Crónica del Congo: CapÃtulo 1
Texto del Dr. IsaÃas A. MartÃnez Medina.
Antes de empezar…
Advierto de que la crónica incluye material multimedia (fotografÃa y vÃdeos), y que lo encontrarás haciendo clic en los enlaces.
Texto del Dr. IsaÃas A. MartÃnez Medina.
Advierto de que la crónica incluye material multimedia (fotografÃa y vÃdeos), y que lo encontrarás haciendo clic en los enlaces.
Una caricatura de Manel F. sobre el legado del nuevo beato de la Iglesia Católica.
Una referencia moral para ateos. Ese parece ser el propósito de “El buen libro” una obra del filósofo inglés Anthony Clifford Grayling , quien enseña en la Universidad de Londrés.
Sin referencia alguna a divinidades ni a almas inmortales Grayling se interna en la búsqueda de una moralidad sin dios, con el fin de hacer más llevadera la existencia humana. Por ejemplo, en lugar de los incompletos 10 mandamientos del Éxodo Grayling menciona como principios seculares:
1. Ama bien.
2. Busca lo bueno de todas las cosas.
3. No dañes a otros
4. Piensa por ti mismo
5. Asume tu responsabilidad
6. Respeta la naturaleza
7. Da lo mejor de ti
8. Infórmate.
9. Sé bondadoso.
10. Sé valiente.
Les comparto la entrada hecha por Graciela Campbell en su blog Lecturalia sobre esta obra
El filósofo británico A. C. Grayling ha despertado el interés de los lectores del mundo anglosajón gracias a su publicación de una biblia para ateos. Se trata de una recopilación, en un formato muy similar al de la biblia tradicional, de citas de filósofos, historiadores, cientÃficos y grandes pensadores en general de la historia de la humanidad. Aunque todas las citas provienen de personajes reales, en su biblia humanista Grayling no hace mención de sus fuentes, pero son reconocibles algunos de los dichos más populares de grandes como Isaac Newton, Sócrates o Darwin. Grayling pretende compensar de esta manera la ausencia, en su opinión, de un libro de referencia moral para los no creyentes. El autor, que se ha especializado siempre en aspectos éticos relacionados con la búsqueda de la felicidad por parte del hombre contemporáneo, define su obra como un compendio de la búsqueda de lo bueno, de lo que nos hace felices.
Lejos de criticarlo por ello, algunos sectores religiosos incluso lo han apoyado. Algunas voces seculares han apuntado la necesidad de historias diferentes para los no creyentes, que también buscan las cosas buenas de la vida. Grayling apunta a una visión sorprendentemente benévola del ser humano, asegurando que hay más bondad que maldad en el hombre, y que todos debemos estar abiertos a encontrarla, algo para lo que servirÃa este tomo de versÃculos de sabidurÃa histórica. Grayling desconfÃa de los intentos de constituir una religión humanista, con rituales y formas semejantes a las de las grandes religiones monoteÃstas, como ya intentó hacer Auguste Comte en su momento, pero insiste en las ventajas de tener un libro semejante en formato a la Biblia cristiana, debido a su composición de pequeños textos, que nos permiten abrir el libro en cualquier página y encontrar una frase sobre la que meditar. A ello ha dedicado este filósofo anglosajón treinta años de su vida.
Y Grayling no es un filósofo cualquiera. Profesor de filosofÃa de la Universidad de Londres, educado en Oxford, ha publicado más de veinte libros sobre filosofÃa. Ha sido columnista de The Guardian y The Times, dos de los periódicos anglosajones más importantes, además de ser locutor en varias emisoras de radio. Es editor de varias publicaciones académicas y en 2003 fue miembro del jurado del Premio Man Booker, y fue miembro del Foro Económico Mundial, parte del grupo de mediación entre Occidente y el mundo islámico. También es miembro de la Sociedad Real de Literatura y de la Sociedad Real de las Artes, y fue durante diez años el Secretario HonorÃfico de la Sociedad Aristotélica, la asociación filosófica más relevante del Reino Unido. En resumen, si alguien iba a construir una biblia para no creyentes, este autor tiene todos los credenciales necesarios. Es curioso que, tal vez para no distraer al lector en su reflexión, estos versÃculos ateos no incluyan referencia alguna al autor de cada cita, por lo que varios crÃticos han comentado que su lectura es imposible sin tener una pantalla de ordenador al lado, convenientemente aparcada en Google o algún buscador similar.
¿Y usted qué opina?
jueves 5 de mayo del 2011
El Tribunal Oral en lo Penal de Melipilla declaró culpable de cuatro delitos de explotación sexual de adolescentes y almacenamiento de material pornográfico infantil al ex párroco de esa ciudad Ricardo Muñoz Quintero, mientras que su pareja Pamela Ampuero Escobar, fue encontrada culpable de dos delitos de explotación sexual de adolescentes y uno reiterado de abuso sexual a una menor de nueve años.
La decisión de tribunal se tomó tras dos semanas de juicio oral en donde el Ministerio Público logró acreditar alguno de los delitos por los cuales acusó al sacerdote.
Para esto fue fundamental la confesión de la pareja del cura, quien reconoció al tribunal haber conseguido menores de edad para mantener relaciones con Muñoz Quintero en distintos moteles de la zona sur de la capital. Además que en estos lugares las niñas eran fotografiadas y que sus imágenes eran difundidas a través de internet.
Ambos fueron absueltos por los delitos de producción de material pornográfico infantil y del cargo de abuso sexual en contra de su pequeña hija de cuatro años.
El tribunal oral determinó que el próximo 13 de mayo se conocerá la sentencia en contra del clérigo y la mujer, para quienes la fiscalÃa pidió penas de 15 años de cárcel.
Durante el juicio el condenado reconoció haber mantenido relaciones sexuales con mujeres, pero dijo haber desconocido que se trataba de menores de edad, responsabilizando a su mujer de los hechos.
En total el Ministerio Público presentó ocho casos de relaciones sexuales con menores de 16 y 17 años, a quienes pagaba sumas entre $ 30 mil y $ 40 mil pesos. La investigación también determinó que hubo abuso a una niña de 4 años que finalmente resultó ser hija de los condenados, cargo que fue desestimado por el tribunal.
Fuente:
http://noticias.123.cl/noticias/20110505_2bf2038c56c10c5c3964d2c99815d4aa.htm
miércoles 4 de mayo del 2011
Un catolicismo de resistencia. Ese era el proyecto que ofrecÃa el nuevo Papa en un tiempo de incertidumbres. Para su batalla, necesitaba un ejército incondicional. Ya no le valÃan los franciscanos, dominicos o jesuitas. Estaban demasiado comprometidos con los pobres. Fronterizos con el marxismo. Enemistados con los poderosos. Wojtyla encontró sus nuevos reclutas en elOpus, los Kikos, Lumen Dei, los carismáticos, Comunión y Liberación,Schoenstatt, San Egidio y en la Legión de Cristo. Juntos se montaron en la máquina del tiempo y rebobinaron hasta los años cincuenta. Hasta una Iglesia con un poder centralizado, sin lugar para la disidencia. Y decidieron que esa era la Iglesia de fin de siglo; la que tenÃa que reevangelizar el planeta. Maciel serÃa uno de los mariscales de campo.
Fuente:
http://blogs.publico.es/shangaylily/2011/05/01/beatificando-la-pedofilia-la-homofobia-la-misoginia/
TenÃa pendiente leer dos libros de la colección ¡Vaya timo! editado por Laetoli. Uno de ellos, del que ya he dado buena cuenta es “Las brujas ¡vaya timo!“.
El libro sigue el estilo que caracteriza la colección (aunque hay dos excepciones), es decir, libros amenos, cortos y contundentes en su argumentación. En este, caso el autor, Manuel Bear, nos propone un viaje por el mundo de las brujas.
El libro está claramente dividido en dos partes. Vaya por delante que el libro como reconoce el autor no pretende demostrar que las brujas no existen, porque esto es algo obvio(ya verás como viene alguien diciendo que sà que existen). En la primera de ellas, Manuel hace un recorrido por la historia de las brujas y la caza a las que se vieron sometidas. Lo cual nos lleva a los tiempos de la Inquisición y a sus “juiciosâ€, una época oscura, en la que la acusación de alguien era suficiente para aceptar la culpabilidad de esa persona. Evidentemente los testimonios de los acusados difÃcilmente pueden probar nada sobre la realidad de las brujas puesto que todos fueron obtenidos bajo tortura. Se condenó a gente por las creencias retorcidas de la mayorÃa.
En la segunda parte del libro, lo que se nos ofrece es un recorrido para entender de donde sale la actual visión de las brujas que poco tienen que ver con la verdadera historia que se nos ha contado en la primera parte. Aquà los errores de bulto, la credulidad y la imaginación desbocada han sido los que han ido configurando este mito.
Resumiendo, un buen libro, ameno e interesante. Para los interesados en estos temas puede ser un primer punto para iniciarse en el mismo, si luego se quiere más se puede indagar a través de la bibliografÃa que propone el autor.
Ismael Pérez Fernández.
Ismael Pérez Fernández
Estamos ante un libro tremendamente especulativo y a la par interesante. “Un silencio inquietante†trata sobre el proyecto SETI, que son las siglas en ingles de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre.
El autor, Paul Davies, nos brinda en los primeros compases del libro un resumen del proyecto SETI, asà como algunas crÃticas, para a continuación lanzarse al campo de la especulación. Davies propone que la búsqueda debe ampliarse y no quedarse sólo en el intento de encontrar señales de radio provenientes de otras civilizaciones. El primer dilema al que se enfrenta es a si el surgimiento de la vida es algo altamente improbable como pensaba Monod o un imperativo cósmico como afirma Christian de Duve. Normalmente se afirma que con lo grande que es el universo habrá innumerables planetas y por lo tanto la vida habrá surgido en otros mundos. En alguna ocasión ya he señalado que eso dependerá de lo probable que sea que surja la vida, o lo que es lo mismo, ese argumento confunde una causa necesaria con una causa suficiente. Davies propone buscar en la propia Tierra organismo que hubieran surgido en un proceso de biogénesis distinto al de resto de organismos que pueblan el planeta. Aunque el tema es muy especulativo, esta ha sido la parte que más me ha gustado del libro. Después de centrarse en la biologÃa, Davies da el salto hacia la probabilidad de que surja la inteligencia en el cosmos, algo para lo que hay argumentos tanto en contra como a favor. Lo cierto es que si los temas son especulativos es porque precisamente no sabemos mucho al respecto.
Una vez que ha reflexionando sobre si la inteligencia es también un imperativo cósmico o no, Davies se dedica a proponer otras formas de buscar civilizaciones avanzadas, bueno, más bien superavanzadas, aquà todo se vuelve mucho más especulativo, y con las ideas y propuestas de Davies a veces se puede estar de acuerdo y a veces no, pero hay que reconocer que ayudan a plantear cuestiones que a lo mejor difÃcilmente nos plantearÃamos.
Un libro especulativo, interesante y donde el autor escribe con honradez, es él mismo quien reconoce lo poco que se sabe del tema y que está dentro del campo de la especulación, aunque hace un esfuerzo por utilizar la información cientÃfica que se tiene hasta el momento ya que es la única manera de que la especulación pueda tener alguna, aunque sea mÃnima, validez.
Ismael Pérez Fernández.

En momentos donde se habla de la beatificación de Juan Pablo II muchos recuerdan que este papa, contrariando a muchos anteriores afirmó que el infierno no existe.
Afrima el columnista colombiano Julio César Londono en El Espectador:
“En lo referente al dogma, introdujo una novedad más trascendente que la aceptación de la fabilidad papal, debida al innovador Juan XXXIII, al declarar urbi et orbi que el cielo y el infierno eran estados de conciencia, no lugares fÃsicos.
La pregunta que nos hemos hecho todos estos años los teólogos y los columnistas es: ¿qué fue, entonces, del alma de Juan Pablo II después de su muerte? Cerrados ya el cielo y el infierno, es lÃcito suponer que su alma vagó como un barco en un mar sin orillas, como la pobre Marie Simon en los difusos laberintos del parkinson, hasta que SS Benedicto volvió a abrirlos en un súbito rapto de lucidez. Una grey sin infierno, debió pensar, es tan peligrosa como un paÃs sin cárceles.
¿Dónde estará Juan Pablo II ahora? Quizá purga sus herejÃas en un limbo de escarnio. O se arrellana a la diestra de un Padre que ya perdonó sus errores. O gira per secula seculorum en la rueda del eterno retorno. O canta, reencarnado en almuecÃn, la magnificencia de Alá. O acata, humildÃsimo y orgánico, las leyes de la materia corruptible.”
Pero sin duda el aspecto más oscuro de Juan Pablo II fue el encubrimiento del sacerdote pederasta Marcial Maciel.
El lado oscuro de Juan Pablo II
Por: Jesús RodrÃguez
‘Y a usted, padre, ¿cuándo le vino la idea de crear la Legión?’, le preguntó Juan Pablo II a Marcial Maciel la primera vez que cenaron juntos en el comedor privado del Santo Padre. La respuesta de Maciel fue inmediata: ‘Santidad, a los 15 años ya tenÃa claro que querÃa crear una congregación de sacerdotes para instaurar el reino de Cristo en la sociedad’. El Papa reflexionó y continuó: ‘Pues sabe usted, padre Maciel, yo a los 15 años aún no habÃa sido ordenado y no se me pasaba por la cabeza llegar a ser Papa’. Según un religioso que presenció la conversación, tras esa frase del Papa los dos rompieron a reÃr. El Papa siempre admiró a Maciel esa seguridad absoluta que tenÃa en su misión. SabÃa que iba ser de una fidelidad absoluta.
Cuando Wojtyla accedió al papado en 1978, Maciel ya era pederasta. Ya habÃa tenido relaciones con mujeres; ya sufrÃa una adicción a los opiáceos y llevaba décadas de manejos económicos. Controlaba con mano férrea a sus chicos presos en su particular voto de silencio; era señor de mentes y haciendas en la Legión de Cristo. Pero todo su poder poco tenÃa que ver con lo que conseguirÃa de la mano del nuevo pontÃfice. En 1978, la Legión de Cristo era apenas una congregación profundamente conservadora creada por un ambicioso sacerdote mexicano, que aún no tenÃa aprobadas sus Constituciones, secretista, poderosa en México y con presencia entre las élites reaccionarias de España, Italia, Irlanda y EE UU. Con Juan Pablo II, Marcial Maciel conseguirÃa una influencia que nunca pudo imaginar.
Y más aún arrastrando su oscuro pasado del que nadie al parecer se percató. Maciel era un genio como recaudador, sus seminarios estaban llenos y presumÃa de no ir ni un paso atrás ni delante del Papa. Y, por si fuera poco, apoyaba económicamente a Solidaridad, el sindicato católico creado en Polonia en 1980 y dirigido por Lech Walesa que estaba minando los cimientos del régimen comunista de parte del nuevo Papa.
Durante el papado de Wojtyla, la Legión serÃa la congregación católica de mayor crecimiento. Cuando Wojtyla llegó al Vaticano, contaba con 100 sacerdotes. A su muerte tenÃa 800 y más de 2.000 seminaristas repartidos en 124 casas por todo el mundo. Universidades en México, Chile, Italia y España; facultades de TeologÃa, FilosofÃa y Bioética. Más de 130.000 alumnos. Y 20.000 empleados en su grupo económico Integer. La cifra que más se ha repetido sobre el valor de los activos de la Legión en los últimos años es de 25.000 millones de euros.
Después de un Papa de dudas como Pablo VI, llegó en 1978 Karol Wojtyla, un Papa de certezas. Procedente de la siempre fiel Polonia. Como México. Un catolicismo de resistencia. Ese era el proyecto que ofrecÃa el nuevo Papa en un tiempo de incertidumbres. Para su batalla, necesitaba un ejército incondicional. Ya no le valÃan los franciscanos, dominicos o jesuitas. Estaban demasiado comprometidos con los pobres. Fronterizos con el marxismo. Enemistados con los poderosos. Wojtyla encontró sus nuevos reclutas en el Opus, los Kikos, Lumen Dei, los carismáticos, Comunión y Liberación, Schoenstatt, San Egidio y en la Legión de Cristo. Juntos se montaron en la máquina del tiempo y rebobinaron hasta los años cincuenta. Hasta una Iglesia con un poder centralizado, sin lugar para la disidencia. Y decidieron que esa era la Iglesia de fin de siglo; la que tenÃa que reevangelizar el planeta. Maciel serÃa uno de los mariscales de campo.
Sus trayectorias eran casi gemelas. HabÃan nacido en 1920, con dos meses de diferencia, en el seno de familias conservadoras, rurales y de clase media. Criados en un catolicismo piadoso, vigoroso, excluyente, muy de resistencia polÃtica y unido al sentimiento nacional de México y Polonia. VivirÃan momentos de opresión religiosa durante su niñez que les educarÃa en un catolicismo de batalla. Las madres de ambos, Emilia y Maurita, serÃan el amor de su vida; la clave de su adoctrinamiento religioso, su modelo. Las mujeres tenÃan que ser para ellos madres y esposas. Y transmisoras del catecismo. Como sus madres.
Según Maciel en su libro Mi vida es Cristo, Juan Pablo II y él se conocieron en enero de 1979, dos meses después de que Wojtyla fuera elegido sucesor de san Pedro. Al nuevo Papa se le metió en la cabeza que su primer acto de masas fuera de Italia tenÃa que ser en México, un paÃs con más de 80 millones de católicos en las puertas de EE UU y la Centroamérica de la TeologÃa de la Liberación. HabÃa que arrebatar América a las garras del comunismo.
En enero de 1979, Wojtyla estaba decidido a realizar ese viaje. Pero el Gobierno mexicano no lo tenÃa tan claro. México y la Santa Sede no mantenÃan relaciones diplomáticas. México era un Estado profundamente laico con una constitución anticlerical. Pero a la vez contaba con un catolicismo muy emocional, de sangre. Su legislación implicaba que en el caso de que Juan Pablo II visitara México, no lo podrÃa hacer como jefe de Estado, sino como un ‘turista ilustre’; no serÃa invitado oficialmente por el presidente José López Portillo. No podrÃa celebrar la misa en espacios abiertos. Con su apuesta de visitar México, Wojtyla se la jugaba. Justo al comienzo de su pontificado.
En esto apareció Maciel. Dentro de la red de amistades que el fundador de los legionarios habÃa tejido en México estaban Rosario Pacheco y Margarita y Alicia López Portillo. Católicas, ricas y madre y hermanas del presidente mexicano, José López Portillo. Maciel era el confesor de doña Rosario. Habló con ellas. Y ellas con el presidente. Se obró el milagro. López Portillo invitarÃa al Papa y le recibirÃa en el aeropuerto. Juan Pablo estarÃa autorizado a decir misa al aire libre ante cientos de miles de fieles. Y la visita serÃa transmitida por televisión.
Wojtyla nunca olvidarÃa aquel fino trabajo. A nadie en Roma le importó que corrieran los rumores contra el superior de los legionarios; que en algún rincón de la curia se escondiera un grueso dossier sobre sus andanzas. Juan Pablo II las ignoró. Y durante casi tres décadas no dejó de recompensar la lealtad de Maciel.
En los años siguientes, Wojtyla aprobarÃa las Constituciones de la Legión sin cambiar una coma, ordenarÃa en el Vaticano a 59 legionarios e invitarÃa a Maciel a fiscalizar varios sÃnodos de obispos en Europa y Latinoamérica. Favoreció la creación de la universidad pontificia de los legionarios en Roma y la implantación de la congregación en Chile. Y llegó a definir a Maciel como ‘guÃa eficaz para la juventud’.
Y cuando las cosas se comenzaron a poner mal para Maciel tras la publicación en The Hartford Courant de las primeras denuncias por abusos sexuales, en febrero de 1997, el Papa hizo oÃdos sordos. En uno de los últimos actos de la Legión que presidió al final de su vida, Wojtyla aún homenajearÃa a los miembros de la Legión de Cristo elevando la voz y sobreponiéndose a su enorme debilidad: ‘Se nota, se siente, los legionarios están presentes’.
Cuando el obispo mexicano Carlos Talavera entregó en 1999 una carta al cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y hoy Papa, que detallaba los abusos de Maciel sobre el exsacerdote legionario Juan Manuel Fernández Amenábar, la respuesta de Ratzinger fue concluyente, según declaró después ese mismo obispo: ‘Lamentablemente, no podemos abrir el caso del padre Maciel porque es una persona muy querida del santo padre, ha ayudado mucho a la Iglesia y lo considero un asunto muy delicado’.
TendrÃa que morir Juan Pablo II en abril de 2005 para que el affaire Maciel se reactivase. Y ya nada podrÃa salvarle de la condena. El fuego eterno lo tenÃa asegurado.
Después de la improbable resurrección vino la muy improbabale ascención (hagan los cálculos de las probabilidades de ambos eventos y multipliquénlos).
Esta viñeta aparecida en el blog Tierra Sucia nos pregunta a dónde ascendió Jesús.
© Alfonso Fernández Tresguerres
Publicado en El Catoblepas
DecÃa Tierno Galván que la diferencia entre el ateo y el agnóstico estriba en que el primero no quiere, en realidad, que Dios exista, en tanto que el segundo se limita a «no echar de menos a Dios», conformándose con «vivir en la finitud» y con la vida que le ha sido dada en este mundo. Y yo, que no me considero autorizado a ser portavoz de nadie, y tampoco del ateo, no dudo en sostener que tal afirmación es una solemne majaderÃa. Al menos, en lo que a mà respecta, estarÃa encantado de que Dios existiera y no vivir en la finitud, porque a mÃ, como a Unamuno, no me da la gana morirme. El problema es que Dios no existe, y que lo que yo quiera o deje de querer en lo más mÃnimo le importa a este Universo que continuará su expansión hasta muchÃsimo tiempo después de yo me haya ido. Y añadiré, además, que no echo de menos a Dios, mas no por ser buen agnóstico, sino porque ¿cómo añorar a quien jamás se ha conocido? Y naturalmente que me conformo con la vida que tengo, inmersa en la finitud, pero, una vez más, no por agnóstico, sino porque no me queda otro remedio: de no conformarme, el resultado serÃa el mismo. Asà que, mira por dónde, siendo ateo, poseo las caracterÃsticas que Tierno demanda a un sano y sensato agnosticismo, e incumplo la que, según él, resulta esencial al ateo.
No. Las diferencias entre el ateo y el agnóstico estriban en que el segundo es escéptico en este asunto, y el primero, no. Si el agnóstico se mantiene en un estado de duda teórica (lo que es una redundancia, porque nunca la duda puede ser práctica: en último término, uno está obligado a decantarse por una cosa u otra; y en el caso que nos ocupa, el agnóstico, si en verdad lo es, no es posible que actúe en su diario acontecer más que como ateo, quiero decir que es de imaginar que vivirá como si Dios no existiera); y se mantiene en ese estado de duda a costa, seguramente, como sospecha Hanson, de infringir las normas del razonamiento lógico más elemental, el ateo sostiene, en cambio, que Dios no existe. Asà de simple.
El diagnóstico que hace Tierno acerca de la diferencia entre el agnóstico y el ateo parece apoyarse, entre otras cosas, en Sartre, quien habrÃa dicho que aunque Dios existiera, habrÃa que ser ateo. Mas yo creo que el uso que hace de las palabras del filósofo francés es debido o a una mala interpretación o a una auténtica mala fe. Al menos, yo siempre he entendido que lo que en verdad Sartre quiere decir es que aunque Dios existiera, habrÃa que renegar de Él, es decir, habrÃa que ser antidios, oponerse a Él, del mismo modo que se puede ser anti muchas otras cosas y oponerse a ellas. Y el motivo, no es otro, seguramente que el problema del mal, incompatible, sin duda, con un Dios Omnipotente y Bueno que habiendo podido evitarlo, no lo ha hecho. Y de nada sirven los intentos agustinianos al respecto, argumentando, por ejemplo, que del mal obtiene Dios beneficios mayores («Dios escribe recto en renglones torcidos»), o que el mal es, en verdad, nada, no es una entidad o una sustancia, y, por tanto, algo que en modo alguno Dios haya podido crear, puesto que no es nada, sino mera apariencia, vacÃo, ausencia de bien (argumentos de defendidos antes por los estoicos; el segundo de ellos con un más que evidente anclaje en la participación platónica), o, por último, que el mal depende de la libertad humana; ninguno de tales intentos, repito, resuelven de forma convincente tal problema. Pero, a fin de cuentas, cuando nos metemos en esos vericuetos, tales como que si Dios ha podido evitar el mal y no ha querido hacerlo, entonces no es Bueno, y si ha querido y no ha podido, no es Omnipotente, y, finalmente, que si no ha querido ni ha podido, entonces ni en Bueno ni Omnipotente, no hay más que una solución lógica: sencillamente, Dios no existe.
Por supuesto, no hay experiencia alguna ni evidencia de ningún tipo que demuestre la existencia de Dios, ni tampoco argumento alguno capaz de hacerlo. Ni el de san Anselmo, quien, partiendo de la Idea de Dios como la del ser que reúne todas las perfecciones y dando por supuesto que la existencia en la realidad es una perfección, concluirá afirmando que negar a Dios tal perfección supone incurrir en una contradicción. Argumento que, en efecto, nada prueba, porque es lo cierto que ni la existencia es una perfección (algo que perfeccione una esencia) ni aun admitiendo que lo fuese, existe contradicción alguna en afirmar que el Ser PerfectÃsimo únicamente existe como Idea, puesto que si se le niega la existencia no se está negando un solo atributo, sino todos, es decir, se está afirmando, sencillamente, que no existe un ser que posea las perfecciones que se atribuyen a Dios, o lo que es lo mismo, que Dios sólo existe como Idea. Ni tampoco las conocidas vÃas tomistas, en las que, establecido que el Universo en su conjunto es contingente, se sostiene que su existencia únicamente puede explicarse mediante la de un Ser Necesario, que, gratuitamente, se identifica con Dios (mas no un Dios cualquiera, claro, sino, justamente, el Dios del cristianismo), como si repugnara más a la razón la existencia de una materia eterna que la de un Ser personal igualmente eterno, siendo asà que más bien sucede al contrario, no pudiendo hacerse la identificación que el Doctor Angélico sugiere más que apelando a la fe (Más aún: recientemente, Stephen Hawking ha argumentado que el Universo ha podido muy bien generarse a partir de la nada). O estableciendo, igualmente (siguiendo la causa eficiente de Aristóteles), que todas las cosas de este mundo, y el mundo en su conjunto, forzosamente han de tener una causa, hasta llegar a defender una excepción: la existencia de una Causa Incausada, que de nuevo, sin razón alguna, se identifica con Dios, que se convierte asà en causa sui, lo que Santo Tomás considera absurdo referido a cualquier otra cosa, ya que por fuerza, si es causa sui, necesariamente ha de ser anterior a sà misma, mas no en el caso de Dios.
Lo cierto es que derruidas por Kant las pretensiones de la OntoteologÃa, muy pocos son los que han vuelto a defender argumentos, supuestamente demostrativos, de este tipo, y los que desde entonces maneja el teÃsmo discurren por otros cauces; alguno de los cuales es abierto, precisamente, por el propio Kant. Me refiero a aquello de que es necesario postular la existencia de Dios como una exigencia del mundo moral (lo que, dicho sea entre paréntesis, resulta incongruente, me parece a mÃ, con su propia doctrina de la moralidad), o afirmando, como harán otros, que si Dios no existe, la vida no tiene el menor sentido, &c. Argumentaciones, a lo que yo entiendo, de una extremada debilidad, puesto que para actuar moralmente me basta y me sobra con el dictado de mi racionalidad, y el que la vida tenga o no tenga sentido es cuestión tan confusa como metafÃsica, porque a saber qué es eso del sentido de la vida, y porque, en cualquier caso, cada cual puede hallarlo en las ocupaciones más variopintas.
De manera que si no existe la menor evidencia de la existencia de Dios, al no existir experiencia alguna que la constate ni argumento de ninguna clase que lo demuestre, lo más lógico es concluir que Dios no existe. Creo que en esto Hanson tiene razón. E incluso puedo estar de acuerdo con él en que el que no existan razones sólidas para pensar que una afirmación es verdadera, es en sà misma una buena razón para pensar que es falsa, y, por tanto, una vez examinadas todas las pruebas que se han propuesto para demostrar la existencia de Dios poniendo de relieve que ninguna de ellas es convincente, eso mismo es prueba suficiente de que Dios no existe. Pero creo que se puede ir algo más allá.
Según Hanson (son sobradamente conocidos sus escritos El dilema del agnóstico y Lo que yo no creo) la proposición «Dios existe» no es analÃtica, sino sintética y de hecho, y, en consecuencia, no puede ser probada por la mera reflexión ni tampoco ser lógicamente demostrada. Pero eso significa que tampoco puede ser demostrado lo contrario, a saber: que Dios no existe. De tal manera, que la no existencia de Dios sólo cabe ser deducida de la imposibilidad del creyente para probar su existencia (tiene que demostrar quien afirma, y del hecho de que no pueda hacerlo se puede concluir que lo que afirma es falso). Tal es, si yo he entendido bien, la esencia de la recusación que hace Hanson del teÃsmo.
Mas, ¿por qué asegura que no se puede demostrar que Dios no existe? Veamos.
Una proposición del tipo Todo A es B puede ser falsada (bastarÃa con encontrar un A que no lo fuese), pero nunca plenamente verificada. En cambio, otra del tipo Algún A es B podrÃa ser verificada (bastarÃa hallar un A que lo fuese), pero no puede ser falsada. Pues bien, la proposición «Existe Dios» posee el formato lógico de Algún A es B. Y es precisamente el hecho de que el creyente no haya logrado probar que es verdadera lo que permite concluir que es falsa. Mas nunca podrá el ateo, por sà mismo, demostrar que lo sea. Por eso resulta falaz, en opinión de Hanson, que tras mostrar el ateo la ausencia de prueba de que Dios exista, se le pida, a su vez, una prueba de que no existe, ya que tal prueba es imposible, como lo es probar que sea falsa la proposición Algún A es B. Y una prueba de ese tipo es, justamente, la que piden al ateo tanto el teÃsta como el agnóstico, sin advertir (y en ocasiones sin advertirlo, para su desconcierto, el ateo mismo) que la prueba de que Dios no existe es que no hay prueba ni evidencia alguna de que exista. Si la evidencia es prueba de que existe, la no evidencia lo es de que no existe.
Y en concreto, el agnóstico es, en opinión de Hanson, absolutamente incongruente. Enfrentado al teÃsta, trata la proposición «Dios existe» como una cuestión de hecho, pero no probada, y por eso rehúsa adherirse a ella. Mas enfrentado al ateo, la aborda como una cuestión lógica del tipo Algún A es B, y, en consecuencia, le pide una prueba lógica de que Dios no existe; prueba que no puede darse, del mismo modo que no puede falsarse la proposición Algún A es B. Ahora bien, en estricta racionalidad habrÃa que exigirle que jugara a lo mismo en los dos casos: si se decide por ser un coleccionista de hechos (como dice Hanson), entonces tiene que admitir que hay razones para negar la existencia de Dios (a saber: que no hay evidencia alguna de que exista); y si opta por actuar como un lógico, deberá admitir que si nunca se podrá establecer definitivamente que Dios no exista, entonces tampoco se podrá establecer definitivamente que exista. En ambos casos, si es coherente y usa su razón, se verá abocado al ateÃsmo, puesto que ni el ámbito de los hechos ni en el de la lógica existen sólidos fundamentos para sostener que Dios existe.
No es mi intención en erigirme aquà en defensor del agnóstico (más bien al contrario), pero me parece que si es incongruente tratando la proposición «Dios existe» de forma distinta, según se enfrente al teÃsta o al ateo, no acabo de entender por qué lo serÃa si decidiendo actuar como lógico en los dos casos concluyera que no se puede demostrar definitivamente ni la existencia ni la no existencia de Dios. Como quiera que sea, a mà me parece que la incongruencia del agnóstico estriba en no pedir a ambos (teÃsta y ateo) pruebas de los dos tipos, es decir, en el ámbito de los hechos y en el de la lógica. Asà las cosas, es obvio que en el primero de ellos el teÃsta no dispone de prueba alguna que confirme la existencia de Dios, mas tampoco el ateo de que no exista. Si estamos tratando con un conjunto finito de elementos es posible falsar la proposición Algún A es B (simplemente mirando: por ejemplo demostrar que es falso que alguno de mis alumnos sea de Aragón), de igual modo que se podrÃa verificar que Todo A es B (que todos mis alumnos tienen dos orejas). Pero es claro que si tratamos con un conjunto potencialmente infinito, ni cabe verificar Todo A es B ni falsar Algún A es B. AsÃ, yo nunca podrÃa falsar la afirmación de que hay un ser que es Dios, de la misma manera que no podrÃa falsar que en mi casa vive una familia de duendes invisibles. La batalla contra el teÃsta no se puede librar en el terreno de los hechos. Ni el primero tiene prueba empÃrica alguna de la existencia de Dios ni el ateo podrÃa probar que no existe un ser que es Dios, máxime cuando se trata de un ente que comienza por ser declarado invisible. Aun asÃ, estoy de acuerdo con Hanson en que la ausencia de prueba empÃrica es prueba suficiente de su no existencia (de igual modo que del hecho de que no haya prueba alguna de que en mi casa habite una familia de duendes es prueba suficiente de que nos hay tales duendes). Pero creo que el ateo puede ir un poco más lejos. Porque pasando el terreno de la lógica (que es donde verdaderamente ha de librarse tal batalla), no es menos evidente que el teÃsta no puede demostrar que Dios exista, pero sostengo, en cambio, que el ateo puede demostrar que no existe. Es decir, sostengo que sà es posible falsar una proposición del tipo Algún A es B; falsarla no en el terreno de los hechos, pero sà en el de la lógica. Tratada como una cuestión que sólo pudiera resultar falsada o verificada en la experiencia, es claro que el ateo nunca podrá demostrar que no existe Dios, del mismo modo que no cabe falsar la proposición Algún A es B, y sólo le queda el recurso de argüir que la no existencia de Dios se deduce de la imposibilidad del teÃsta para confirmarla. Tratada como una cuestión lógica, asà como es obvio que el teÃsta no puede demostrar la existencia de Dios, creo que el ateo sà puede demostrar su no existencia. Es lo que en alguna ocasión he denominado ateÃsmo lógico.
La clave de tal ateÃsmo estriba en mostrar que la Idea de Dios es lógicamente contradictoria y configura la imagen de un ser imposible.
Hablando en términos de Hanson: lo que sostengo (lo señalaba antes) es que sà es posible falsar la proposición Algún A es B (en el caso que nos ocupa: hay un ser que es Dios) siempre que la esencia misma designada por B sea imposible o lógicamente contradictoria. Dicho de otro modo, ahora con Aristóteles, lo que dice Hanson es que una proposición universal afirmativa (A) puede ser falsada, más no definitivamente verificada, en tanto que una proposición particular afirmativa (I) puede ser verificada, pero no falsada. Ahora bien, ¿cómo falsamos una proposición universal afirmativa del tipo Todo A es B? Evidentemente, encontrando un A que no lo sea, es decir, probando la verdad de su contradictoria, esto es, la particular negativa (O): Algún A no es B. Paralelamente, entiendo que podemos falsar una proposición particular afirmativa, Algún A es B, probando la verdad de su contradictoria, es decir, la universal negativa (E), esto es, probando que Ningún A es B. Probando, por tanto, que ningún ser puede existir que posea la esencia denotada por B, o llevado el asunto a la cuestión de la que tratamos, que ningún ser puede existir que posea la esencia designada por la Idea Dios, por ser imposible y lógicamente contradictoria. Demostrado que Ningún A es (ni puede ser) B, queda igualmente probado que es falso que algún A lo sea, esto es, queda probada la falsedad de la proposición «Existe Dios», o lo que es lo mismo, queda probada la proposición «No existe Dios». ¿Y eso es posible? Yo creo que sÃ.
La esencia de la que hablamos, la denotada por la Idea Dios, es la de un ser que reúne todas las perfecciones, la de un Ser PerfectÃsimo. Pero tal Idea es lógicamente contradictoria, y tal contradicción se advierte en el momento en que se comparan los atributos inherentes a tal Idea, es decir, las perfecciones que se le atribuyen, tratando de mantenerlas todas a ellas a un tiempo. Pero si bien la contradicción puede percibirse en la comparación de diversos atributos entre sÃ, resulta, desde luego, clamorosamente evidente (y con sólo este argumento me basta) cuando se compara cada uno de ellos separadamente o en conjunto, es decir, la Idea misma de perfección, con otro de los atributos divinos: la Omnipotencia. Este atributo no sólo se considera, de hecho, parte de la esencia divina, sino que por fuerza ha de ser considerado, si en verdad entendemos la Idea de Dios como la Idea del Ser PerfectÃsimo. Pero ocurre que un Ser PerfectÃsimo no puede ser, a la vez, Omnipotente, y si no lo es, no es PerfectÃsimo.
Sucede que la perfección que entraña cada uno de los atributos individualmente considerados (y la Perfección en conjunto) exige que permanezcan esencialmente invariables, es decir, que ninguno de ellos pueda experimentar aumento ni disminución de aquello a lo que se refiere. Y otro tanto puede decirse si en lugar de considerarlos de manera individual, nos referimos a ellos en conjunto, es decir, a la Perfección misma: es absurdo pensar que tal Perfección pueda crecer o mermar, porque entonces no serÃa Perfección, si es que puede hacerse aún más perfecta, ni lo serÃa tampoco si fuese susceptible de hacerse menos perfecta. Ahora bien, cualquiera de tales alternativas entrarÃa en flagrante contradicción con la Omnipotencia y obligarÃa a negarla. Si Dios no puede ser más ni menos Justo, Omnisciente, Misericordioso… si no puede, en suma, ser más Perfecto ni tampoco menos, entonces no es Omnipotente. Y si puede serlo, entonces no es Perfecto. La contradicción, pues, nace de la Idea misma del Ser PerfectÃsimo, al que necesariamente es preciso atribuirle la Omnipotencia, que acaba por comprometer la Idea misma de Perfección, ya que ésta no puede aumentar ni disminuir en un Ser Perfecto, pero si no puede hacerlo, entonces, también necesariamente, es obligado negar en él la Omnipotencia.. La Perfección exige la plenitud y excluye el cambio, pero tales exigencias niegan la Omnipotencia.
Aun podemos insistir en ello, nuevamente con Aristóteles: un Ser Perfecto ha de ser Acto Puro, sin potencialidad alguna, pero la ausencia de tal potencialidad supone excluir de su esencia la Omnipotencia.
Es más: con que hubiera únicamente algo que Dios se viera incapacitado de hacer, eso serÃa suficiente para negar su Omnipotencia. Asà que aún en el supuesto de que fuera verdad aquello que decÃa Agatón (citado, precisamente, por Aristóteles):
De sólo esto se ve privado hasta Dios:
de poder hacer que no se haya producido lo que ya está hecho,
eso bastarÃa para probar la imposibilidad de la Omnipotencia.
La Idea de Dios es, asÃ, lógicamente contradictoria y denota la Idea de un ser imposible. Es falso, pues, que existe Algún A que es B, un ser que es Dios, puesto que es verdad que Ningún A es B, ningún ser es Dios, dada la imposibilidad de la esencia designada por B, es decir por la Idea de Dios. En consecuencia, la proposición «Dios existe» es falsa y la que sostiene que «Dios no existe» es necesariamente verdadera.
DecÃa Leibniz [MonadologÃa, § 45] que si Dios es posible, existe. Pues bien, si Dios no es posible, no existe. Y no es posible. Luego no existe. Tal es, en esencia, lo que sostiene el ateÃsmo lógico.
Sin duda, el ateo dispone de otros importantes argumentos, además de éste. Yo no reniego de modo pleno (lo repetiré una vez más) del argumento de abogado de Hanson, a saber: que, en último término, tiene que demostrar quien afirma, y de la imposibilidad de hacerlo, cabe concluir que lo que sostiene es falso, máxime después de que el ateo haya puesto de relieve lo no concluyente de los argumentos o pruebas esgrimidos por el teÃsta. Ni, por supuesto, del que sostiene la incompatibilidad del mal con la existencia de un ser Bueno y Todopoderoso; problema al que hacÃamos alusión al comienzo de estas notas, y del que decÃamos que ninguno de los ensayos que se han hecho para hacer compatible la Bondad y el Poder de Dios con la existencia del mal convencen en modo alguno. Más me inclino yo a estar de acuerdo con Mark Twain, cuando afirma que
«El nuestro es con mucho el peor Dios que la genialidad del hombre ha hecho brotar de su imaginación demente» [Reflexiones sobre la religión, Tercero].
No es posible una justificación de Dios, esto es, una teodicea, al menos de carácter racional, por mucho que Leibniz, que es quien acuña el término, se haya empeñado en probar lo contrario. Al igual que en el caso de la OntoteologÃa, es Kant quien ha mostrado el fracaso inevitable de tal empresa: no es posible, sostiene, una teodicea doctrinal o especulativa, sino, a lo sumo, una auténtica o práctica, que, renunciando a las pretensiones de alzarse como conocimiento, se base exclusivamente en la fe. Asà lo afirma expresamente:
«la teodicea no es tanto un asunto de ciencia, cuanto, mucho más, de fe» [Sobre el fracaso de todo ensayo filosófico en la teodicea. Observación final].
Ni renuncio tampoco de la fuerza que para la posición del ateo supone el propio relato bÃblico: Dios nos crea débiles, sabedor de que vamos a pecar, y para ayudarnos a ello, nos coloca delante tentaciones a cada paso (por ejemplo, nos hace sexualmente activos todo el año, y, al mismo tiempo, el hacer uso de tal capacidad se convierte en uno de los pecados más horrendos, o eso dicen sus intérpretes y vicarios en la Tierra), y luego nos castiga, incluso por toda la eternidad, con un Infierno que dicen ser algo espantoso. Y esto un ser de Bondad y Misericordia infinitas Como de nuevo señala Mark Twain en la obra mencionada (cuya publicación no quiso él hacer en vida y que únicamente 54 años después de su redacción fue autorizada por su hija, en 1960):
«Dios, hábilmente, formó al hombre de tal manera que no pudiese evitar obedecer las leyes de sus impulsos, sus apetitos y sus diversas cualidades desagradables e indeseables. Dios lo ha hecho asà a fin de que todas sus salidas y entradas estén obstruidas por trampas que posiblemente no pueda eludir y que le obliguen a cometer lo que se llama pecados –y entonces Dios lo castiga por hacer estas mismas cosas que desde el comienzo de los tiempos Él siempre se habÃa propuesto que hiciera» [Reflexiones, QUINTO].
Absurdo, sin duda. Pero luego resulta que luego se hace hombre, ya que envÃa a su hijo Jesús, que no es otro que Él mismo, para que nos redima del pecado y del mal. Pero resulta que Cristo muere en la cruz sin que nadie, ni siquiera sus más allegados discÃpulos, sepan muy bien quién era ni a qué vino, hasta que san Pablo ve la luz y hace, al parecer, la interpretación correcta de la figura de Cristo y su misión… Y entretanto, el Diablo, que también fue credo por Dios, sabedor perfectamente de lo que iba a hacer, continúa haciendo de las suyas, sin que el Señor Todopoderoso se decida a pararle los pies de una vez por todas… En fin, absurdos todos ellos de los que en algunas otras ocasiones ya me he ocupado.
Digamos, finalmente, que el hecho de que a duras penas se hallará cultura alguna en la que no se dé algún tipo de creencia religiosa, es argumento que, en ocasiones, el creyente utiliza para probar que «algo habrá», cuando es lo cierto que la posición que verdaderamente tales circunstancias viene a reforzar es, precisamente, la del ateo: el Dios del monoteÃsmo es una creación tan humana (nacida, seguramente, de la propia filosofÃa) como puedan serlo los dioses egipcios o los aztecas.
Aun asÃ, el creyente es muy libre de creer lo que estime oportuno. Yo ya lo sabÃa sin que hiciera falta que me lo dijera Mark Twain:
«No hay algo tan grotesco y tan increÃble que el hombre corriente no pueda creer» [Reflexiones, Tercero].
Y de creerlo, justamente, porque, acaso de tan absurdo como resulta, quizá sea verdad. O de apelar a la autoridad de Tomás de Aquino y argumentar que no existen tales absurdos ni contradicciones, sino únicamente un entendimiento limitado como el nuestro que no es capaz de entender. Y a mÃ, particularmente, su creencia me trae enteramente sin cuidado y me resulta del todo respetable, siempre que, a mà vez, pueda esperar de él un respeto similar. Pero, en lo que a mà respecta, incluso dejando otros argumentos a un lado, el ateÃsmo lógico que he tratado de exponer, me sobra y me basta para convencerme de la falsedad de aquello en lo que yo tampoco creo.
«El nuestro es con mucho el peor Dios que la genialidad del hombre ha hecho brotar de su imaginación demente» [Reflexiones sobre la religión, Tercero].
«la teodicea no es tanto un asunto de ciencia, cuanto, mucho más, de fe» [Sobre el fracaso de todo ensayo filosófico en la teodicea. Observación final].
«Dios, hábilmente, formó al hombre de tal manera que no pudiese evitar obedecer las leyes de sus impulsos, sus apetitos y sus diversas cualidades desagradables e indeseables. Dios lo ha hecho asà a fin de que todas sus salidas y entradas estén obstruidas por trampas que posiblemente no pueda eludir y que le obliguen a cometer lo que se llama pecados –y entonces Dios lo castiga por hacer estas mismas cosas que desde el comienzo de los tiempos Él siempre se habÃa propuesto que hiciera» [Reflexiones, QUINTO].
«No hay algo tan grotesco y tan increÃble que el hombre corriente no pueda creer» [Reflexiones, Tercero].