Archivos en la categoría ateísmo
Lunes, 26 de Septiembre de 2011
Una conversación tÃpica entre un ateo y un creyente (VIDEO)
Dios existe y Kevin Bacon no salÃa en Footloose. Y punto.
Jueves, 22 de Septiembre de 2011
Los abortos de Dios (VIDEO)
En palabras de Francisco Ayala, uno de los más importantes biólogos nacidos en nuestro paÃs, ex sacerdote y creyente convencido, es imposible que dios alguno haya diseñado la forma de nacer de los seres humanos, la más difÃcil de cualquiera de los mamÃferos dado el tamaño de nuestro craneo, necesario para almacenar el más poderoso de los cerebros de la naturaleza. De ser asÃ, en sus palabras, "Dios serÃa el mayor abortista". Más sobre el tema en este clip de Atheist Experience, ateÃsmo grosero pero siempre necesario.
Lunes, 23 de Enero de 2012
Los dioses ateos

Eugenio Gómez Segura
Publicado en diario La Rioja digital
J. Ratzinger, teólogo cuya carrera profesional le ha aupado a la jefatura del Estado Vaticano, dijo en su reciente visita a Madrid: «SÃ, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raÃces ni cimientos que ellos mismos», ha asegurado. «DesearÃan decidir por sà solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias».
Quiero puntualizar la primera frase de este texto (la segunda se descalifica por sà sola viendo la actitud católica respecto a la labor legislativa de nuestro Estado y por asociar ateÃsmo con aborto).
Que alguien se reconozca como ateo no es cuestión de creerse un dios; quiere decir no poder precisar la presencia de divinidades, ni atender a juicios de valor que penden de ellas, y pensar que no hay razón para suponer que existen. Pero esta consideración del ateÃsmo como postura reflexionada no es la que abunda en el cuerpo de creyentes, que suelen afirmar que uno es ateo porque no ha experimentado la verdadera desgracia en su vida, dando a entender que es más bien una osada enfermedad que pasa con la madurez.
En realidad, esto no es cierto: los ateos pueden haber sufrido horrorosamente y haber actuado con una dignidad modélica para todos. Es más, estos humanos desafortunados afirman que son más ateos por su experiencia, y no parecen mostrar carencias de maduración, ni cognitivas, etc.; más bien han digerido ya lo que supone saber que, sin posibilidad real de entender, según la condición humana, una causa o un destino apropiados a cada vida y a cada conciencia, vivimos para morir. Pero el caso es que la decisión reflexiva, voluntaria, de recoger la experiencia vital tanto personal como social, analizarla y vivir según ese análisis exclusivamente humano y por fuerza humilde, no puede ser soportada por quien es infalible por definición humana y sanción ¿divina?, acostumbrado a ser temido, obedecido, acatado y aclamado por sus seguidores. Suena gracioso, pero no lo es.
Veamos quién es más dios: quien asume su imperfección fÃsica y mental, su imposibilidad de conocer lo que imperiosamente necesita conocer (su causa, su finalidad), o quien desde una atalaya que, construida con los mismos argumentos de búsqueda y la misma voluntad consciente, dicta moral tras dar un salto en el vacÃo intelectual que perfectamente puede ser interpretado como un fraude a uno mismo dada la voluntaria aceptación de un secreto inencontrable que arregla todo, panacea auténtica de nuestros lÃmites, y que permite vivir anestesiado la realidad que podemos conocer.
Sencillamente, los ateos no se creen dioses y se contentan con lo que tienen; el católico, el creyente de cualquier religión, se cree su salto mortal y pasa a una postura que se resume en el axioma de que el ateÃsmo es una enfermedad de juventud.
Pablo de Tarso, el fundador del cristianismo, ya vio el problema de este salto (1 Cor. 15, 17-19): «Pues si los muertos no son resucitados, tampoco Cristo fue resucitado; y si Cristo no fue resucitado, nuestra confianza es equivocada, todavÃa estáis en vuestros pecados, y los que murieron Cristo mediante perecieron. Si en esta vida hemos confiado en Cristo solamente, somos los más dignos de compasión de todos los hombres».
Pero lo resolvió mediante un gracioso juego de palabras: los creyentes no son los más dignos de compasión sino quienes compadecen; son de hecho los más acertados, y lo demuestran con su camaleónica capacidad para llegar al éxito sin importar nada ni nadie, como ejemplificó su fundador (1 Cor. 9, 23): «[.] me convertà en cualquier cosa para cualquiera con la idea de salvar a algunos. Hago cualquier cosa por la buena noticia con tal de llegar a ser partÃcipe de la misma».
Un ejemplo de esto es el tramposo uso simbólico hecho de los jóvenes cristianos en Madrid, porque las actitudes mostradas, su felicidad y alegrÃa, supuesta imagen de la acción de la gracia divina sobre los creyentes, también son demasiado tiernas, poco maduras; en realidad, ese joven vive con la soberbia de su plenitud fÃsica y su futuro por hacer, su voluntad poco domada por la vida, su inexperiencia del horror. Su alegrÃa es, en efecto, tan sospechosa como el talante ateo.
Para terminar, el humilde jefe del Estado Vaticano también ruega por los ateos, y eso supone una envanecida mediación, pues se considera único intermediario o más próximo y eficiente ante el poder supremo. Aunque no es de extrañar: esa vinculación a la autoridad es natural según los postulados del fundador, que ya vislumbró la conveniencia de abrazar la erótica del mandar para sobrevivir a los siglos (Romanos 13, 1-6): «Sométase toda alma a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad no constituida por Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se resiste al orden divino, y los que resisten se atraerán sobre sà mismos la condenación. Por lo tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia.».
Martes, 6 de Septiembre de 2011
Respuesta a los jóvenes católicos: Dios ¿una respuesta fácil?
Antes de continuar con la serie de respuestas a las opiniones de los jóvenes católicos quiero decir que estoy seguro de que son todos muy majos, muy buena gente, muy amigos de sus amigos y bellÃsimas personas pero... es que dicen cada cosa que... bueno son efectos de la religión, que por lo visto afecta a la capacidad de raciocinio al mismo nivel que algunas drogas duras y eso en un juicio serÃa un atenuante asà que no se lo tengamos muy en cuenta. El tema de hoy es "Dios ¿una respuesta facil?
La primera chica dice que si solo fuera para solucionar aquellas preguntas para las que no tenemos respuesta nos buscarÃamos algo mucho más fácil. vamos a ver...
- ¿Cuál es el origen del Universo?
- Dios
- ¿Cuál es el origen de la vida?
- Dios
- ¿Cuál es el origen del ser humano?
- Dios
- Jo, ¡cuanto sabes! seguro que te ha costado muchisimo saber tanto ¿cómo sabes todas esas cosas?
- Pues lo pone en la Biblia, que es un libro supergordo.
¿En serio hay algo más fácil? ¿aun más fácil? Bueno sÃ, es verdad que la Biblia podrÃa ser un poco más corta pero aun asà me sigue pareciendo demasiado sencillo. Es cierto que también está esa otra gente que para evitar esfuerzo y complicaciones se va por la vÃa más cómoda, esa que consiste simplemente en buscar pruebas, investigar, experimentar, reflexionar sobre lo que nos rodea y tratar de darle una explicación coherente con nuestras observaciones en lugar de tomarse la molestia de leer ese libro tan gordo, con esa letra tan pequeña y sin dibujos que es la Biblia ¡panda de vagos comodones!
Ah bueno, un momento, a lo mejor esta chica se refiere a que creer en Dios implica mucho esfuerzo y mucho sacrificio respecto a los demás, ya sabéis, preocuparte por los otros, ayudar a evitar el sufrimiento, ser bueno, ser justo, no ser egoÃsta... ahà sÃ, ahà tiene razón, todo el mundo sabe que los ateos son gente malvada que solo piensa en ellos mismos, se parten de risa viendo a los niños africanos muriendo de hambre mientras ellos, sin temor a Dios, beben champán en copas de oro con incrustaciones de diamantes, asesinan, violan y roban a discreción... ¿o no? Ah, pues no, a ver si va a resultar que nuestra idea del bien y del mal no tiene nada que ver con Dios, serÃa un buen momento para recordar un par de entradas anteriores "el origen evolutivo de nuestra conciencia moral" y "¿es la religión imprescindible para que seamos buenos?. ¿O acaso si esta chica descubriese repentinamente que Dios no existe se volverÃa una egoÃsta insensible al sufrimiento ajeno? seguro que no. ¿Es que los antiguos inquisidores católicos que torturaban y ejecutaban por motivos religiosos, o los reyes, emperadores y jerarcas de la Iglesia que sostuvieron por siglos (y aún sostienen) regÃmenes basados en la injusticia social no creÃan en Dios? me temo que sÃ, ¿A caso no era la misma Iglesia y el mismo Dios?.
A lo mejor los esfuerzos y sacrificios a los que se refiere esta chica son otros, como los de mantenerse virgen hasta el matrimonio, dejar de tener relaciones sexuales con tu pareja una vez que ya no puedas mantener más hijos, renunciar a tener relaciones sexuales con la persona a la que amas si esta resulta ser de tu mismo sexo, evitar tomar una pÃldora abortiva al dÃa siguiente de haber sido violada porque las cuatro células que descienden por tu trompa de falopio ya tienen alma, aguantar en un matrimonio que te hace profundamente infeliz porque se trata de un sacramento indisoluble, etc, etc... y aquà no hay sarcasmo que valga, en esto la chica tiene toda la razón, un ateo no va a hacer caso nunca a semejante colección de patochadas.
Las dos chicas que hablan a continuación entrarÃan en el mismo saco, el del creacionismo puro y duro. ¿De verdad estas chicas son universitarias? ¿no habÃa una cosa que se llama prueba de selectividad? ¿en qué instituto han estudiado fÃsica y biologÃa? para no alargarme me remito de nuevo a unas entradas anteriores donde se responde a lo de la célula perfecta, los planetas perfectamente coordinados, y lo super o sea bien hecho que esta todo: "evolución vs. creacionismo", "debate sobre el diseño inteligente" y "la naturaleza cruel"... aún no doy crédito ¿Dios la respuesta más lógica y entendible? lo que hay que oÃr.
La última chica es en la que el efecto de la religión como estupefaciente se hace mas evidente, en su caso hay poco que decir porque se sale bastante del tema, aquà ya entramos en el campo de los amigos imaginarios, etc, etc... por lo menos la forma en la que le complica la vida es maravillosa, eso nos deja mas tranquilos.
Ver otras respuestas.
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Ah bueno, un momento, a lo mejor esta chica se refiere a que creer en Dios implica mucho esfuerzo y mucho sacrificio respecto a los demás, ya sabéis, preocuparte por los otros, ayudar a evitar el sufrimiento, ser bueno, ser justo, no ser egoÃsta... ahà sÃ, ahà tiene razón, todo el mundo sabe que los ateos son gente malvada que solo piensa en ellos mismos, se parten de risa viendo a los niños africanos muriendo de hambre mientras ellos, sin temor a Dios, beben champán en copas de oro con incrustaciones de diamantes, asesinan, violan y roban a discreción... ¿o no? Ah, pues no, a ver si va a resultar que nuestra idea del bien y del mal no tiene nada que ver con Dios, serÃa un buen momento para recordar un par de entradas anteriores "el origen evolutivo de nuestra conciencia moral" y "¿es la religión imprescindible para que seamos buenos?. ¿O acaso si esta chica descubriese repentinamente que Dios no existe se volverÃa una egoÃsta insensible al sufrimiento ajeno? seguro que no. ¿Es que los antiguos inquisidores católicos que torturaban y ejecutaban por motivos religiosos, o los reyes, emperadores y jerarcas de la Iglesia que sostuvieron por siglos (y aún sostienen) regÃmenes basados en la injusticia social no creÃan en Dios? me temo que sÃ, ¿A caso no era la misma Iglesia y el mismo Dios?.
A lo mejor los esfuerzos y sacrificios a los que se refiere esta chica son otros, como los de mantenerse virgen hasta el matrimonio, dejar de tener relaciones sexuales con tu pareja una vez que ya no puedas mantener más hijos, renunciar a tener relaciones sexuales con la persona a la que amas si esta resulta ser de tu mismo sexo, evitar tomar una pÃldora abortiva al dÃa siguiente de haber sido violada porque las cuatro células que descienden por tu trompa de falopio ya tienen alma, aguantar en un matrimonio que te hace profundamente infeliz porque se trata de un sacramento indisoluble, etc, etc... y aquà no hay sarcasmo que valga, en esto la chica tiene toda la razón, un ateo no va a hacer caso nunca a semejante colección de patochadas.
Las dos chicas que hablan a continuación entrarÃan en el mismo saco, el del creacionismo puro y duro. ¿De verdad estas chicas son universitarias? ¿no habÃa una cosa que se llama prueba de selectividad? ¿en qué instituto han estudiado fÃsica y biologÃa? para no alargarme me remito de nuevo a unas entradas anteriores donde se responde a lo de la célula perfecta, los planetas perfectamente coordinados, y lo super o sea bien hecho que esta todo: "evolución vs. creacionismo", "debate sobre el diseño inteligente" y "la naturaleza cruel"... aún no doy crédito ¿Dios la respuesta más lógica y entendible? lo que hay que oÃr.
La última chica es en la que el efecto de la religión como estupefaciente se hace mas evidente, en su caso hay poco que decir porque se sale bastante del tema, aquà ya entramos en el campo de los amigos imaginarios, etc, etc... por lo menos la forma en la que le complica la vida es maravillosa, eso nos deja mas tranquilos.
Ver otras respuestas.
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Jueves, 11 de Agosto de 2011
Como el necio de San Anselmo, pero al revés
Se clasifican diferentes posiciones en torno al problema de la existencia de la Idea de Dios
© Ãñigo Ongay de Felipe
En el número 112 de El Catoblepas ofrece Alfonso Fernández Tresguerres unos «comentarios» sobre el «diagnóstico» que bajo el tÃtulo «El ateÃsmo mixto» habÃa yo publicado en el número de mayo de esta misma revista. Mi trabajo pretendÃa, efectivamente, «diagnosticar», es decir, «criticar», pero no necesariamente valorar, al menos no primariamente, el alcance filosófico del artÃculo de Tresguerres «El ateÃsmo lógico» y hacerlo desde las herramientas ofrecidas por el reciente libro de Gustavo Bueno, La fe del ateo, precisamente porque, tras la atenta lectura del interesante trabajo de Tresguerres, considerábamos que tal obra de Bueno ofrecÃa materiales muy importantes de cara al análisis de algunos de los problemas imbricados en la maraña de cuestiones que el artÃculo de Tresguerres venÃa a remover. Además, juzgábamos entonces que tal libro no habÃa sido tenido suficientemente en cuenta por el profesor asturiano ante el trámite de organizar su «argumentación atea», y por eso estimábamos necesario remitirnos a algunos de sus delineamientos esenciales, puesto que, de otro modo, una tal argumentación no habrÃa podido desempeñarse de la misma manera.
Por decirlo ahora a sensu contrario, si Alfonso Fernández Tresguerres hubiese incorporado La fe del ateo a sus cálculos, el propio «ateÃsmo lógico» habrÃa tendido a difuminarse hasta desaparecer por representar dicho ateÃsmo, no otra cosa, que una suerte de mixtum compositum inconsistente y extraordinariamente confuso en el que tanto la negación de la existencia de Dios (sin perjuicio de la existencia de su idea) como la trituración de su misma esencia parecÃan darse la mano, y ello como si ambas especies de ateÃsmo pudiesen quedar ecualizados (el género mata la especie) en una suerte de ateÃsmo mixto esencial-existencial que sostuviese que «Dios es imposible, en el terreno de la lógica, y además simplemente no existe, en el terreno de los hechos».
Frente a semejante ateÃsmo bifronte, nosotros nos permitÃamos por nuestra parte recordarle al profesor Tresguerres (aunque, naturalmente, esto de «recordárselo» no es más que una forma de hablar) que negar la «existencia» de Dios es algo que no puede hacerse más que presuponiendo, a su vez, la existencia de Dios como Idea (es decir, presuponiendo que Dios existe, al menos como esencia concebible y consistente) y que, una vez supuesta su «esencia» como pensable, es imposible, salvo contradicción, negar su existencia real. Creemos en efecto que al menos en esto San Anselmo tenÃa toda la razón frente a Santo Tomás o a Kant: si el necio ha dicho en su corazón «Dios no existe», ello, sólo demuestra que el propio necio, aunque niegue la existencia de Dios presupone un sujeto consistente del que negar tal predicado (el de existir), pero sucede que este mismo sujeto, si es posible, tiene que existir con lo que –y este es el cepo planteado por el argumento ontológico– Dios existe. Asà las cosas, la única forma de resistirse a la fuerza del argumento, serÃa dar la vuelta a su maquinaria lógica, comenzando por negar que el propio necio (o para el caso el propio San Anselmo) se refiera realmente a nada cuando habla de Dios con lo que, a su vez, no se tratarÃa tanto de que Dios no exista, de hecho, sino de que lo que verdaderamente no existe es la idea de Dios.
Pues bien, en su «respuesta» a nuestro trabajo, Tresguerres anuncia que «no volverá a responder» y ello, se dirÃa, no tanto por un desprecio subjetivo hacia mi persona ni hacia mis argumentos (cosa que efectivamente no vendrÃa al caso) cuanto por ver de evitar «eternizarse» en debates en los que no se harÃa, a la postre, otra cosa que repetir lo mismo con palabras distintas (algo desde luego cierto, al menos, a tenor de su primera «respuesta» en la que los contenidos de mi artÃculo habrÃan quedado directamente intactos sin perjuicio de la tendencia de mi interlocutor por enhebrar «chistes» desde luego muy graciosos).
Desde luego, este «cerrojazo» dialéctico que nuestro interlocutor ha estimado conveniente efectuar hace imposible proseguir con la discusión, aunque creemos que un tal «cerrojo», sin perjuicio de que no tenga por qué involucrar un «desprecio subjetivo» a mis objeciones, constituye el Ãndice más preciso de una forma de falsa conciencia que llevarÃa a Tresguerres a satisfacerse incesantemente con sus propias «evidencias ateas» bajo el precio, eso sÃ, de permanecer encastillado en una impermeabilidad argumental a prueba de bomba frente a toda contra-evidencia posible (lo que en román paladino suele expresarse con la fórmula por un oÃdo le entra y por otro le sale). Y tenemos que decir, con toda sinceridad, que no nos parece mal. Al menos mediante esta estrategia se asegurarÃa Tresguerres que nada perturbe la marcha triunfal del «ateÃsmo mixto» en su doble negación y ello, aunque fuese bajo la forma dogmática de un «autismo» dialéctico enteramente anti-filosófico que realmente se arriesgase, por asà decir, a tener siempre razón.
Seguramente, y dadas las circunstancias, esta serÃa al menos la forma más rápida que habrÃa encontrado Tresguerres ante el trámite de asegurar, subjetualmente, sus propias «evidencias» individuales al margen de todo engranamiento dialéctico posible (algo asà como la fe del carbonero pero al revés). En todo caso, y poniendo por un momento enteramente al margen el juicio que procedimientos como estos pudieran merecernos, lo que ciertamente estimamos que deberÃa considerar Tresguerres (aunque no nos atrevemos a darle consejos) es que sin perjuicio de la «claridad» con la que él crea percibir el asunto (asà de simple), cuanto mayor sea el grado de la falsa conciencia detectable en sus ortogramas heurÃsticos, asà será también el grado de la evidencia subjetiva (vid «Falsa conciencia/conciencia» en Pelayo GarcÃa Sierra, Diccionario Filosófico)
* * *
Ahora bien, naturalmente que ante esta clausura del debate, nosotros no podemos, en el terreno de los dialogismos, proceder a responder a Tresguerres y no es esto lo que pretendemos ahora, puesto que ello representarÃa, al menos por la parte de nuestro interlocutor, algo asà como un «diálogo de sordos», pero ello en modo alguno nos exime de tomarnos muy en serio sus posiciones en el plano semántico. Concretamente, en el presente trabajo, más que dirigirnos directamente a Alfonso Tresguerres, vamos a partir de sus posiciones «ateas», entre otras posibles y también muy interesantes (de hecho nos referiremos a otros ateos existenciales como Atilio o Simbol que han dado a conocer sus filosofemas a través de Internet), para, desde tales posturas, que aquà consideraremos como materiales circunscritos al plano fenoménico, reconstruir en el regressus el sentido del ateÃsmo esencial defendido por el materialismo filosófico. Por decirlo de otra manera, pretendemos hacer ver que la idea de Dios, cuya existencia Tresguerres y otros «ateos» existenciales parecidos (en particular nos referiremos a algunos casos muy destacados extraÃdos del sitio Razón Atea puesto a punto por Fernando G. Toledo) dan en todo momento por supuesto en el plano fenoménico, termina difuminándose hasta desaparecer, como una apariencia falaz, en el plano esencial de suerte que, vista desde este mismo plano, la idea de Dios es sólo una para-idea o una pseudo-idea con lo que, de paso, Dios no existe ni pintado, esto es, frente a lo que Simbol, Atilio o Tresguerres parecen suponer en el plano de los fenómenos, no existe ni siquiera como idea.
En general, partimos del presupuesto de que aunque las más de las ocasiones no se tenga esto en cuenta, la idea de «ateÃsmo», no representa una noción de predicación unÃvoca cuya unidad pudiese darse frÃvolamente por consabida (por ejemplo sosteniendo que «el ateo» niega la existencia de Dios mientras que «el agnóstico» duda de ella, &c., &c.) puesto que, sin perjuicio de la claridad aparente que desprenden tales conceptos, la idea de ateÃsmo se ajustarÃa más bien al formato que es propio de los términos análogos, es decir, aquellos cuyas especies predicativas son simpliciter diversa por mucho que secundum quid, puedan mantenerse como eadem.
En lo que todas las especies de ateÃsmo coinciden es, evidentemente, en la negación de Dios (o de cada uno de los dioses, sean a su vez religiosos o filosóficos), sea en su esencia, sea en su existencia. Ahora bien, esta unidad caracterÃstica de la idea de ateÃsmo, repárese, serÃa tan solo una unidad funcional-abstracta (y de ahà el formato negativo del propio concepto) de donde, cada clase de ateÃsmo vendrÃa marcada por la impronta de la propia idea de Dios de cuya negación procederÃa. Lo que con ello pretendemos subrayar, es, ante todo, la gran probabilidad de que algunas clases de ateÃsmo se mantengan tan distanciadas o todavÃa más entre sà como cada una de ellas respecto de terceras especies del agnosticismo o del teÃsmo. Por eso, en lugar de desbrozar la maraña fenoménica de referencia utilizando nociones tan abstractas, sin perjuicio de su fundamento, como las de ateÃsmo, agnosticismo o teÃsmo, vamos a proceder en lo que sigue a re-clasificar los fenómenos de partida poniendo, de un lado aquellas posturas que comenzarÃan por reconocer la existencia de la Idea de Dios, sin perjuicio de la impugnación eventual de su existencia, y, de otro, las posiciones que, sin necesidad de entrar a discutir, al menos de partida, la existencia o inexistencia de Dios, empezarÃan por impugnar la propia existencia de su Idea.
Posturas que conservan la esencia de Dios (sin perjuicio de su existencia)
Tanto el agnosticismo como el teÃsmo o el ateÃsmo existencial (incluyendo aquà el «ateÃsmo mixto») comenzarÃan, como el necio del argumento del Proslogio, por asà decir, dando por consabida la esencia del Ser Supremo a la manera de un sujeto gramatical del que después, en un segundo momento, tuviese sentido predicar su «existencia» o «inexistencia».
Asà por ejemplo el agnóstico ontológico que suspende el juicio en lo referente a la existencia del Ens Necessarium, usualmente comienza por presuponer, desde luego, que la idea de un tal ser es ciertamente componible –esto es, que existe la idea de Dios– por mucho que, tras haber reconocido esto (cuando menos en el ejercicio), se pase a postular la imposibilidad de demostrar su existencia o inexistencia «real». Es cierto, se dirá, que no sabemos ni podemos saber si Dios existe, puesto que en todo caso su existencia es indemostrable, pero ello querrá al mismo tiempo decir que podemos concebir su Idea como una esencia consistente.
El ateo existencial, por su parte (incluyendo el ateo mixto), concede de entrada que la idea de Dios existe, como existe la idea del «monstruo del Lago Ness» o de una familia de duendes invisibles, sin perjuicio de que dicha idea denote un ser inexistente. En todo caso, argumentará el ateo existencial, todos, incluso los «insensatos», entendemos lo que se quiere decir cuando se habla de Dios, lo que para el caso demostrarÃa la existencia de la idea de Dios (a diferencia, por ejemplo de la idea del turuluflú) aun cuando lo que no exista, y acaso sea además imposible (como argumenta el ateo mixto) sea el Ens designado por una tal idea. Si no nos equivocamos demasiado, creemos que, al menos en lo referido a sus rasgos esenciales, esta es la postura defendida en el marco de nuestra breve «polémica del ateÃsmo», por autores como puedan serlo Atilio, defensor de un curiosÃsimo ateÃsmo de factura «cerebro-céntrica» o Simbol, seguidor también muy escrupuloso del ateÃsmo mixto (en las páginas de razonatea.blogspot.com) o Alfonso Tresguerres (en la revista El Catoblepas).
Ahora bien lo que ni el agnosticismo ontológico ni tampoco, por su lado, filósofos ateos como Atilio, SÃmbol o Tresguerres han podido percibir con la suficiente claridad es que, al haberse situado ellos mismos en el papel del insipiens anselmiano, no resulta posible por más tiempo evitar que el propio argumento del Proslogio empiece a funcionar a pleno rendimiento, arrojando precisamente las conclusiones contrarias de las que el ateo existencial desearÃa extraer. Con ello lo que realmente queremos decir, es que si la Idea de Dios existe (a diferencia de la de turuluflú, sin ir más lejos), esto es, si tal idea por de pronto se refiere a algo, estos insensatos no podrán negar que se refiera a un Ser Necesario y si, por lo demás, esto es asÃ, ya no cabrá en modo alguno declarar, sin contradicción, que tal Ser, siendo Necesario, es al mismo tiempo inexistente (como quiere el ateo existencial) pero tampoco sólo contingente (como pretende el agnóstico) de donde, sencillamente, si se reconoce la existencia de la Idea de Dios, entonces la única posición que cabe adoptar con sentido es el teÃsmo de autores como San Anselmo, Duns Scoto, Descartes o Leibniz. En resumidas cuentas, a la vista del argumento ontológico, sea en su versión anselmiana, sea en su versión modal, si existe la idea de Dios, entonces ya no se ve cómo evitar la siguiente conclusión: existe Dios.
Sin embargo, esta no es tampoco la última palabra. Porque sucede de hecho que a diferencia del «Monstruo del Lago Ness» o de los «duendes invisibles», el Dios al que se refieren los agnósticos, los teÃstas y los ateos existenciales, no puede, al parecer, «coexistir» con terceras entidades (para empezar no puede, sin duda, existir en el «Lago Ness» o en un apartamento ovetense), y al lÃmite, dada su infinitud, anegarÃa tales términos hasta hacerlos desaparecer. De hecho, la absoluta infinitud asà como la entera simplicidad del Ser PerfectisÃmo, comenzarÃa por hacer imposible la existencia del mundo (el propio mundus adspectabilis del que partÃan, en el regressus, cada una de las vÃas tomistas a través de sus sense constat) al no poder «coexistir» con él. Con ello, se sigue que si existir, fuera de toda hipóstasis metafÃsica de la idea de existencia, dice coexistir con terceras texturas constitutivas del mundo práctico, más allá del contorno del nódulo de referencia entonces, la existencia de un Dios infinito al tiempo que absolutamente simple es imposible al aparecer como incomponible (incompatible) con la existencia de todo entorno exterior a su dintorno.
Ahora bien, si esto es asÃ, es decir, si, por un lado, la existencia de la idea de Dios pide la existencia de Dios, y si, al mismo tiempo, Dios no puede existir (porque no coexiste con nada, i. e., con ningún contenido exterior a su dintorno), entonces, por modus tollens, se sigue de estas premisas que lo que tampoco existe ni puede existir es la idea de Dios. Simplemente sucederá que, pese a todas las apariencias falaces, y como en el argumento de San Anselmo pero a la inversa, nadie, absolutamente nadie, «ha dicho en su corazón: no existe Dios», sencillamente porque la llamada Idea de Dios es en realidad una para-idea o una pseudo-idea. Y este es precisamente el proton-pseudos en los que tanto los agnósticos como los ateos existenciales al estilo de Atilio, Simbol o Tresguerres se habrÃan visto empantanados.
Posturas que trituran la existencia de la idea de Dios (sin perjuicio de la existencia de Dios)
Esta circunstancia ha sido detectada con toda claridad desde las páginas de Razón Atea a las que venimos refiriéndonos, por Fernando G. Toledo y Jorge Méndez, cuyas entendederas filosóficas parecen ir, al menos en este punto, mucho más lejos que las de Atilio, Simbol o Tresguerres. Afirma por ejemplo Méndez, dando a nuestro juicio en el clavo:
«Me parece que Tresguerres confunde el signo «Dios» (objeto semiótico) con el pseudo-concepto o pseudo-idea denotado o designado por el signo, ya que si bien el signo «Dios», en cuanto objeto material que designa o denota por convención a un concepto u objeto material existe realmente, de eso no se sigue que exista realmente (o conceptualmente) la idea o paraidea que supuestamente designarÃa. Aunque también es posible que Tresguerres confunda el pensamiento (proceso cerebral o secuencia de psicones) con la pseudoidea o pseudo-concepto que formarÃa en el plano conceptual ficticio (…) o, en jerga buenista, confundirÃa M2 con M3.»
Asimismo, como sostiene Fernando G. Toledo, creemos que muy certeramente:
«(…) tanto la de cÃrculo cuadrado como la de Dios son pseudoideas o paraideas a las que se les simulan sus contradicciones para «pensarlas» siquiera, predicarlas como existentes.»
Si esto es asÃ, entonces una vez retirado el nombre, que habrá con ello quedado reducido a la condición que cuadra a un verdadero flatus vocis, la propia unidad de la idea de Dios como idea consistente quedarÃa disuelta al lÃmite de su desaparición; lo que al mismo tiempo querrÃa decir, si no nos equivocamos demasiado, que nadie (ni Atilio, ni Simbol, ni Tresguerres, ni San Anselmo, ni Santo Tomás, ni Ricardo Dawkins) se refieren absolutamente a nada cuando discuten la existencia o inexistencia de Dios puesto que, como ahora esperamos que se vea, lo que en realidad no existe es la propia idea de Dios sobre la que tales insensatos parecen (falazmente) debatir. Del mismo modo, no tendrá el más mÃnimo sentido exigir pruebas a quien afirma su existencia (dado que ni quien «afirma» ni quien «niega» están diciendo nada preciso), ni «desear» que Dios exista después de todo, impostando poseer una idea de Dios que ni siquiera puede componerse (pues entonces, nos preguntamos, ¿qué es lo que se desea que exista?), ni echarle de menos, ni tampoco respetar a los «creyentes» que tienen fe en Él, puesto que tal «fe», fuera al menos del plano fenoménico, es una apariencia falaz que ni existe ni puede existir: y no es que los «creyentes» se equivoquen al mantener su fe en Dios, porque lo que realmente sucede, desde las coordenadas del ateÃsmo esencial, es que tal «fe» ni siquiera existe como tal, con lo que no puede ser respetada. La idea de Dios no existe y ello, a poco que se piense la cosa, al mismo tiempo, demuestra que absolutamente nadie, ni siquiera los teÃstas, tiene «fe» en Él.
Finalizamos refiriéndonos a una anécdota suficientemente significativa. En el contexto de una clase sobre el uso que hace Descartes del argumento ontológico en sus Meditationes de Prima Philosophia, y tras las pertinentes explicaciones por parte del profesor sobre el «argumento ontológico doblado», una alumna pudo hacer el siguiente comentario: «entonces, el verdadero problema no es que Dios no exista, el problema reside en los atributos que se le asignan.» Desde luego nosotros no sólo consideramos que la muchacha estaba realmente en lo cierto –mostrando por lo demás una finura filosófica que da ciento y raya a muchos «ateos existenciales»– sino que su comentario demuestra con todas las de la ley que el problema, en efecto, no es tanto la existencia de Dios sino la misma existencia de su constitutivo formal y que, si ese es el caso, entonces, todos somos ateos (en el plano esencial).
Lunes, 25 de Julio de 2011
El ateÃsmo se introduce en Hollywood
© Reynaldo Sanchez
Publicado en Impre.com
El ateÃsmo es un tema álgido y muy peculiar, la industria del cine siempre ha abogado por la parte más religiosa, fundando más la creencia en Dios y todo lo que implica lo establecido por los cánones católicos de la religiosidad y la existencia del Creador.
El director cinematográfico Matthew Chapman espera que su nueva pelÃcula The Ledge se convierta para el ateÃsmo en lo que la pelÃcula Brokeback Mountain hizo para la comunidad gay.
En la nueva pelÃcula The Ledge, Charlie Hunnam caracteriza a Gavin un ateo que está a punto de matarse debido a una disputa con un villano cristiano llamado Joe (interpretado por Patrick Wilson).
Liv Tyler hace el papel de Shana, quién está en el centro del conflicto. «Este podrÃa ser el Brokeback Mountain momento para los ateos, nuestro punto principal, cuando finalmente consigamos la atención que merecemos», escribió Chapman en el sitio web de la pelÃcula.
«Aunque los libros hayan puesto a los ateos en la corriente principalmente intelectual, The Ledge es el primer drama de Hollywood que apunta a recibir la más amplia publicidad de alguna cinta con un mensaje abierto, donde el héroe es un ateo en una producción bastante grande para atraer estrellas categorÃa A- Esto es algo que no tiene precedentes» dijo el director.
«He viajado mucho por el Medio Oeste y por el Sur y he visto mucha gente como Joe, el fundamentalista en la pelÃcula», le dijo a Phillips Kyra de CNN. «Y nunca he visto una representación de aquella clase personaje puesto en conflicto con alguien que comparte mis creencia, que probablemente allà no haya ningún Dios y tenemos que pensar en eso, pensar en realidad en la vida de un modo humano racional».
El presidente de Liga Católica Bill Donohue atacó a Chapman, pero hace poco paró de pedir un boicot. Esto es atÃpico, el cine con sus pelÃculas se ha cuidado de atacar de forma frontal la creencia de que no haya un Dios. Las protestas como la de Donohue son en parte el temor a perder público y esta situación les mantiene alejados de entablar parámetros que lesionen la creencia en Dios.
Martes, 9 de Agosto de 2011
El ateÃsmo mixto
© Ãñigo Ongay
Con el tÃtulo «AteÃsmo lógico», Alfonso Fernández Tresguerres nos ha ofrecido en el número 110 de El Catoblepas un trabajo en el que expone las razones que fundarÃan un juicio negativo respecto al problema de la existencia de Dios. Tresguerres estarÃa reconstruyendo allà una argumentación filosófica de signo ateo, no teÃsta pero tampoco meramente agnóstica, tendente a la negación más terminante de la existencia de Dios. Y ello tanto por motivos lógicos («ateÃsmo lógico») como por razones puramente factuales (pues es asà que, según parece, de la incapacidad del teÃsta a la hora de demostrar la existencia de Dios, deberá concluirse, a la Hanson, que este simplemente no existe de hecho dado que, como ya se sabe, «el que afirma tiene que probar», &c.). Esto es; si a la incapacidad del teÃsta de probar sus asertos «en el terreno de los hechos» (algo que, adviértase, ya de suyo probarÃa la inexistencia de Dios) se suma el carácter contradictorio de la esencia divina (y es que, al fin de cuentas, Dios no es siquiera posible en el terreno de la lógica) se seguirá simplemente, tras la combinación de ambos tipos de argumentos «a la mayor gloria del ateÃsmo», que Dios no existe y ello por mucho que, tal y como le sucede a Tresguerres según «confesión de parte», estuviésemos encantados de que el Padre Eterno existiese a fin de no vivir en la finitud puesto que, apoyándonos en Unamuno, simplemente no nos da la gana de morirnos. Una vez semejante conclusión ha quedado bien aquilatada cabrá, sÃ, «respetar» las «creencias» del teÃsta (pues al fin y al cabo éste es muy libre de creer lo que estime oportuno incluso cuando se ampara en fideÃsmos del tipo «credo quia absurdum» de Tertuliano) siempre y cuando éste, a su vez, sea también capaz de ofrecernos un respeto semejante a los que, en nombre del «ateÃsmo lógico», «no creemos».
En este contexto, si nosotros, por nuestra parte, nos hemos decidido a «responder» a algunas partes de su ensayo es porque la idea misma de ateÃsmo desde la que él mismo razona en todo momento nos parece enteramente indefinida al menos si es verdad que el «ateÃsmo» (como en general todos los conceptos negativo-funcionales) se dice de muchas maneras. Ello, estimamos, será razón más que suficiente para tratar de «diagnosticar» la posición, sin duda que atea, de Tresguerres, sirviéndonos para ello de algunos de los delineamientos doctrinales expuestos por Gustavo Bueno en su libro La fe del ateo.
En efecto, tal y como Gustavo Bueno nos lo advierte en su libro, el término ateÃsmo, en cuanto que construido según una estructura funcional definida por el «alfa privativa», sólo alcanzará un sentido preciso al recortarse sobre los contenidos determinados que se nieguen en cada caso, con lo que ciertamente, no se podrá en modo alguno confundir la negación de la existencia de los dioses ónticos de los panteones politeÃstas griegos, romanos, fenicios, egipcios o cartagineses (ateÃsmo óntico) con la negación de la existencia del Dios metafÃsico de las religiones terciarias (ateÃsmo ontológico) como no será tampoco indiferente que la operación negar, contenida en el alfa privativa de referencia, aparezca como referida al Dios católico (ateÃsmo católico) o al Dios de Mahoma (ateÃsmo musulmán). Tampoco será igual, referir la negación a la existencia de Dios conservando su esencia o constitutivo formal (ateÃsmo existencial) que negar la esencia divina bien sea en alguno de sus componentes o atributos en el sentido del ateÃsmo esencial parcial (como lo hacen los deÃstas respecto de la providencia, razón por la que Voltaire pudo tipificarlos como «ateos corteses») bien sea en relación a la totalidad de la esencia de Dios (en el sentido del ateÃsmo esencial total según el cual, dejando enteramente al margen el problema de la existencia de Dios –problema que ahora, aparecerá como capcioso en su mismo planteamiento–, lo que propiamente no existe es la propia idea de Dios). En fin, tampoco será exactamente lo mismo el ateÃsmo privativo caracterÃstico de tantos «ateos militantes» que necesitan definirse incesantemente en función de los propios contenidos negados (por ejemplo, apostatando u organizando «procesiones ateas» en plena semana santa católica, &c., pero también «echando de menos a Dios» suponemos que a la manera como también se echa de menos el «miembro fantasma») que el «ateÃsmo negativo» propio de aquellas personas que se desenvuelven al margen de Dios, &c.
Desde este punto de vista, nos apresuramos a manifestar nuestro acuerdo total con Tresguerres a la hora de señalar el error de diagnóstico de Enrique Tierno Galván. En efecto, si Tierno afirmaba que el «ateo no quiere que Dios exista» mientras que el «agnóstico se limita a no echar de menos a Dios conformándose con vivir la finitud», nosotros, procediendo desde las mallas clasificatorias que acabamos de resumir, interpretarÃamos la postura propia de quienes en efecto «no quieren que exista Dios» como un «ateÃsmo privativo» (pues todos nos definimos a la postre por nuestros enemigos) mientras que, ciertamente, «no echar de menos a Dios» cuadrarÃa más bien con el «ateÃsmo negativo» de signo más neutro. No entendemos en cambio demasiado bien lo que quiere decir Tresguerres cuando asegura que estarÃa encantado si Dios existiese, puesto que tal «confesión», por mucho que se ampare en la autoridad de don Miguel de Unamuno, no tendrÃa mayor alcance, al menos si hemos entendido correctamente el núcleo de su «ateÃsmo lógico», que «desear» la existencia de un decaedro regular al que se comienza por considerar como un contrasentido geométrico a la luz de las leyes de Euler. No es que neguemos a Tresguerres su derecho a «no querer morirse», pero desde luego nos parece sorprendente que nuestro autor pueda declararse «encantado» ante la «existencia» de un conciencia egomórfica incorpórea e infinita que empezarÃa por hacer imposible la existencia del mundo, una conciencia por lo demás, de la que se predica a la vez la omnipotencia y la incapacidad de dotar a sus propias criaturas la virtud creadora, &c. Simplemente si la esencia divina es contradictoria, no cabrá ni «estar encantado» ni «afligirse» (muy literalmente, a la manera de Espinosa: ni reÃr ni llorar) ante la afirmación, ahora declarada como imposible, de su existencia.
Ahora bien, si la postura que Tierno enjareta al ateo es en realidad propia tan solo de una de las variedades de ateÃsmo, con lo que en efecto, la diferencia entre este y el agnosticismo no podrÃa situarse donde Enrique Tierno Galván la hace residir, tampoco cabrá, según pensamos, limitarse a declarar que frente al escepticismo del agnóstico que, inconsecuentemente, retirarÃa el juicio de existencia, el ateo sostiene que Dios no existe (y menos aún rematar semejante declaración con un rotundo «asà de simple»), y ello puesto que tal posición, sin perjuicio de que en efecto se coordine hasta identificarse con la postura propia del ateÃsmo existencial (en el que valdrÃa situar a Hanson, cuyos argumentos parecen resultar tan caros a Tresguerres), no por ello se solidarizará con otras versiones del ateÃsmo que dirigieran su trituración no tanto a la «existencia» como a la «esencia» divina, o a algún componente especialmente significativo de la misma. Este, sin ir más lejos, serÃa el caso de argumentos tan clásicos como el de Epicuro al que Tresguerres se refiere, puesto que en lo referido al problema del mal, retirar la Bondad divina (si es que Dios ha podido evitar el mal pero no ha querido hacerlo) como negar su Omnipotencia (si es que Este ha querido evitarlo sin poderlo) no equivale sin más a destruir la totalidad de su constitutivo formal a la manera del ateÃsmo esencial total. Por las mismas razones cabrÃa suponer, en la dirección de un ateÃsmo parcial por referencia al teÃsmo terciario, que Dios, aunque exista, no es omnipotente o no es bueno o simplemente no gobierna el mundo, &c., planteamientos todos ellos que nos pondrÃan muy cerca del deÃsmo o de concepciones como pueda serlo la del propio Epicuro con sus dioses de los Entremundos.
Pero a nuestro juicio, cuando de lo que se trata es de aquilatar lo que las diferentes variedades del ateÃsmo puedan dar de sÃ, es justamente el ateÃsmo existencial a la Hanson el que puede estimarse enfangado en un callejón sin salida. Y es que aunque nosotros desde nuestras propias premisas podamos sin duda aceptar con Tresguerres que «no hay experiencia alguna ni evidencia de ningún tipo que demuestre la existencia de Dios, ni tampoco argumento alguno capaz de hacerlo», ello, no se deberá tanto a que «Dios sólo exista como idea», tal y como el filósofo asturiano concluye de su crÃtica del argumento ontológico anselmiano, sino más bien, a que por el contrario «Dios no existe como idea», esto es, a que lo que ni existe ni puede existir es la misma idea de Dios que tanto el teÃsta como el ateo existencial (tanto San Anselmo como Santo Tomás, tanto Hanson o Richard Dawkins como Alfonso Fernández Tresguerres a lo largo de la mayor parte de su trabajo) proceden dando enteramente por supuesta.
Pero hay más. Y es que, si bien es cierto que, tal y como Tresguerres parece detectar con ojo clÃnico, las vÃas tomistas, sin perjuicio de poder recorrerse con total comodidad en la lÃnea del regressus, hacen imposible todo progressus crÃtico al mundo del que se partió (y de ahà su formalismo metafÃsico), también se hará preciso reconocer, nos parece, que argumentos como el de San Anselmo no podrán en modo alguno desactivarse con objeciones del tipo «la existencia no es una perfección» como parece suponer Tresguerres (en la lÃnea de Gaunilo, de Santo Tomás o incluso de Kant), puesto que no se trata tanto de que lo sea. De lo que se tratará en el fondo, y esto es algo que ni Santo Tomás ni Kant pudieron tomar debidamente en cuenta, es de que presupuesta la existencia de la idea de Dios como ser necesario (es decir, presupuesta la existencia de Dios como idea), resultará imposible (por contradictorio), proceder como lo hace el ateo existencial concluyendo que tal ser necesario es, sin embargo, sólo contingente (i. e., no necesario). Con ello, la cuestión no residirá tanto en determinar que «Dios no exista», a la manera como determinamos, por vÃa negativa, y tras un exhaustivo sumario empÃrico de los «hechos», que no existe el «monstruo del Lago Ness», puesto que Dios no es una esencia respecto de la cual la existencia aparezca como posible sin perjuicio de que pueda eventualmente negarse (como lo hace el ateo) en ausencia de pruebas, &c., &c. Simplemente si Dios es una esencia, esto es, si la idea de Dios figura como posible (composible) no ya en sà misma sino con respecto a los propios componentes que la integran asà como en relación al mundus adspectabilis (si Dios es posible), entonces no quedará más remedio que reconocer inmediatamente, al menos si no se pretende incurrir en una contradicción, su existencia real (Dios es necesario) y ello porque la esencia de Dios, esto es su mismo constitutivo formal, tal y como el propio Santo Tomás se hizo cargo del asunto sin perjuicio de sus crÃticas a la prueba a priori, viene a coincidir con su Esse. Y la cuestión sigue siendo que si Él pudo decir a Moisés «soy el que soy», tal afirmación habrá que retraducirla, según todo el ciclo de la escolástica tomista, del siguiente modo: Dios es, en efecto, el ipsum esse subsistens.
Para decirlo de otro modo: si es verdad que el ateo (existencial) pero también el agnóstico razona como si resultase posible reconocer la idea de Dios al tiempo que se retira su existencia real, ello, al cabo, es algo que sólo podrá hacerse al precio de quedar vigorosamente enredado en la misma maquinaria del argumento ontológico (particularmente cuando este mismo se contempla desde la perspectiva de su reformulación modal a la manera de Leibniz) puesto que entonces, quien asà procediese se verá forzado a afirmar de modo contradictorio que Dios es al mismo tiempo necesario e inexistente. Y ello, añadirÃamos zambulléndose en el propio argumento ontológico que se pretendÃa destruir, sólo que ahora bajo la figura del «insensato» que la propia maquinaria argumentativa anselmiana reclama inexcusablemente. Para decirlo de otro modo: si el ateo –parece razonar el teÃsta–comienza declarando como existente la idea del Dios terciario (aunque sólo sea la de su idea, al modo de Tresguerres), entonces no podrá en modo alguno resistirse sin contradicción ante la conclusión, avasalladora, de que tal idea, a la que se reconoce como posible, implica a fortiori la existencia del Ens Necessarium.
Y es que justamente, a nuestro juicio no reside en otro lugar la misma inconsistencia del agnóstico. En efecto, no se tratará, como lo sostiene Tresguerres, de que este haya renunciado a exigirle tanto al teÃsta como al ateo «pruebas» tanto «en el ámbito de los hechos como en el de la lógica» ni tampoco, desde luego, de que no haya advertido que la ausencia de evidencias constituye evidencia de ausencia (algo en todo caso bien discutible, e incluso gratuito como principio lógico al menos cuando tomamos distancias de las consabidas argucias de abogado) puesto que la verdadera cuestión reside en que, argumentando ad hominem, cuando se comienza reconociendo la existencia de Dios como posible, no cabrá, tras ello, mantener por más tiempo que tal existencia es sin embargo, sólo problemática como si, por imposible, el ser necesario fuese contingente.
¿Quiere todo esto decir que podamos y debamos dar por buenas las conclusiones que tantos filósofos teÃstas (desde San Anselmo a Descartes, desde Duns Scoto a Malebranche o Malcom) han pretendido extraer de la prueba ontológica? No sin duda, puesto que sin perjuicio de reconocer al argumento el vigor de sus engranajes lógicos, siempre cabrá proceder en la dirección del ateÃsmo esencial total, «abriendo el proceso a la posibilidad de la esencia» para decirlo con la fórmula empleada por Gustavo Bueno en su libro El papel de la filosofÃa en el conjunto del saber, es decir, siempre será posible discurrir, a sensu contrario,concluyendo por modus tollens en lugar de modus ponens, que Dios es imposible. Y ello –esta es nos parece la cuestión– en virtud del mismo circuito argumental aducido en el Proslogio, sólo que leÃdo ahora a a la inversa. Como señala Gustavo Bueno en su obra La fe del ateo:
«El ateÃsmo esencial (que no necesita mayores especificaciones, porque estas las reservamos para los casos del ateÃsmo esencial parcial, que sólo son ateÃsmos esenciales por relación a los teólogos que reconocen a esos atributos negados como integrantes del constitutivo formal de Dios) es la negación de la idea misma de Dios. El ateÃsmo esencial, en el sentido dicho de ateÃsmo esencial total, no niega propiamente a Dios, niega la idea misma de Dios, y con ello, por supuesto, niega el mismo argumento ontológico. Descartes o Leibniz, como es bien sabido, ya lo supusieron, al obligarse a anteponer a su argumento la «demostración» de que existÃa la idea de Dios, es decir, en la teorÃa de Leibniz, la demostración de que la idea de Dios era posible. Pero el ateÃsmo esencial impugna las pretendidas demostraciones de Descartes, Leibniz y otros muchos en la actualidad, de esta idea, y concluye que no tenemos idea de Dios clara y distinta, sino tan confusa que habrÃa que considerarla como un mosaico de ideas incompatibles (si, por ejemplo, se considera incompatible la omnipotencia y la omnisciencia de Dios: si Dios es omnisciente, ¿cómo pudo tolerar, si fuera omnipotente, el Holocausto?), asà como un mosaico de estas ideas con imágenes antropomórficas o zoomórficas («inteligente», «bondadoso», «arbitrario», «anciano»). La llamada «Idea de Dios», en su sentido ontológico, serÃa en realidad una pseudoidea, o una «paraidea» (a la manera como el llamado concepto de «decaedro regular» es en realidad un pseudoconcepto o un paraconcepto, es decir, para decirlo gramaticalmente, un término contrasentido).
Desde la perspectiva del ateÃsmo esencial, en la que por supuesto nosotros nos situamos, las preguntas habituales: «¿Existe Dios o no existe?», o bien: «¿Cómo puede usted demostrar que Dios no existe?», quedan dinamitadas en su mismo planteamiento, y con ello su condición capciosa. En efecto, cuando la pregunta se formula atendiendo a la existencia («¿Existe Dios?») se está muchas veces presuponiendo su esencia –o si se quiere, el sujeto gramatica= l, y no el predicado– (si la existencia se toma como predicado gramatical en la proposición: «Dios es existente»). Y, esto supuesto, es obvio que no es posible la inexistencia de Dios, sobre todo teniendo en cuenta que su existencia es su misma esencia; y dicho esto sin detenernos en sus consecuencias, principalmente en ésta: que quien niega la esencia de Dios está negando también la existencia, precisamente en virtud del mismo argumento ontológico que los teÃstas utilizan.» (Gustavo Bueno, La fe del ateo, Temas de Hoy, Madrid 2007, pág. 20.)
La llamada idea de Dios es en realidad una paraidea que no existe (no existe como idea) y de la que no se puede predicar ni la existencia ni la inexistencia puesto que ambas cosas, obsérvese, presupondrÃan por igual concebir a Dios como una esencia pensable y consistente la cual, eso sÃ, podrá declararse como inexistente de hecho, a la manera, efectivamente, de los duendes de Tresguerres. Pero la idea de Dios no puede existir y si se reconoce que puede (algo que desde luego el ateo existencial parece conceder implÃcitamente al exigir pruebas «en el terreno de los hechos») entonces Dios existe. Asà de simple.
Sea de esto lo que sea, nosotros sin duda no pretendemos (entiéndase esto bien) que Alfonso Tresguerres ignore absolutamente estos planteamientos o que los haya pasado enteramente por alto a la hora de componer su trabajo. Al contrario, justamente los asertos en los que funda su «ateÃsmo lógico» se coordinan, nos parece, de manera bastante aproximada con los contenidos mismos de lo que Gustavo Bueno denomina «ateÃsmo esencial total». AsÃ, sin ir más lejos, el profesor ovetense demuestra con total limpieza geométrica que los atributos de la «perfección» y de la «omnipotencia» que la tradición ha venido asignando al Acto Puro resultan sencillamente incompatibles entre sÃ. Creemos en efecto, que tal argumento, junto con otros muchos que podrÃan mencionarse (véase al respecto el extraordinario artÃculo de Javier Pérez Jara, «Materia y racionalidad. Sobre la inexistencia de la idea de Dios», en El Basilisco, nº 36, 2005), representan pruebas suficientemente poderosas para avalar conclusiones como estas, extraÃda por el mismo Tresguerres:
«La idea de Dios es, asÃ, lógicamente contradictoria y denota la Idea de un ser imposible. Es falso, pues, que existe algún A que es B, un ser que es Dios, puesto que es verdad que Ningún A es B, ningún ser es Dios, dada la imposibilidad de la esencia designada por B, es decir, por la Idea de Dios. En consecuencia, la proposición «Dios existe» es falsa y la que sostiene que Dios no existe es necesariamente verdadera. DecÃa Leibniz (MonadologÃa, & 45) que si Dios es posible, existe. Pues bien si Dios no es posible, no existe. Y no es posible. Luego no existe. Tal es en esencia, lo que sostiene el ateÃsmo lógico.»
Tal es, en efecto, lo que sostiene el «ateÃsmo esencial total». Pero si ello es asà (como ciertamente nos parece que lo es), no entendemos que digamos demasiado bien qué es lo que quiere decir Tresguerres cuando procede, dirÃamos, componiendo acumulativamente este planteamiento con las «argucias de abogado» propias del «ateÃsmo existencial». De hecho, Tresguerres, sostiene en repetidas ocasiones a lo largo de su texto (y también en otros, véase al respecto por ejemplo «Dios en la filosofÃa de la religión de Gustavo Bueno», publicado en El Catoblepas, nº 20, 2003, pero también su contribución al manual FilosofÃa de primero curso de Bachillerato editado por la editorial ovetense EikasÃa), que el ateo no deberÃa renunciar del todo a argumentos como los de Hanson, &c., &c.
Ahora bien, la cuestión es que una tal acumulación argumental, muy lejos de vigorizar la conclusión que Fernández Tresguerres parece extraer cuando razona como un ateo esencial (la idea de Dios no existe porque es contradictoria) conduce su razonamiento en la dirección de una suerte de «ateÃsmo mixto –esencial– existencial», y esto –esto es, semejante ateÃsmo «bifronte»– es lo que resulta, ahora sÃ, claramente inconsistente, o incluso, llevado al lÃmite, contradictorio. De otro modo, al proceder acumulativamente según lo dicho, Tresguerres parecerÃa estar reconociendo con una mano que Dios es imposible como idea, mientras que con la otra se concede que su esencia es pensable sin contradicción, aunque desde luego falsa al no existir Dios «de hecho» (y de otro modo no tendrÃa ningún sentido exigir al teÃsta pruebas al respecto), con lo que, ahora, la proposición «Dios no existe» parecerÃa estar tratándose de una manera análoga a enunciados tales como «el monstruo del Lago Ness no existe».
Pero esto es justamente lo que no puede hacerse. Por decirlo de otra manera, cuando ante el problema de la existencia de Dios, empezamos por pedir pruebas al que afirma, dando en consecuencia por descontado que «el que afirma» tiene una idea clara y distinta del «sujeto» al que atribuye el predicado gramatical «existe», entonces volvemos a comportarnos como el «insensato» de San Anselmo, quedando en consecuencia prisioneros de la potencia dialéctica del mismo argumento que, por otro lado, Tresguerres ha reconocido en su condición de «ateo esencial».
Ahora bien, asà las cosas, no resulta sin duda nada fácil determinar las razones por las que Tresguerres ha considerado necesario enrocarse en una estrategia acumulativa tendente a combinar el «ateÃsmo esencial» («ateÃsmo lógico») con el «existencial» (el «ateÃsmo –dirÃamos, a falta de mejor rótulo– de abogado») sin parar mientes en que dicha yuxtaposición conduce a un verdadero callejón sin salida. Si no nos equivocamos demasiado por nuestra parte, creemos que estas razones, sean ellas mismas las que sean, estarÃan vinculadas a un equÃvoco en el que el profesor asturiano ha incurrido repetidamente a lo largo de su texto. Nos referimos a la constante división entre el terreno de los «hechos» y el ámbito de la «lógica», como dos perspectivas, al parecer duales, que según el autor de Los dioses olvidados cabe separar, sin perjuicio suponemos de sus entrecruzamientos &c., a la hora de analizar estas cuestiones. En estas condiciones, parecerÃa (y de hecho asà lo sugiere el propio Tresguerres en más de una ocasión) que, situado en el «terreno de los hechos», el ateo podrá proceder como un «coleccionista de hechos», limitándose, por vÃa empÃrica, a pedir al teÃsta que demuestre sus afirmaciones para concluir, en ausencia de evidencia, que Dios sencillamente no existe. Cuando nos situamos, empero, «en el terreno de la lógica», el ateo podrá sin duda «ir más lejos» (el sentido del ateÃsmo esencial), demostrando por su parte que Dios no puede existir al denotar su misma esencia la idea de un ser contradictorio.
Con ello, según parece dinamarse del sentido general de la argumentación, ambos tipos de ateÃsmo (esencial y existencial) se yuxtapondrÃan armónicamente, reforzándose mutuamente para desesperación del teÃsta que, acosado por ambos francos, no podrá sino reconocer que en efecto «Aquel» al que todos llaman Dios no existe y además es imposible.
Pues bien. A nosotros nos parece sin embargo que tal división jorismática entre los «hechos» y la «lógica» no es mucho más que una hipóstasis metafÃsica que resulta, principalmente, de ignorar que la «lógica», en su ejercicio, no es otra cosa que la propia concatenación de los propios «hechos» según sus ensortijamientos propios, y ello de tal suerte que estos mismos quedarÃan disueltos en tanto que hechos (es decir en su entretejimiento constitutivo) al margen de la lógica. Ello, a su vez, demuestra que el propio sintagma «ateÃsmo lógico», aunque se emplee como sinónimo de «ateÃsmo esencial», no dice nada, puesto que también el «ateÃsmo existencial» (por no mencionar otras especies del género «ateÃsmo», pero también de «agnosticismo» o incluso de «teÃsmo», posiciones todas ellas que resultarÃa evidentemente absurdo tipificar como «ilógicas» o «anti-lógicas») son igualmente «lógicas» como es «lógico», asimismo, el proceder del «coleccionista de hechos» al que se refiere Tresguerres. Si con «ateÃsmo lógico» se pretende aludir a la posición de quien afirma que la idea de Dios es contradictoria «en el terreno de la lógica» como contradistinto al de los hechos, esto mismo será decir muy poco o decir un contrasentido –y particularmente metafÃsico– pues ni siquiera es verdad que la Idea de Dios sea contradictoria en sà misma. La Idea de Dios, exactamente igual que la idea de un decaedro regular, al menos cuando razonamos fuera de las premisas de la propia teologÃa natural, no es de suyo una idea simple que pueda suponerse como contradictoria «lógicamente» respecto de sà misma, sino un conglomerado muy complejo de términos plurales (omnisciencia, omnipotencia, providencia, aseidad, simplicidad, actualidad, infinitud, &c.) que resultan, ellos sÃ, incomponibles «de hecho» tanto mutuamente (y por eso la idea de Dios no puede componerse, esto es, no es posible) como con relación a la propia pluralidad de términos que componen el mundo en marcha (y por eso la idea de Dios no es compatible con un mundo al que anegarÃa si es que Dios es infinito) y ello, a la manera como también resultan incomponibles, según la lógica material ejercitada operatoriamente por la geometrÃa sólida, las caras, las aristas y los vértices de un decaedro regular; mas no «al margen de los hechos», o, por razones meramente «lógicas» (al menos cuando estas se interpretan como desconectadas hipostáticamente de aquellos) sino contando con los hechos (geométricos) mismos, y a su través.
Y en efecto, esta es, nos parece, la razón principal por la que el ateÃsmo esencial ni siquiera entra a discutir la «existencia» de Dios como si su «esencia» pudiese darse, en cambio, por supuesta como esencia pensable, aun cuando sólo fuese para concluir que dicha «esencia» corresponde a la de un «ser imposible». Si este «ser» es, esencialmente, imposible será porque ni siquiera su idea puede componerse lógico-materialmente, entre otras cosas, porque no podrá coexistir con el mundo en marcha. Con ello, adviértase la radicalidad de la cuestión, ni siquiera decimos (desde el ateÃsmo esencial total) que el «creyente» o el «teÃsta» se equivoquen al atribuir «existencia real» a Dios (pues esto, representarÃa a la postre, un simple «error de identificación»), sino, más bien, que ni el «creyente» ni el «teÃsta» ni el «agnóstico» o el «ateo existencial» tienen una idea de Dios sobre cuya existencia real pudieran, eventualmente, mantener posiciones contradictorias. Simplemente sucede que el «teÃsta» no dice absolutamente nada (al menos etic) cuando afirma que Dios existe porque de hecho lo que no existe, salvo por el nombre, es la propia idea que San Anselmo creÃa percibir clara y distintamente «en su corazón».
Pero si nadie en absoluto tiene una idea clara y distinta de Dios y sà tan solo un mosaico incongruente de imágenes obtenidas de contextos mundanos muy diversos, ¿qué decir de la actitud de «respeto» que Tresguerres, acaso irónicamente claro está, pretende mantener sobre las «creencias» del teÃsta terciario? Ante todo esto: que tal «respeto», signifique lo que signifique psicológicamente, en modo alguno podrá dirigirse tanto a la propia fe del teÃsta en Dios Padre Omipotente, puesto que, para empezar, esta fe no existe como no existe la propia idea de Dios. De otro modo, la fe del creyente terciario no estarÃa, salvo emic, referida a Dios mismo, sino más bien a un conjunto de personas –finitas– o instituciones de las que la propia para-idea a la que «todos llaman Dios» habrÃa derivado. Si con su «respeto», lo único que Tresguerres quiere decir es que en efecto «tolera» la fe (natural) de los «creyentes» católicos en las instituciones vinculadas con la Iglesia, no tendrÃamos desde luego nada que oponer ante semejante «actitud» salvo en lo que se refiere a su subjetivismo (aunque, eso sÃ, no podrÃamos menos que preguntarnos en todo caso de cuántas «divisiones acorazadas» dispone Tresguerres para dejar de «tolerarla»), pero en todo caso, repárese en esta circunstancia, no cabe, al menos desde las premisas del ateÃsmo esencial, «respetar» a los que «creen en Dios» por la sencilla razón de que en Dios, salvo que por imposible empecemos por considerarlo como una esencia componible, literalmente no cree nadie más que en el terreno de las apariencias. TodavÃa más confuso resultará, por los motivos dichos, «echar de menos a Dios» o manifestar que «se estarÃa encantado si Él existiese» (aunque a renglón seguido se reconozca que, desafortunadamente, esa esencia cuya existencia se considera como deseable, no corresponde a ningún ser real) puesto que ni Unamuno, ni Tresguerres ni yo mismo disponemos de una idea consistente sobre la que discutir.
Versión levemente resumida del artÃculo publicado originalmente en El Catoblepas.
AteÃsmo lógico
Lo que yo tampoco creo
Para mis alumnos (*)
© Alfonso Fernández Tresguerres
Publicado en El Catoblepas
DecÃa Tierno Galván que la diferencia entre el ateo y el agnóstico estriba en que el primero no quiere, en realidad, que Dios exista, en tanto que el segundo se limita a «no echar de menos a Dios», conformándose con «vivir en la finitud» y con la vida que le ha sido dada en este mundo. Y yo, que no me considero autorizado a ser portavoz de nadie, y tampoco del ateo, no dudo en sostener que tal afirmación es una solemne majaderÃa. Al menos, en lo que a mà respecta, estarÃa encantado de que Dios existiera y no vivir en la finitud, porque a mÃ, como a Unamuno, no me da la gana morirme. El problema es que Dios no existe, y que lo que yo quiera o deje de querer en lo más mÃnimo le importa a este Universo que continuará su expansión hasta muchÃsimo tiempo después de yo me haya ido. Y añadiré, además, que no echo de menos a Dios, mas no por ser buen agnóstico, sino porque ¿cómo añorar a quien jamás se ha conocido? Y naturalmente que me conformo con la vida que tengo, inmersa en la finitud, pero, una vez más, no por agnóstico, sino porque no me queda otro remedio: de no conformarme, el resultado serÃa el mismo. Asà que, mira por dónde, siendo ateo, poseo las caracterÃsticas que Tierno demanda a un sano y sensato agnosticismo, e incumplo la que, según él, resulta esencial al ateo.
No. Las diferencias entre el ateo y el agnóstico estriban en que el segundo es escéptico en este asunto, y el primero, no. Si el agnóstico se mantiene en un estado de duda teórica (lo que es una redundancia, porque nunca la duda puede ser práctica: en último término, uno está obligado a decantarse por una cosa u otra; y en el caso que nos ocupa, el agnóstico, si en verdad lo es, no es posible que actúe en su diario acontecer más que como ateo, quiero decir que es de imaginar que vivirá como si Dios no existiera); y se mantiene en ese estado de duda a costa, seguramente, como sospecha Hanson, de infringir las normas del razonamiento lógico más elemental, el ateo sostiene, en cambio, que Dios no existe. Asà de simple.
El diagnóstico que hace Tierno acerca de la diferencia entre el agnóstico y el ateo parece apoyarse, entre otras cosas, en Sartre, quien habrÃa dicho que aunque Dios existiera, habrÃa que ser ateo. Mas yo creo que el uso que hace de las palabras del filósofo francés es debido o a una mala interpretación o a una auténtica mala fe. Al menos, yo siempre he entendido que lo que en verdad Sartre quiere decir es que aunque Dios existiera, habrÃa que renegar de Él, es decir, habrÃa que ser antidios, oponerse a Él, del mismo modo que se puede ser anti muchas otras cosas y oponerse a ellas. Y el motivo, no es otro, seguramente que el problema del mal, incompatible, sin duda, con un Dios Omnipotente y Bueno que habiendo podido evitarlo, no lo ha hecho. Y de nada sirven los intentos agustinianos al respecto, argumentando, por ejemplo, que del mal obtiene Dios beneficios mayores («Dios escribe recto en renglones torcidos»), o que el mal es, en verdad, nada, no es una entidad o una sustancia, y, por tanto, algo que en modo alguno Dios haya podido crear, puesto que no es nada, sino mera apariencia, vacÃo, ausencia de bien (argumentos de defendidos antes por los estoicos; el segundo de ellos con un más que evidente anclaje en la participación platónica), o, por último, que el mal depende de la libertad humana; ninguno de tales intentos, repito, resuelven de forma convincente tal problema. Pero, a fin de cuentas, cuando nos metemos en esos vericuetos, tales como que si Dios ha podido evitar el mal y no ha querido hacerlo, entonces no es Bueno, y si ha querido y no ha podido, no es Omnipotente, y, finalmente, que si no ha querido ni ha podido, entonces ni en Bueno ni Omnipotente, no hay más que una solución lógica: sencillamente, Dios no existe.
Por supuesto, no hay experiencia alguna ni evidencia de ningún tipo que demuestre la existencia de Dios, ni tampoco argumento alguno capaz de hacerlo. Ni el de san Anselmo, quien, partiendo de la Idea de Dios como la del ser que reúne todas las perfecciones y dando por supuesto que la existencia en la realidad es una perfección, concluirá afirmando que negar a Dios tal perfección supone incurrir en una contradicción. Argumento que, en efecto, nada prueba, porque es lo cierto que ni la existencia es una perfección (algo que perfeccione una esencia) ni aun admitiendo que lo fuese, existe contradicción alguna en afirmar que el Ser PerfectÃsimo únicamente existe como Idea, puesto que si se le niega la existencia no se está negando un solo atributo, sino todos, es decir, se está afirmando, sencillamente, que no existe un ser que posea las perfecciones que se atribuyen a Dios, o lo que es lo mismo, que Dios sólo existe como Idea. Ni tampoco las conocidas vÃas tomistas, en las que, establecido que el Universo en su conjunto es contingente, se sostiene que su existencia únicamente puede explicarse mediante la de un Ser Necesario, que, gratuitamente, se identifica con Dios (mas no un Dios cualquiera, claro, sino, justamente, el Dios del cristianismo), como si repugnara más a la razón la existencia de una materia eterna que la de un Ser personal igualmente eterno, siendo asà que más bien sucede al contrario, no pudiendo hacerse la identificación que el Doctor Angélico sugiere más que apelando a la fe (Más aún: recientemente, Stephen Hawking ha argumentado que el Universo ha podido muy bien generarse a partir de la nada). O estableciendo, igualmente (siguiendo la causa eficiente de Aristóteles), que todas las cosas de este mundo, y el mundo en su conjunto, forzosamente han de tener una causa, hasta llegar a defender una excepción: la existencia de una Causa Incausada, que de nuevo, sin razón alguna, se identifica con Dios, que se convierte asà en causa sui, lo que Santo Tomás considera absurdo referido a cualquier otra cosa, ya que por fuerza, si es causa sui, necesariamente ha de ser anterior a sà misma, mas no en el caso de Dios.
Immanuel Kant (1724-1804)
Lo cierto es que derruidas por Kant las pretensiones de la OntoteologÃa, muy pocos son los que han vuelto a defender argumentos, supuestamente demostrativos, de este tipo, y los que desde entonces maneja el teÃsmo discurren por otros cauces; alguno de los cuales es abierto, precisamente, por el propio Kant. Me refiero a aquello de que es necesario postular la existencia de Dios como una exigencia del mundo moral (lo que, dicho sea entre paréntesis, resulta incongruente, me parece a mÃ, con su propia doctrina de la moralidad), o afirmando, como harán otros, que si Dios no existe, la vida no tiene el menor sentido, &c. Argumentaciones, a lo que yo entiendo, de una extremada debilidad, puesto que para actuar moralmente me basta y me sobra con el dictado de mi racionalidad, y el que la vida tenga o no tenga sentido es cuestión tan confusa como metafÃsica, porque a saber qué es eso del sentido de la vida, y porque, en cualquier caso, cada cual puede hallarlo en las ocupaciones más variopintas.
De manera que si no existe la menor evidencia de la existencia de Dios, al no existir experiencia alguna que la constate ni argumento de ninguna clase que lo demuestre, lo más lógico es concluir que Dios no existe. Creo que en esto Hanson tiene razón. E incluso puedo estar de acuerdo con él en que el que no existan razones sólidas para pensar que una afirmación es verdadera, es en sà misma una buena razón para pensar que es falsa, y, por tanto, una vez examinadas todas las pruebas que se han propuesto para demostrar la existencia de Dios poniendo de relieve que ninguna de ellas es convincente, eso mismo es prueba suficiente de que Dios no existe. Pero creo que se puede ir algo más allá.
Según Hanson (son sobradamente conocidos sus escritos El dilema del agnóstico y Lo que yo no creo) la proposición «Dios existe» no es analÃtica, sino sintética y de hecho, y, en consecuencia, no puede ser probada por la mera reflexión ni tampoco ser lógicamente demostrada. Pero eso significa que tampoco puede ser demostrado lo contrario, a saber: que Dios no existe. De tal manera, que la no existencia de Dios sólo cabe ser deducida de la imposibilidad del creyente para probar su existencia (tiene que demostrar quien afirma, y del hecho de que no pueda hacerlo se puede concluir que lo que afirma es falso). Tal es, si yo he entendido bien, la esencia de la recusación que hace Hanson del teÃsmo.
Mas, ¿por qué asegura que no se puede demostrar que Dios no existe? Veamos.
Una proposición del tipo Todo A es B puede ser falsada (bastarÃa con encontrar un A que no lo fuese), pero nunca plenamente verificada. En cambio, otra del tipo Algún A es B podrÃa ser verificada (bastarÃa hallar un A que lo fuese), pero no puede ser falsada. Pues bien, la proposición «Existe Dios» posee el formato lógico de Algún A es B. Y es precisamente el hecho de que el creyente no haya logrado probar que es verdadera lo que permite concluir que es falsa. Mas nunca podrá el ateo, por sà mismo, demostrar que lo sea. Por eso resulta falaz, en opinión de Hanson, que tras mostrar el ateo la ausencia de prueba de que Dios exista, se le pida, a su vez, una prueba de que no existe, ya que tal prueba es imposible, como lo es probar que sea falsa la proposición Algún A es B. Y una prueba de ese tipo es, justamente, la que piden al ateo tanto el teÃsta como el agnóstico, sin advertir (y en ocasiones sin advertirlo, para su desconcierto, el ateo mismo) que la prueba de que Dios no existe es que no hay prueba ni evidencia alguna de que exista. Si la evidencia es prueba de que existe, la no evidencia lo es de que no existe.
Y en concreto, el agnóstico es, en opinión de Hanson, absolutamente incongruente. Enfrentado al teÃsta, trata la proposición «Dios existe» como una cuestión de hecho, pero no probada, y por eso rehúsa adherirse a ella. Mas enfrentado al ateo, la aborda como una cuestión lógica del tipo Algún A es B, y, en consecuencia, le pide una prueba lógica de que Dios no existe; prueba que no puede darse, del mismo modo que no puede falsarse la proposición Algún A es B. Ahora bien, en estricta racionalidad habrÃa que exigirle que jugara a lo mismo en los dos casos: si se decide por ser un coleccionista de hechos (como dice Hanson), entonces tiene que admitir que hay razones para negar la existencia de Dios (a saber: que no hay evidencia alguna de que exista); y si opta por actuar como un lógico, deberá admitir que si nunca se podrá establecer definitivamente que Dios no exista, entonces tampoco se podrá establecer definitivamente que exista. En ambos casos, si es coherente y usa su razón, se verá abocado al ateÃsmo, puesto que ni el ámbito de los hechos ni en el de la lógica existen sólidos fundamentos para sostener que Dios existe.
No es mi intención en erigirme aquà en defensor del agnóstico (más bien al contrario), pero me parece que si es incongruente tratando la proposición «Dios existe» de forma distinta, según se enfrente al teÃsta o al ateo, no acabo de entender por qué lo serÃa si decidiendo actuar como lógico en los dos casos concluyera que no se puede demostrar definitivamente ni la existencia ni la no existencia de Dios. Como quiera que sea, a mà me parece que la incongruencia del agnóstico estriba en no pedir a ambos (teÃsta y ateo) pruebas de los dos tipos, es decir, en el ámbito de los hechos y en el de la lógica. Asà las cosas, es obvio que en el primero de ellos el teÃsta no dispone de prueba alguna que confirme la existencia de Dios, mas tampoco el ateo de que no exista. Si estamos tratando con un conjunto finito de elementos es posible falsar la proposición Algún A es B (simplemente mirando: por ejemplo demostrar que es falso que alguno de mis alumnos sea de Aragón), de igual modo que se podrÃa verificar que Todo A es B (que todos mis alumnos tienen dos orejas). Pero es claro que si tratamos con un conjunto potencialmente infinito, ni cabe verificar Todo A es B ni falsar Algún A es B. AsÃ, yo nunca podrÃa falsar la afirmación de que hay un ser que es Dios, de la misma manera que no podrÃa falsar que en mi casa vive una familia de duendes invisibles. La batalla contra el teÃsta no se puede librar en el terreno de los hechos. Ni el primero tiene prueba empÃrica alguna de la existencia de Dios ni el ateo podrÃa probar que no existe un ser que es Dios, máxime cuando se trata de un ente que comienza por ser declarado invisible. Aun asÃ, estoy de acuerdo con Hanson en que la ausencia de prueba empÃrica es prueba suficiente de su no existencia (de igual modo que del hecho de que no haya prueba alguna de que en mi casa habite una familia de duendes es prueba suficiente de que nos hay tales duendes). Pero creo que el ateo puede ir un poco más lejos. Porque pasando el terreno de la lógica (que es donde verdaderamente ha de librarse tal batalla), no es menos evidente que el teÃsta no puede demostrar que Dios exista, pero sostengo, en cambio, que el ateo puede demostrar que no existe. Es decir, sostengo que sà es posible falsar una proposición del tipo Algún A es B; falsarla no en el terreno de los hechos, pero sà en el de la lógica. Tratada como una cuestión que sólo pudiera resultar falsada o verificada en la experiencia, es claro que el ateo nunca podrá demostrar que no existe Dios, del mismo modo que no cabe falsar la proposición Algún A es B, y sólo le queda el recurso de argüir que la no existencia de Dios se deduce de la imposibilidad del teÃsta para confirmarla. Tratada como una cuestión lógica, asà como es obvio que el teÃsta no puede demostrar la existencia de Dios, creo que el ateo sà puede demostrar su no existencia. Es lo que en alguna ocasión he denominado ateÃsmo lógico.
La clave de tal ateÃsmo estriba en mostrar que la Idea de Dios es lógicamente contradictoria y configura la imagen de un ser imposible.
Hablando en términos de Hanson: lo que sostengo (lo señalaba antes) es que sà es posible falsar la proposición Algún A es B (en el caso que nos ocupa: hay un ser que es Dios) siempre que la esencia misma designada por B sea imposible o lógicamente contradictoria. Dicho de otro modo, ahora con Aristóteles, lo que dice Hanson es que una proposición universal afirmativa (A) puede ser falsada, más no definitivamente verificada, en tanto que una proposición particular afirmativa (I) puede ser verificada, pero no falsada. Ahora bien, ¿cómo falsamos una proposición universal afirmativa del tipo Todo A es B? Evidentemente, encontrando un A que no lo sea, es decir, probando la verdad de su contradictoria, esto es, la particular negativa (O): Algún A no es B. Paralelamente, entiendo que podemos falsar una proposición particular afirmativa, Algún A es B, probando la verdad de su contradictoria, es decir, la universal negativa (E), esto es, probando que Ningún A es B. Probando, por tanto, que ningún ser puede existir que posea la esencia denotada por B, o llevado el asunto a la cuestión de la que tratamos, que ningún ser puede existir que posea la esencia designada por la Idea Dios, por ser imposible y lógicamente contradictoria. Demostrado que Ningún A es (ni puede ser) B, queda igualmente probado que es falso que algún A lo sea, esto es, queda probada la falsedad de la proposición «Existe Dios», o lo que es lo mismo, queda probada la proposición «No existe Dios». ¿Y eso es posible? Yo creo que sÃ.
La esencia de la que hablamos, la denotada por la Idea Dios, es la de un ser que reúne todas las perfecciones, la de un Ser PerfectÃsimo. Pero tal Idea es lógicamente contradictoria, y tal contradicción se advierte en el momento en que se comparan los atributos inherentes a tal Idea, es decir, las perfecciones que se le atribuyen, tratando de mantenerlas todas a ellas a un tiempo. Pero si bien la contradicción puede percibirse en la comparación de diversos atributos entre sÃ, resulta, desde luego, clamorosamente evidente (y con sólo este argumento me basta) cuando se compara cada uno de ellos separadamente o en conjunto, es decir, la Idea misma de perfección, con otro de los atributos divinos: la Omnipotencia. Este atributo no sólo se considera, de hecho, parte de la esencia divina, sino que por fuerza ha de ser considerado, si en verdad entendemos la Idea de Dios como la Idea del Ser PerfectÃsimo. Pero ocurre que un Ser PerfectÃsimo no puede ser, a la vez, Omnipotente, y si no lo es, no es PerfectÃsimo.
Sucede que la perfección que entraña cada uno de los atributos individualmente considerados (y la Perfección en conjunto) exige que permanezcan esencialmente invariables, es decir, que ninguno de ellos pueda experimentar aumento ni disminución de aquello a lo que se refiere. Y otro tanto puede decirse si en lugar de considerarlos de manera individual, nos referimos a ellos en conjunto, es decir, a la Perfección misma: es absurdo pensar que tal Perfección pueda crecer o mermar, porque entonces no serÃa Perfección, si es que puede hacerse aún más perfecta, ni lo serÃa tampoco si fuese susceptible de hacerse menos perfecta. Ahora bien, cualquiera de tales alternativas entrarÃa en flagrante contradicción con la Omnipotencia y obligarÃa a negarla. Si Dios no puede ser más ni menos Justo, Omnisciente, Misericordioso… si no puede, en suma, ser más Perfecto ni tampoco menos, entonces no es Omnipotente. Y si puede serlo, entonces no es Perfecto. La contradicción, pues, nace de la Idea misma del Ser PerfectÃsimo, al que necesariamente es preciso atribuirle la Omnipotencia, que acaba por comprometer la Idea misma de Perfección, ya que ésta no puede aumentar ni disminuir en un Ser Perfecto, pero si no puede hacerlo, entonces, también necesariamente, es obligado negar en él la Omnipotencia.. La Perfección exige la plenitud y excluye el cambio, pero tales exigencias niegan la Omnipotencia.
Aun podemos insistir en ello, nuevamente con Aristóteles: un Ser Perfecto ha de ser Acto Puro, sin potencialidad alguna, pero la ausencia de tal potencialidad supone excluir de su esencia la Omnipotencia.
Es más: con que hubiera únicamente algo que Dios se viera incapacitado de hacer, eso serÃa suficiente para negar su Omnipotencia. Asà que aún en el supuesto de que fuera verdad aquello que decÃa Agatón (citado, precisamente, por Aristóteles):
De sólo esto se ve privado hasta Dios:
de poder hacer que no se haya producido lo que ya está hecho,
eso bastarÃa para probar la imposibilidad de la Omnipotencia.
La Idea de Dios es, asÃ, lógicamente contradictoria y denota la Idea de un ser imposible. Es falso, pues, que existe Algún A que es B, un ser que es Dios, puesto que es verdad que Ningún A es B, ningún ser es Dios, dada la imposibilidad de la esencia designada por B, es decir por la Idea de Dios. En consecuencia, la proposición «Dios existe» es falsa y la que sostiene que «Dios no existe» es necesariamente verdadera.
DecÃa Leibniz [MonadologÃa, § 45] que si Dios es posible, existe. Pues bien, si Dios no es posible, no existe. Y no es posible. Luego no existe. Tal es, en esencia, lo que sostiene el ateÃsmo lógico.
Sin duda, el ateo dispone de otros importantes argumentos, además de éste. Yo no reniego de modo pleno (lo repetiré una vez más) del argumento de abogado de Hanson, a saber: que, en último término, tiene que demostrar quien afirma, y de la imposibilidad de hacerlo, cabe concluir que lo que sostiene es falso, máxime después de que el ateo haya puesto de relieve lo no concluyente de los argumentos o pruebas esgrimidos por el teÃsta. Ni, por supuesto, del que sostiene la incompatibilidad del mal con la existencia de un ser Bueno y Todopoderoso; problema al que hacÃamos alusión al comienzo de estas notas, y del que decÃamos que ninguno de los ensayos que se han hecho para hacer compatible la Bondad y el Poder de Dios con la existencia del mal convencen en modo alguno. Más me inclino yo a estar de acuerdo con Mark Twain, cuando afirma que
«El nuestro es con mucho el peor Dios que la genialidad del hombre ha hecho brotar de su imaginación demente» [Reflexiones sobre la religión, Tercero].
No es posible una justificación de Dios, esto es, una teodicea, al menos de carácter racional, por mucho que Leibniz, que es quien acuña el término, se haya empeñado en probar lo contrario. Al igual que en el caso de la OntoteologÃa, es Kant quien ha mostrado el fracaso inevitable de tal empresa: no es posible, sostiene, una teodicea doctrinal o especulativa, sino, a lo sumo, una auténtica o práctica, que, renunciando a las pretensiones de alzarse como conocimiento, se base exclusivamente en la fe. Asà lo afirma expresamente:
«la teodicea no es tanto un asunto de ciencia, cuanto, mucho más, de fe» [Sobre el fracaso de todo ensayo filosófico en la teodicea. Observación final].
Ni renuncio tampoco de la fuerza que para la posición del ateo supone el propio relato bÃblico: Dios nos crea débiles, sabedor de que vamos a pecar, y para ayudarnos a ello, nos coloca delante tentaciones a cada paso (por ejemplo, nos hace sexualmente activos todo el año, y, al mismo tiempo, el hacer uso de tal capacidad se convierte en uno de los pecados más horrendos, o eso dicen sus intérpretes y vicarios en la Tierra), y luego nos castiga, incluso por toda la eternidad, con un Infierno que dicen ser algo espantoso. Y esto un ser de Bondad y Misericordia infinitas Como de nuevo señala Mark Twain en la obra mencionada (cuya publicación no quiso él hacer en vida y que únicamente 54 años después de su redacción fue autorizada por su hija, en 1960):
«Dios, hábilmente, formó al hombre de tal manera que no pudiese evitar obedecer las leyes de sus impulsos, sus apetitos y sus diversas cualidades desagradables e indeseables. Dios lo ha hecho asà a fin de que todas sus salidas y entradas estén obstruidas por trampas que posiblemente no pueda eludir y que le obliguen a cometer lo que se llama pecados –y entonces Dios lo castiga por hacer estas mismas cosas que desde el comienzo de los tiempos Él siempre se habÃa propuesto que hiciera» [Reflexiones, QUINTO].
Absurdo, sin duda. Pero luego resulta que luego se hace hombre, ya que envÃa a su hijo Jesús, que no es otro que Él mismo, para que nos redima del pecado y del mal. Pero resulta que Cristo muere en la cruz sin que nadie, ni siquiera sus más allegados discÃpulos, sepan muy bien quién era ni a qué vino, hasta que san Pablo ve la luz y hace, al parecer, la interpretación correcta de la figura de Cristo y su misión… Y entretanto, el Diablo, que también fue credo por Dios, sabedor perfectamente de lo que iba a hacer, continúa haciendo de las suyas, sin que el Señor Todopoderoso se decida a pararle los pies de una vez por todas… En fin, absurdos todos ellos de los que en algunas otras ocasiones ya me he ocupado.
Digamos, finalmente, que el hecho de que a duras penas se hallará cultura alguna en la que no se dé algún tipo de creencia religiosa, es argumento que, en ocasiones, el creyente utiliza para probar que «algo habrá», cuando es lo cierto que la posición que verdaderamente tales circunstancias viene a reforzar es, precisamente, la del ateo: el Dios del monoteÃsmo es una creación tan humana (nacida, seguramente, de la propia filosofÃa) como puedan serlo los dioses egipcios o los aztecas.
Aun asÃ, el creyente es muy libre de creer lo que estime oportuno. Yo ya lo sabÃa sin que hiciera falta que me lo dijera Mark Twain:
«No hay algo tan grotesco y tan increÃble que el hombre corriente no pueda creer» [Reflexiones, Tercero].
Y de creerlo, justamente, porque, acaso de tan absurdo como resulta, quizá sea verdad. O de apelar a la autoridad de Tomás de Aquino y argumentar que no existen tales absurdos ni contradicciones, sino únicamente un entendimiento limitado como el nuestro que no es capaz de entender. Y a mÃ, particularmente, su creencia me trae enteramente sin cuidado y me resulta del todo respetable, siempre que, a mà vez, pueda esperar de él un respeto similar. Pero, en lo que a mà respecta, incluso dejando otros argumentos a un lado, el ateÃsmo lógico que he tratado de exponer, me sobra y me basta para convencerme de la falsedad de aquello en lo que yo tampoco creo.
Viernes, 22 de Abril de 2011
DIOS ES ATEO

O, al menos, pro-ateo. E indignado por el veto meapilas de la "procesión atea" convocada para ayer, Jueves Santo, el AltÃsimo ha mandado unas buenas borrascas sobre toda españa, para que se fastidien los de las otras procesiones.
Miercoles, 20 de Abril de 2011
Los buenos ateos

Issac Asimov, un ateo célebre.
¿Existe un perfil psicológico del ateo?
Un siglo de investigación ha puesto de manifiesto que los ateos tienden a ser personas cultas, y que los cientÃficos de primera lÃnea son especialmente descreÃdos.
© Benjamin Beit-Halahmi
Publicado en The Guardian
Traducido por Anahà Seri La pregunta es: ¿Qué puede decir la ciencia sobre el ateÃsmo?
¿Qué podemos decir acerca de las personas que son ateas o agnósticas, los que no comparten la tendencia común a creer en el mundo de los espÃritus y en algunos espÃritus que son mayores que los demás y controlan nuestros destinos? Un siglo de investigaciones nos puede servir de guÃa.
Los que no están afiliados a ninguna religión ha resultado que son personas más jóvenes, en su mayorÃa varones, con niveles de educación y de renta superior, más de izquierdas, pero también menos felices y más alienados de la sociedad más amplia. Estos son hallazgos hechos en EEUU, Australia y Canadá.
Algunos ateos se han criado sin educación religiosa; otros han decidido rechazar lo que se les habÃa enseñado en la infancia. Los que proceden de hogares religiosos y han abandonado la religión han tenido unas relaciones más distantes con sus padres, y son más intelectuales.
La irreligiosidad está correlacionada con una tendencia polÃtica más de izquierdas, y con el hecho de tener menos prejuicios.
Los estudiantes radicales que formaban parte del Free Speech Movement (“Movimiento de libertad de expresiónâ€) en la Universidad de California, en Berkeley, en 1964 (que dio lugar a las revueltas de los 60 en los campus americanos) tenÃan mayor probabilidad de proceder de familias identificadas como judÃas, agnósticas o ateas.
Hace ya tiempo que se demostró que es falso que los ateos sean más inmorales o menos honrados. Los estudios que se han centrado en la disposición a ayudar a los demás, o en la honradez, pusieron de manifiesto que los que destacan son los ateos, no los creyentes. Cuando se trata de violencia y de delitos, se ha comprobado, desde que comenzó la criminologÃa, y a partir de datos sobre la adscripción religiosa de los delincuentes, que las personas no creyentes y no adscritas a ninguna confesión tienen una tasa de delincuencia inferior.
Comenzando en el año 1925, LM Terman y sus colegas estudiaron a 1.528 jóvenes brillantes de California, que tenÃan un CI superior a 140 y unos 12 años. Se hizo un seguimiento de por vida de miembros de este grupo, y todos ellos resultaron ser no creyentes. Los estudios sobre la religiosidad de los cientÃficos y académicos han mostrado que éstos tienen bajos niveles de religiosidad, y que entre ellos prevalece el ateÃsmo. Además, los cientÃficos más eminentes son menos religiosos que los demás.
En los años 90 se repitieron los estudios que se habÃan llevado a cabo en 1914 y en 1933 sobre cientÃficos en ejercicio y cientÃficos eminentes. En primer lugar, una muestra aleatoria extraÃda de hombres y mujeres cientÃficos en EEUU mostró que el 60% eran no creyentes. Luego se envÃo un cuestionario a 517 miembros de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU, concretamente a biólogos, matemáticos, fÃsicos y astrónomos. Muchos miembros de la Academia Nacional son premios Nobel. Respondieron al cuestionario algo más de la mitad.
Los resultados pusieron de manifiesto que el porcentaje de quienes creen en un dios personal representaba, entre los cientÃficos más eminentes, un 27,7% en 1914, un 15% en 1933 y un 7% en 1998. La creencia en la inmortalidad personal era algo superior.: el 35,2 % en 1914, el 18% en 1933 y el 7,9% en 1998.
Estos hallazgos muestran, en primer lugar, que entre los cientÃficos de primera fila, el proceso de apartarse de la religión ha ido a más, y en segundo lugar, que en EEUU, los cientÃficos más eminentes, entre quienes sólo el 7% cree en un dios personal, van contra corriente de la población general, pues aquà el porcentaje correspondiente es de aproximadamente el 90%.
Podemos concluir que el ateo tÃpico en la sociedad occidental es una persona que tiene mayor probabilidad de ser varón y de educación superior.
¿Se puede hablar de una personalidad atea? Se puede ofrecer un perfil psicológico provisional. Podemos afirmar que los ateos resultan ser menos autoritarios y sugestionables, menos dogmáticos, con menos prejuicios, más tolerantes hacia las demás personas, respetuosos de la Ley, más caritativos, concienzudos y cultos. Son inteligentes, y muchos se dedican a una vida intelectual y académica.
DEL ATEÃSMO COMO UNA FORMA DE DELINCUENCIA

Presuntos delincuentes. Peligrosos agitadores de radicalismos violentos. Quemaconventos y follamonjas. Eso es lo que son todos esos asquerosos ateos. Hacen bien la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid y nuestro Ãnclito Gobierno lamesonatas (paladÃn de los derechos sociales como no hubo otro) en pedir la prohibición de la temible marcha vandálica organizada para mañana jueves (¿santo?) en Lavapiés. Y hace bien el TSJM en prohibirla, para impedir esa manifestación de odio visceral y de incitación a la barbarie más destructiva.
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¿Pero qué se han pensado esos mal llamados "ateos y librepensadores", cuando lo que son no es más que un atajo de bestias salvajes cegadas por el odio y pervertidas por la influencia de Satanás?
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Gracias a Dios, la "procesión atea" ha sido justa y sabiamente proscrita. Prémieles el Señor a los cristianos procesionantes de mañana con abundantes chaparrones, que buena falta nos hace el agua.
Jueves, 7 de Abril de 2011
La religión desaparecerá en nueve paÃses, dice un estudio

© Jason Palmer
BBC Ciencia, Dallas
Un estudio que utiliza datos de censos de nueve paÃses muestra que la religión está por extinguirse en esas naciones.
La investigación encontró un aumento constante en el número de personas que afirman no tener fe alguna.
El modelo matemático utilizado por los cientÃficos tuvo en cuenta la relación entre la cifra de entrevistados que eran religiosos y las motivaciones sociales que estos tenÃan.
El resultado, difundido durante la reunión de la American Physical Society (Sociedad Estadounidense de FÃsica) en Dallas, Estados Unidos, indica que la religión va a morir por completo en esos paÃses.
Para la investigación se recurrió a la dinámica no lineal, que se usa para explicar una amplia gama de fenómenos fÃsicos en los que se interconectan una serie de factores.
Un miembro del equipo, Daniel Abrams, de la Universidad de Northwestern, propuso un modelo similar en 2003 para poner en números la declinación de los idiomas menos hablados del mundo.
El núcleo del estudio era observar la competencia entre los hablantes de lenguas diferentes y la «utilidad» de hablar una en lugar de otra.
«Simple»
«La idea es bastante simple», explica Richard Wiener, de la Corporación para la Investigación de Adelantos CientÃficos.
«El estudio sugiere que los grupos sociales que tienen más miembros resultan más atractivos para unirse y postula que las agrupaciones de este tipo poseen un estatus o utilidad social.
«Por ejemplo, en los idiomas puede resultar de mayor utilidad o estatus hablar español en lugar de quechua (con tendencia a desaparecer) en Perú. Del mismo modo hay algún tipo de estatus o utilidad en ser un miembro de una religión o no».
El equipo tomó datos de censos que se remontan hasta un siglo en los paÃses en los que el censo consulta la afiliación religiosa: Australia, Austria, Canadá, la República Checa, Finlandia, Irlanda, PaÃses Bajos, Nueva Zelanda y Suiza.
«En un gran número de democracias seculares modernas hay una tendencia popular a identificarse como no afiliados a ninguna fe. En los PaÃses Bajos, el número fue de 40%, y la más alta que vimos fue en la República Checa, donde fue de 60%», explica Wiener.
El equipo entonces aplicó el modelo de dinámica no lineal, ajustando los parámetros de los méritos sociales y utilitarios de los miembros de la categorÃa de los «no religiosos».
Descubrieron, en su estudio publicado en internet, que los parámetros eran similares en todos los paÃses estudiados, lo que sugiere -a través de la matemática- que el comportamiento era similar en todo ellos.
Y en todos los paÃses, las indicaciones fueron que la religión se encaminaba a la extinción.
«Creo que es un resultado sugerente», explica Wiener.
«Es interesante que un modelo bastante simple captura los datos, y si esas ideas simples son correctas, arroja resultados de lo que podrÃa estar pasando».
«Obviamente, cualquier individuo atraviesa situaciones más complejas, pero todo eso se promedia».
Lunes, 28 de Marzo de 2011
Ateos y católicos tratan de entenderse en ParÃs

Redacción de BBC Mundo
El Vaticano comenzó este jueves [24 de marzo] en ParÃs, Francia, un encuentro con ateos y agnósticos, como parte de una estructura permanente que, según las autoridades católicas, busca propiciar el intercambio entre creyentes y no creyentes.
La iniciativa, llamada «Atrio de los Gentiles», arrancó con un coloquio sobre el tema «Religión, luz y razón común», en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
Estaba previsto que el papa Benedicto XVI se dirigiera a los asistentes mediante una conexión por video.
El Papa propuso el lanzamiento del diálogo después de visitar, en 2009, a la República Checa, un paÃs mayoritariamente ateo y donde, según un controvertido estudio publicado esta semana, la religión podrÃa desaparecer.
Un corresponsal de la BBC en la capital francesa, Christian Fraser, señaló que el encuentro toma su nombre de una sección del antiguo Templo de Jerusalén, el Atrio de los Gentiles, a la cual tienen acceso los no judÃos.
«El lugar perfecto»
«La Iglesia ve a ParÃs como el ejemplo más sorprendente de una sociedad completamente secularizada, el lugar perfecto para iniciar un diálogo entre cristianos y no creyentes», dijo nuestro corresponsal.
Según una encuesta publicada el miércoles por el diario católico parisino La Croix, el 60% de los franceses nunca o raramente se pregunta cuál es el sentido de la vida.
El Vaticano señaló que el encuentro espera comunicar la convicción de Benedicto XVI de que la fe y la razón humana no son cosas opuestas, en conflicto, sino partes complementarias de la vida cotidiana.
El presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, el cardenal Gianfranco Ravasi, quien representa al Vaticano en el encuentro, dijo, en declaraciones a La Croix, que «el gran desafÃo no es el ateÃsmo sino la indiferencia, que es mucho más peligrosa».
El viernes, dÃa en que concluirá la reunión [N. de la R.: se refiere al pasado viernes 25 de marzo de 2011], habrá otras dos conferencias, una en la Universidad de la Sorbona y la otra en la Academia de Francia.
Viernes, 11 de Marzo de 2011
Ateos de EEUU quieren borrar a Dios de sus billetes
© Fernando Peinado
BBC Mundo, Miami
Un intento de retirar el lema «In God we trust» («En Dios confiamos») de los billetes de dólar estadounidenses fracasó este lunes al ser desestimado por la Corte Suprema de este paÃs.
El demandante, uno de los activistas ateos más conocidos del paÃs, el abogado Michael Newdow, sostiene que ese mensaje le discrimina al promocionar una religión monoteÃsta.
En conversación telefónica con BBC Mundo, Newdow, afirmó que Estados Unidos promueve la idea de que creer en Dios es bueno.
De momento, no conocemos los motivos de los magistrados de la Corte Suprema, ya que al no proceder a estudiar la demanda, no tuvieron que argumentar sobre su decisión.
Sin embargo, una instancia judicial inferior en San Francisco habÃa rechazado la pretensión porque consideró que la frase «Confiamos en Dios» es ceremonial y patriótica, y no proclama la oficialidad de ninguna religión, algo prohibido por la constitución estadounidense.
El lema aparece en las monedas estadounidenses desde los años sesenta del siglo XIX y en los billetes de dólar desde los años cincuenta del pasado siglo, cuando fue instituido por ley como uno de los lemas oficiales.
Lema popular
Newdow, que dirige la asociación de ateos FACTS, cree que la discriminación contra los ateos es similar a la que han sufrido en otros momentos de la historia estadounidense mujeres, homosexuales o negros.
«Se promueve un modelo del buen ciudadano», afirma Newdow, quien es conocido en Estados Unidos porque recurrió, sin éxito, la constitucionalidad del Juramento de Lealtad que recitan todos los alumnos estadounidenses y que también hace mención a Dios.
«Yo le contesto a quienes me dicen que conservar ese mensaje en nuestros billetes o ese ritual matutino en nuestras aulas no hace daño a nadie, que justo lo contrario, eliminarlos, tampoco es dañino, pero entonces es cuando todos se lleva las manos a la cabeza».
La divisa «Confiamos en Dios» tiene una aceptación casi unánime. Según una encuesta de 2003 del instituto de sondeos Gallup, el 90% de los estadounidenses ven con buenos ojos la presencia de este lema en monedas y billetes de dólar.
El abogado, sin embargo, no se rinde y asegura que a pesar de este revés judicial va a plantear una nueva demanda para que el caso sea reconsiderado.
Martes, 8 de Febrero de 2011
Los ateos son casi tan numerosos como los creyentes en Francia, según sondeo
El 36 por ciento de los franceses afirma creer en Dios, mientras que un 34 por ciento dice no creer en Él, señala el sondeo, que revela que el 22 por ciento de los consultados se pregunta sobre la existencia de Dios.
Estos franceses que afirman que se cuestionan si Dios existe o no aseguran desconocer si creen o no, frente al 8 por ciento de los que dijeron que tampoco saben si creen pero que ni se plantean esa duda.
La encuesta fue realizada a propósito del estreno, la próxima semana, del filme Qui a envie d'être aimé? (¿Quién tiene ganas de que le amen?), dirigido por Anne Giafferi y en el que se cuenta la historia de la conversión religiosa de un hombre de 40 años.
Preguntados por los factores que dan sentido a su vida, los interrogados aseguraron en un 92 por ciento que el principal es «encontrar el amor» y el 87 por ciento respondieron que esa pregunta se contesta con el hecho de tener descendencia.
Creer en Dios como el principal elemento que da sentido a la propia vida sólo lo consideran el 45 por ciento de los consultados en el sondeo de Harris Interactive para el periódico.
El 42 por ciento de los consultados manifestaron que es difÃcil para ellos hablar de Dios y el 44 por ciento estiman que ese asunto tiene una naturaleza Ãntima, aunque el 62 por ciento confiesan que les gustarÃa tratar del tema con personas de su confianza.
El 11 por ciento de los consultados, a la hora de responder a la cuestión de por qué les resulta difÃcil hablar sobre sus dudas acerca de Dios, responden que tienen miedo al juicio que otras personas puedan tener de ellos.
Domingo, 16 de Enero de 2011
The End of God. A Horizon Guide to Science and Religion. BBC Horizon 2010

“El final de Dios? Una guÃa Horizon para ciencia y religión”. El Dr. Thomas Dixon nos presenta una retrospectiva del conflicto entre ciencia y creencia. Vemos caras conocidas de nuevo como Ken Miller, Richard Dawkins y Colin Blakemore. Emitido el 21 septiembre de 2010 en la BBC Four.
Parte 1: Fileserve – Rapidshared
Parte 2: Fileserve – Rapidshared
Subtitulo Español
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