Un astrólogo lee el futuro a una mujer. Litografía (1835-1841) de J. Prat, basada en una obra de C. C. Renoux. Colección Wellcome.
«Los sustantivos astronomía y astrología, así como astrónomo y astrólogo, no significan lo mismo, por lo que conviene distinguirlos en el uso», recordó la Fundación del Español Urgente (Fundeu) el 11 de agosto. Lo hizo porque, «aunque son escasos, en los medios puede verse algún artículo en el que se han confundido estos términos. Por ejemplo, al incluir el antetítulo Astronomía en una noticia titulada ‘Horóscopo: cómo influirá la Luna a cada signo del Zodíaco» o al escribir el siguiente enunciado: ‘Las personas cuyo signo del Zodíaco es Tauro suelen ser, según la astronomía occidental, perseverantes’».
De los ejemplos puestos por la Fundeu, deduzco que el uso equívoco de los términos se ha dado, sobre todo, en informaciones astrológicas y, por lo tanto, indignas de cualquier medio medianamente serio. Sin hacer una búsqueda exhaustiva y dejando a un lado errores en radios y televisiones, igual hace veinte años que los grandes medios no confunden astrología y astronomía, y también que no dan por norma pábulo a los astrólogos, aunque algunos lo hagan de vez en cuando.
Otro ejemplo destacado ha sido el de la Cadena SER, que publicó una información según la cual «Los bebés nacidos durante el eclipse solar, la otra cara del fenómeno astronómico: ‘Esos niños tienen un don’». ¿La fuente de tan extraordinaria revelación? Padres consultados que, ¡cómo no!, creen que sus recién nacidos son especiales. Si fuera cierto lo que muchos padres y abuelos dicen de sus descendientes -y escuchamos educada y silenciosamente mente quienes no los tenemos-, no habría en el mundo sitio para tanto genio. Andaríamos sobrados de Alberts Einstein, Margaritas Salas, Santiagos Ramón y Cajal, Marys Shelley….
Información de la cadena SER que atribuye dones especiales a los niños nacidos durante un eclipse de Sol.
Causa sonrojo que haya periodistas que no distingan entre astrónomos y astrólogos, que haya medios serios que promocionen a videntes a la menor oportunidad y que también los haya que crean que nacer cuando está ocurriendo un fenómeno astronómico otorga al bebé dones especiales.
Nota publicada en Magonia el 16 de agosto de 2026.
Un comunicante anónimo me escribió hace poco, a través del formulario de contacto de esta web, para preguntar por el impacto que tendría en el movimiento escéptico que «mañana» se descubrieran «pruebas empíricas, reproducibles e indiscutibles de la existencia de inteligencias no humanas –extraterrestres, viajeros del tiempo, seres de otras dimensiones…– o de la trascendencia de la conciencia humana más allá de la muerte». «¿Creéis que eso podría dañar gravemente al movimiento escéptico, pues estuvieron equivocados durante toda su existencia? O, más bien, ¿seguiría todo igual, partiendo de que nuestro conocimiento de la realidad habría variado, pero poco más?», preguntaba creyendo, no sé por qué, que se dirigía a varias personas.
No facilitaba ninguna forma de contacto y planteaba una duda que puede compartir mucha gente. Sobre todo, si tiene una idea equivocada de lo que es el escepticismo científico, que no equivale a negacionismo. Esta última es la etiqueta que han utilizado siempre para desacreditarnos los autoproclamados expertos en el mundo del misterio, individuos que han llenado la realidad de fantasmas, extraterrestres, monstruos, milagros y otros prodigios. Les molesta que pongamos sus afirmaciones extraordinarias en cuarentena hasta que enseñen las pruebas oportunas y, por eso, nos presentan ante el público como tipos que niegan todo por sistema, inmunes a la evidencia y enemigos del cambio.
El diseñador australiano Brent Waller creó en 2015 un espectacular kit de Lego sobre Expediente X que la firma danesa descartó por considerar el contenido de la serie «demasiado maduro para la marca», según me contó entonces el propio interesado. Once años después, Lego ha retomado la idea de Waller, y el resultado es el paquete The X-Files, de 1.478 piezas y dos escenarios: el despacho de Fox Mulder –que estaba en la propuesta de 2015- y un encuentro con un extraterrestre en un bosque.
El kit combinado, que sale a la venta el 4 de agosto por 199,99 euros, incluye ocho minifiguras y mide 30 centímetros de altura, 23 de anchura y otros tantos de profundidad. Pero los dos escenarios pueden separarse y exponerse independientemente. Además, quienes compren el paquete antes del 8 de agosto recibirán como regalo –hasta fin de existencias- The X-Files: el laboratorio de Scully, un kit de 221 piezas que recrea el lugar de trabajo de la agente del FBI y patóloga.
Expediente X es la gran serie de televisión sobre lo paranormal. Protagonizada por David Duchovny y Gillian Anderson, como los agentes del FBI Fox Mulder y Dana Scully, duró nueve temporadas (202 episodios), entre 1993 a 2002, hubo dos más (16 episodios) entre 2016 y 2018, y dos películas: Expediente X: la película (1998) y X-Files: creer es la clave (2008).
El kit ‘The X-Files’ de Lego. Foto: Lego.
La serie original, creada por Chris Carter, fue un fenómeno de masas. Ganó 141 premios (16 Emmy, 5 Globos de Oro, 5 Saturn…). Expediente X popularizó la idea de la conspiración ovni -siempre presente en la literatura ufológica- y de monstruos como el chupacabras, sobre el que Bruno Cardeñosa y Javier Sierra se inventaron ataques en el País Vasco en 1996. Carter estaba al tanto de la actualidad paranormal y, tras pasarla por su filtro personal, se la devolvía a los estadounidenses amplificada, pero él no creía. Tenía claro, al contrario que los citados, que lo suyo era ficción.
«No se debe confundir la serie con la realidad -decía-. Lo que hago es ficción dramática; puro entretenimiento. Nada más. Quien crea otra cosa es que no está bien informado». Hubo mucha gente que lo creyó en los años 90, cuando Javier Sierra y Enrique de Vicente, entre otros, alimentaron la conspiranoia con libros como Qué se oculta tras los expedientes X (1996). Sierra, que un año antes había vendido como auténtica la fasta autopsia de Roswell en Año Cero y el excéntrico director de esa revista y desde 2006 mano derecha de Iker Jiménez, decían:
Muchos piensan que Expediente X encabeza un plan para predisponer a la población a aceptar favorablemente que se ha establecido contacto con visitantes de otros mundos. Y es que, se crea en este postulado o no, existen indicios ahí fuera, en la vida real, que apuntan en esa dirección.
Los «muchos» que tenían la sospecha de que la serie de Chris Carter era una suerte de antesala preparatoria de la gran revelación son los mismos que sostenían en 1977 que lo era Encuentros en la tercera fase y que en 2026 lo es El día de la revelación. Ufólogos que tienen una peculiar visión de la realidad, que viven en un mundo alternativo y que saben que pueden soltar cualquier disparate sin que les pase factura.
Fotograma de ‘El día de la revelación’, de Steven Spielberg. Foto: Universal Pictures.
«Es posible que la explicación oficial esté a punto de darse a conocer», auguró Donald Keyhoe en The flying saucers are real en 1950. Los primeros platillos volantes se habían visto en Estados Unidos tres años antes. Habían invadido sus cielos y captado la atención de los militares, que temían que fueran armas soviéticas. Y habían llegado a las salas de cine en 1949 como inventos humanos. Pero en la calle casi nadie tenía claro qué eran hasta que Keyhoe, exaviador de los marines y autor de relatos de aventuras y ciencia ficción, estableció en el libro ‘The flying saucers are real’ las bases del naciente credo ufológico: se trataba de naves de otros mundos, el Gobierno estadounidense lo sabía y lo ocultaba a la población, y la revelación era inminente.
Setenta años después, el 16 de diciembre de 2017, Steven Spielberg (Cincinnati, 1946) se topó en la portada de The New York Times con una noticia que reavivó su pasión juvenil por los ovnis. Decía que, entre 2007 y 2012, el Pentágono había destinado 22 millones de dólares a un programa secreto de investigación de avistamientos protagonizados por militares. Nadie se esperaba algo así después de que la Fuerza Aérea clausuró el Proyecto Libro Azul en 1969 porque más de veinte años de estudio de los ovnis no habían supuesto ningún avance del conocimiento.
Comienzo del reportaje publicado en el diario El Correo el 27 de junio de 2026.
Steven Spielberg, en el rodaje de ‘El día de la revelación’. Foto: Universal Pictures.
Nació en Cincinnati el 18 de diciembre de 1946, medio año antes de que los platillos volantes invadieran Estados Unidos, y los extraterrestres le abdujeron en la adolescencia. Steven Spielberg se crio en un país donde los periódicos informaban habitualmente de apariciones de objetos misteriosos en el cielo, los militares las investigaban y había quienes creían que eran naves de otros mundos. «Mi tesis es que los platillos volantes son reales y que son naves espaciales de otro sistema solar», dijo en 1954 el físico alemán Hermann Oberth, uno de los padres de la astronáutica y maestro de Wernher von Braun, el diseñador del cohete que llevó al ser humano a la Luna en 1969 (Oberth 1954).
Cuando Steven Spielberg tenía año y medio, el capitán Thomas Mantell, de la Guardia Aérea Nacional de Kentucky, se estrelló con su caza mientras perseguía un gigantesco «helado de cucurucho con la parte superior de color rojo». El joven piloto, de veinticinco años, fue considerado el primer mártir de la ufología, aunque en realidad el ovni que intento dar caza hasta perder el conocimiento por falta de oxígeno era un globo del programa Skyhook, un proyecto militar, secreto en 1948, cuyo objetivo era la investigación atmosférica (Ruppelt 1956, 52-56).
Ronald y Nacy Reagan hablan con Steven Spielberg en la Casa Blanca después de la proyección de ‘ET’, el 27 junio de 1982. Foto. Biblioteca Reagan.
«Quiero agradecerle que haya traído ET a la Casa Blanca. Hemos disfrutado con su película. Hay gente en esta sala que sabe que todo lo que ha visto en esa pantalla es absolutamente cierto», le dijo Ronald Reagan a Steven Spielberg el 27 de junio de 1982 después de la proyección privada del largometraje en la residencia presidencial. ¿Admitió que las historias sobre cuerpos de alienígenas recuperados de platillos volantes estrellados tiene una base real? Reagan hizo ese comentario, confirmó Spielberg en 2012. «¡Y lo dijo sin sonreír! –añadió–. Sin embargo, lo dijo y todo el mundo se echó a reír. La sala entera se echó a reír porque lo hizo como una broma, aunque no sonreía mientras lo decía».
Cuando el inquilino de la Casa Blanca habla de extraterrestres, los periodistas enloquecemos. Lo comprobamos el domingo con las declaraciones de Barack Obama en el pódcast No Lie with Brian Tyler Cohen. El diálogo que desató una cascada internacional de titulares fue el siguiente:
Brian Tyler Cohen: Quiero hacer una ronda rápida de preguntas, porque no es normal que tenga acceso al presidente de los Estados Unidos. Así que aquí van un par de preguntas. ¿Existen los extraterrestres?
Barack Obama: Son reales, pero yo no los he visto, y no están recluidos en… ¿cómo se llama?
B. O.: El Área 51. No hay ninguna instalación subterránea, a menos que exista una enorme conspiración y se lo hayan ocultado al presidente de los Estados Unidos.
B. T. C.: ¿Cuál fue la primera pregunta que quiso que le respondieran cuando se convirtió en presidente?
B. O.: ¿Dónde están los extraterrestres?
Los medios enloquecieron. Algunos periodistas seguro que no habían escuchado las declaraciones del expresidente y se dejaron llevar por los teletipos, las redes sociales y el ansia del clics. Y muchos medios contaron al mundo que Obama sabe que existen extraterrestres, como dando a entender que tiene pruebas de ello. Yo tampoco había escuchado al exmandatario cuando, en un chat de periodistas, un compañero me preguntó qué pensaba de lo que había dicho Obama. Yo no sabía qué había dicho porque había estado desconectado tres horas viendo una película. Visité varias webs estadounidenses y en cinco minutos me hice una idea de qué podía haber pasado. Respondí en el chat:
Me gustaría escuchar el fragmento de la entrevista. Por lo leído, me atrevo a decir que lo que Obama sostiene es que a su juicio la vida extraterrestre existe más allá de toda duda -algo que comparto, que el universo es muy grande y aquí estamos nosotros- y ya está. Luego, como tiene que ser porque siempre ha bromeado con el asunto, añade lo del Área 51, que ya lo dijo él en su día y también lo dijo Clinton, el primer presidente de Estados Unidos que anunció al mundo el hallazgo de vida extraterrestre, aunque al final el hallazgo no fue tal.
Pero, lo dicho, tengo que escuchar el audio. Hasta entonces, me parece otro ejemplo de clickbait.
Horas después y ante el revuelo montado, el expresidente aclaró que, cuando había dicho que los extraterrestres «son reales», quería decir que el universo es tan grande que es lógico pensar que no estamos solos. Y el suflé se desinfló, hasta la próxima vez que Obama hable de alienígenas y el Área 51, la base secreta de Nevada nunca citada por su nombre por un presidente de Estados Unidos hasta que él lo hizo el 8 de diciembre de 2013 durante la entrega en la Casa Blanca de los premios del Centro Kennedy para las Artes Escénicas, la más alta distinción estadounidense a un artista vivo.
Dijo ante el guitarrista Carlos Santana, la actriz Shirley MacLaine, el cantante Billy Joel, el pianista Herbie Hancock y la soprano Martina Arroyo:
Cuando uno se convierte en presidente, una de las preguntas que le hace la gente es: ¿qué está pasando realmente en el Área 51? (Risas). Cuando quise saberlo, llamé a Shirley MacLaine. (Risas). Creo que me he convertido en el primer presidente que ha mencionado en público el Área 51. ¿Qué te parece eso, Shirley? (Risas y aplausos).
El guiño a Shirley MacLaine se debe a que es un creyente confesa en todas las chifladuras de la Nueva Era: la reencarnación, los extraterrestres, el poder de los cristales, el espiritismo, los viajes astrales…
Obama se convirtió en 2013 en el primer presidente estadounidense que citó en un acto público el Área 51, aunque no fue el primero que habló en público sobre las instalaciones secretas de Nevada. Sin citar el complejo por su nombre, Bill Clinton admitió en 2005 en la revista FinanceAsia que la base existía y que había gente de su equipo que creía que allí se ocultaban restos de naves extraterrestres. Dijo:
Existía también otro sitio en Nevada donde la gente creía que habíamos enterrados un ovni y quizás un alienígena profundamente bajo tierra porque no queríamos permitir que nadie fuera allí. Ahora puedo decirlo porque el secreto se ha levantado y es de dominio público. Había mucha gente en mi propia Administración que estaba convencida de que Roswell era un fraude, pero que lo de ese lugar de Nevada iba en serio, que había allí un artefacto alienígena. Así que mandé a alguien a que lo averiguara. Y se trataba realmente de una instalación de defensa en la que se hacían cosas aburridas que no queríamos que nadie más viera.
Cinco años antes, Washington se había visto obligado a admitir, en abril de 2000, la existencia de la base después de que una compañía publicó en internet fotos de satélite del complejo. «Tenemos ahí un centro de operaciones; pero el trabajo es materia clasificada», dijo entonces Gloria Gales, portavoz de la Fuerza Aérea.
Carter contó en el informe que una tarde de octubre de 1969 vio, junto con otras diez personas del Club de los Leones de Leary (Georgia), un objeto, «azulado al principio, después rojizo», que parecía moverse hacia nosotros desde una cierta distancia, para después detenerse, retirarse un poco, volver y, finalmente, desaparecer». El objeto era «más o menos del mismo tamaño que la Luna, tal vez un poco más pequeño» (Sheaffer 1986, 18). Al investigar el avistamiento en los años 70, el escéptico Robert Sheaffer descubrió que Carter se había confundido de fecha, que la observación había tenido lugar a las 19.15 horas del 6 de enero –no en octubre– y que el objeto podía ser Venus, la reina de los ovnis. El ufólogo Allan Hendry, autor del imprescindible The UFO handbook (1979), coincidió en el dictamen.
Pero en 2016 el pódcast The Skeptics’ Guide to the Universe se hizo eco de una carta enviada a la familia del expresidente por Carl G. Jere Justus, físico y exprofesor del Insituto de Tecnología de Georgia (1965-1993). Justus había trabajado para la NASA en el Centro Marshall de Vuelos Espaciales como especialista en investigación atmosférica entre 1993 y 2011, y en los años 60 y 70 había participado en un proyecto de la Fuerza Aérea que estudiaba la atmósfera superior mediante nubes químicas brillantes producidas por cohetes lanzados desde la base de Eglin (Florida).
Nubes artificiales para la investigación atmosférica creadas por cohetes de la NASA. Foto: NASA.
«En 2016, al leer el informe sobre ovnis de Carter en el libro de Rhodes [se refiere Georgia myths & legends, de Don Rhodes], me di cuenta de que la descripción de Carter encajaba muy bien con las características de una nube de bario liberada por un cohete a gran altitud», recordaba hace unos años (Justus 2020, 5). El físico descubrió que el ovni de Carter pudo ser producido por las nubes de bario creadas por un cohete de la NASA para estudiar la atmósfera superior lanzado a las 18.41 horas del 6 de enero de 1969 desde la base de Eglin. El cohete creó una nube de bario a las 18.44 horas a 202 kilómetros de altura, otra a las 18.45 horas a 208 kilómetros y una última a las 18.46 horas a 166 kilómetros, minutos antes del avistamiento. Justus mandó una carta con sus conclusiones a la Biblioteca Carter, que la reenvío a la familia del expresidente, y un nieto de este, Josh Carter, la mandó al pódcast The Skeptics’ Guide to the Universe (Justus 2020, 2).
«Puedes decirle que eso podría ser cierto», dijo Jimmy Carter a Steven Hochman, director de Investigación del Centro Carter, al conocer las conclusiones de la investigación de Justus (Oberg 2020, 106). El expresidente nunca había creído que su ovni una nave extraterrestre. Simplemente, no sabía lo que era y le intrigaba. Tampoco creyó nunca que fuera Venus; pero que fuera una nube de bario le pareció posible. Por su parte, Sheaffer admitió a finales de la pasada década, en una comunicación privada con Justus, que la descripción del ovni de Carter «encaja mejor con la nube de bario que con Venus» (Justus 2020, 5).
Cincuenta años después, el ovni del presidente Carter tuvo su explicación.
Sheaffer, Robert [1981]: Veredicto OVNI. Examen de la evidencia [The UFO verdict. Examining the evidence]. Prologado por James E. Oberg. Traducción de Alberto Coscarelli. Tikal (Colección «Eleusis»). Gerona 1994. 343 páginas.
Nota publicada en Magonia el 20 de febrero de 2026.
Vista parcial del cartel promocional del documental ‘The age of disclosure’.
«Esta es la campaña de desinformación más exitosa en la historia del Gobierno de Estados Unidos», dice Luis Elizondo en el documental The age of disclosure (La era de la revelación, en español), estrenado el 21 de noviembre en Amazon Prime Video. El exagente de inteligencia se refiere al encubrimiento del origen extraterrestre de los platillos volantes. Una conspiración que pretende sacar a la luz ese documental con testimonios de treinta y cuatro «altos cargos» de Washington que van desde el actual secretario de Estado, Marco Rubio, hasta el físico Harold Puthoff.
Fotograma de la serie ‘Cielo negro’ (1996-1997), alternativa de la NBC a ‘Expediente X’.
¿Cuántos estáis convencidos de que el hombre pisó la Luna en 1969? Cada año hago esta pregunta a un grupo de graduados universitarios. ¿Convencidos?, ¿en 1969?, me suelen preguntar. Tras aclararles que quiero saber cuántos están convencidos de que Neil Armstrong y Buzz Aldrin se pasearon por el mar de la Tranquilidad el 21 de julio de 1969, entre un tercio y la mitad no levanta la mano. En alguna ocasión, los partidarios de la conspiración lunar son mayoría.
Mi experiencia, sin ningún valor científico y que repito desde hace veinticinco años, no cuadra con los resultados del Estudio de la Fundación BBVA sobre creencias y prácticas alternativas de 2025 (1) ni con los del Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España hecho público hace unos días (2). Según el primero, un 17 % de los españoles mayores de 18 años niega la realidad de los alunizajes. Según el segundo, lo hace el 22 %. Que uno de cada cinco ciudadanos niegue los alunizajes me parece preocupante, aunque sospecho que pueden ser más. Me explico.
Sospecho que el elevado negacionismo lunar entre mis graduados se debe a que les pido que estén convencidos y sitúo la hazaña en 1969, mientras que en el estudio sociológico de la Fundación BBVA preguntan si los humanos hemos llegado a la Luna. Así, sin ninguna fecha. Sé, por experiencia, que hay quienes niegan los alunizajes entre 1969 y 1972, pero no que haya habido misiones similares exitosas después, aunque no precisen cuándo ni sean capaces de presentar una prueba de lo que dicen. Mi sondeo informal entre graduados carece de valor científico. Sin embargo, creo que estaría bien que futuras encuestas de cultura científica plantearan la pregunta sobre la llegada del hombre a la Luna en términos parecidos a los que yo uso en clase.
Según el último estudio de la Fundación BBVA, uno de cada tres españoles (28 %) cree que nos han visitado extraterrestres. El sondeo de 2025 revelaba, además, que también uno de cada tres (30 %) cree que las estrellas y los planetas influyen en nuestra vida; uno de cada cuatro (24 %), que es posible comunicarse con los muertos; uno de cada cinco (18 %), en la magia; y uno de cada siete (14 %), en las brujas. Según ese mismo trabajo, casi la mitad de los españoles (48 %) cree en la existencia de un dios; uno de cada tres, en que un dios creó el universo (33 %), en la vida después de la muerte (35 %) y en el paraíso (30 %); y uno de cada cinco, en el demonio (21 %) y el infierno (19 %). No sabemos –no se han publicado datos al respecto– cómo se solapan entre sí las creencias pseudocientíficas ni cómo lo hacen con las religiosas.
La nota de prensa de la Fundación BBVA sobre el sondeo de 2025 destacaba que «la gran mayoría de los ciudadanos» rechaza la astrología, y que la creencia en la magia y las brujas tiene «una aceptación muy baja». Es cierto, pero que uno de cada tres españoles crea en la astrología y uno de cada siete, en las brujas es como para preocuparse. La nota de prensa de este año indica que «la creencia en teorías conspirativas contrarias a la evidencia científica es globalmente minoritaria, aunque se registran porcentajes significativos a propósito de algunas cuestiones específicas». Los autores ven la botella bastante llena; yo no puedo.
El ilusionista francés Henry Robin, con un espectro. Foto de Eugène
Thiébault (1863).
Si damos por buenos los datos de la Fundación BBVA -no hay razones para lo contrario-, más de 12 millones de adultos españoles creen en la influencia de los astros y en las visitas extraterrestres; casi 10 millones, en el espiritismo; más de 9 millones niegan los alunizajes; y más de 7 millones creen en la magia. Este año no se ha preguntado por ello, pero, según la encuesta de 2025, el 21 % de los españoles usa productos homeopáticos, y el 19 % confía poco o nada en las vacunas. Me pregunto cómo casan estos datos con que el 93 % los encuestados otorgue «mucha o bastante importancia a la comprobación experimental», y el 72 % comprenda «los mecanismos institucionales de aceptación del conocimiento científico como conocimiento público validado a través de su publicación en revistas científicas». ¿Que consideran comprobación experimental los creyentes en la astrología, las visitas extraterrestres, el espiritismo, la magia, las brujas y la homeopatía? ¿En qué revistas científicas han visto validadas esas ideas? ¿Se guían por criterios similares a la hora de votar?
En las elecciones generales de julio de 2023, el PP obtuvo 8.160.837 votos y el PSOE, 7.821.718. Así que respaldaron a cada partido menos votantes que los españoles que niegan los alunizajes y menos también que los que creen en la astrología, en que nos visitan extraterrestres y en el espiritismo. Hay una España sobrenatural, convencida de la realidad de cosas increíbles, y pocas veces se habla en los medios de comunicación de ello con la seriedad que el asunto merece. Es más, lo habitual es que, a la menor oportunidad, algunos grandes medios alimenten creencias disparatadas en pos de la audiencia.
¿Qué futuro nos espera si los ciudadanos se tragan cualquier cosa? Me temo que el del Brexit y el del trumpismo. El de la vuelta del sarampión –y quién sabe si la polio– y el del negacionismo del cambio climático, en nuestro país con un fuerte componente político, según el Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España. Porque, lo mismo que hay una izquierda que, frente a los antibióticos y la quimioterapia, prefiere la lejía y el reiki, hay una derecha para la cual el cambio climático es un invento de los científicos. En España, con una media de negacionistas del calentamiento global del 15 %, «el 29 % de las personas que se ubican ideológicamente en la derecha da por verdadera la tesis de que el cambio climático no existe, mientras que solo el 6 % de quienes se sitúan en la izquierda lo hace». Hay una derecha, que ya gobierna en muchas comunidades autónomas y ciudades, que se opone al descenso del uso de combustibles fósiles, a recuperar las calles para los peatones y a que el aire sea respirable y no masticable.
Estos estudios son siempre interesantes y pintan un paisaje social que no debemos ignorar, aunque no descubran nada sustancialmente nuevo. No creemos hoy en más cosas raras que ayer, aunque haya algunas que antes no existían, como el negacionismo climático, y otras que se ignoraban por su escasa implantación, como el terraplanismo. A finales de la década de 1980, uno de cada tres españoles creía en la astrología. A mediados de la década de 1990, un tercio de la población creía en los espíritus, y la mitad de los jóvenes, en que los ovnis eran naves extraterrestres. En 2005, uno de cada cinco jóvenes confiaba en poder comunicarse con los muertos y en el horóscopo, y, para uno de cada cuatro, los ovnis eran ingenios alienígenas. En los países de nuestro entorno, pasaba y pasa lo mismo.
Eduard Punset con Uri Geller, en ‘Redes’ en 1998.
Tampoco hay que considerar a quienes profesan esas creencias unos ignorantes, gente sin formación que se traga cualquier bobada. Nadie es inmune a creer cosas infundadas, incluidos los genios de la ciencia; incluido usted, incluido yo. A ninguno nos han enseñado a pensar críticamente ni a ser conscientes de nuestros sesgos. Kary Mullis, nobel de química por el invento de la PCR, negaba el cambio climático y que el VIH cause el sida, y aseguraba que una noche se había encontrado con un mapache extraterrestre brillante y parlanchín en un bosque californiano. El naturalista Alfred Russel Wallace, codescubridor de la teoría de la evolución, era espiritista y antivacunas. Arthur Conan Doyle creía en el espiritismo y las hadas. Steve Jobs y Peter Sellers murieron prematuramente por ponerse en manos de terapeutas alternativos. Y el economista Eduard Punset estaba convencido de que Uri Geller tenía poderes paranormales, creía en la acupuntura y dio bola en Redes -su programa de divulgación científica en TVE- a Deepak Chopra, Rupert Sheldrake, Masaru Emoto y el propio Geller.
¿Vamos a hacer algo contra la pseudociencia y la superstición a escala nacional? ¿Se puede hacer algo? ¿Merece la pena?
No creo que con más divulgación científica vayamos a conseguir nada que no hayamos conseguido ya. Nunca ha habido en España tanta divulgación tan buena como ahora, y eso no ha supuesto en los últimos años un retroceso del anticonocimiento. La divulgación científica es una cosa y fomentar el espíritu crítico, otra. Un movimiento escéptico fuerte, bien organizado y con medios, podría plantar cara a la pseudociencia, el pensamiento mágico y la superstición, explicando a nuestros conciudadanos la realidad, las tergiversaciones, las mentiras y los intereses comerciales que les sirven de combustible, como hicimos en el caso de la homeopatía. No creo que sea fácil ni que pueda conseguirse sin un fuerte apoyo institucional en el que confío casi tan poco como en el horóscopo. (Ahí está el plan gubernamental contra las pseudoterapias, cuyo único fruto en ocho años han sido unos anuncios en televisión). Pero quiero creer –como Fox Mulder– que la exposición a la crítica racional puede, entre los creyentes no fanáticos, afectar al virus del anticonocimiento lo mismo que la luz solar a Drácula.
Volviendo al ejemplo de mis graduados universitarios, su respuesta a la pregunta sobre los alunizajes me lleva a darles una larga charla sobre la conspiración lunar. Es larga porque hay muchas cosas que contar y, además, el guion ha crecido año a año. Al final, vuelvo a hacerles la pregunta de marras: ¿cuántos estáis convencidos de que el hombre pisó la Luna en 1969? Se levantan más manos que la primera vez, y siento cada una de las nuevas como una pequeña victoria. No sé si algo así es el camino, pero por ahora es mi camino.
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