La economÃÂa en campos de fútbol
Genial Territorio Vergara para Diario Público.
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Viñeta de Roger Crunch para Irreverendos.

Eugenio Gómez Segura
Publicado en diario La Rioja digital
J. Ratzinger, teólogo cuya carrera profesional le ha aupado a la jefatura del Estado Vaticano, dijo en su reciente visita a Madrid: «Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos», ha asegurado. «Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias».
Quiero puntualizar la primera frase de este texto (la segunda se descalifica por sí sola viendo la actitud católica respecto a la labor legislativa de nuestro Estado y por asociar ateísmo con aborto).
Que alguien se reconozca como ateo no es cuestión de creerse un dios; quiere decir no poder precisar la presencia de divinidades, ni atender a juicios de valor que penden de ellas, y pensar que no hay razón para suponer que existen. Pero esta consideración del ateísmo como postura reflexionada no es la que abunda en el cuerpo de creyentes, que suelen afirmar que uno es ateo porque no ha experimentado la verdadera desgracia en su vida, dando a entender que es más bien una osada enfermedad que pasa con la madurez.
En realidad, esto no es cierto: los ateos pueden haber sufrido horrorosamente y haber actuado con una dignidad modélica para todos. Es más, estos humanos desafortunados afirman que son más ateos por su experiencia, y no parecen mostrar carencias de maduración, ni cognitivas, etc.; más bien han digerido ya lo que supone saber que, sin posibilidad real de entender, según la condición humana, una causa o un destino apropiados a cada vida y a cada conciencia, vivimos para morir. Pero el caso es que la decisión reflexiva, voluntaria, de recoger la experiencia vital tanto personal como social, analizarla y vivir según ese análisis exclusivamente humano y por fuerza humilde, no puede ser soportada por quien es infalible por definición humana y sanción ¿divina?, acostumbrado a ser temido, obedecido, acatado y aclamado por sus seguidores. Suena gracioso, pero no lo es.
Veamos quién es más dios: quien asume su imperfección física y mental, su imposibilidad de conocer lo que imperiosamente necesita conocer (su causa, su finalidad), o quien desde una atalaya que, construida con los mismos argumentos de búsqueda y la misma voluntad consciente, dicta moral tras dar un salto en el vacío intelectual que perfectamente puede ser interpretado como un fraude a uno mismo dada la voluntaria aceptación de un secreto inencontrable que arregla todo, panacea auténtica de nuestros límites, y que permite vivir anestesiado la realidad que podemos conocer.
Sencillamente, los ateos no se creen dioses y se contentan con lo que tienen; el católico, el creyente de cualquier religión, se cree su salto mortal y pasa a una postura que se resume en el axioma de que el ateísmo es una enfermedad de juventud.
Pablo de Tarso, el fundador del cristianismo, ya vio el problema de este salto (1 Cor. 15, 17-19): «Pues si los muertos no son resucitados, tampoco Cristo fue resucitado; y si Cristo no fue resucitado, nuestra confianza es equivocada, todavía estáis en vuestros pecados, y los que murieron Cristo mediante perecieron. Si en esta vida hemos confiado en Cristo solamente, somos los más dignos de compasión de todos los hombres».
Pero lo resolvió mediante un gracioso juego de palabras: los creyentes no son los más dignos de compasión sino quienes compadecen; son de hecho los más acertados, y lo demuestran con su camaleónica capacidad para llegar al éxito sin importar nada ni nadie, como ejemplificó su fundador (1 Cor. 9, 23): «[.] me convertí en cualquier cosa para cualquiera con la idea de salvar a algunos. Hago cualquier cosa por la buena noticia con tal de llegar a ser partícipe de la misma».
Un ejemplo de esto es el tramposo uso simbólico hecho de los jóvenes cristianos en Madrid, porque las actitudes mostradas, su felicidad y alegría, supuesta imagen de la acción de la gracia divina sobre los creyentes, también son demasiado tiernas, poco maduras; en realidad, ese joven vive con la soberbia de su plenitud física y su futuro por hacer, su voluntad poco domada por la vida, su inexperiencia del horror. Su alegría es, en efecto, tan sospechosa como el talante ateo.
Para terminar, el humilde jefe del Estado Vaticano también ruega por los ateos, y eso supone una envanecida mediación, pues se considera único intermediario o más próximo y eficiente ante el poder supremo. Aunque no es de extrañar: esa vinculación a la autoridad es natural según los postulados del fundador, que ya vislumbró la conveniencia de abrazar la erótica del mandar para sobrevivir a los siglos (Romanos 13, 1-6): «Sométase toda alma a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad no constituida por Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se resiste al orden divino, y los que resisten se atraerán sobre sí mismos la condenación. Por lo tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia.».
Cabría preguntarle a esta chica que deberían pensar los japoneses o los estadounidenses ante sus palabras. Dos de los países más desarrollados del mundo, si no los más, que recientemente han padecido grandes sufrimientos a causa de desastres naturales. También habría que preguntarse por qué Dios, con su omnipotencia, sigue empeñado en que las placas tectónicas de la Tierra se sigan moviendo. Todas estas preguntas cobran especial relevancia si tenemos en cuenta que recientemente el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, pedía a los fieles que rezasen “para que no hiciese demasiado calor” durante la celebración de las Jornadas Mundiales de la Juventud Católica a las que acudieron estas chicas. Algo parecido ocurrió durante la tormenta que aguó la vigilia con el Papa en esas mismas jornadas, cuando durante una larga interrupción causada por la lluvia los sacerdotes que estaban al micrófono solicitaron a los asistentes que rezasen para que parase de llover, cuando a los pocos minutos la intensidad de la lluvia se redujo exclamaron ¡ha funcionado!. No puede expresarse con palabras la vergüenza ajena que produce en alguien como yo ver a más de un millón de personas rezando para que pare de llover, como si hubiese un Dios en algún lugar ocupándose de mover las nubes bajo demanda, mientras las sequías y las lluvias torrenciales causan hambrunas y destrozos en distintas partes del mundo, tal vez por ausencia de rezos en sentido contrario.
Puede que la respuesta nos la de la segunda chica del vídeo, parece ser que los desastres naturales no son tan malos, tienen su lado bueno, nos brindan la oportunidad de sacar a relucir nuestra “solidaridad, generosidad, cariño, no nos quedamos indiferentes, se olvidan los estratos sociales”, por lo visto los sufrimientos causados por el ser humano no son suficientes para que aprovechemos todo nuestro potencial solidario y por eso Dios, en su infinita generosidad, nos ofrece oportunidades adicionales ¡Si al final va a haber que darle las gracias! (para los poco perspicaces, yo no creo que haya ningún dios al que agradecer ni reprochar los desastres naturales ni ninguna otra cosa). La respuesta de esta chica me recuerda a la del teólogo Richard Swinburne cuando dice “Supongamos que se hubiera quemado una persona menos por la bomba de Hiroshima, habría sido una oportunidad menos para el valor y la conmiseración, una pieza menos de información sobre los efectos de la radiación…”
¿Es esa la respuesta? ¿es la razón por la que Dios permite el sufrimiento? para algunos, como el predicador evangelista Pat Robertson, los desastres naturales no son solo un “regalo” para que disfrutemos de nuestros buenos sentimientos, también pueden ser un castigo divino, como el terremoto que sufrieron los haitianos en 2010, al parecer por culpa de un pacto que sellaron con el diablo a cambio de obtener la independencia de Francia. ¿Todavía hay que explicar por que los ateos hacemos blogs como este?
Lo que no puedo compartir es eso de que para algunas personas la religión es el único sentido para seguir viviendo después de una desgracia. Los seres humanos, igual que el resto de animales, tenemos una cosa que se llama instinto de supervivencia, y lo tenemos tanto los ateos como los creyentes más devotos, aunque algunos se empeñen en llamarle “Dios” a todo.
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