para distribución internacional (léase, por lo general, Hollywood) toca algún tema sensible al cristianismo –o, mucho más específicamente, al catolicismo romano–, parece arder Troya, o mejor, Roma. Hace un par de años, cuando el estreno de El código Da Vinci, se hablaba más de su supuesto sacrilegio que de la (por lo demás, pésima) adaptación de la novela de Dan Brown. Algo similar sucede ahora con Ángeles y demonios, secuela de aquel film –aunque el libro era una precuela–, donde la controversia viene morigerada y se reduce a que el Vaticano no permitió el rodaje en sus edificios.
Es cierto, sin embargo, que la interferencia religiosa (repitamos: básicamente católica) es paradójicamente secular en cuanto al cine se refiere. La primera gran operación de control y censura de los contenidos cinematográficos, el Código Hays, fue una iniciativa católica. En 1934, los productores de cine tenían miedo del poder de movilización de los católicos en grandes centros urbanos como Nueva York, ante lo que éstos consideraban «la suciedad» de las películas (léase sexo –especialmente homosexual–, muerte explícita y algunas otras cosas). Los obispos católicos desconfiaban de la censura que podían ejercer los gobiernos estaduales (básicamente protestantes) y abogaban por que la propia industria se autorregulase. Hays, gran publicista, estableció reglas que fueron acordadas por los grandes estudios y rigió los contenidos de las películas hasta 1967.
En otros países, la influencia católica fue aún más fuerte. En la España de Franco directamente no se estrenaba lo que la Iglesia no permitía estrenar. O se cambiaban cosas para que nadie entendiera mal. En Intriga internacional, el gran film de Hitchcock, hay una secuencia donde el galán Cary Grant y la heroína Eva Marie-Saint pasan –en parte accidentalmente, en parte con toda la intención– la noche juntos en un camarote de tren. En la copia española, el diálogo en castizo salta al italiano para que «no se entiendan» las cosas horrorosamente sensuales que decían.
Estos traspiés –la Argentina también los sufrió, y cómo– han sido frecuentes y, con el tiempo, demuestran ser inútiles y hasta torpes. Sin embargo, hubo casos donde la protesta vaticana llegó más allá de un quítame de allí esas tetas. La cuestión es simple: para la Iglesia católica, el Evangelio es un dogma universal y no puede ser tocado ni puesto en pantalla de modo libre. A veces se pierde de vista que las tres religiones reveladas, aunque presentes en todo el mundo, no llegan –sumadas– a ser profesadas por la mitad de los seres humanos. Hay muchos que no creen que ésos sean textos sagrados. Y muchos otros que consideran la Biblia sólo como una fuente de mitos, como a los cristianos puede parecerles el Mahabbaratha. Incluso más: se supone que en el catolicismo el hombre es libre de pecar. Se llama «libre albedrío». Si ver películas donde se pone en tela de juicio, se juega estéticamente o se contradicen las Escrituras es pecado, pero no hay texto que lo prohíba.
Hecha la salvedad, algunos ejemplos. Cuando en la Argentina, ya en plena democracia, estuvo por estrenarse La vida de Brian (era de 1979 pero, dictadura mediante, recién se pudo ver en 1985), los fanáticos católicos elevaron su grito por lo que consideraban un sacrilegio. El film, obra de los satíricos Monty Python, hablaba de un pobre tipo que vivió en los tiempos de Jesús y fue confundido con un mesías. En el momento de su estreno original, muchos católicos la consideraron blasfema, pero sólo se prohibió en países alejados de la democracia. En el nuestro, seis años y una elección general más tarde, tardó meses en estrenarse porque hubo amenazas de bombas en los cines. Pero se estrenó igual y fue un moderado éxito de público, mucho más grande luego en su edición en video.
Algo peor sucedió un poco más tarde en ese mismo 1985. El escándalo se llamó Yo te saludo, María, de Jean-Luc Godard. El film narra la historia de María y José –más una fábula sobre Eva– en el mundo contemporáneo, y fue condenada como «blasfema» por la Iglesia francesa. A tal punto llegó la discusión pública que el gobierno francés de entonces, cuyo presidente era nada menos el socialista François Mitterrand, consideró prohibirla. Aunque se trata de un ensayo fílmico complejo, bastante poco complaciente hacia el gran público (como la mayoría de la obra de Godard), tuvo enormes problemas. Nadie pareció soportar que el personaje central apareciera desnudo, que fuera una empleada de estación de servicio, y que José fuera un taxista. Mucho menos, horror de horrores, que en el film hubiera escenas eróticas. En la Argentina, la discusión también fue grande. Aunque en ese año ya no se prohibían películas, la presión de la Iglesia y algunos laicos hicieron que el film directamente no tuviera distribución. Lo curioso es que ni siquiera fue editado –por lo menos legalmente– en video ni DVD. Quien quiera verlo –es además un film muy bello y profundo– puede descargarlo de internet.
Pero Godard era un nombre para iniciados y su film, minoritario desde su concepción. Más complicado es cuando se trata de una película con actores muy conocidos, con un director respetado y conocido mundialmente, con Hollywood detrás. Es el caso de La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, basado en la novela homónima de Nikos Katzanzakis, autor griego y marxista que ya se había acercado al mito cristiano y la figura de Jesús en una obra llamada Cristo nuevamente crucificado, muchísimo más polémica, rodada en 1957 por Jules Dassin con el nombre de El que debe morir (paradoja, se vio muchas veces en la televisión de aire argentina y nunca tuvo problemas de censura en ninguna parte). Lo primero que le pasó a Scorsese fue que varios estudios se negaron a financiarla, hasta que lo hizo Universal con coproducción francesa. Cuando esto se supo en Francia, el obispo de Nancy dijo que no debía permitirse rodar esa blasfemia en territorio galo. Se hizo, con mínimo presupuesto y bastantes problemas en Marruecos y en el estreno francés se rompió algún cine. Hubo prohibición en Chile, Filipinas y Sudáfrica. En otros países, tuvo la categoría máxima, cercana a la pornografía (en la Argentina primero se la calificó «prohibida para menores de 21» y luego se la recalificó «para 18»; hoy es «para 16»). El caso argentino es central: en primer lugar, las protestas de grupos católicos fueron tan fuertes que la distribuidora decidió no estrenarla en 1988, aunque tenía varias nominaciones al Oscar (entre ellas, Mejor Director). Luego, a principio de los 90, existió la posibilidad de estrenarla –para entonces, era un film largamente conocido por haber sido visto en Uruguay, donde se estrenó, y por copias piratas en VHS, amén de exhibiciones semiclandestinas en universidades). No se pudo. Cuando lo intentó el canal de cable Space en 1996 (se sabe, uno el cable lo paga y elige libremente qué ve o qué no), un grupo laico vinculado con el Opus Dei pidió su prohibición. De hecho, ya había sido prohibida en un territorio argentino (la Catamarca de los Saadi) en 1988, cuya Senado exigió que no se exhibiera por «no responder a los intereses y a la real idiosincrasia» de los catamarqueños. Un año más tarde se autorizó su proyección, pero Space nunca la puso al aire «por las dudas». Luego se editó en VHS y DVD, lo mismo que la sátira católica Dogma, de Kevin Smith (La otra cara del amor).
Pero se sabe: poderoso caballero es Don Dinero. Por eso es que la última polémica hasta ahora tuvo efecto cero. Fue por El código Da Vinci, donde todo el problema se reducía a decir que Jesús se había casado con María Magdalena y tenido una hija. Eso bastó para que la Iglesia se quejara. Pero una producción con todo Hollywood atrás, megaestrellas como Tom Hanks y una recaudación que finalmente fue de más de 757 millones de dólares en todo el mundo, pasó por alto cualquier resistencia. Es más: la polémica funcionó como un aliciente publicitario. En su momento, el cardenal Bertone, secretario de Estado del Vaticano, pidió a los católicos que «boicotearan la película». El tiro, pues, salió por la culata y las recaudaciones hablan de hasta qué punto, hoy, el Vaticano perdió influencia en su grey. Y tantas voces transformaron una película en un pingüe negocio que los productores bien habrían podido agradecer con una misa.

El viejo truco de enviar a camarógrafos disfrazados para rodar donde no se puede
Hace un par de semanas, los productores de Ángeles y demonios contaron cómo hicieron para filmar una película que transcurre básicamente en el Vaticano, cuando se prohibió rodar el film dentro de la Ciudad Santa. Fue sencillo: se despachó a varios fotógrafos y camarógrafos disfrazados de turistas y, gracias a ellos, se tomaron unas 250 mil fotografías y horas de video. De esa manera, luego pudo reproducirse de modo digital y en estudio cada uno de los interiores y exteriores relevantes a la trama.
El Vaticano no suele permitir rodajes en la Santa Sede, aunque antes de prohibirlo lee el guión de cada película. Y en el caso de Ángeles… no hizo falta. El cardenal Fibbi, vocero de la diócesis de Roma, explicó que «el nombre de Dan Brown fue suficiente para prohibir el acceso».
No es la primera película que no se puede filmar en el Vaticano: sucedió con casi todas las que tienen al ínfimo Estado por escenografía. En Las sandalias del pescador, de Michael Anderson (1968), se usó material de archivo de la elección de Paulo VI para ilustrar la historia. En El Padrino III sí hubo autorización –aunque el film narraba de alguna manera el escándalo del Banco Ambrosiano y la Logia P2–, pero sólo para exteriores. Es que los interiores, más allá de la cuestión religiosa, son verdaderamente depositarios de obras de arte frágiles, a las que un andamio para cámaras o un foco pueden estropear de modo definitivo.
La otra razón es la seguridad. Lo mismo sucede en el Pentágono, la Casa Blanca y la sede de Naciones Unidas. La solución que Ron Howard encontró para Ángeles y demonios la había hallado Hitchcock en 1959, cuando debía rodar interiores en la ONU para Intriga internacional: envió fotógrafos disfrazados de turistas, filmó exteriores y reprodujo el lobby y las dependencias interiores.

Gibson no tuvo problemas
Nunca hubo problemas para el Vaticano con La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, film valioso y extraño que es tan traidor a la palabra de los Evangelios –y tan profundamente católico– como los de Scorsese o Smith. Digámoslo rápidamente: de la tortura física del Cristo y su Vía Crucis el texto canónico dice poco y nada. Juan dice que los soldados romanos lo abofetearon y lo coronaron de espinas en un par de líneas; el viaje al Gólgota es una sola frase; Mateo menciona el hecho con poco detalle sangriento; Marcos hace lo propio; y Lucas todavía dice menos: no menciona la corona de espinas y del camino al calvario casi no habla.
Nada de látigos con puntas de metal, carne desgarrada, huesos rotos o cosa por el estilo. Sin embargo, cuando varias comunidades judías sospecharon que el film podía ser antisemita, los clérigos católicos estadounidenses afirmaron que «se atenía fielmente a las Escrituras». Por supuesto, fue un megaéxito mundial por sus (inventadas, ficticias) escenas gore.

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Lunes, 11 de Mayo de 2009

Ateos por Jesús


© Richard Dawkins
Traducción de Ismael Valladolid Torres
En La Media Hostia

El argumento, como una buena receta, tiene que ser cocinado despacio y con los ingredientes bien calculados de antemano. De momento, el título, un aparente oxímoron. En una sociedad donde la mayoría de los teístas son al menos declaradamente cristianos, las dos palabras son tratadas como sinónimos. La memorable reclamación del ateísmo de Bertrand Russell recibía el título de Por qué no son cristiano en lugar del probablemente más adecuado Por qué no soy teísta. Todos los cristianos son teístas, esto no es necesario acalararlo.
Por supuesto Jesús era teísta, pero esto es lo menos interesante que puede decirse sobre él. Era teísta porque en su tiempo todo el mundo lo era. El ateísmo no era una alternativa, incluso para alguien de pensamiento tan radical como Jesús. Lo interesante y remarcable de Jesús no era el hecho obvio de que creyese en el Dios de su religión judía, sino que se rebeló contra muchos de los aspectos incómodamente vengativos de su Yavé. Al menos en las enseñanzas que se le atribuyen, Jesús se demostraba partidario de la bondad, y fue en realidad uno de los primeros en hacerlo. Para todos los familiarizados con las crueldades tan a la manera de la Sharia que se cuentan en el Levítico o en el Deuteronomio, para todos los crecidos temiendo al Dios Ayatollah vengativo de Isaac y Abraham, el joven y carismático predicador que promovía el perdon generoso les habría parecido radical hasta la subversión. No resulta prodigioso que le crucificaran.

«Oísteis que fue dicho a los antiguos: Ojo por ojo, y diente por diente. Más yo os digo: No resistáis al mal; antes a cualquiera que te hiriere en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra; Y al que quisiere ponerte á pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa. Y a cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos. Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no se lo rehúses.» —Mateo 5:38

Mi segundo ingrediente es otra paradoja que tiene origen en mi campo, el darwinismo. La selección natural es un proceso profundamente molesto, como el propio Darwin se encargó de remarcar.

«¿Qué libro escribiría un capellán del diablo sobre el trabajo torpe, derrochador, primitivo y horriblemente cruel de la naturaleza?» —Charles Darwin

No son sólo los hechos naturales, entre los que destacó el hábito de las larvas del meloncillo de alimentarse de cuerpos de orugas vivas. La propia teoría de la selección natural parece calculada para fomentar el egoísmo a expensas del bien público, la violencia, la calculada indiferencia al sufrimiento, la codicia a corto plazo a expensas de las previsiones a largo. Si las teorías cientificas pudiesen votar, la evolución con seguridad votaría republicano. Mi paradoja viene del hecho tan enfrentado al darwinismo, y que todos podemos comprobar entre nuestros seres cercanos, de que la mayoría de la gente es amable, generosa, compasiva, deseosa de ayudar. Buena. El tipo de persona de la que decimos «es un santo» o «es el buen samaritano».
El darwinista puede forjar explicaciones a la amabilidad humana, generalizaciones de los bien establecidos modelos de selección de clase y altruismo recíprico. El resultado benéfico de la teoría del gen egoísta, que pretende explicar cómo el altruismo y la cooperación entre animales individuales puede derivarse del comportamiento egoísta a nivel genético. Pero el tipo de gran amabilidad en humanos de la que hablo va mucho más allá. Es una auténtica perversión de cómo interpreta Darwin la bondad. Y si es una perversión, es justo el tipo de perversión que debemos promover y difundir.
Es una perversión del darwinismo porque en una población salvaje sería eliminada de inmediato por la selección natural. Es también, aunque no tenga espacio para entrar en detalles sobre este tercer ingrediente de mi receta, una perversión adicional a ese tipo de teorías racionales de la elección con la que los economistas explican el comportamiento humano como uno calculado para maximizar el beneficio propio.
Digámoslo más rotundamente. Desde un punto de vista darwinista, o meramente racional, la bondad en el ser humano es una simple idiotez. De nuevo, es justo el tipo de idiotez que debemos promover, y ese es el propósito de mi artículo. ¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo partimos de esa minoría de seres humanos amables a los que cada uno conoce e incrementamos su número, idealmente hasta que se conviertan en una mayoría de la población? ¿Podemos inducir a que la bondad se difunda como una epidemia? ¿Podemos empaquetarla de forma que se transmita por las futuras generaciones en una propagación vertical?
¿Tenemos algún ejemplo comparable, donde las ideas estúpidas hayan conseguido propagarse como una epidemia? Sí, por Dios. La religión. Las creencias religiosas son irracionables. Son entre idiotas y muy idiotas. Superidiotas. La religión lleva a gente en cualquier caso sensata al celibato en monasterios. O a estrellarse a sí mismo contra un edificio en New York. La religión motiva a la gente a flagelarse la espalda, o a prenderse fuego a ellos mismos o a sus hijas, a denunciar que sus abuelas son brujas o, en casos menos extremos, a permanecer arrodillados semana tras semana durante ceremonias estupefacientemente aburridas. Si es posible infectar a la gente con un tipo de estupidez tan dañina, infectarles con bondad debería ser un juego de niños.
Las creencias religiosas, desde luego, se difunden como epidemias y, de manera más obvia, pasan de generación en generación como tradiciones verticales y promueven comportamientos de irracionalidad peculiar. Podríamos no entender por qué los seres humanos se comportan de esa grotesca manera que llamamos religión, pero es un hecho que lo hacen. La existencia de la religión es una evidencia de que los seres humanos gustosamente adoptan creencias irracionales y las difunden, verticalmente en tradiciones pero también horizontalmente en epidemias evangelizadoras. ¿Puede esta susceptibilidad, esta palpable vulnerabilidad a la irracionalidad infecciosa, ser utilizada para un buen uso genuino?
Los humanos tenemos una fuerte tendencia a aprender de y a copiar a nuestros admirados modelos de comportamiento. Bajo las circunstancias adecuadas, las consecuencias epidémicas pueden ser dramáticas. Ya sea el corte de pelo de un futbolista, cómo se viste un cantante, los manierismos del presentador de televisión, todas son idiosincrasias triviales que se difunden a través de la población de una época como un virus. La industria publicitaria se dedica profesionalmente a la ciencia —o debería escribir arte— de lanzar epidemias meméticas y alimentar su crecimiento. El cristianismo en sí mismo fue difundido por los antecesores de la disciplina, originalmente San Pablo y posteriores clérigos y misionarios quienes consiguieron sistemáticamente incrementar el número de conversos a un ratio exponencial. ¿Podemos conseguir esa amplificación exponencial en el número de gente buena?
Esta semana tuve una charla pública en Edinburgo con Richard Holloway, antiguo obispo de esa bella ciudad. Holloway evidentemente supera el naturalismo que aún la mayor parte de los cristianos identifican con su religión. Se describe a sí mismo como un post-cristiano, o un «cristiano recuperado». Conserva su reverencia hacia la poesía de los mitos religiosos, algo suficiente para hacerle volver a la Iglesia cada semana. Durante nuestra discusión hizo una sugerencia que va al núcleo de lo que explico. Tomando prestado un mito poético del mundo de las matemáticas y la cosmología, describió a la humanidad como una «singularidad evolutiva». Quería decir exactamente lo mismo que intento yo en este ensayo, aunque lo hizo de forma diferente. La llegada de la bondad humana es algo sin precedentes en los miles de millones de años de historia evolutiva. Es probable que después de la singularidad que supone la aparición del homo sapiens, la evolución ya nunca vuelva a ser lo mismo.
No te ilusiones, igual que Holloway no lo hacía. La singularidad es un producto de la propia evolución ciega, no la creación de inteligencia alguna. Resulta de la evolución el hecho de que el cerebro humano, por las fuerzas de la selección natural, se haya expandido hasta un punto en el que, inesperadamente, se supera a sí mismo y empieza a comportarse de manera insana desde el punto de vista de su propio gen egoísta. Esto resulta transparente si piensas en lo completamente antidarwiniano que resulta el uso de preservativos, separando el placer sexual de su función natural como propagador de genes. Menos obvio resulta pensar en la persecución artística o intelectual, desperdicio de un tiempo y energía que deberían estar siendo empleados en sobrevivir y reproducirse. Nuestro gran cerebro alcanza la capacidad sin precedentes evolutivos de predecir, de forma genuina, consecuencias a largo plazo distintas de las egoístas ganancias a corto. Al menos en algunos individuos, el cerebro se sobrepasa a sí mismo hasta el punto de comprometerse con la bondad, esa cuya existencia singular es la paradoja central de mi tesis. El gran cerebro humano se salta los mecanismos hacia la consecución de objetivos originalmente al servicio del gen egoísta y los divierte, o subvierte, o pervierte, desde el cometido darwiniano hacia otras tareas.
No soy ingeniero memético y tengo poca idea sobre cómo incrementar el número de seres humanos buenos y difundir ese meme por toda la pecera. Lo mejor que puedo hacer es ofrecer un eslogan molón. «Ateos por Jesús» queda bien en una camiseta. No hay un motivo evidente para elegir a Jesús como icono en lugar de otros grandes bondadosos de la historia como Mahatma Gandhi —la odiosa Madre Teresa no, por el amor de los cielos—. Creo que le debemos a Jesús el honor de haber separado su ética radical y original del sinsentido sobrenatural que inevitablemente le haría un hombre de su tiempo. Creo que el impacto oximorónico de ese «Ateos por Jesús» puede ser justo lo que necesitamos para iniciar la carrera hacia una sociedad post-cristiana necesariamente buena. Si jugamos bien nuestras cartas, puede que consigamos alejar a la sociedad de las tenebrosas regiones de su origen darwiniano hacia una nueva época amable y compasiva, más allá de la singularidad hacia un nuevo Siglo de las Luces.
Creo que si Jesús volviese a nacer vestiría esta camiseta. Resulta un lugar común suponer que si volviese hoy, se asombraría de lo que hacen en su nombre. Desde la Iglesia Católica hasta los fundamentalistas de la derecha religiosa. Es menos obvio pero aún plausible que a la vista del conocimiento científico actual, dejase de lado el oscurantismo sobrenatural. Probablemente su modestia le obligaría a darle la vuelta a la camiseta. Jesús para los ateos.

Un espacio para dudar. Ateos, agnósticos, escépticos. Reflexión, ensayo, debate. Arte y literatura. Humanismo secular.
Miercoles, 6 de Mayo de 2009

Poemas de un ateo esencial

Viajero inmóvil es el nuevo libro de poemas de Fernando G. Toledo, que acaba de publicarse, con auspicio de la Municipalidad de Rivadavia, bajo el sello Libros de Piedra Infinita, que el propio autor dirige junto a Hernán Schillagi.
El libro está prologado por la prestigiosa poeta Claudia Masin y el diseño y los dibujos son de Romina Arrarás.
En Viajero inmóvil el tiempo parece tanto una farsa como una condena. El personaje que habla en estos poemas no acaba de dar el primer paso en la búsqueda de una mujer amada cuando descubre que no va a avanzar, que el trayecto que recorre engendra una distancia nueva imposible de resolver; que todo es, en suma, distancia. Por eso «el abismo es el punto de partida» y el viajero no puede hacer otra cosa -si quiere seguir siéndolo- que mirar lo que se aleja y regresar a lo que ya no sabe si alguna vez poseyó.

1

© Fernando G. Toledo

Expuesto y escondido como todo el que viaja en la noche
Voy recogiendo partes del mundo tiradas en el camino
Piedras que no han merecido el viento
Rostros que se repiten y son siempre una máscara
Voces que nos llaman pero sólo a una acudimos

Nada encuentro /como todo el que busca/ y por eso insisto
Con este vicio nómade estancado en la partida
Perdiendo a cada paso lo que sigo sin hallar
Vuelto de espaldas contra la senda borrosa
Que traza una línea rota alrededor del cuarto
: La nave incendiada que estoy por abordar
: El barco sin bandera y sembrado de pañuelos
: El pozo donde la ausencia teje su velo
Y lo tiende en la ventana para que la luna no entre

Voy lamiendo una llaga con gusto a sal Dibujo las pisadas
Que antes no he dado No llego Nunca llego
Repito frases sueltas que ni siquiera recuerdo
Y las copio en un cuaderno como una bitácora

Viajo en la noche para tener los ojos cerrados
Porque quien viaja no quiere moverse
Porque lo que persigue la mirada es la sombra

Viajo de noche y mis pasos suman una cifra infinita
A punto de alcanzar el cero Viajo sin saber
Porque en la oscuridad las formas se confunden
Viajo como quien deja que un fuego se extinga
Viajo como nada el agua en un río de peces

Tengo prisa Escribo para andar más lento
Leo viejos mensajes que dicen «Ya es tarde»
Nada encuentro Mi cuerpo /manos ojos piernas boca sangre/
No tiene herramientas para llevarme a sitio alguno
Pero sé que mi cuerpo es la única herramienta
Es un horizonte rendido que no retrocede
Una caja sin fondo llena de cosas inútiles
Una ropa empapada la suave caída por una pendiente
Una palabra que ha quedado fuera del poema

Por eso es de noche y ando Por eso tengo prisa
Por eso viajo en mi cuerpo y aquí me quedo.

De Viajero inmóvil (2009)
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Viernes, 24 de Abril de 2009

Ateo y antiabortista


«Desde mis postulados materialistas converjo plenamente con los obispos y su verdad revelada: no al aborto»

© Javier Neira
Publicado en La Nueva España

El filósofo asturiano Gustavo Bueno analiza en esta entrevista –en vísperas de la conferencia que ofrecerá mañana– el debate sobre el aborto, sobre la nueva ley que prepara el Gobierno y sobre las declaraciones de la ministra Aído que ha pedido a la Iglesia que se limite a hablar de pecado o no pecado. Bueno afirma que desde sus postulados materialistas llega a la misma conclusión que la Conferencia Episcopal desde su verdad revelada: no al aborto.
–¿No caben los indiferentes en el debate sobre el aborto?
–Afecta a todos. Hay posturas muy definidas. Muy terminantes y claras. Pero defendidas con ideas cortas. Cada cual lo ve desde una perspectiva que parece evidente pero que no llega al fondo del asunto. Es imposible entenderse sobre todo con quienes pretenden mantener ideas racionales y progresistas. La ministra de Igualdad, por ejemplo, dice que su postura no es religiosa y que el debate se debe plantear en términos civiles y racionales. Pues no sabe lo que dice. Tiene la inocencia de la ignorancia. Como quienes la siguen, incluida esa comisión de supuestos expertos que mantiene.
–Ahora se proponen plazos.
–Cuando se habla y se propone una ley de plazos se da por supuesto que es progresista. Pero ¿cómo que hay plazos? Eso es lo que se debe demostrar. ¿Qué plazos? Los plazos se ponen desde fuera. Desde los primeros minutos, desde los 13 días, desde los dos primeros meses o lo que sea. Son plazos y divisiones extrínsecas. Es como dividir el tiempo en horas de sesenta minutos. El tiempo es continuo y lo dividimos en plazos por convención. Como los plazos de las letras de los bancos. Quien habla de la ley de plazos sin mayor crítica no sabe lo que dice, es un inconsciente.
–¿Hay plazos claros y distintos?
–Se discute mucho entre embrión y feto. El embrión empieza con la maduración tras la unión entre el cigoto y el espermatocito, aunque no exactamente en el minuto de penetrar la membrana sino unas horas después. Y la nueva célula única pasa por las fases de mórula, gástrula y demás. Cuatro células, ocho, dieciséis, de ahí las fases pero ¿qué significan esas fases?
–Eso ¿qué significan?
–Una fase decisiva, dicen, aparece cuando se distinguen terminaciones nerviosas que hacen pensar que el feto siente dolor. Y en eso fundan algunos los límites del aborto, cuando duele ya no se puede abortar. Dolería el pinchazo, se le causaría un trauma al feto. O sea que bastaría con anestesiar a un individuo para matarlo. ¿Cuándo empieza el cigoto a ser un individuo singularizado? La cuestión es qué es un individuo singularizado. García Bellido dice que la singularización se da en todas las células. De ahí que, como afirmaban los estoicos, no haya dos hojas iguales en un jardín. Por eso la idea de la clonación es absurda. Es imposible, habrá como mucho semejanzas e igualdades.
–¿Y la igualdad?
–La Ministra debería saber que la igualdad es una relación simétrica y transitiva que necesita el parámetro ¿igualdad en qué?, ¿en peso?, ¿en tamaño? Ese Ministerio de Igualdad debería dar su parámetro y por lo tanto denominarse Ministerio de Igualdad K, donde K sería el parámetro. Si no es así simplemente se trata de una definición metafísica y vaga. La tesis extrema es afirmar que la singularidad empieza con el cigoto. Curiosamente no se habla de algo clave, del día 13.
–¿Qué ocurre ese día?
–En ese día de la gestación se decide si el organismo pluricelular se decanta por formar un individuo o dos, por formar siameses. Se podría decir que se trata de una fase esencial. Ya Feijóo abordó eso en un discurso. Le hicieron una consulta desde Medinasidonia sobre una liebre geminada, sobre liebres siamesas que corrían en un sentido y cuando se cansaban corrían para el otro lado. Feijoo dice al respecto cosas muy bonitas. Claro, no se sabía entonces qué eran realmente los siameses. La gente no repara en ese día 13 como punto esencial y se fija sin embargo en si el feto siente o no, en el sentimiento, en la sensibilidad que todo lo inunda hoy en día.
–La discusión central es si se puede hablar de un ser humano o no ya en la concepción.
–Es la tesis de Santo Tomás. Por cierto, no la de San Agustín, al principio, que era traduccionista. De «traducción», de quienes suponían que el alma procede de los padres como la rama de tronco. Para Santo Tomás el alma está creada por Dios y sólo hay una. Es una cuestión central. Los franciscanos creían que había varias almas. Dios, dice Santo Tomás, crea el alma racional. Es una tesis teológica, fuera de la discusión pues es una cuestión de fe.
–¿Entonces?
–Lo que llaman argumentos religiosos tienen mucho de filosofía. La filosofía creacionista de Santo Tomás. Y la discusión de Santo Tomás y de San Agustín se plantea en términos filosóficos. Dentro de la tradición de Aristóteles. Funciona la idea de sustancia invariante, de identidad sustancial y esencial, cosas ya de filosofía en serio. Pero [tanto] el biólogo genetista [como] el que no lo es no saben lo que dicen. Usan ideas filosóficas trascendentales que les desbordan, que no dominan. No saben lo que dicen. «Forma» y «materia», el hilemorfismo de Aristóteles, todo eso está ahí. Santo Tomás lo plantea en términos de hilemorfismo, en términos filosóficos. Desde mis postulados materialistas converjo plenamente con los obispos y su verdad revelada: no al aborto. No es una cuestión religiosa. Ni de izquierdas y derechas. Cuando Zapatero ganó las elecciones por segunda vez hace poco más de un año reunió a sus huestes y les dijo que había que dar un giro a la izquierda, así que iba a replantear la cuestión del aborto. Zapatero identifica el aborto como una seña de identidad de la izquierda. Oponerse sería el signo del clero reaccionario. Menudo argumento, menuda calaña. No saben nada. Da tanta pereza argumentar contra esos disparates que sólo provocan desprecio. Pero hablar de propiedad del cuerpo es individualista, lo contrario del socialismo.
–A lo largo de la historia se han sucedido muchas posturas y opiniones sobre el aborto.
–Recuerdo al padre Barbado Viejo, dominico, de Pola de Lena, hermano del obispo de Salamanca, por ahí le conocí. En el año 1943 estaba en la Facultad de Filosofía de Madrid, sabía mucha biología, había sido discípulo de Cajal, había estado mucho tiempo en Roma, tenía una historia de la Psicología fantástica y escribió ¿Cuándo se une el alma al cuerpo?. Recogía mil teorías. Una, de algunos averroístas, decía que el alma era racional y como la razón empieza a los siete años pues se une a los siete años al cuerpo así que antes se puede matar a un niño. Algunos aun ahora mantienen esa misma teoría por otras vías. Otros que al decir «papá» y «mamá», con el lenguaje, con el logos. Otros que después de nacer, pero no explican la diferencia entre estar dentro o fuera del útero. Los plazos son sólo pragmáticos.
–¿Jurídicamente?
–Las mujeres no tienen derecho a abortar, tienen la obligación de no abortar. El genio de Caamaño, el ministro de Justicia, dice que si pueden casarse a los 16 años también pueden decidir abortar. Confunden el tocino con la velocidad. Pondría multas durísimas a las que abortan por negligentes, por el despilfarro económico. La ministra Aído habla como una esclava, dice que «tiene derecho a su cuerpo». Eso sólo lo decían los esclavos que no tenían otra cosa. ¿Qué derecho?, ¿natural o positivo? Si es natural no vale para un socialdemócrata, racionalista y progresista. Sería sólo una fantasía metafísica. El derecho siempre es positivo. Tendrá derecho a abortar cuando una ley lo permita. Decir que tiene sin más derecho es pedir el principio. Si lo tiene es porque se lo damos. Afirman que es una cuestión democrática, que el pueblo lo quiere. Entonces, si en el futuro el pueblo no lo quiere, se quita ese derecho y en paz.

Ejemplo del «derecho» invocado por algunos defensores del aborto

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Domingo, 19 de Abril de 2009

El timo de la religión

Por Gonzalo Puente Ojea
En Dominio Público

Un timo es la «acción y efecto de timar», y por timar debe entenderse, en su acepción general, «quitar o hurtar con engaño». Pero, en un sentido más específico y relevante, timo significa «engañar a otro con promesas y esperanzas» (DRAE). En esta clase de engaños existe una subclase especialmente dramática, en virtud del alcance y las consecuencias que puede tener en la vida personal de los timados. Me refiero al timo de la religión.
Lo que en este timo resulta definitorio consiste en prometer algo que es de toda evidencia contra natura: la negación de la muerte y la afirmación de una felicidad plena. Por esta razón nuclear y fantástica, y por algunos de sus corolarios, al timo religioso le ha cabido el honor histórico de ser el padre de los demás timos, y así, el más pernicioso, pues su engaño descansa sobre el mito más irreal generado por la mente humana: el de la existencia de almas y espíritus inmateriales como entes reales, y también de sus derivados, los dioses de los politeísmos, el Dios de los monoteísmos y los espíritus de los panteísmos.
Para que ocurra un timo se precisa una relación de engaño entre dos sujetos: el timador y el timado. Y además se requiere un referente que especificará la naturaleza concreta del engaño. En esa relación, el oferente promete lo que en la fase profética de la religión se llamó la salvación personal, porque está asistido por Dios o el gran Espíritu y cuenta con su delegación. Es decir, actúa por procuración divina o parte ya como un redentor divinizado que ostenta el poder de cumplir la realización de las promesas pactadas. Porque el vínculo personal constituido por la fe religiosa es un contrato sinalagmático (del verbo griego synallásso o synallátto: unir, pactar, conciliar), por el cual el oferente propone al ofertado una especie de trato jurídico recíproco que obliga a ambos al cumplimiento íntegro de lo prometido, de modo que, en caso de incumplimiento, las partes asumen la condición de felones según quien sea o no el culpable de la ruptura.
Sin embargo, la constatación del incumplimiento que debe exhibir la parte que se considere perjudicada resulta muy problemática en el momento de atribuir la carga de la prueba. Si esto ya es así en las causas jurisdiccionales terrenales, imagínese el lector qué sucede cuando el contrato recae entre almas, espíritus y dioses, entre ángeles y demonios o entre la demás ralea de esos espacios celestes o infernales en los que se lucha por premios o castigos eternos, o por rebajas de pena a golpe de costosísimas indulgencias, o por intercesiones de vírgenes y santos con clientelas propias, con trámites complejos y costosos en los cuales los «económicamente débiles» suelen estar en condiciones evidentes de inferioridad. Una dificultad prácticamente insuperable se presenta cuando el máximo tribunal divino tiene que decidir quién se ha salvado o condenado, estableciendo así, sin réplica, lo siguiente: si se ha producido ya un incumplimiento insanable; quién ha sido el imputable, y qué pena o premio le corresponde. En esta coyuntura se da la curiosísima situación de que el tribunal divino es juez y parte, y por su propia entidad es omnisciente, justiciero y misericordioso. Cualquier intención del condenado de clamar inocencia no sólo pondría en cuestión la excelencia del tribunal, sino que su rebeldía demostraría la justicia de la sentencia y su ineludible condición de réprobo.
Lo chocante y espantoso del timo religioso consiste en su inicua ventaja sobre los timos mundanos: mientras todos los códigos jurídicos modernos establecen garantías en relación con la celebración y el cumplimiento de los contratos –exigiendo una eficiente identificación personal de los contratantes o una declaración de sus voluntades sin coacción o intimidación, etc.–, las confesiones de fe se atribuyen ritualmente por las Iglesias a recién nacidos, enfermos, moribundos, torturados en las mazmorras de la Inquisición o poblaciones enteras en virtud de concordatos fraudulentos que enajenan la voluntad de las personas y la soberanía de los Estados. Los fieles depositan sus conciencias en el palio de sus iglesias mediante una fe transmitida mecánicamente en el hogar y la escuela, una fe meramente gestual y vehiculada por mitos infantiles y creencias que, al ser aceptadas sin verdadera convicción y sin escrutinio intelectivo, degradan la dignidad humana y dañan la capacidad cognitiva de sujetos dotados de los atributos innatos de inteligencia y creatividad.
Cuando las instituciones religiosas barruntan superficialmente su responsabilidad e imputabilidad éticas, improvisan actitudes de arrepentimiento que se quedan en imploraciones insinceras de perdón colectivo. Pero no cesan en su ejercicio del timo religioso, alimentado por su implacable proselitismo universal a favor del timo supremo de «la vida después de morir». Pero, ¿cómo certificar que se produjo el timo, si no hay testigos de vista de los hechos trascendentales? En último término, el timado tendrá solamente la consolación de la esperanza; sin embargo, como quiera que esa esperanza se cifra en imposibles, resultará siempre frustrada. Ahora bien, una institución carece de conciencia y no es imputable de engaños o timos. Sólo son responsables los individuos en función de sus propios actos. Por consiguiente, las Iglesias ni pueden pedir perdón ni ser perdonadas, a no ser por medio de la irresponsable escenificación de un engaño suplementario. Son los sacerdotes y demás hombres de Iglesia, y sólo ellos, quienes deberían responsabilizarse personalmente del engaño mediante el cumplimiento de las sanciones penales, previa restitución a las víctimas por los daños causados; y, en caso de muerte, serán sus sucesores los obligados a prestar las correspondientes reparaciones físicas y morales.

Gonzalo Puente Ojea es el autor de La religión ¡vaya timo! (Ed. Laetoli)

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Jueves, 9 de Abril de 2009

Breve crítica de un «indocumentado» a la crítica del «necio» Parrilla

Se responde al artículo publicado en El Catoblepas e intitulado «Dice el necio que el necio dice en su corazón: “hay Dios” (I)», firmado por Desiderio Parrilla, y que se presenta confusamente como «atención a las dudas» (sic) de los lectores de Razón Atea

© Jorge Méndez

1) Nuevamente, [Desiderio] Parrilla [Martínez] pide el principio (táctica abogadil típica de escolásticos, denunciada por el mismísimo católico Unamuno) al sostener que Dios es un «principio» y no una «idea» sin ningún tipo de demostración, ya que ni siquiera da citas textuales del Aquinate en donde diga lo que él (inspirado por Gilson) le atribuye (mucho menos da citas bíblicas ni demostraciones racionales de tal supuesto gratuito y metafísico).
Y por si fuera poco se contradice ya que supuestamente los principios son todos «operaciones de la razón», pero el «principio Dios» es… ¡sobre-racional e ignoto! (sic).

2) Decir que la esencia de Dios es «una quididad actual ignota» es una petición de principio que se basa en la fictio mentis de que «tiene» (según la premisa indemostrada de partida) que haber un ser con plenitud y sin vacíos, actual y perfecto que vaya más allá de las sustancias y de lo que no es sustancia y que, frente a él, esos entes «sean» sólo por analogía con un supuesto ser supremo que les daría el «ser».

3) Decir gratuitamente que el «principio Dios» está por encima del intelecto no es más que el viejo dogma fideísta («fe de carbonero», como lo llamaba Vogt) de nulo valor probatorio que sólo prueba que aunque la mona fideísta se disfrace con ropajes escolásticos, más aparatosos que los del vetusto agustinismo fideísta, mona fideísta queda.

4) Curioso que Parrilla hable contra el «logicismo» en circunstancias que por logicismo se entiende también la creencia de que los principios, que designan a las proposiciones primeras, son principios inconmovibles y «aristocráticos» que gobiernan todo y que no son gobernados por nadie (como el supuesto «principio Dios»), suposición que fue derrumbada gracias a los avances de la psicología (que demolió la pretención de que la inteligencia era un set de «principios» encuadrados en una teoría de categorías a favor de una concepción de la inteligencia más «operativa» y menos «intuitiva»), de las matemáticas (en donde se crearon geometrías no-euclidianas mandando de paseo al otrora «soberano» postulado de las paralelas de Euclides) y de la física (en donde la descripción de los fenómenos cuánticos ha hecho necesaria la abolición, en ese contexto, del principio lógico de exclusión de la tercera posibilidad a favor de lógicas multivalentes que tengan más de 2 valores veritativos).

5) Pretender que el sistema del filósofo Bunge (cuyo sistemático tratado de filosofía básica abarca ocho libros) es obra de un «indocumentado» (a pesar de que Bunge ha dado pruebas de estar bien documentado en filosofía y en ciencias) sólo prueba que el verdadero «galeato» es quién comente la falacia de ataque ad hominem en contra de Bunge y de otros supuestos «jíbaros» que da la casualidad que no son del agrado de Parrilla.

6) Divertido es que Parrilla reconozca que pide el principio, pero que se justifique diciendo que sus petitio principii tienen una mayor «potencia explicativa» que las teorías rivales (pero si pedimos el principio es para mostrar la potencia explicativa de los mismos); pero si sus premisas tienen capacidad explicativa, ¿qué mecanismos describen? ¿A través de qué mecanismo el «principio Dios» hizo el mundo ex nihilo? Al final, las contradicciones entre los dogmas teológicos (Dios creador vs Dios absoluto; Dios infinito vs Dios consciente, etc.) siguen carcomiendo el edificio teológico aunque no sean notas constitutivas de una imposible idea. No menos divertido es que Parrilla nos hable sobre la presunta «superioridad de sus premisas realistas», a pesar de que la única justificación de las mismas sean la repetición ad nauseam del dogma gratuito del «principio Dios ignoto sobre-racional» y citas de la «auctoritas» Gilson o de los «iluminados» profesores de la escuela de la Universidad de Navarra o de Barcelona (los nuevos focos hispanos de la «sabiduría filosófica» que iluminan a las tienieblas de la escolástica degenerada y de la no menos degenerada filosofía moderna) que no son mejores que las premisas antiguas de los silogismos del doctor angélico que se basaban en las supuestas «verdades de la fe» (que se reducían a citas bíblicas y a opiniones de los padres de la Iglesia) y a supuestas verdades de la «luz natural de la razón» (que se reducian a las opiniones de Aristóteles, bautizado como «El Filósofo»), del tipo: «esto es así porque lo dijo El Filósofo en su libro acerca del alma, etc.», que no pasan de ser afirmaciones gratuitas y ad hoc que carecen de toda capacidad demostrativa.

7) En rigor filológico, «esse» no es «existencia», como dice Parrilla, sino que es el verbo latino «ser» y «lo ente» –participio presente de ese verbo– significa «lo que es».

8) Parrilla sigue cometiendo el mismo error que Bueno, ya que secuestra el sintagma «realismo filosófico» (como Bueno hace con «materialismo filosófico») sin tomar en cuenta que:
a) Hay muchas doctrinas gnoseológicas que se declaran realistas, pero que no son de tradición tomista (realismo de Locke, realismo de Diderot, realismo marxista, realismo bungeriano, etc.).

b) Toda doctrina realista es filosófica, porque es meta-científica (aunque se inspire en la metodología científica) y, por eso, el sintagma «realismo filosófico» es tan redundante como «ética filosófica» o «física científica».

9) Para concluir me gustaría señalar que Parrilla, como buen metafísico que es, está preso del –llamado por Carlos Vaz Ferreira– «paralogismo de los metafísicos», que ha afectado a casi toda la filosofía tradicional ya que, como dice el autor del libro Lógica viva, «la gran mayoría de las demostraciones clásicas de las tesis metafísicas son un caso de esta falacia, pues consisten en admitir una tesis y darla por probada con la demostración que la tesis contraria nos lleva a absurdos, a contradicciones, a inconsecuencias o a improbabilidades, sin tener en cuenta que posiblemente las dos tesis están en ese mismo caso»; o sea, dicho en plata, si Parrilla admite la falsa disyuntiva: «Dios es idea o principio» ya produjo el sofisma, ya que una vez que pruebe que una de las tesis es absurda (ej: «Dios es idea») declarará exultante: «luego, Dios es principio», que puede ser tan absurda o falta de sentido como la anterior; o en palabras de Carlos Vaz: «Supongan, pues, ustedes, que se plantea alguna de las proposiciones que encontramos en estos pasajes: “el alma, ¿es negativa o no es negativa?”. La falacia es dejar pasar esta formulación verbal, la de admitir el problema, ¿entienden bien?, sea para sostener o sea para combatir que el alma es negativa; es absolutamente lo mismo: en cuanto el problema se admite, ya el sofisma está producido y no hay salvación lógica posible. Hay que rechazar estos problemas; y hay que acostumbrarse a adquirir una especie de instinto que nos hace sentir la inadecuación verbal, aún antes de empezar a pensar sobre las cuestiones».

Saludos anti-metafísicos a todos.

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Jueves, 2 de Abril de 2009

Abortos y otras malformaciones

© Fernando Savater
Publicado en El País el 02-04-2009

Durante la mayor parte de la historia, las leyes han servido para fijar y hacer obligatoria la moral mayoritaria de la sociedad. Hoy también es así en muchos aspectos, desde luego, pero además apuntan otro cometido más revolucionario: permitir que diversas opciones morales convivan juntas, señalando límites al comportamiento admisible aunque no a la conciencia. Las leyes contemporáneas de las democracias avanzadas no pretenden zanjar todas las disputas morales, sino impedir que lo que unos consideran pecado deba convertirse en delito para todos. Como todo reconocimiento institucional de la libertad de conciencia, ello obliga al incómodo ejercicio de convivir con lo que no nos gusta y aceptar que no se castigue penalmente las transgresiones de lo que nosotros íntimamente nos prohibimos.
Me parece muy comprensible que, digan las leyes lo que digan, el aborto siga constituyendo un problema moral para muchos ciudadanos. Es más, incluso me tranquiliza sobre la dudosa salud ética de nuestra comunidad que sea así. La responsabilidad por la procreación o por su renuncia demuestra una valoración de la persona venidera muy estimable y que no debe descartarse como un risible prejuicio. No creo en modo alguno que el aborto sea mera cuestión de la posesión de su cuerpo por parte de la mujer y me gustaría que también la opinión del progenitor masculino, si decide hacerse responsable, fuese de algún modo atendida. En este asunto hay muchos dogmas supersticiosos y no todos provienen de los curas… Si alguien me preguntase, yo diría que la única justificación de aborto es precisamente el derecho de quien va a nacer a no llegar al mundo con el rechazo previo de los primeros semejantes que deben acogerle. Bastante peliaguda es ya la cosa sin semejante lastre…
Lo inaceptable en nombre de la convivencia es convertir el asunto en una disputa entre criminales y protectores de la vida, como si la existencia de las personas fuese una cuestión biológica y no de interpretación social. No son argumentos de obstetricia ni de ninguna otra ciencia los que pueden zanjar legal ni mucho menos moralmente una cuestión tan delicada que compromete valores fundamentales de nuestra sociedad. Los científicos pueden aportar datos indispensables pero siempre abiertos a estimaciones controvertidas, que las leyes tratarán de reflejar dando protección a la libertad de los individuos presentes y también a la estima que merecen los venideros. Por cierto, sería muy aconsejable que esta relativización de las constataciones científicas fuese también aplicada en otros casos de flagrante prejuicio, como la cruzada contra las drogas que tantos daños sociales y políticos acarrea.
Sin duda las organizaciones y ciudadanos contrarios a la reforma de la ley pueden expresar su discrepancia, aunque sería bueno que se distinguiese entre objeciones al nuevo texto y al aborto en términos absolutos. También la Iglesia católica, claro, puede hacerse oír. Pero de nuevo se plantea el papel público de esta influyente entidad privada. Por ejemplo, las procesiones de Semana Santa: o bien son una manifestación folclórica como los sanfermines, que imponen en algunas ciudades limitaciones a la vida urbana de cierto peso y no por todos aceptadas con el mismo entusiasmo, o bien son una expresión de dogmas de alcance social y político sectario que ni las autoridades ni el resto de la ciudadanía tienen que acatar como algo perentorio y universal. Hay mucha gente que se resigna a las vírgenes apuñaladas y cristos ensangrentados como una tradición festiva, pese a su lúgubre aspecto, pero no se les puede pedir que se entusiasmen con ellas si las ven utilizadas contra su propio derecho a la libertad de conciencia.
Digan lo que digan los autobuses polémicos, el problema no es si Dios existe o no, sino si vivimos en una sociedad realmente laica, es decir, con leyes que distinguen eficazmente entre delitos y pecados.

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Lunes, 30 de Marzo de 2009

El error de Ratzinger se agiganta

Pocos confían ya en Benedicto XVI. Sus anacrónicas decisiones muestran un Papa rodeado de una curia inoperante e incapaz de conducir la maquinaria vaticana

© Miguel Mora
Publicado en El País el 29 de marzo de 2009

ROMA- No se apaga el tam tam de los tambores. Tras su periplo africano y la encendida polémica sobre el sida y los preservativos, afirmar que Joseph Ratzinger es un papa cada vez más cuestionado es una obviedad. Fuera de la Iglesia, no cesan las críticas y los ataques. En Francia y Alemania, las encuestas entre católicos registran ya la palabra «dimisión», y Gobiernos, ciudadanos y ONG dejan ver su abierto descontento. Dentro del Vaticano, las cosas están igual. O peor. El Papa alemán fue elegido por los cardenales por su alta inteligencia. Pero, como dice el veterano vaticanista y escritor Giancarlo Zizola, «estos primeros cuatro años de papado sugieren que, por mucho que su inteligencia sea finísima, no le llega para gobernar la Iglesia».
«Ratzinger es un prisionero de la curia, vive en una especie de Aviñón en patria, alejado de los episcopados nacionales, sin más apoyo que el de su pequeña camarilla», explica Zizola, autor del libro Santità e potere. Dal Concilio a Benedetto XVI. El Vaticano visto dal interno. Filippo di Giacomo, sacerdote y periodista, 11 años de misionero en el Congo, hoy juez vicario en Roma, cree que la crisis que vive el Vaticano «refleja una enfermedad crónica desde hace siete siglos: su sistema de Gobierno no funciona ni es colegial». «La curia moderna es una maquinaria gigantesca, inoperante e inútil. Hay 35 cardenales en Roma. Están divididos en grupos, enfrentados, y se dedican a conspirar y a cooptar afines por los pasillos», señala Di Giacomo.
Se trata de una batalla en toda regla, en la que los bandos se mezclan y se confunden. La revuelta estalló con el perdón a los obispos lefebvrianos. Un grupo amplio de obispos y teólogos moderados y conciliares (alemanes, franceses y latinoamericanos, sobre todo), hartos de no ser tenidos en cuenta, hizo ver su descontento al Papa. En respuesta, éste reprendió a la curia por no actuar de forma «colegiada y ejemplar».
Zizola recuerda que Wojtyla intentó obviar una fractura que ya existía a base de carisma y comunicación. Su papado creció con la televisión y se convirtió en una especie de Show de Truman, la primera encíclica catódica: le vimos envejecer, derribar el muro de Berlín, sufrir atentados, viajar, besar los suelos del planeta varias veces, agonizar en directo. Pero tampoco él fue capaz de reformar el sistema de gobierno. «Prefirió escaparse de Roma y tapar la crisis de la Iglesia y el vacío de gobierno», dice Zizola.
Mientras Wojtyla viajaba, Ratzinger estudia y escribe. Mucho más aislado y a la defensiva, el Papa soporta mal que le lleven la contraria. Su carta a los obispos reveló que le disgusta sobre todo el desamor, la intriga, «el odio y la hostilidad». Su texto dibuja a una curia conspiradora, que aspira a mandar tanto o más que él, que mueve los hilos en la sombra, que filtra noticias, escondiendo la mano, para hacerse valer. La peculiar sensibilidad de Ratzinger es una parte del problema. ¿Se trata de un «pastor alemán» como tituló Il Manifesto cuando fue nombrado, o «un cordero en medio de los lobos», según la expresión del Evangelio de Mateo?
Di Giacomo despachó con él a menudo cuando dirigía la Congregación para la Doctrina de la Fe: «Le puedes decir cualquier cosa, siempre que no subas la voz. Si la elevabas medio tono, ponía su extraña sonrisa, cerraba el cuaderno y se marchaba. Delante de él no se puede ofender a nadie. Es un democristiano bávaro, y los democristianos bávaros son raros. Pueden tener ideas avanzadas, pero si los demás no les siguen, se asustan y frenan. Ratzinger es cualquier cosa menos un aventurero. Por eso se fue de la Universidad de Tubinga el día que se encontró a los estudiantes protestando tirados en el suelo. Es un monje, y nadie le ha dicho a tiempo que el mundo mediático no es un aula universitaria».
En un texto publicado por la revista religiosa Il Regno, Zizola ha recordado que en 1965 el obispo brasileño Helder Camara anunció al mundo durante el concilio la reforma de la monarquía pontificia, creando un senado compuesto por cardenales, patriarcas y obispos, elegidos por las conferencias episcopales, para ayudar al Papa en el gobierno y convocar cada 10 años un concilio ecuménico.
La reforma nunca se hizo. La curia, la corte púrpura, ese ente invisible y lujosamente vestido, cuyo poder sobrevive a los papas, jamás aceptó la democratización. Hoy, dentro de la curia, nadie se fía de nadie. Por un lado están los influyentes hombres «del servicio», como se autodenominan los diplomáticos de la secretaría de Estado que dirige Tarcisio Bertone, el único que despacha a diario con Ratzinger; por otro, los intelectuales orgánicos (periodistas, profesores, juristas, rectores…), unos papistas y muchos no; y luego está la variopinta macedonia cardenalicia y episcopal que dirige los dicasterios: nueve congregaciones, 11 consejos pontificios, tres tribunales, tres oficinas. «En los dicasterios están los casos piadosos», dice Filippo di Giacomo. «Desde Pablo VI, el Papa que internacionalizó la curia y la llenó de excelencia con los mejores cerebros de ese tiempo, la decadencia del equipo de gobierno ha sido imparable. Wojtyla llegó a Roma en 1978 lleno de odio contra la curia, porque nadie escuchaba a los obispos del este de Europa, y se trajo a todos los fracasados, a los que no servían a las diócesis», cuenta Di Giacomo. «López Trujillo, Castrillón Hoyos, Martínez Somalo, Martino, Barragán, Milingo… Gente insignificante. Luego hizo obispo a su secretario, y le dijo: “A estas bestias trátales tú”».
¿Podrá este Papa más tímido aún apaciguar a ese rebaño de «gálatas que muerden y devoran»? Según Zizola, «el Papa trabajó durante el Concilio en la frontera de la renovación y sabe que el gran problema es la nula participación de los obispos en el gobierno de la Iglesia. Algunos cardenales recuerdan que los obispos eran consultados más a menudo en la época de Pío XII, antes del Concilio, que actualmente».
Cerca del Papa, coinciden Zizola y Di Giacomo, está el desierto. Cuatro monjas estadounidenses que dirigen el departamento informático y evitan que los hackers entren en la web. Su secretario, el guapo, alto y bávaro Georg Genswein, considerado un cero a la izquierda –«Es un cretino», afirma sin tapujos un miembro de la curia–. El portavoz, el amable jesuita Federico Lombardi, y sus dos ayudantes, que no dan abasto a apagar fuegos, y que según se dice serán sustituidos en junio.
Los hombres de confianza son aún menos. El cardenal alemán Lehman, que culpó del desastre Williamson a los mensajeros; Bertone, el secretario de Estado, que también dejará su sitio pronto por edad. Antonio Cañizares, prefecto de la estratégica, según la visión de Ratzinger, Congregación para el culto divino. Y el lituano Audrys Juozas Backis, que suena para sustituir a Bertone. Demasiado poco para un hombre de 81 años con una enorme carga de trabajo. «El grado de complejidad del cargo, con 1.100 millones de católicos, 6.000 obispos en activo, relaciones ecuménicas e interreligiosas, viajes, encíclicas, y relaciones de Estado, es insostenible para un hombre solo, inteligente como Ratzinger o carismático como Wojtyla», dice Zizola.
Por eso hay muchos obispos en guerra. Mientras Ratzinger salta de un pantano a otro, la iglesia moderada, progresista y conciliar no aguanta más. Según Zizola, el poder del Opus Dei, como en tiempos de Wojtyla y Navarro Valls, sigue siendo enorme. Di Giacomo no cree que sea tanto. Pero la máquina de enredar está en marcha. Con el perdón a los lefebvrianos, el Papa ha despreciado a las corrientes de signo opuesto, especialmente a la Teología de la Liberación, que él mismo frenó hace 25 años. Al fondo, se habla ya de un posible sustituto, el cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga. Pero eso lo decidirá la curia.

Exigen al Papa que se retracte

Publicado en El Periódico
La irritación que el papa Benedicto XVI ha provocado en la comunidad científica internacional al cuestionar la eficacia del preservativo en la lucha contra el sida difícilmente podría tener un altavoz más autorizado que la revista británica The Lancet, considerada, junto con la estadounidense New England Journal of Medicine, como la publicación médica más influyente del mundo. Y esta vez The Lancet ha sido contundente. En un editorial de insólita dureza que aparece en el número que hoy mismo [28 de marzo] se distribuye, el semanario acusa al Pontífice de haber llevado a cabo un ejercicio de «manipulación» de la verdad científica que ha puesto en peligro «la salud de millones de personas», y le exige por ello una rectificación en toda regla.
(…)
«Cuando una persona influyente, ya sea una figura religiosa o política, hace una declaración científica que podría tener efectos devastadores sobre la salud de millones de personas, debería retractarse o rectificar», señala el editorial de The Lancet, que, consciente del enorme impacto que todas las manifestaciones del Pontífice tienen entre los católicos, añade a continuación: «Algo menos que eso sería hacer un flaco servicio al público y a quienes trabajan en defensa de la salud, incluidos muchos miles de católicos que trabajan de manera incesante para impedir la propagación del sida en todo el mundo».
La revista sugiere incluso que Benedicto XVI es consciente de la falsedad que encierran sus palabras pero antepone a la verdad el propósito interesado de extender su fe. «Al afirmar que los condones exacerban el problema del sida, el Papa ha distorsionado públicamente las evidencias científicas con el fin de promover su doctrina», apunta. Y más adelante abunda en la cuestión: «No está claro si el error del Papa se ha debido a ignorancia o a un intento deliberado de manipular la ciencia en apoyo de la ideología católica».
La ola de airadas protestas que han provocado las declaraciones de Joseph Ratzinger forzó el domingo pasado a L’Osservatore Romano, el diario oficial del Vaticano, a publicar un artículo en el que se aceptaba la eficacia del preservativo y a matizar que lo que el Papa quiso decir en realidad era que la distribución de condones por sí sola no es suficiente para hacer frente al sida, sino que debe ir acompañada de prácticas más acordes con el discurso de la Iglesia católica como la abstinencia y la fidelidad dentro del matrimonio. Una suerte de marcha atrás que The Lancet juzga completamente insuficiente. «Sus comentarios de Benedicto XVI están ahí –señala la revista–, y los intentos del Vaticano de retorcer las palabras del Papa, manipulando una vez más la verdad, no es el mejor camino a seguir».

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Martes, 24 de Marzo de 2009

Ratzinger contra los preservativos

Benedicto XVI dijo que la enfermedad es una tragedia y que el uso de profilácticos agrava la situación. Lo dijo antes de iniciar una gira de seis días por África, donde hubo 17 millones de muertos por el sida.

Publicado en Crítica

Por primera vez, un Papa pronunció la palabra «preservativo» Benedicto XVI dijo que el sida «es una tragedia que no se puede superar con la distribución de preservativos que, al contrario, agravan el problema». Joseph Ratzinger propuso contener la enfermedad con una «enovación espiritual y humana de la sexualidad» unida a «n comportamiento moral y correcto». Fue en el marco de su visita a Camerún, en África, el continente en el que más de 17 millones de africanos ya murieron por ese flagelo.
Yaundé, la capital de Camerún, recibió a Benedicto con gran entusiasmo. Decenas de miles de personas aclamaron con cantos y banderas el paso del papamóvil. Es lógico: África es la región de crecimiento más rápido en el número de fieles de la Iglesia católica. Las cifras oficiales indican que el gran vivero actual de nuevos fieles y sacerdotes es África. En las décadas posteriores al Concilio Vaticano II, el catolicismo ha crecido allí a niveles impensables en otros sitios, y hoy un 17% de sus casi 1.000 millones de habitantes se confiesa católico. Por eso la dedicación al empobrecido continente.
A once años de la última gira de Juan Pablo II, los camerunenses presenciaron un acontecimiento histórico. Ratzinger dijo que su viaje, que durará seis días y lo llevará también a Angola, tiene como objetivo «confirmar a mis hermanos en la fe». Para ello entregará a las conferencias episcopales de África un documento de preparación del segundo sínodo para África, que se celebrará en octubre en Roma. El Papa –que aprovechó su viaje para reiterar su rechazo al aborto– reconoció que la región sufre «de manera desproporcionada» males como el hambre, la pobreza y diversas enfermedades.

Rechazo internacional
Las palabras del Papa contra el uso de preservativos generaron críticas. El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, dijo que «adultos y jóvenes deben saber sobre las formas de contagio, y de cómo protegerse del sida». Claudia Roth, jefa del Partido Verde del Parlamento alemán, opinó: «El Papa continúa con una política contraproductiva, destructiva, alejada de la vida y enemiga del amor, que destruye toda base razonable para el combate de la epidemia».
En la Fundación Huésped calificaron los dichos de Benedicto XVI como «equivocados y peligrosos». Su presidente, Pedro Cahn, advirtió ante Crítica de la Argentina que «esos conceptos pueden inducir a un error que puede costar la vida» y que «los hechos demuestran exactamente lo contrario de lo que dijo». El médico recordó que el preservativo no sólo previene el contagio del HIV, sino también la sífilis, la blenorragia, las hepatitis B y C, el herpes y la chlamydia, que puede producir esterilidad en la mujer.
El informe de situación para 2007 del Programa Conjunto de la ONU sobre el Sida indica que la epidemia de la enfermedad en Camerún es una de las más extensas en África subsahariana: casi medio millón de adultos (el 5,4% de la población) vivían con HIV en 2005. Yaundé registra uno de los índices más altos: el 8,3% de los habitantes. El informe de Naciones Unidas agrega que «en los últimos años, no se han realizado vigilancias entre embarazadas, lo cual dificulta la evaluación de las tendencias de la epidemia».

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La Iglesia paga 436 millones de dólares por abusos sexuales

WASHINGTON, 13 Mar 2009 (AFP-NA) – La Iglesia Católica estadounidense pagó 436 millones de dólares en 2008 por casos de abusos sexuales en los que estaban involucrados miembros del clero, indica un informe oficial eclesiástico divulgado este viernes, que apunta a curar las profundas heridas del escándalo que estalló en 2002.
La enorme suma fue pagada en acuerdo con las víctimas, según el informe, que señala que la Iglesia está implementando una carta para proteger a los niños. Las sumas pagadas por los convenios acordados cayeron 29% respecto al récord de 526 millones de dólares pagados en 2007, señala el informe.
Alrededor de 22 millones se destinaron el año pasado a pagar terapias para las víctimas o apoyo a los abusadores acusados, afirma el documento, encargado por la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica de Estados Unidos en los últimos seis años.
Mientras los pagos de la Iglesia relacionados con casos de abuso sexual cayeron, el número de nuevas denuncias y víctimas aumentó 16%.
El informe señala que el año pasado se presentaron 803 nuevas denuncias de abusos, más de la mitad de las cuales corresponden a niños, contra 692 en 2007.
Más de la mitad de las nuevas denuncias corresponden a casos de abusos sexuales, que los denunciantes sitúan entre 1960 y 1974. Muchos de los supuestos abusadores murieron o ya no ejercen sus ministerios religiosos.
El documento afirma asimismo que el número de víctimas pasó de 689 en 2007 a 796 en 2008.

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El obispo que niega el Holocausto vaticina una guerra mundial

© Jesús Bastante
Publicado en Público el 10/03/2009

Si alguien esperaba que tras las sucesivas admoniciones de la Santa Sede, la Fraternidad San Pío X o la justicia argentina, el obispo negacionista Richard Williamson daría marcha atrás en sus tesis, o que al menos mantendría un prudente silencio, se equivocaba. El polémico prelado uno de los cuatro que excomulgó Juan Pablo II en 1988 y rehabilitó Benedicto XVI el pasado 24 de enero ha profetizado desde su blog «un nuevo 11 de septiembre», como anticipo a «una devastadora tercera guerra mundial». A su vez, vaticina «una batalla de sangre» en la Iglesia católica, devorada «por las ruinas derivadas del Concilio Vaticano II».
«El mundo occidental y sus políticos están tan fuera de la realidad que sólo una devastadora tercera guerra mundial podría devolverlos a ella: la guerra se presentará como la única posible salida de los insolubles problemas económicos», añade el obispo ultratradicionalista, quien desde hace dos semanas se encuentra en Reino Unido, tras ser conminado a abandonar Argentina.
«Una nueva era de mártires está ante nosotros», añade el obispo en su blog, donde ve la crisis económica como «únicamente el inicio» de la trágica y definitiva gran guerra. «Otro 11 de septiembre puede ser fabricado para comenzarla», augura el obispo negacionista.
Williamson no oculta sus críticas a lo que denomina el «desastre de la Iglesia», en especial, tras «el Concilio Vaticano II, que ha puesto en descomposición la fe y los cerebros». Hay que recordar que, para regresar a la comunión con Roma, los obispos lefebvristas deben reconocer en su totalidad la autoridad del Concilio, algo que, por el momento, no tienen pensado hacer.
Williamson tampoco se detiene aquí. «La Iglesia oficial ha dejado de combatir la herejía, y los católicos han vuelto a combatir bestias sin cerebro en la arena», asevera el polémico prelado, para quien la Iglesia de Roma «necesita tanto amigos serios como enemigos». Respecto a la seriedad de estos últimos, afirma tajante que «no puede ser probada con meras palabras, sino con la sangre».

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Un «bus ateo», sí, pero ateo protestante

© Atilana Guerrero Sánchez
Publicado en El Catoblepas

«Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta la vida»,
Unión de Ateos y Librepensadores et alii

Desde Barcelona, pasando por Málaga, tras la llegada a Madrid de la campaña de los «buses ateos» en el mes de febrero, se puede decir que, a pesar de lo que sus promotores hayan querido interpretar, el efecto que pretendían de «hacer visible la existencia de millones de ciudadanos ateos» en palabras de Albert Riba, presidente de la Unión de Ateos y Librepensadores (UAL), no se ha cumplido. Y tal es el caso sencillamente porque dicho objetivo es imposible.
Su imposibilidad se debe a que los ateos, como grupo de ciudadanos, no constituyen una totalidad armónica englobable bajo una misma doctrina que consistiera en negar la existencia de Dios, como indoctamente se supone por su definición más vulgar.
Por el contrario, el ateísmo es un género con muchas especies, las cuales se definen unas frente a otras con tanta o más discrepancia entre sí que la que mantienen esos diversos ateísmos con el teísmo del que proceden. Y si esto ya es válido para el territorio nacional, en el que la mayoría de los ateos son ateos católicos, más aún se podrá decir de una campaña que, como hemos sabido, no es más que una copia de la que nació en Reino Unido como respuesta al anuncio de publicidad protestante que circuló en los autobuses londinenses con una cita bíblica: «Cuando el Hijo del Hombre venga a la Tierra ¿encontrará fe? (Lucas 18:8).»
Al parecer, fue la periodista Ariane Sherine quien indignada por el mensaje tuvo la idea de responder de la forma en que ya es de todos conocida por haber llegado a España ocupando los laterales de algunos autobuses.
Sin restar mérito al éxito conseguido a juzgar por la respuesta de los «ateos» británicos para sufragar el espacio publicitario, sin embargo, lo que venimos a discutir son los supuestos ideológicos mismos del humanismo ateo que tiene detrás esta campaña.
Del error de este ateísmo simplista –univocista–, en principio, creemos que ya es suficientemente sospechoso el que la primera disensión pública de un ateo provenga del mismo coordinador de la Federación Internacional de Ateos con sede en España. En efecto, Francisco Miñarro, entre cuyos «coordinados» figuran las asociaciones responsables de la campaña (ver en la página web http://busateo.org), publicó una crítica que, a pesar de su ingenuo anticlericalismo, al menos acierta al denunciar la copia del absurdo «probably» británico que convierte la propaganda más que en atea, en agnóstica.
Desde el ateísmo esencial total definido por Gustavo Bueno en La fe del ateo –resulta insólito, por cierto, que este libro no figure en la bibliografía de la Fida–, nuestro análisis pretende dar cuenta del sentido del lema con que estos ateos españoles han colado en España una mercancía ideológica tan defectuosa {1}.
Para presentar en pocas palabras nuestra perspectiva, el ateísmo esencial propio del Materialismo Filosófico no se «conforma», por así decir, con negar la existencia del Dios monoteísta, puesto que, sabida la diferencia entre la esencia y la existencia de un ente, quien dice «Dios no existe» está presuponiendo la esencia de eso cuya existencia dice negar. Sin embargo, hablamos de un ateísmo esencial, frente al ateísmo existencial, cuando no se admite siquiera la esencia de Dios, es decir su misma Idea como tal. La Idea de Dios de la Teología Natural, para el ateísmo esencial, es una construcción conceptual tan preñada de contradicciones que no es siquiera posible «pensarla» en sentido estricto. Es una «paraidea», o una pseudoidea, como «decaedro regular» o «nación de naciones». Por último, a este ateísmo esencial le llamamos total frente al ateísmo esencial parcial, que «todavía» retira algún o algunos de los atributos que parezcan ajenos al constitutivo formal divino, por ejemplo, la providencia, conservando la existencia –llamado «ateísmo cortés» o deísmo por Voltaire– por intentar corregir las contradicciones conceptuales de tal Idea. Pero la cuestión es que la Idea de Dios, la Idea de un ser inteligente de naturaleza incorpórea, como construcción racional es incorregible.
Otra cosa es la involucración de dicha Idea con la teología dogmática de las religiones terciarias –llamadas así por provenir de las primarias y secundarias en el curso histórico–, que como formaciones culturales han dado lugar a instituciones humanas tan positivas, en el sentido de «reales», como las procesiones de Semana Santa o los atentados suicidas.

* * *


Seguramente lo primero que habrá sorprendido al viandante español al toparse con el «bus ateo» habrá sido la diferencia entre el contenido del mensaje publicitario acostumbrado, prosaicos productos del «consumo de bienes y servicios», y este otro en el que el producto protagonista parece ser un «consejo espiritual».
Y es verdad que no estamos habituados a la publicidad religiosa o irreligiosa, al menos en la forma en que se homologan los yogures y las citas bíblicas. Pero si esto es así, algo ha tenido que ver el catolicismo que durante siglos se cuidó de que la ortodoxia, más que con la lectura, salvo cuando esta se hacía en voz alta, penetrara en el pueblo analfabeto gracias sobre todo a las artes plásticas.
Los protestantes, en cambio, al rechazar la «visibilidad» de la revelación divina, tuvieron su canal publicitario en los usos que permitía la entonces reciente invención de la imprenta, y la Biblia de Lutero se convirtió en la mercancía por antonomasia. Pero tampoco renunciaron al poder de la imagen en las masas populares; eso sí, a través de la reproducción de hojas volantes, pasquines ilustrados o grabados que sirvieron para difundir el mensaje anticatólico{2}.
De manera que, a poco que nos remontemos unos siglos en la historia europea, esta especie de publicidad de tema religioso, no sólo no es novedosa, sino que se puede decir que fue la que inauguró los nuevos mass media que nacerían con la imprenta.
De hecho, no consideramos una casualidad que el inicio de la campaña tuviera lugar en un país protestante, ni que la única respuesta en España a la campaña atea haya sido de un grupo llamado «evangelista», que con su «autobús cristiano» comete, por cierto, la misma falacia univocista que los ateos vulgares al denominarse por el género –cristiano–, anulando la especie –protestante, dicho desde Trento, a su pesar–. Su respuesta, «Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo», circulará por las calles de la capital hasta finales de marzo.
Pero, ¿por qué es determinante, según nuestro análisis, el origen protestante de semejante campaña?
Gustavo Bueno presenta en La fe del ateo diversos criterios para clasificar las formas de ateísmo, y restringiéndonos al ateísmo monoteísta, se pueden distinguir distintos ateísmos según cuál sea el teísmo monista que niegan; católico, mahometano, judío… En efecto, todo teísta católico, pongamos por caso, es ateo del resto de religiones monoteístas y politeístas, en la medida en que dichas religiones, desde su punto de vista, proclaman falsos dioses. Ateos se les llamó a los cristianos por parte de los paganos, como de Sócrates decía Voltaire que era el ateo que creía en un solo Dios. Pero además, y esto es a lo que nos referimos, el ateísmo generado en el mismo seno de la sociedad política ligada secularmente a un monoteísmo en particular, conserva, de algún modo, como el hijo respecto al padre, un «aire de familia», un poso histórico que deja en sus formulaciones actuales una especie de acento particular que nos remite a dicho origen. Este proceso se puede tomar a una escala histórica, filogenética podríamos llamar, o personal u ontogenética, lo cual nos permite afirmar que la mayoría de los ateos españoles, por la educación recibida, son ateos católicos, como seguramente el ateísmo de la periodista a quien se le ocurrió el eslogan de marras será un ateísmo anglicano.
Pues bien, el «acento» de este ateísmo del autobús urbano creemos que se puede percibir en el concepto de la «felicidad canalla» que su eslogan destila, concepto que nos sirvió para analizar el Primer Concilio Ateo de Toledo en una crónica de esta revista, y cuya relación con el protestantismo trataremos de demostrar.
Peca, y peca fuerte…
Como es bien sabido, el protestantismo es una doctrina teológica que tiene entre sus principios fundamentales la oposición al reconocimiento de la autoridad tanto del Papa, a quien no reconoce ser vicario de Cristo en la Tierra, como de cualesquiera «especialistas» eclesiásticos para interpretar la revelación de Dios contenida en la Biblia. De ahí su concepto del libre examen según el cual todo el mundo puede interpretarla sin necesidad de un mediador, suprimiendo así cualquier diferencia entre el estado eclesiástico, propio de aquellos que son letrados, y el laico, el de los legos.
Este igualitarismo de la «comunidad cristiana», encarecido como una virtud desde la ideología del fundamentalismo democrático de nuestros días, que tiende a absorber a cualquier grupo humano bajo el modelo de la sociedad política, en el fondo, lejos de significar una «democratización» de la Iglesia, lo que viene a proclamar es el estado de absoluta incapacidad de cualquier hombre para saber nada respecto a los medios con los que alcanzar la salvación. Para el protestante, todos los hombres son iguales, pero en virtud de su naturaleza corrupta, incapaz de obrar el bien por una concupiscencia invencible, desde el Papa hasta el último campesino. Su salvación queda, pues, a expensas de la gracia de Dios que recae sobre unos elegidos por criterios insondables.
La «psicología» del protestante, no en vano, sin ninguna medida que pueda públicamente servir como patrón del alejamiento o acercamiento a Dios, de cuyo juicio nada sabemos excepto lo que la Biblia pueda sugerirnos, implica necesariamente la angustia y el temor ante la amenaza del infierno.
Y ¿qué tiene que ver todo esto con la doctrina de la felicidad canalla? Veamos.
La felicidad canalla es un concepto formulado por Gustavo Bueno en su libro El mito de la felicidad que tomamos aquí –no sin cierta violencia en cuanto lo desconectamos del conjunto de doctrinas de la felicidad explicadas en dicha obra– a propósito de la evaluación del «síndrome teórico-práctico» que creemos se manifiesta en esta singular campaña ideológica del «bus ateo».
Su base teórica parte de una concepción de la felicidad («¡disfruta de la vida!») que resulta de despojar al concepto teológico cristiano de felicidad de su contenido objetivo, conservando sin embargo el sentido subjetivo que se suele entender hoy como la definición standard de felicidad (goce, disfrute, placer, etc). Digamos que por el contenido objetivo de la felicidad se entiende el objeto mismo que se disfruta (un helado o la Capilla Sixtina), mientras que su contenido subjetivo es el hecho mismo del placer psicológico, al margen del objeto que lo produzca.
La razón por la que se le llama canalla, en el sentido etimológico de canis (en latín, perro), se debe a que esta ideología aprovecha los «restos» de lo que fue la «comida espiritual» durante alrededor de mil años –aquellos durante los cuales la Iglesia Católica mantuvo su hegemonía ideológica–, de la misma manera que el perro ha acompañado al hombre «fielmente» en su historia, viviendo, se puede decir, de los despojos que aquel cazaba.
Veamos grosso modo esta Idea de la Felicidad clásica de modo sumario para entender, entonces, porqué de ella se deriva este otro concepto tan en boga.
La Idea de Felicidad, procedente de la Filosofía antigua, se formuló en el sistema de Aristóteles en un sentido canónico. Sin embargo, tal sentido se transforma al pasar a formar parte, como sillar, del edificio de la Metafísica tradicional cristiana construido modélicamente en el sistema de Santo Tomás. Entre una y otra Idea media precisamente la relación que esta última guarda con el cristianismo que la convertirá en una nueva Idea cuya transformación de la aristotélica resulta revolucionaria. Básicamente la distinción clásica ya presente en Aristóteles, esta que hemos dicho entre el sentido objetivo y subjetivo de la Felicidad, en Santo Tomás va a recibir un contenido absolutamente nuevo al introducir a Dios mismo como objeto de la felicidad humana, de la verdadera felicidad eterna. Y no es que en Aristóteles no estuviera presente la relación entre Dios y la Felicidad eterna, sino que eran dos formas de decir lo mismo: Dios era el Acto Puro, Motor inmóvil del Universo cuya actividad era la contemplación de sí mismo, la verdadera actividad feliz vedada al hombre, al cual ni siquiera conoce.
Como dice Bueno, en el sistema tomista, a diferencia del aristotélico, Dios «rompe a hablar» y en particular le hablará al hombre para «compartir» con él ese estado de felicidad.
No es secundario saber que esta nueva Idea de Felicidad forma parte del ámbito histórico de la Iglesia Triunfante, y con él se ofrece una Idea «eufórica» de Felicidad absolutamente opuesta a la que nació en la sociedad pagana, más bien escéptica («sólo si el hombre fuera como Dios sería feliz, pero como no lo es…). Esta felicidad tomista, digamos, cuyo contenido objetivo es Dios mismo, no sólo podrá gozarse tras la muerte, en la «otra vida», sino que cuenta con «anticipos» muy valiosos durante la «vida terrena» gracias a que la Segunda Persona de la Trinidad ha venido al mundo en carne mortal a anunciarnos nuestra participación actual en la naturaleza divina.
Dicha Idea «eufórica» de Felicidad, insistimos, se ajusta a una situación histórica en la que una vez replegado el Islam, a la Iglesia Católica apoyada en los Estados sólo le quedaba la tarea de mostrar a la Humanidad el camino recto hacia dicho fin a través de los Sacramentos.
Pero ese ámbito medieval en el que la Iglesia Católica había ofrecido el camino seguro para la salvación del Hombre, tiene su fin con el descubrimiento de América, y con él, como reacción de insubordinación al Imperio Hispánico católico dominante, de la llamada Reforma protestante.
Y mientras en España se revaloriza a Santo Tomás, desarrollando hasta sus últimas consecuencias la «cercanía» de Dios al Hombre, los protestantes presentan, con su desafección hacia la Iglesia y su doctrina «eufórica», una doctrina «depresiva», precisamente en el momento en el que, con América, España rompe el equilibrio inestable europeo y la Iglesia se presenta cada vez más acusadamente desbordada por el Imperio ascendente (ningún Estado protestante, pese a su ideología, pudo encarcelar al Papa como hizo Carlos V en el Saco de Roma)
Con Lutero entonces lo que se produce, en contra de los tópicos establecidos, más que la inauguración de la Edad Moderna, en el sentido meliorativo que tiene esta expresión (la afirmación metafísica del Hombre y su libertad individual) es una reacción «medievalizante»{3}, en la que un Dios voluntarista no ofrece más que incertidumbre respecto a la salvación, es decir, esa Felicidad cuyo contenido objetivo era Dios mismo. La pregunta protestante, entonces, es obvia: ¿qué más da si pecamos o no?
En su famosa carta a Melanchton, Lutero afirma con su particular estilo algo parecido:

«Peca y peca fuerte, pero confía y alégrate más fuertemente en Cristo… En tanto estemos aquí abajo, es necesario que el pecado exista… Nos ha sido suficiente el haber reconocido al Cordero que lleva los pecados del mundo; entonces el pecado no nos podrá desligar de El, así forniquemos mil veces por día…»

Don’t worry, be happy… Para todos aquellos Estados de Europa que «protestaron» ante la Iglesia Católica y renunciaron a su «seguridad salvadora», Dios, en su alejamiento respecto al hombre, llegará a perderse de vista hasta un punto límite que desemboca en ateísmo. Pero en un ateísmo por privación que conserva esa actitud pasiva del hombre como criatura sometida a un designio inescrutable. Ese Deus Absconditus seguirá ocupando un lugar en los sistemas filosóficos ateos como es notorio en el grito desesperado de Nietzsche. Y es que si Dios ha muerto, será porque ha vivido, es decir, cuenta con una esencia.
Ahora creemos que se podrá entender cómo esa «felicidad canalla» está atada, como el perro al hombre, a la Idea de Felicidad clásica tomista de la que tan sólo quedan las «migajas» de la felicidad subjetiva. Y puesto que Dios no existe, su esencia, la de ser el dispensador de la felicidad humana, se conserva en todos cuantos efectos terrenales le sirvan de sucedáneos.
Este razonamiento canalla presente en el eslogan ateo, si conserva desde luego ese poso protestante que decimos, se encuentra sobre todo, más que en el «disfruta la vida», en el «deja de preocuparte», porque no sabemos de qué habríamos de preocuparnos salvo que se presupusiera la condenación eterna, o una tristeza previa que conllevara la vida en la que no se sabe si Dios te ha elegido para formar parte de su Reino.
Por último, la pseudoconclusión «disfruta la vida», con ese uso del imperativo, de nuevo invoca una obligación desde la eternidad. Disfrutar la vida, consumirla, apurarla, como se suele decir, no tiene sentido si no se supone un sujeto que la sobreviva, porque si no, ¿cómo podría el sujeto mismo disponerse a autoconsumirse? Este imperativo tan utilizado del «¡Disfruta la vida!» tendría el mismo significado que el de «¡Muérete!».
Nos hemos dejado para terminar el «probablemente» porque, a pesar de que parece deberse a una cuestión jurídico-religiosa del Reino Unido, según la cual está prohibido afirmar taxativamente la inexistencia de Dios, si semejante traslado del «probably» no les ha chirriado a estos «ateos y librepensadores» españoles será por alguna razón. No creemos que su papanatismo llegue al extremo de tener que copiar el eslogan sin estar de acuerdo con él, sobre todo porque semejante prohibición no existe en la católica España.
Y es que creemos que la «cortesía» de la que este ateísmo existencial hace gala al aceptar que acaso Dios exista, puesto que tan probable es una cosa como la otra, redunda en nuestra argumentación que liga dicho ateísmo al teísmo protestante. Pues, ¿acaso no sería una especie de libre examen este relativismo en el que lo importante es eliminar el monopolio de la Iglesia, es decir, que el «mercado» religioso abunde en la plétora de mercancías en competencia, sean estas teístas o ateas?
La prueba de semejante inconsistencia doctrinal está presente, además de en el nombre de la asociación, en los Objetivos que la Unión de Ateos y Librepensadores presentan en su página web.
En primer lugar en el nombre, porque los ateos no pueden aceptar la libertad de pensamiento, la cual, suponemos, se podrá ejercer igualmente por quienes son teístas, siempre y cuando «elijan libremente» serlo, por usar las incomprensibles categorías formalistas de las que extraen su propio ateísmo. Y en segundo lugar, porque entre sus objetivos, aparte de la consabida difusión del ateísmo genérico, está la defensa de la «laicidad». Objetivos, sin duda, incompatibles, en la medida en que si con la laicidad se trata de promover la neutralidad del Estado respecto a cualquier creencia religiosa, ¿cómo puede un ateo que se proclama –de forma indocta, todo hay que decirlo– contra la religión en general, aceptar la tolerancia hacia cualesquiera creencias?
Un ateo esencial católico siempre agradecerá a la Iglesia, por el contrario, que en la batalla contra las supersticiones y las diversas creencias religiosas, esta le allane el camino, quedando frente a frente con un rival, al menos, digno. Con lo que no podrá estar en contra de la privilegiada situación de la Iglesia en España para dar cabida a cuantas religiones «libre y democráticamente» la gente practique.
Por último, recomendamos la lectura del Manifiesto Internacional para un Humanismo Ateo que firman diversas asociaciones suponemos del mismo tenor que la UAL para comprobar cómo los ateos existenciales no renuncian a seguir encontrando la esencia de Dios. Sirva como botón de muestra este fragmento que apoya lo que hemos venido diciendo a lo largo del artículo:

«El Paraíso, si es que existe, debería realizarse sobre la Tierra y no en un reino etéreo más allá de la muerte. Es aquí y ahora que debemos ser seres humanos y vivos. Como librepensadores y ateos creemos que la humanidad ya no necesita religiones anticuadas, primitivas, peligrosas y degradantes.»

Notas

{1} Véase también «Autobuses teopublicitarios», debate nº 55 de Teatro crítico, 14 de enero de 2009, en el que los profesores Tomás García López y David Alvargonzález Rodríguez tratan de este asunto desde nuestra misma perspectiva.

{2} Véase el interesantísimo libro de André Chastel, El saco de Roma, 1527 (Espasa, Madrid 1997) en el que se hace el análisis detallado de algunos de los panfletos protestantes más populares.

{3} Esta tesis, por otro lado, es una clásica interpretación de la Reforma ya en Troeltsch (El significado del protestantismo para el mundo moderno, Munich 1906). Sin embargo, tampoco usamos el término «medievalizante» sino en su sentido vulgar que vuelve a ser de nuevo otro de los tópicos a rebatir, puesto que ya hemos establecido que Santo Tomás no tiene nada de «medievalizante» en ese sentido oscurantista. En verdad, la Reforma –que tampoco es tal sino desde el punto de vista propagandístico protestante– es la recuperación de corrientes teológicas medievales que siempre estuvieron presentes en el agustinismo, pero que fueron contrarrestadas desde la corriente «vencedora» del tomismo.

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Ideas y pseudoideas

© Gustavo Bueno
Dos fragmentos de La fe del ateo (2007)

La llamada «Idea de Dios», en su sentido ontológico, sería en realidad una pseudoidea, o una «paraidea» (a la manera como el llamado concepto de «decaedro regular» es en realidad un pseudoconcepto o un paraconcepto, es decir, para decirlo gramaticalmente, un término contrasentido).
Desde la perspectiva del ateísmo esencial, en la que por supuesto nosotros nos situamos, las preguntas habituales: «¿Existe Dios o no existe?», o bien: «¿Cómo puede usted demostrar que Dios no existe?», quedan dinamitadas en su mismo planteamiento, y con ello su condición capciosa. En efecto, cuando la pregunta se formula atendiendo a la existencia («¿Existe Dios?») se está muchas veces presuponiendo su esencia -o si se quiere, el sujeto gramatical, y no el predicado- (si la existencia se toma como predicado gramatical en la proposición: «Dios es existente»). Y, esto supuesto, es obvio que no es posible la inexistencia de Dios, sobre todo teniendo en cuenta que su existencia es su misma esencia; y dicho esto sin detenernos en sus consecuencias, principalmente en ésta: que quien niega la esencia de Dios está negando también la existencia, precisamente en virtud del mismo argumento ontológico que los teístas utilizan.
Cuando nos referimos a sujetos gramaticales (distintos de Dios), por ejemplo, a un planeta desconocido o a una bolsa de petróleo que suponemos enterrada en un determinado valle, o al monstruo del lago Ness, la pregunta por la existencia presupone obviamente la esencia, es decir, el concepto de planeta, de bolsa de petróleo o de monstruo lacustre. En estos casos, y cuando la prueba de la inexistencia no pueda llevarse a cabo de modo contundente, siempre quedará la duda de su existencia posible, siempre que esa esencia no sea contradictoria, como contradictorio es, por ejemplo, el «concepto de decaedro regular». Yo puedo afirmar con toda seguridad que el «decaedro regular» no ha existido nunca, ni existe, ni puede existir (porque es contradictorio, al no cumplir la fórmula de Euler). Precisamente porque no es una esencia, porque no existe el «concepto de decaedro regular», sino sólo el nombre de un mosaico de conceptos e imágenes geométricas agrupadas en una totalidad imposible.
El ateísmo esencial sostiene que la idea de Dios es una pseudoidea, o una paraidea, una idea compleja inconsistente, del estilo del concepto de decaedro regular. Y por ello se resiste a aceptar las preguntas antedichas. Porque lo que el ateo esencial está negando no es la existencia de Dios, sino la idea de Dios de la Teología natural (que por supuesto no puede confundirse con la esencia o la existencia de una divinidad óntica finita, como pueda serlo Zeus, Odín, Apolo, o acaso el monstruo del lago Ness).
La llamada idea de Dios, propia de la teología natural metafísica y preambular es una idea límite (o una confluencia de ideas límite) que conduce a una paraidea de tipo general, pero que adquiere una interesantísima condición especial de idea aureolar cuando se involucra con la teología dogmática de las religiones terciarias, y singularmente con la teología dogmática del cristianismo trinitario. Las ideas aureolares no son propiamente ideas ya constituidas o per-fectas, sino ideas in-fectas («ideas haciéndose», en devenir), porque requieren suponer dados, como integrantes de su unicidad, ciertos elementos o componentes situados en su futuro, pero de tal forma que estas ideas no podrían constituirse como tales, dado que estos elementos o componentes de referencia, dados en el futuro (relativo a la propia idea), se supone que forman parte esencial del constitutivo de la idea misma que está haciéndose en el presente, a la que acompañan como aureola (a la manera como acompaña la aureola a la cabeza del santo, que dejaría de serlo, en la pintura, en el momento en el cual esa aureola fuese borrada).

(…)

La idea de Dios no es, desde luego, según lo que venimos diciendo, una idea unívoca, sino más bien análoga, por no decir equívoca, puesto que unas veces tiene que ver con el Dios de los filósofos, con la idea metafísica y abstracta de Dios, y otras veces con los dioses o númenes concretos y «personiformes» de las religiones primitivas.
No entramos aquí en las cuestiones de prioridad de unos o de otros. Nos limitamos a constatar que la idea de Dios no es unívoca, y que antes que una idea es el nombre de dos ideas, o de dos familias de ideas muy diferentes, a saber, la idea metafísica de Dios y la idea positiva de Dios.
Y ocurre que estas dos familias de ideas requieren un tratamiento muy diferente, en sí mismo y en sus relaciones con la religión. Y nos apresuraremos a constatar, ante todo, que los debates que dominaron desde la época de la Ilustración hasta nuestros días, los debates entre los teístas, ateos y agnósticos, eran debates que giraban en torno a la idea metafísica de Dios (Voltaire, Rousseau, Kant) antes que en torno a su idea positiva. Eran debates característicos de les philosophes, de los filósofos de la Ilustración y de sus precursores del siglo anterior (Leibniz, Espinosa, Wolff, Newton…).
Sin embargo es esta idea del Dios de los filósofos, precisamente en cuanto idea metafísica, la que no puede ser considerada como una idea vinculada por sí misma a la religión (y otra cosa es que la religión pueda vincularse a ella). En efecto, para que la idea metafísica de Dios pudiera tener algo que ver con la religión, debería contener la idea de una persona, de una voluntad, de una inteligencia… Pero la idea de una persona capaz de apetitos y de conocimiento es una idea necesariamente asociada a sujetos corpóreos, dotados de conducta volitiva o cognitiva, a sujetos finitos que se enfrentan a otros sujetos y a cosas impersonales. Ésta es la razón de fondo por la cual una persona o sujeto infinito con voluntad omnipotente y con conocimiento omnisciente es una contradicción del mismo calibre que la que contiene la expresión «decaedro regular», de la que hemos hablado antes, o la expresión «círculo cuadrado». Por ello puede decirse que la idea de Dios -la idea metafísica de Dios, la idea de Dios de la filosofía metafísica de la Ilustración (cuyo racionalismo se definía sobre todo por su oposición a las religiones positivas, calificadas por los ilustrados como supersticiones)- es, como hemos dicho, una pseudoidea, una paraidea, y no existe como idea por estar constituida por atributos esenciales contradictorios.

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Dios en el cerebro

Hallazgos neurocientíficos explican por qué el hombre se refugia en las religiones

© Javier Sampedro
Publicado en El País el 23/02/2009

El Dios de Abraham era justo, inapelable, incorruptible, trascendente, omnisciente, omnipotente, omnipresente y omnibenevolente. El cristianismo antiguo se centró en la pericoresis o fusión de tres personas en una sola entidad divina. Para la vía negativa de Maimónides sólo nos es dado discutir sobre lo que Dios no es. El Todo de los herméticos es más complicado que la suma de cuanto existe, y el Buda puso el énfasis en la liberación del sufrimiento en la tierra. Vista así, la religión tiene poco de universal.
Pero los experimentos han hecho aflorar una capa subyacente más simple. Por ejemplo, los psicólogos cuentan a grupos de voluntarios una historia en la que Dios atiende a cinco problemas a la vez. Los creyentes de cualquier confesión monoteísta aceptan la narración con naturalidad, puesto que Dios tiene sobrados poderes cognitivos para ello. Pero si se les pide recordar la historia un rato después, casi todos cuentan que Dios atiende los cinco problemas uno por uno: su subconsciente ha humanizado al omnipotente Dios de la doctrina.
La investigación reciente en psicología cognitiva, neurobiología y antropología cultural ha revelado que la mayoría de los creyentes, sea cual sea su culto, tienen interiorizado un modelo extremadamente antropocéntrico de Dios. No sólo posee una figura humana, sino que utiliza los mismos procesos de percepción, razonamiento y motivación que las personas. Las creencias explícitas sobre la divinidad son muy distintas entre religiones, pero los supuestos tácitos son casi idénticos en la mayoría de las personas.
La característica central de cualquier religión es un núcleo de creencias sobre agentes no físicos. Este tipo de «conceptos sobrenaturales» –que también aparecen en la fantasía, los sueños y las supersticiones– está muy condicionado por nuestro conocimiento del mundo real. Un espíritu es un tipo de persona, sólo que atraviesa paredes. Dios comparte esas limitaciones dentro de la cabeza de los creyentes.
Más en general, las creencias subconscientes de la gente religiosa de cualquier credo son extraordinariamente parecidas: los agentes sobrenaturales ejercen una vigilancia permanente del comportamiento moral de la persona, con acceso instantáneo a sus pensamientos y deseos más íntimos. Los creyentes de cualquier culto también albergan creencias sobre la existencia y las propiedades de esos agentes sobrenaturales, y suelen guardar símbolos o amuletos que los representan, y celebrar rituales en su nombre. Cada grupo social suele atribuir a esos agentes su sistema moral, y su propia cohesión social.
Los científicos cognitivos han reunido muchas evidencias de que esta especie de religión natural se enraíza en cualidades humanas universales –como la capacidad para simular relaciones con personajes ficticios– que no son específicas de la experiencia religiosa, sino una consecuencia de tener el cerebro más desarrollado, y las estructuras sociales más complejas y estables, que han evolucionado en ninguna especie animal de este planeta.
«El pensamiento y el comportamiento religiosos pueden considerarse parte de las capacidades naturales humanas, como la música, los sistemas políticos, las relaciones familiares o las coaliciones étnicas», dice Pascal Boyer, de la Universidad de Washington en Saint Louis. Boyer ha publicado en el último año dos trabajos de referencia sobre la evolución cognitiva de la religión (Nature 455:1038; Annual Review of Anthropology 37:111).
El filósofo Daniel Dennett sostiene que los cerebros animales han evolucionado a través de tres fases. El comportamiento de las criaturas darwinianas está determinado genéticamente. Las criaturas skinnerianas (por el psicólogo conductista norteamericano B. F. Skinner) disponen de una gama de comportamientos, pero despliegan uno u otro al azar. Los humanos somos criaturas popperianas (por el filósofo de la ciencia Karl Popper). Una criatura popperiana hace lo mismo que una criatura skinneriana, pero sólo dentro de su propia cabeza, como una serie de simulaciones mentales.
El ingeniero de la Universidad de Michigan John Holland, padre de los algoritmos genéticos, asegura que «la verdadera esencia de una ventaja competitiva, sea en el ajedrez o en la actividad económica, es el descubrimiento y la ejecución de jugadas en un escenario ficticio». Y entre las principales jugadas que tenemos que simular los humanos, desde la más tierna edad, están las situaciones sociales ficticias.
«Todos los niños entablan relaciones sociales importantes y duraderas con personajes de ficción, amigos imaginarios, familiares desaparecidos, héroes invisibles, novios figurados…», dice Boyer. La práctica constante con ese tipo de «agentes no físicos», de hecho, puede explicar parte de la extraordinaria destreza social de nuestra especie, muy superior a la de los demás primates. Y desde ahí, el científico de Washington sólo ve un pequeño paso hasta otros «agentes no físicos» como espíritus, dioses y demonios, «intangibles pero implicados socialmente».
Los agentes sobrenaturales son a menudo la fuente de la moral para las personas religiosas, y también sus vigilantes omniscientes, esto es, que basta con pensar en algo pecaminoso para que se den por enterados. Ésta es otra de las creencias más generales entre los fieles de cualquier culto.
La psicología experimental indica, sin embargo, que los niños comprenden los imperativos morales básicos, como los relativos al trato justo y al daño a sus semejantes, desde que están en edad preescolar. Eso es antes de que puedan comprender esos conceptos abstractos y con independencia del entorno religioso en que se obtengan los datos. La neurobiología, por otro lado, ha revelado nexos muy relevantes entre los juicios morales y algunas de las emociones humanas más básicas y universales.
Uno de los nodos centrales de la red emocional del cerebro es el córtex prefrontal ventromedial (VMPC). Los pacientes que tienen destruida esa zona del córtex muestran una disminución general en su capacidad de respuesta emocional y una marcada reducción de las emociones sociales -como la compasión, la vergüenza y la culpa que están estrechamente relacionadas con los valores morales-.
El VMPC es muy conocido por los neurólogos desde el 13 de septiembre 1848, cuando una explosión accidental disparó una barra de hierro de un metro de largo y seis kilos de peso exactamente hacia esa zona del cerebro de Phineas Gage, el capataz de una cuadrilla de trabajadores del ferrocarril. Sobrevivió, y sin daños en la capacidad del lenguaje ni en otras funciones intelectuales. Pero como dijo poco después un amigo suyo: «Este hombre ya no es Phineas Gage».
Todos los graves defectos que muestran estos pacientes se refieren a la respuesta a los estímulos emocionales o a la regulación de los propios sentimientos. Sus capacidades de la inteligencia general, de razonamiento lógico y de conocimiento de las normas sociales y morales están intactas.
Según el neurólogo Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias, muchas reacciones morales aversivas son una combinación del visceral rechazo a ciertos actos (matar a alguien, por ejemplo) y de la compasión instintiva por otro ser humano. Damasio cree que las emociones no sólo se asocian a los juicios morales, sino que son cruciales para elaborarlos.
«Aunque los creyentes suelen atribuir su moralidad a un agente sobrenatural», dice Boyer, «los modelos cognitivos indican todo lo contrario: que nuestros sentimientos morales son reclutados para dar verosimilitud a las nociones morales de la religión».
Los ritos religiosos también parecen muy distintos entre unas culturas y otras, pero todos pertenecen a una clase de «comportamientos rituales» constantes en la especie humana. Los ritos se basan siempre en alguna secuencia de actos arbitraria, obligatoria, ejecutada en un orden rígido, desligada de un objetivo práctico obvio y repetida muchas veces. También implican a menudo el uso de números, colores llamativos y símbolos de la pureza, el orden o la simetría.
Nuevamente, estos comportamientos rituales son un tema común en el desarrollo infantil: por ejemplo, cuando un niño sólo puede andar por la acera pisando las baldosas rojas, o tiene que subir el primer peldaño de su portal antes de que se cierre la puerta de la calle. Los niños suelen asociar estos rituales a unas vagas nociones de purificación y protección del peligro. Cuando estos sistemas se pasan de revoluciones, ocurren los trastornos obsesivo-compulsivos.
«Sabemos que el cerebro humano tiene redes de seguridad y precaución dedicadas a prevenir peligros como la predación», dice Boyer. «Las aserciones religiosas sobre la pureza, la suciedad y el peligro oculto de los demonios al acecho estimulan esos mismos sistemas, y hacen que las precauciones rituales resulten intuitivamente atractivas».
La crítica científica de la religión se ha centrado hasta ahora en argumentos racionales. El astrofísico Carl Sagan, por ejemplo, escribió: «¿Cómo es que apenas ninguna religión ha mirado a la ciencia y ha concluido: “¡Esto es mejor que lo nuestro! El universo es mucho mayor de lo que dijeron nuestros profetas, más sutil y elegante?”».
«Hay quien tiene un concepto tan amplio de Dios que no hay forma de evitar que lo acabe encontrando en cualquier parte», afirma Steven Weinberg, físico teórico y premio Nobel. «Si quieres decir que Dios es energía, lo puedes hallar en un montón de carbón».

El diseñador inteligente

La campaña «Probablemente, Dios no existe» de los autobuses se gestó en Londres en el pasado otoño, y uno de sus grandes promotores fue el biólogo Richard Dawkins (Universidad de Oxford). Él es, posiblemente, el autor de divulgación más popular de los últimos 30 años, pero su gran éxito editorial no es un libro de ciencia sino de religión: El espejismo de Dios, publicado en 2006 y traducido a 31 idiomas.
En los años ochenta, Dawkins aplicó las ideas de la selección natural darwiniana a la propagación de los modelos culturales. Las ideas serían memes (en vez de genes) que se replicarían de boca en boca y competirían entre sí por el éxito reproductivo. Las ideas religiosas, que por definición no deben demostrarse, serían memes de alta propagación.
Dawkins, como otros científicos, también desarrolla en El espejismo de Dios una refutación racional de la teología natural. Esta corriente teológica, que sedujo tanto a Darwin como al propio Dawkins en la juventud de ambos, deduce la existencia de Dios a partir de la complejidad de sus criaturas, y sigue siendo el gran argumento detrás del diseñador inteligente del creacionismo norteamericano. Pero un diseñador inteligente, aduce Dawkins, debe ser aún más complejo que las criaturas a las que pretende dar explicación, luego no les da ninguna.
Son argumentos más bien abstractos. La escuela evolucionista que representa Pascal Boyer, por el contrario, ha presentado evidencias de que el pensamiento religioso es la «línea de menor resistencia» de nuestro sistema cognitivo. «La incredulidad suele ser el resultado de un esfuerzo racional deliberado contra nuestras predisposiciones naturales», concluye Pascal en Nature, «lo que no es la ideología más fácil de propagar, precisamente».

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A la buena de Dios

© Fernando Savater
Publicado en El País el 17-02-2009

Es para no creerse lo que aún sigue dando Dios que hablar. Ahora que ya ha vuelto a sus lares el cardenal Bertone (quien por cierto tiene un aire al malvado mago Sokhura que interpretó genialmente Torin Thatcher en Simbad y la princesa) y que nuestras piadosas autoridades se han sacudido de la ropa el olor a incienso, quizá podamos hablar con franqueza de los llamados «autobuses ateos» (?). Reconozco que me cuesta no simpatizar con cualquier iniciativa que escandaliza al obispado, pero en este caso el eslogan («Probablemente Dios no existe. Despreocúpate y disfruta de la vida») me parece de una ingenuidad teológica propiamente… anglosajona, al estilo por un lado de Richard Dawkins y por el opuesto del poco añorado George W. Bush.
Dos objeciones pueden hacerse a esa profesión motorizada de escepticismo. Para empezar, los creyentes veneran a Dios precisamente para aminorar su preocupación principal –la muerte– y así poder disfrutar mejor o peor de la vida, como intentamos los demás. Hoy en día, aquellos a los que la religión les produce más sufrimiento que consuelo no tardan en abandonarla. Segundo, decir que Dios «probablemente no existe» es decir demasiado o demasiado poco. Imaginemos que alguien nos pregunta si el Banco de Santander existe: como hay numerosas sedes de esa entidad, directivos y empleados, gente que le confía sus ahorros, cotiza en Bolsa y reparte jugosos dividendos, etcétera…, la única respuesta lógica y sensata es la afirmativa. Pero si mi interlocutor me asegura que acaba de encontrarse con el Banco de Santander por la calle y le ha revelado fórmulas para escapar de la crisis, me negaré a creerle… porque el banco en cuestión no existe, es decir, no existe en el sentido que vale para los viandantes, Barack Obama, la sierra de Gredos o los animales invertebrados. Creo que lo mismo ocurre con Dios: en un sentido es imposible negar que existe, en otro es imposible afirmarlo. Lo que no entiendo es que Rouco considere una «ofensa a Dios» el lema cauteloso del autobús: podía haberlo considerado una coartada (Stendhal dijo que «la única excusa de Dios es que no existe») o una confirmación de su fe (el gran teólogo Bonhoeffer, asesinado por los nazis, aseguraba que «un Dios que es, no es»).

No me gusta que a uno le llamen «ateo», «agnóstico» y otros calificativos religiosos: es como esos carnets de conducir para no conductores que hay en USA, a fin de no privar a nadie de tan imprescindible documento de identidad. Pero, si me resigno al mote, me parece imposible hacer compatible el ateísmo con el afán misionero: tiene cierto morbo pero es un afán incongruente, como una monja dedicada a bailar strip tease. Otra cosa es que a un ateo le encanten los debates con creyentes, como a mi buen amigo Paolo Flores d’Arcais. Ya lleva muchos y su especialidad son los cardenales, que en Italia son como los cocineros en el País Vasco, pues están por todas partes y los hay de diversos tipos: desde el sutil y post-heideggeriano Angelo Scola (véase Dio? Ateismo della ragione e ragioni della fede, ed. Marsilio) hasta el mismísimo Ratzinger antes de ascender al papado (¿Dios existe?, ed. Espasa), más convencional. Lo mejor de este último librito es la coda posterior de Paolo, Ateísmo y verdad, y aún más sabrosa su discusión con dos filósofos –Michel Onfray y Gianni Vattimo– en Atei o credenti?, Fazi editore. No creo que nadie pueda argumentar con mayor paciencia, aunque hasta él se permite alguna broma: «[las creencias religiosas son] como el cubito de sentido para el caldo de la existencia».

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20 años de condena


Se cumplen 20 años de la fatwa de Jomeini contra el escritor Salman Rushdie

Londres, 14 feb (EFE).- La fatwa con la que el ayatolá Jomeini condenó a muerte al escritor anglo-indio Salman Rushdie tras la publicación de Los Versos Satánicos cumple hoy 20 años, un periodo en el que el autor ha tenido que vivir escondido y protegido.
La fatua (pronunciamiento legal en el Islam emitido por un especialista en ley religiosa sobre una cuestión específica) sigue vigente, según afirmó esta semana el Gobierno de Irán, aunque desde 1998 excluye oficialmente que se persiga la muerte de Rushdie.
No obstante, el escritor (Bombay, 1947) sigue viviendo puertas adentro por miedo a sufrir represalias de quienes consideran que el libro es blasfemo y, aunque su aislamiento no es tan severo como hace unos años, afirmó recientemente que percibe este asunto de la fatwa como «si tuviera un albatros enganchado al cuello».
El libro fue publicado en el Reino Unido en septiembre de 1988 y fue inmediatamente prohibido en India, su país de origen.
A eso le siguieron numerosas manifestaciones de musulmanes en todo el mundo, con la quema de ejemplares de su libro, hasta que la máxima autoridad de la Revolución Islámica le condenó a muerte.
Rushdie nunca sufrió un ataque, pero sí fueron víctima de agresiones personas relacionadas con su traducción o publicación.
El año pasado afirmó a cadena pública BBC que ha pensado en varias ocasiones escribir un libro sobre lo que ha supuesto vivir permanentemente escondido.
Más recientemente, en otra entrevista con el diario The Times, reconocía que la fatwa le convirtió en uno de los autores más conocidos del mundo, pero le obligó a vivir apartado del mundo.
El escritor afirmaba que aquella condena del ayatolá Jomeini hace dos décadas fue sólo «el prólogo» de lo que iba a ocurrir después con el fundamentalismo musulmán.
«Todo el mundo tendió a creer que era un incidente aislado, más que una indicación de algo más grande; se tendió a creer que era mi culpa», decía Rushdie, que lamentaba que las ciudades de su vida -Nueva York, Londres y Bombay- hayan sufrido tres de los atentados terroristas más sangrientos de los últimos años.
«Es extraño que las tres ciudades que he querido en mi vida hayan sufrido ataques terroristas en los últimos 10 años», señalaba.
Rushdie criticaba a los países occidentales de falta de contundencia contra los fundamentalistas islámicos.
En el caso del Reino Unido, aseguraba, estos extremistas se han instalado con la complacencia de los sucesivos Gobiernos, tanto los conservadores como los laboristas, hasta el punto de que se hable de la capital británica como «Londonistán».
«Este país se convirtió en refugio seguro para todos los grupos extremistas de este mundo. Es de idiotas, de idiotas», decía.
La cuestión de la fatwa se recuerda hoy con motivo del aniversario, pero el escritor aparece con más frecuencia en los medios británicos por su vida personal que por sus problemas políticos o incluso que por su trayectoria literaria.
En la citada entrevista con The Times, el autor de los Versos satánicos explicaba que le cansa haberse convertido en un protagonista de la prensa del corazón por su inestable vida sentimental y sus salidas nocturnas, y lamentaba que los tabloides británicos le retraten como un juerguista mujeriego.
«Todo el mundo va a fiestas. La diferencia es que cuando yo voy a fiestas sale en la prensa», decía Rushdie, de 61 años, que se ha divorciado en cuatro ocasiones y tiene dos hijos.

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