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Martes, 28 de Abril de 2009

El punto pálido azul

pale blue dot

Pale Blue Dot, o «púnto pálido azul», es el título que recibió una fotografía de La Tierra tomada en 1990 por la nave Voyager 1 desde una distancia sin precedentes, mostrándola contra el vasto vacío del espacio. Tanto la idea de tomar la fotografía como su título fueron del científico, astrónomo y referencia humanista por excelencia del siglo pasado Carl Sagan. Sagan escribió en 1994 un libro con el mismo nombre. La fotografía fue seleccionada en 2001 por Space.com como una de las diez mejores instantáneas científicas de la historia.

Andrés Santos Kunze, editor de Hombre Ateo nos narra en español un extracto del libro, sobre una colección de fotografías, digamos, provocativa. Muchas gracias, Andrés.

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humanismo ciencia astronomia carlsagan

LOS ANTIABORTISTAS NO CREEN EN REALIDAD QUE EL ABORTO SEA UN ASESINATO


Imaginemos que el Sr. Zapatero, esa bestia sedienta de sangre, se reúne con sus ministras de economía, sanidad y defensa, y los ministros de trabajo, interior y defensa, para proponer, a partir de mañana, una ley por la que las oficinas del paro incluirán unas bonitas cámaras de gas, en las que se dará una ducha de esas que les gustaban a los nazis (para los judíos, se entiende, no para ellos mismos) a medio millón de parados al año.

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Cámbiese el ejemplo, si se quiere, pensando en una reivindicación herodiana en la que el gobierno decide matar cada año a medio millón de niños de tres años.

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Es de imaginar que la reacción social ante esta medida no sería la de sacar lacitos color de moco en las procesiones de semana santa, ni la de unos cuantos mensajes publicitarios tipo “¿a mí quién me protege?”, ni otras mariconadas por el estilo. No, la reacción de la inmensa mayoría de la gente (supongo que los de la CEP los primeros… bueno, no sé, ellos van los primeros a pocos sitios; en general mandan a alguien) sería la de levantarse en armas contra esa medida. ¡Santo Dios!, ¡estamos hablando de MEDIO MILLÓN de personas asesinadas al año mediante una acción orquestada desde el gobierno, y con los medios que las administraciones ponen a su disposición! Y el que no se levantara en armas, seguramente se refugiaría en algún país más civilizado.
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Pues bien, el hecho de que a la inmensa mayoría de los antiabortistas (es decir, a casi todos los antiabortistas que, además de serlo, son personas razonables e inteligentes) no se les pase por la cabeza reaccionar así ante el supuesto ‘asesinato masivo de niños’ que se comete en España cada año por culpa del aborto, el hecho de que no reaccionen igual es prueba más que suficiente de que no les parece igual.
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Esto no prueba, por supuesto, que el aborto les parezca “bien”, ni mucho menos. Sólo prueba que les parece tan malo (o sea, tan poco malo) como las otras cosas para las que reaccionan de una forma igual de tibia.
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Ahora bien, si para los antiabortistas el aborto masivo es un problema mucho menor que un auténtico asesinato masivo orquestado desde el gobierno, tiene que ser por alguna razón. La razón, sospecho, es que, en el fondo de su corazoncito, están convencidos de que, aunque el embrión y el feto pueden tener cierta ‘dignidad’, NO TIENEN REALMENTE tanta dignidad como una persona ya nacida.
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Ellos sabrán por qué.
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[Eso sí, no me empecéis a decir lo de “no des idea”… las malas ideas no hace falta que nadie las dé].
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Otras entradas:
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Lecciones de estadística para antiabortistas.
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Enrólate en el Otto Neurath
Domingo, 26 de Abril de 2009

¡Para! ¡Usa el taladro!


Dosis Diarias de Alberto Montt, simplemente geniales.

TEMOR POR EPIDEMIA DE INFLUENZA EN MEXICO

sábado 25 abril 2009

Morando bajo la sombra del Omnipotente

1 El que habita al abrigo del Altísimo
Morará bajo la sombra del Omnipotente.

2 Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío;
Mi Dios, en quien confiaré.

3 El te librará del lazo del cazador,
De la peste destructora.

http://redatea.net/wp-content/plugins/wp-o-matic/cache/95860_tocando-el-cielo.jpg

4 Con sus plumas te cubrirá,
Y debajo de sus alas estarás seguro;
Escudo y adarga es su verdad.

5 No temerás el terror nocturno,
Ni saeta que vuele de día,

6 Ni pestilencia que ande en oscuridad,
Ni mortandad que en medio del día destruya.

7 Caerán a tu lado mil,
Y diez mil a tu diestra;
Mas a ti no llegará.

8 Ciertamente con tus ojos mirarás
Y verás la recompensa de los impíos.

9 Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza,
Al Altísimo por tu habitación,

10 No te sobrevendrá mal,
Ni plaga tocará tu morada.

11 Pues a sus ángeles mandará acerca de ti,A)”>(A)
Que te guarden en todos tus caminos.

12 En las manos te llevarán,
Para que tu pie no tropiece en piedra.B)”>(B)

13 Sobre el león y el áspid pisarás;
Hollarás al cachorro del león y al dragón.C)”>(C)

14 Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré;
Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.

15 Me invocará, y yo le responderé;
Con él estaré yo en la angustia;
Lo libraré y le glorificaré.

16 Lo saciaré de larga vida,
Y le mostraré mi salvación.

Salmos 91. Santa Biblia

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ESTO QUE HAS VISTO, DIFÚNDELO…


EU advierte que no podrá contener virus

sabado 25 abril 2009

Los responsables del Centro de Control y Prevención de Enfermedades estadounidense reconocieron que pese a que sólo se han detectado ocho casos la situación es muy compleja

Los responsables del Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de EU alertaron hoy que, pese a que solo se han detectado ocho casos de gripe porcina en el país, el virus se propaga fácilmente y no se podrá contener.

“Hay que estar preparado para lo peor. La situación es muy seria y estamos muy preocupados”, dijo hoy en una conferencia telefónica, la directora en funciones de salud pública del CDC, Anne Schuchat.

La doctora advirtió que la grave situación que vive hoy en día México se podría trasladar rápidamente a Estados Unidos, dado que este nuevo virus de la gripe porcina se contagia con mucha facilidad, como otras cepas de gripe, y es imposible contenerlo.

“Seria fantástico poderlo contener, pero no creo que podamos”, dijo y reconoció que está ya extendido en varias comunidades.

Por el momento, afirmó que hay constancia de ocho casos en EU, de los que sólo uno está hospitalizado.

Seis de los casos se han detectado en California y dos en Texas, si bien hay un número indeterminado de investigaciones en marcha a lo largo de todo el país.

Una de ellas es la de 75 escolares de un centro de secundaria en el condado de Queens, en Nueva York, algunos de los cuales viajaron recientemente a México, y que sufren los mismos síntomas que la gripe porcina, con náuseas, fiebre, mareos y dolores.

Aclaró, a preguntas de la prensa, que el desarrollo de una vacuna con un nuevo virus, como el actual, es un proceso que tarda meses, aunque explicó que ya se han tomado los primeros pasos para llevarlo a cabo.

Por el momento, el CDC y los Departamentos de Salud de todos los estados del país están actuando de manera coordinada y “agresiva” para hacer frente al nuevo virus, y poder detectar a tiempo los casos que se produzcan.

Esto último tiene un cierto grado de dificultad, dijo la doctora, ya que hay multitud de virus y bacterias que causan enfermedades respiratorias que son similares en su sintomatología a la gripe porcina.

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ESTO QUE HAS VISTO, DIFÚNDELO…

Un ateo conoce a dios

Una advertencia para todos los tontos que no creen en dios ¡arrepiéntanse y comiencen a adorarlo ahora o si no …!

Mi nuevo logo

La media hostia estrena logo en la cabecera. Es obra de Lucía Val, la pequeña hija de Roberto Val, de mis más apreciados colisteros en skepticos. Costaría mucho dinero conseguir que un diseñador te entregase un arte gráfico a esta altura, y el resultado desde luego no tendría la misma frescura. Y, qué demonios, este blog no merece menos que un logo creado por un niño. Desde aquí muchísimas gracias a todos, a Roberto por poner el talento gráfico de su hija a mi disposición y no inmiscuirse en el proceso creativo. A su mujer por permitir a la niña redactar un texto tan agresivo como el propuesto —con lo respetuoso que habría quedado el título de mi blog de haber sido, por ejemplo, La media Fontaneda Digestive, sin dejar de lado la temática galleta—. A Lucía por un resultado final tan delicioso. Y a su hermano Stich Xavier por destruir el original después de ser escaneado, impidiendo que caiga en malas manos.

personal

Carl Sagan – actualización

Os dejo este vídeo que me ha llegado del amigo Andrés Santos Kunze:

http://www.youtube.com/watch?v=sXpFFncOmE0

La Laicidad según sus actuales protagonistas: elementos comunes y pluralidad

Ateos, agnósticos, creyentes… Coincidiendo en un movimiento común, el movimiento laicista.
El jueves 7 de mayo de 2009, se celebrará una mesa redonda bajo el título “La Laicidad según sus actuales protagonistas: elementos comunes y pluralidad”. A dicha mesa han sido invitadas las entidades más representativas del movimiento laicista en la actualidad.
Es un evento de especial interés pues en él coincidirán gran variedad de personas, que debatirán sobre lo que los une: la laicidad.
La laicidad, el Estado Laico, la única forma de poder convivir toda la pluralidad de pensamiento que existe en España.
Estaré atento a los resultados de este encuentro.
Todos los detalles en laicismo.org

Granada Laica sale a la calle

Un año más, Granada Laica sale a la calle.

Este año hemos salido con motivo de la campaña del IRPF. También aprovechamos para seguir recogiendo firmas por la separación Iglesias-Estado, de las que ya se ha hecho una primera entrega de más de 25.000 firmas.
Aquí os dejo unas fotos de ayer (yo soy el de la camiseta blanca, por si a alguien le interesa).

Sábado, 25 de Abril de 2009

Reconocerán a Ebrard en EU por ley proaborto

Viernes 24 de abril, 2009

La próxima semana Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno capitalino, viajará a la ciudad de Nueva York para recibir un reconocimiento por la aprobación y aplicación de la ley local que permite la interrupción legal del embarazo durante las primeras 12 semanas de gestación, la cual cumple ya dos años en vigor.

http://redatea.net/wp-content/plugins/wp-o-matic/cache/21b3b_turismo-new-york.jpg

Será la fundación del alcalde neoyorkino, Michael Bloomberg, la que otorgará este reconocimiento a Ebrard por esta legislación que es parte ya de la política de salud pública de la administración local.

“Somos la ciudad más grande en América Latina que tiene esta disposición y por eso hay mucho interés en Nueva York, (porque) hoy por hoy y desde el punto de vista de ellos la ciudad de México es la más avanzada de Latinoamérica y una de las más avanzadas del mundo en este aspecto”, destacó.

En una entrevista se le preguntó su opinión sobre un joven que ayer irrumpió en el acto oficial donde se celebraban los dos años por la interrupción legal del embarazo.

“Seguramente lo mandaron por ahí sus amigos (a ese joven), pero más bien hay que argumentar y lo que vemos es que todo lo que dijo la derecha mexicana que iba a pasar no sucedió”.

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ESTO QUE HAS VISTO, DIFÚNDELO

Alertan, circula virus de influenza jamás visto

Desconocen cómo se transmite e investigan si es el mismo virus que desató epidemia en México; aseguran expertos en EU que es una mezcla de influenza aviar, porcina y humana; desde el martes detecta…

EL SER PEDERASTA TE HACE SER MAS HUMANO: CEM

viernes 24 de abril del 2009

APOCALIPSIS 17:05

Y en su frente un nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA.

Vean este video como la CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO dice que el ser pederasta los hace ser mas humanos.

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ESTO QUE HAS VISTO, DIFÚNDELO…

Video 4: Agora (Alejandro Amenabar)

En el siglo IV, Egipto era una provincia del Imperio Romano. Las pasiones religiosas del cristianismo, recientemente instaurado como religión oficial del imperio, derivan en violencia en las calles, alcanzando a una de las instituciones más legendarias de su tiempo: la biblioteca de Alejandría. Atrapada tras sus muros, la brillante astrónoma y filósofa Hypatia (Rachel Weisz), lucha por salvar la sabiduría del mundo antiguo, sin percibir que su joven esclavo, Davo, se debate entre el amor que le profesa en secreto y la libertad que podría alcanzar uniéndose al imparable ascenso de los cristianos.

Nº 17: Los clásicos griegos

Estos días estoy leyendo las obras del poeta griego Hesíodo. La obra de este autor esta fechada entre 700 y 800 años antes de Cristo, una época similar a la de algunos textos del Antiguo Testamento. A medida que leía me llamaron la atención los paralelismos que se pueden encontrar entre las obras de los clásicos griegos y los textos supuestamente inspirados por Dios.

Tal vez Hesíodo también era profeta y no nos hemos dado cuenta, en cualquier caso sería profeta de Zeus, Apolo, Hera y Poseidón… dudo que tuviese noticias de un tal Yahvé. ¿O tal vez los textos sagrados de judíos, cristianos y musulmanes son simples obras literarias sin inspiración divina? no se, no se… Durante mas de mil años los textos de Homero y otros poetas clásicos fueron considerados como el relato veraz de hechos históricos. Ya nadie cree que Posidón complicó a Ulises su viaje de vuelta a Ítaca o que Apolo ayudo a los troyanos en la guerra contra los griegos, ¿Hasta cuando va a creer la gente en las historias de personajes mitológicos o mitificados como Abraham, Noé, Moisés o Jesús?. Aquí van algunos ejemplos:

Isaias 1:15-20
Cuando ustedes alzan sus manos hacia mí para orar, yo me niego a prestarles atención. Ya no escucharé su gran cantidad de oraciones porque ustedes tienen las manos manchadas de opresión y violencia. Límpiense y purifíquense, quiten sus maldades de mi vista, dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien. Sean honestos con los demás, ayuden al oprimido, hagan valer los derechos de los huérfanos y defiendan a las viudas».

El Señor dice: «Vengan y arreglemos el pleito. Aunque sus pecados sean como el rojo encendido, ustedes quedarán tan blancos como la nieve. Aunque sean rojos como la púrpura, ustedes serán tan blancos como la lana. Si ustedes están dispuestos a obedecerme, entonces disfrutarán las riquezas del país; pero si se resisten y se rebelan contra mí, morirán a manos de sus enemigos». Eso es lo que el Señor ha dicho con su propia boca.

Hesíodo (Trabajos y días, 180-200)

Zeus destruirá igualmente esta estirpe de hombres de voz articulada, cuando al nacer sean de blancas sienes. El padre no se parecerá a los hijos ni los hijos al padre; el anfitrión no apreciará a su huesped ni el amigo a su amigo y no se querrá al hermano como antes. Despreciarán a sus padres apenas se hagan viejos y les insultarán con duras palabras, cruelmente, sin advertir la vigilancia de los dioses – no podrían dar el sustento debido a sus padres ancianos aquellos cuya justicia es la violencia -, y unos saquearán las ciudades de los otros. Ningún reconocimiento habrá para el que cumpla su palabra ni para el justo ni el honrado, sino que tendrán en más consideración al malhechor y al hombre violento. La justicia estará en la fuerza de las manos y no existirá pudor; el malvado tratará de perjudicar al varón más virtuoso con retorcidos discursos y además se valdrá del juramento. La envidia murmuradora, gustosa del mal y repugnante, acompañará a todos los hombres miserables … … a los hombres mortales solo les quedarán amargos sufrimientos y ya no existirá remedio para el mal.

Deuteronomio 22:6-12; Deuteronomio 23:10-13
Si mientras caminas encuentras el nido de un pájaro en algún árbol o en el piso, y la madre está sentada sobre sus pequeños hijos o sobre sus huevos, no tomes a la madre con sus pequeños. Debes dejar ir a la madre y puedes tomar a los pequeños, para que te vaya bien y puedas vivir por mucho tiempo. Cuando construyas una casa nueva, debes hacer un muro de protección alrededor de la azotea para que así no seas culpable de homicidio si alguien se cae de allí. No plantes tu viñedo con semilla de segunda calidad o si no tendrás que entregara todo el grano que plantaste y las uvas del viñedo. No ares con una yunta que tenga juntos un toro y un burro. No uses ropa hecha de combinación de lana y lino. Haz flecos en las cuatro esquinas del manto con que te cubres.

Cuando haya en medio de ti un hombre impuro debido a una polución nocturna, él debe salir del campamento, no podrá entrar a él. Cuando llegue la tarde, debe bañarse, y cuando el sol se ponga, podrá entrar de nuevo. Tendrás también un lugar fuera del campamento al que podrás ir a hacer tus necesidades. En tu equipo tendrás una estaca con la que cavarás un hoyo para que entierres tu excremento cuando hagas tus necesidades.

Hesíodo (Trabajos y días, 728)
No orines de pie vuelto hacia el sol, sino cuando se ponga, recuérdalo, y hacia oriente sin desnudarte; pues las noches son de los Bienaventurados; tampoco en el camino ni fuera del camino te orines sobre la marcha; […] No te dejes ver con los genitales manchados de semen dentro de tu casa junto al hogar, sino evítalo. No engendres tus hijos a la vuelta de un funeral de mal agüero, sino al volver de un banquete de los inmortales. […] Nunca pongas la jarra del vino encima de la crátera mientras se bebe; pues trae mala suerte. No dejes con salientes la casa al construirla, no sea que allí posada grazne la chillona corneja. […] Que no lave su cuerpo en el baño de las mujeres el varón; pues a su tiempo también sobre esto hay un lamentable castigo.

La profunda y extraña fe del Führer

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El idiota útil religioso. Parte III.

3- Reduce todo a una cosa fácil y digerible. No dejes pensar demasiado.Supuestas Cartas a los Hebreos: 11:1 Fe es la expectativa segura de cosas esperadas, la demostración evidente de realidades aunque no se contemplan.En el caso de las religiones la directriz fácil y digerible es sencilla: ten fe.Cree, no importa que sea absurdo y sin base, tú cree y no te preocupes que yo te diré que creer. Así

Un teólogo en la muerte

En la sección «etcétera», última de Historia universal de la infamia (1935), de Jorge Luís Borges, encontramos el siguiente relato:

Los ángeles me comunicaron que cuando falleció Melanchton, le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra. (A casi todos los recién venidos a la eternidad les sucede lo mismo y por eso creen que no han muerto). Los objetos domésticos eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó sus tareas literarias como si no fuera un cadáver y escribió durante unos días sobre la justificación por la fe. Como era su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton les dijo: “He demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar al cielo basta la fe.” Esas cosas les decía con soberbia y no sabía que estaba ya muerto y que su lugar no era el cielo. Cuando los ángeles oyeron ese discurso lo abandonaron.

A las pocas semanas, los muebles empezaron a afantasmarse hasta ser invisibles, salvo el sillón, la mesa, las hojas de papel y el tintero. Además las paredes del aposento se mancharon de cal y el piso de un barniz amarillo. Su misma ropa ya era mucho más ordinaria. Seguía, sin embargo, continuó escribiendo, pero como persistía en la negación de la caridad, lo trasladaron a un taller subterráneo, donde había otros teólogos como él. Ahí estuvo unos días encarcelado y empezó a dudar de su tesis y le permitieron volver. Su ropa era de cuero sin curtir, pero trató de imaginarse que lo anterior había sido una mera alucinación y continuó elevando la fe y denigrando la caridad. Un atardecer sintió frío. Entonces recorrió la casa y comprobó que los demás aposentos ya no correspondían a los de su habitación en la tierra. Alguno estaba repleto de instrumentos desconocidos; otro se había achicado tanto que era imposible entrar; otro no había cambiado, pero sus ventanas y puertas daban a grandes médanos. La pieza del fondo estaba llena de personas que lo adoraban y le repetían que ningún teólogo era tan sapiente como él. Esa adoración le agradó, pero como alguna de esas personas no tenía cara y otros parecían muertos, acabó por aborrecerlos y desconfiar. Entonces determinó escribir un elogio de la caridad, pero las páginas escritas hoy aparecían mañana borradas. Esto le aconteció porque las componía sin convicción.

Emanuel SwedenborgPhilipp Melanchthon
Retrato de Swedenborg, por Per Kraft y de Melanchthon, por Lucas Cranach

Recibía muchas visitas de gente recién muerta, pero sentía vergüenza de mostrarse en un alojamiento tan sórdido. Para hacerles creer que estaba en el cielo, se arregló con un brujo de los de la pieza del fondo, y éste los engañaba con simulacros de esplendor y serenidad. Apenas las visitas se retiraban reaparecían la pobreza y la cal, y a veces un poco antes.

Las últimas noticias de Melanchton dicen que el mago y uno de los hombres sin cara lo llevaron hacia los médanos y que ahora es como un sirviente de los demonios.

(Del libro Arcana Cælestia, de Emanuel Swedenborg)

Aunque este texto está colgado en numerosas páginas a lo largo y ancho de la red he querido reproducirlo aquí, ya que ilustra perfectamente un aspecto del post precedente que era necesario completar. Al final decíamos que la intención y creencias del autor no eran criterios válidos para clasificar un texto como de ficción o no ficción, como teología o ateología o como ensayo o ensayo de ficción; tampoco lo es si el objeto tratado es real o ilusorio. Hay otro criterio que, aunque tampoco lo consideramos definitivo en esta cuestión genérica, resulta muy interesante y es el de la recepción. Umberto Eco lo analiza largo y tendido en Obra abierta y en otras posteriores, como Seis paseos por los bosques narrativos; Borges, no obstante, ya había planteado la cuestión el su ensayo de ficción «Pierre Menard, autor del Quijote» (El jardín de senderos que se bifurcan, 1941) y todavía antes en el texto que nos ocupa. Nos es presentado como un texto fantástico y cumple efectivamente tal función para el lector. Al final de la lectura Borges nos informa de que no es él el autor del relato, sino que se trata simplemente de un fragmento tomado a Swedenborg, quien lo escribió, en su momento, creyendo que se trataba de verdadera teología. Todavía lo creen las iglesias swedenborgianas que perduran.

La capitular está basada sobre una foto de Julia Margaret Cameron.

Bertrand Russell y la Ética de la Guerra

El presente artículo de Bertrand Russell, publicado en 1915 durante la Primera Guerra Mundial, y hoy en el dominio público, no estaba sin embargo traducido a nuestro idioma, al menos disponible en la red. No es necesario señalar la emoción que me supone pensar en ser el primero en traducir uno de sus textos.

Bertrand Russell

La cuestión de si alguna guerra puede estar justificada, y en tal caso bajo qué circunstancias, es una de las que necesariamente se han planteado a la atención de todos los pensadores. Sobre esta cuestión me reconozco en la de alguna forma dolorosa posición de mantener que durante la presente guerra la posición de ninguno de los bandos está justificada, sin llegar al punto de vista Tolstoiano de que cualquier guerra en cualquier circunstancia es siempre un crimen. Las opiniones sobre un tema como la guerra se derivan de los sentimientos antes que del raciocinio. Dado el temperamento emocional de un hombre, sus convicciones sobre tanto la guerra en general, como sobre cualquier conflicto en particular que ocurra durante su vida, pueden ser predichos con una certidumbre razonable. Los argumentos utilizados serán simples refuerzos de unas convicciones que se impondrán en cualquier caso. Los hechos fundamentales en esta y en todas las cuestiones éticas son sentimientos. Todo lo que el pensamiento puede hacer es clarificar y sistematizar la expresión de esos sentimientos, y son esa clarificación y esa sistematización de los míos propios las que pretendo en este artículo.

I.

Quién está en lo cierto y quién equivocado durante una guerra particular es algo que se valora desde un punto de vista jurídico o casi-jurídico. Éste o aquél rompió este o aquel tratado, cruzó esta o aquella frontera, cometió este o aquel acto potencialmente enemigo, y por lo tanto las reglas permiten destruir la otra nación hasta el punto que el moderno armamento lo permita. Se percibe la irrealidad y la falta de alcance imaginativo en esta forma de ver las cosas. Tiene la ventaja, siempre valorada por los hombres vagos, de sustituir una fórmula, en alguna ocasión ambigua y fácil de ser aplicada, por la realización vital de las consecuencias de sus actos. El punto de vista jurídico es de hecho una transferencia ilegítima a las relaciones entre los estados, de principios que sí podrían ser aplicados a la relación entre los individuos dentro de un estado. Dentro de un estado la guerra privada está prohibida, y las disputas entre los privados se resuelven no por sus propias fuerzas, sino por la fuerza de la policía, la cual siendo desmesurada, raramente requiere ser mostrada en toda su magnitud. Es necesario que existan reglas gracias a las cuales la policía pueda decidir quién debe ser considerado el poseedor de la razón en una disputa privada. Estas reglas constituyen la ley. La ganancia asociada a disponer de una ley y una policía es la abolición de las guerras privadas, y esta ganancia es independiente de la cuestión sobre si la ley es la mejor de las posibles. Es entonces de interés público que el hombre que va contra la ley sea considerado equivocado, no por la excelencia de la ley en sí, sino por la importancia otorgada a que las disputas entre individuos en un estado no sean resueltas por la fuerza.

En la interrelación entre los estados no existe nada de esta clase. Hay, por supuesto, un cuerpo de convenciones llamado ley internacional, y hay innumerables tratados entre potencias con la capacidad de firmarlos. Pero las convenciones y los tratados difieren de algo que pueda en propiedad ser llamado ley en ausencia de sanción: No hay una policía capaz ni deseosa de tal observación. Se sigue de esto que cada nación resulta haber firmado multitud de tratados, divergentes e incompatibles y que, a pesar del alto lenguaje que uno a veces escucha, el principal propósito de los tratados es poder permitirse los pretextos que podrían ser considerados respetables a la hora de plantear una guerra con otra potencia. Se considera que una potencia actúa sin escrúpulos cuando va a la guerra sin proporcionarse previamente tales pretextos —a menos que de hecho su oponente sea un país pequeño, en cuyo caso sólo hay culpa si tal país pequeño resulta estar bajo la protección de alguna otra gran potencia—. Inglaterra y Rusia podrían repartirse Persia inmediatamente tras garantizar su integridad e independencia, porque ninguna otra gran potencia ha reconocido interés en Persia, y Persia es uno de esos pequeños estados sobre los cuales ninguna obligación en forma de tratado puede considerarse vinculante. Francia y España, bajo una garantía similar sobre Marruecos, no pueden repartírselo sin compensar primero a Alemania, dado que hay que reconocer que hasta que una compensación sea ofrecida y aceptada, Alemania tiene un interés legítimo en preservar ese país. Habiendo todas las grandes potencias garantizado la neutralidad de Bélgica, Inglaterra tiene sin embargo un interés reconocido en poder sentirse ofendida por su violación —un derecho ejercido cuando se considera de interés para Inglaterra, y que se ignora cuando se considera que el interés de Inglaterra no debe sacudirse—. Un tratado, entonces, no debe ser considerado un contrato vinculante a la manera de cualquier otro contrato privado; es simplemente un medio de informar a las potencias rivales de que ciertos actos podrían, si el interes nacional lo requiere, acabar siendo justo el tipo de motivos para una guerra que podrían ser considerados legítimos. Si una observación fiel de los tratados fuese costumbre, tal y como lo es la observación fiel de los contratos, la ruptura de un tratado sería un motivo real, y no simplemente formal, para una guerra, y esto debilitaría la práctica de decidir sobre los conflictos mediante acuerdos en lugar de mediante una lucha armada. En ausencia de tal práctica, sin embargo, apelar a los tratados debe ser considerado sólo parte de la maquinaria diplomática. Una nación cuya diplomacia haya sido siempre conducida habilmente siempre encontrará algún tipo de acuerdo o tratado cuando su interés lo requiere para que la intervención quede dentro de los límites del juego diplomático. Es obvio, sin embargo, que mientras los tratados sean sólo observados cuando es conveniente hacerlo, las reglas del juego diplomático no tienen nada que ver con la cuestión de si embarcarse o participar en una guerra puede ser o no conveniente para la humanidad. Es esta la cuestión a ser decidida al considerar si una guerra está o no justificada.

II.

Es necesario, al considerar cualquier guerra, considerar, no las justificaciones en el papel de los acuerdos pasados, sino su justificación en el balance de los bienes que va a reportar a la humanidad. Al comienzo de una guerra cada nación, bajo la influencia de lo que se llama patriotismo, cree que su propia victoria es no sólo inminente sino de gran importancia para la humanidad. El beneficio de esta práctica ha llegado a ser una máxima aceptada del sentido común; aún cuando una guerra está aún en progreso se mantiene como natural y correcto que un ciudadano de un país enemigo debe considerar la victoria de su bando como garantizada y altamente deseable. Concentrando la atención en las supuestas ventajas de la victoria de nuestro propio bando, nos volvemos más o menos ciegos a la perversidad inseparable de la guerra y cierta sea cual sea el bando que finalmente se alza con la victoria. Aún sin darnos cuenta por completo, es imposible juzgar si una guerra es o no susceptible de ser beneficiosa para la raza humana. Aún con lo trillado de tema, es necesario recordarnos brevemente qué es en realidad lo que compone esa perversidad de la guerra.

Por comenzar con el mal más obvio; multitud de hombres jóvenes, los más valientes y los mejor preparados físicamente de cada nación, mueren, su familia y amigos, su comunidad, los pierde. Otros hombres jóvenes son los únicos que ganan. Muchos quedan inválidos para toda la vida, algunos enloquecen, otros quedan como manojos de nervios, inútiles, decrépitos. De los que sobreviven muchos quedarán brutalizados, degradados moralmente por el terrible negocio de matar el cual, a pesar de ser el deber del soldado, destrozará por completo sus instintos más humanos. Como cualquier registro de cualquier guerra muestra, el miedo y el odio dejan salir la bestia salvaje dentro de una considerable proporción de combatientes, lo que lleva a extrañas crueldades que deben ser enfrentadas y no ignoradas si deseamos evitar la locura.

De los males de la guerra hacia la población que no combate en las regiones donde sucede la lucha, las recientes desgracias en Bélgica han proporcionado un ejemplo que no es necesario magnificar. Es necesario, sin embargo, apuntar que las desgracias en Bélgica no han demostrado, como se cree comúnmente en Inglaterra, motivo alguno a favor de la guerra. El odio, por un trágico engaño, perpetúa los males de los que nace. Se culpa a los alemanes y no a la guerra del sufrimiento de los belgas, y así los horrores de la guerra se utilizan para estimular el deseo de aumentar su alcance y su intensidad. Aún asumiendo que la humanidad más profunda es compatible con la conducta durante las operaciones militares, no puede dudarse que si las tropas de los aliados penetran en las regiones industriales de Alemania, los alemanes sufrirán una gran parte de las desgracias que Alemania hubo hecho sufrir a Bélgica. A un hombre bajo la influencia del odio este pensamiento le hará regocijarse, pero a cualquiera aún con sentimientos humanos le parecerá que nuestra simpatía hacia Bélgica debe hacernos odiar la guerra y no a Alemania.

Los males que la guerra produce fuera del area de las operaciones militares son quizás incluso más serios, por cuanto que, aunque menos intensos, su influencia es más amplia. Pasando por la ansiedad y el pesar de aquellos cuyos hijos o maridos están en el frente, las consecuencias del daño económico producido por la guerra son mucho más amplios de lo que se supone habitualmente. Es común hablar de los daños económicos como meramente materiales, y del deseo de progreso económico como de algo mezquino y sin inspiración. Este punto de vista es posiblemente natural en la gente de bien, para la que el progreso económico consiste en comprarse un coche nuevo o en pasar las vacaciones en Escocia en lugar de junto al mar. Pero para las clases sociales más pobres, el progreso económico es la primera condición para el bien espiritual e incluso para el modo de vida. Una familia numerosa, viviendo en un zulo en condiciones de pobreza e inmoralidad, donde la mitad de los niños mueren de ignorancia sobre sanidad o higiene, y el resto crecen embrutecidos e ignorantes, es una familia que difícilmente puede progresar mentalmente o espiritualmente, a no ser gracias a una mejora en sus condiciones económicas. Aún sin rebajarnos al fondo de la escala social, el progreso económico es esencial para posibilitar una buena educación, una existencia tolerable de las mujeres, y en general la libertad necesaria para basar cualquier avance de la nación lo suficientemente sólido. No suelen ser los más oprimidos ni los más enfermizos quienes hacen una reclamación más efectiva de justicia social, de una reorganización de la sociedad que le dé menos a los privilegiados y más al hombre común.

Durante las guerras napoleónicas, mientras que los terratenientes ingleses aumentaban sus rentas, la masa de población empobrecida se hundía en una indigencia cada vez más grande. Sólo después, durante la larga paz, una menos injusta distribución empezó a ser posible. No se debe dudar que el deseo por parte de los hombres ricos de distraer las mentes de los hombres de cualquier reclamación de justicia social ha sido uno de los motivos más o menos inconscientes que han llevado a la guerra en la Europa moderna. En todas partes los partidos políticos que han representado a los privilegiados han sido los principales instigadores del odio internacional, y de persuadir al trabajador de que su principal enemigo en realidad es extranjero. Así la guerra, y el miedo a la guerra, tiene un doble efecto retardante del progreso social; disminuye los recursos disponibles para mejorar las condiciones de las clases modestas, y distrae las mentes de los hombres de la necesidad y de la posibilidad de una mejora general de sus condiciones persuadiéndolos de que la única ganancia posible está en asesinar a sus camaradas de otro país. El nacimiento del socialismo internacional es en gran parte una protesta contra este engaño y, a pesar de que hay quien considera al socialismo como simplemente una doctrina económica, su internacionalismo lo convierte en la fuerza más sana de la política moderna, y el único movimiento que ha conservado algún grado de juicio y humanidad en el caos presente.

De todos los males de la guerra el mayor, en mi opinión, es el mal puramente espiritual; el odio, la injusticia, el repudio de la verdad, el conflicto artificial donde, si alguna vez la ceguera de los instintos atávicos y la siniestra influencia de los intereses antisociales, como los armamentísticos o la prensa subversiva, pudieran haber sido superados, se habría podido apreciar que hay una consonancia real de los intereses y la identidad esencial de la naturaleza humana; de cualquier razón para reemplazar odio por amor. Mr. Norman Angell ha mostrado cómo de irreal, cuando se aplica a los conflictos de los estados civilizados, es el vocabulario de los conflictos internacionales, cómo de ilusorios son los beneficios que se suponen obtenidos tras una victoria, y cómo de falaces son los daños que, en tiempos de paz, las naciones suponen que es posible infligir durante la contienda económica. La importancia de esta tesis yace, no tanto en su aplicación económica directa, sino en la esperanza que proporciona para la liberación de mejores impulsos espirituales en la relación entre distintas cominudades. Amar a nuestros enemigos, aunque deseable, no es fácil; y por tanto es bueno darse cuenta de que la enemistad nace de la ceguera, y no de necesidad física inexorable alguna.

III.

¿Alguna guerra ha proporcionado el suficiente bien a la humanidad como para compensar los males que estamos considerando? Creo que sí han habido tales guerras en el pasado, pero no son guerras del tipo que concierne a nuestros diplomáticos, para las que nuestros ejércitos actuales están preparadas, ni para las que el conflicto actual puede servir de ejemplo. De cara a clasificarlas, podemos groseramente distinguir cuatro clases de guerras, aunque por supuesto en un momento dado cualquier conflicto podría no ser fácilmente clasificado en una de las cuatro. Para nuestro propósito distinguimos: (1) Guerras de colonización; (2) Guerras de principios; (3) Guerras en defensa propia; (4) Guerras de prestigio. De estas cuatro clases debería decir que las dos primeras están habitualmente justificadas, la tercera raramente excepto contra un adversario de una civilización inferior, y la última, la clase a la que pertenece el conflicto actual, nunca. Permítasenos considerar estos cuatro tipos de guerra en sucesión.

Por guerra de colonización me refiero a una guerra cuyo propósito es desplazar a la población completa de algún territorio y reemplazarla por una población invasora de una raza diferente. Las guerras clásicas eran principalmente de este tipo, del cual tenemos buenos ejemplos en la Biblia. En la era moderna, los conflictos entre europeos e indoamericanos, maoríes y otros aborígenes en regiones tropicales han sido de esta clase. Tales guerras están por completo carentes de justificación técnica, y son habitualmente más despiadadas que cualesquiera otras. No obstante, si juzgamos por el resultado, no podemos arrepentirnos de que dichas guerras hayan tenido lugar. Tienen el mérito, a menudo falazmente reclamado para todos los conflictos, de llevar a la supervivencia del mejor adaptado; y se opina que gracias a estas guerras la porción civilizada del mundo ha podido extenderse desde los alrededores del Mediterráneo hasta la mayor parte de la superficie terrestre. Durante el siglo dieciocho, en el que se solían bendecir las virtudes de los salvajes contra la insoportable corrupción de las cortes, no hubo sin embargo escrúpulo en expulsar a los nobles salvajes que habitaban las tierras norteamericanas. Y no nos podemos permitir en este momento condenar el proceso por el cual el continente americano se ha equiparado a la civilización europea. Para que este tipo de guerra pueda estar justificada, es necesario que haya una gran e innegable diferencia entre la civilización de los colonizadores y la de los nativos despojados de sus tierras. Es necesario también que el clima sea uno que permita que la raza invasora pueda más tarde florecer. Cuando se satisfacen estas condiciones la conquista queda justificada, aunque la lucha real contra los habitantes originales preferiblemente deba ser evitada siempre y cuando así la colonización siga siendo posible. Mucha gente objetaría contra mi teoría de la justificación de este tipo de robo, pero no creo que pueda hacerse ningún reproche práctico ni efectivo.

Tales guerras, sin embargo, hoy en día pertenecen al pasado. Las regiones donde el hombre blanco puede vivir están ya todas asignadas, bien a razas blancas o a razas amarillas a las cuales el hombre blanco no es claramente superior y a las que, en cualquier caso, no es lo suficientemente fuerte para expulsar. Aparte de pequeñas expediciones punitivas, las guerras de colonización, en su sentido más amplio, ya no son posibles. Lo que hoy en día llamamos guerras coloniales no buscan sustituir la ocupación completa de un país por una raza conquistadora; sólo buscan asegurar ventajas económicas y gubernamentales. Pertenecen, de hecho, más bien a lo que llamo guerras de prestigio, que a guerras de colonización en el sentido clásico. Hay, es cierto, unas pocas raras excepciones. Los griegos, en la segunda guerra balcánica, condujeron una guerra de colonización contra los búlgaros. Pretendiendo ocupar un determinado territorio, mataron a todos los hombres y secuestraron a sus mujeres. Pero en un caso así la justificación expuesta falla, dado que nunca existió una evidencia de civilización superior de parte de los pretendidos conquistadores.

A pesar, sin embargo, del hecho de que las guerras de colonización pertenecen al pasado, los sentimientos y las creencias sobre la guerra actual siguen siendo aquellos apropiados a las ahora extintas condiciones que hicieron aquellas guerras posibles. Cuando comenzó la presente guerra, mucha gente en Inglaterra imaginó que si los aliados vencían Alemania dejaría de existir, Alemania sería destruida y pulverizada, y dado que esas frases sonaban vigorosas y estimulantes, la gente erró en ver que no tenían significado. Hay setenta millones de alemanes; con suerte podríamos, si tenemos éxito en la guerra, matar a dos millones de ellos. Quedarían sesenta y ocho millones de alemanes y en pocos años la pérdida de población debida a la guerra quedaría superada. Alemania no es sólo un estado, sino una nación, unida por una lengua común, y tradiciones e ideales comunes. Acabe como acabe la guerra, la nación seguirá existiendo al final, y su fuerza no puede ser permanentemente retenida. Pero la imaginación sobre lo que sucede en una guerra sigue estando en Homero y en el Viejo Testamento; y todavía a quienes no pueden ver que las circunstancias han cambiado desde que aquellos libros fueron compuestos son llamados hombres prácticos y se les presume libres de falsas ilusiones. Aquellos, por otra parte, con cierto conocimiento del mundo moderno y alguna capacidad para liberar sus mentes de la influencia de determinadas frases, son llamados soñadores, idealistas, traidores o amigos de cualquier otro país excepto el suyo. Si se entendiesen los hechos, las guerras entre naciones civilizadas cesarían, dado su inherente absurdo. Las pasiones siempre están por detrás de las organizaciones políticas, y los hechos que no dejan espacio para las pasiones no suelen admitirse fácilmente. Para que el odio, el orgullo y la violencia tengan su sitio, los hombres se ciegan inconscientemente a los hechos más simples de la política y la economía, y la guerra moderna sigue justificándose con frases y teorías inventadas por hombres mucho más simples de un tiempo también mucho más sencillo.

IV.

El segundo tipo de guerra que podría estar en ocasiones justificada es la que podría llamarse guerra de principios. A esta clase pertenece la guerra entre protestantes y católicos, o las guerras civiles inglesa y americana. En tales casos cada bando, o al menos un bando, está honestamente convencido de que el progreso de la humanidad depende de la adopción de ciertas creencias, creencias que, por ceguera o simple depravación, la humanidad no reconocerá como razonables excepto si se presentan a punta de bayoneta. Tales guerras podrían justificarse; por ejemplo, una nación que practica la tolerancia religiosa podría encontrar justificación en resistirse ante otra nación invasora que mantiene un credo distinto. Así podríamos justificar la resistencia de los holandeses ante franceses e ingleses en tiempos de Carlos II. Pero estas guerras de principios están justificadas mucho menos a menudo de lo que nuestros contemporáneos creen. Es raro que un principio de valor genuíno para la humanidad sólo pueda ser propagado por la fuerza militar. Como regla general, es la parte mala de los principios y no la parte buena la que hace necesaria una lucha en su defensa. Por esta razón aquella parte mala es la que toma protagonismo durante el progreso de una guerra de principios. Una nación sosteniendo una guerra en defensa de la tolerancia religiosa con seguridad perseguiría a aquellos de sus ciudadanos que no creyesen en tal tolerancia. Una guerra de parte de la democracia, si es larga y dura, acabará con seguridad excluyendo del poder a aquellos que no estuvieron a favor de la misma. Mr. George Trevelyan, en un pasaje elocuente, describe la derrota que, como consecuencia última de nuestra guerra civil, sufrieron los ideales de tanto puritanos como caballeros. Esta fue la maldición de los vencedores, no morir, sino vivir, y casi perder su terrible fe en Dios; cuando presenciaron la Restauración, no de una vieja alegría demasiado alegre para todos ni de una vieja lealtad demasiado leal para ellos, sino de la corrupción y el egoísmo de quienes no tenían país ni rey. El sonido de los cañones puritanos ha cesado hace mucho tiempo, pero aún en el silencio del jardín pesan el destino inalterable, dando vueltas sobre sitiadores y asediados, con tal precipitación por destruirse entre ellos y permitir que sólo los viles sobrevivan. Este conflicto común entre ideales opuestos es el castigo usual, aunque no invariable, por apoyar los ideales por la fuerza. Mientras que podría concederse que este tipo de guerras no siempre deben ser condenadas, debemos sin embargo escrutar muy escépticamente cualquier reclamación de que una guerra está justificada porque la victoria de uno de los bandos será la de un principio importante para nosotros.

Hay quien mantiene que la presente guerra es una guerra en defensa de la democracia. No sé si este punto de vista es adoptado por el Zar, y buscando la estabilidad de la alianza sinceramente espero que no lo sea. No deseo, sin embargo, disputar la proposición de que la democracia en las naciones occidentales sufriría de vencer Alemania. Lo que sí deseo disputar es la creencia, sostenida frecuentemente en Inglaterra, de que si los aliados vencen la democracia puede serle obligada a una Alemania que no la desea como parte de las condiciones de la paz. Quien piensa así ha perdido de vista la letra del espíritu de la democracia. Los alemanes tienen la forma de gobierno que desean y cualquier otra forma impuesta por una victoria extranjera no estaría en armonía con el espíritu de la propia democracia, aunque se piense que sí conforma con aquella letra. Se hace bien en desear intensamente la victoria de los ideales que creemos importantes, pero suele ser un signo de indebida impaciencia creer que lo importante para los ideales de uno puede ser llevado adelante mediante la sustitución de fuerza por persuasión pacífica. Forzar la democracia por la guerra es sólo repetir, a gran escala y con resultados mucho más trágicos, el error de quienes la buscaron aquí vía el cuchillo del asesino y la bomba del anarquista.

V.

El siguiente tipo de guerra a ser considerada es la guerra en defensa propia. Se admite universalmente como justificable este tipo de guerra, y sólo Cristo y Tolstoi han llegado a condenarlas. La justificación de las guerras en defensa propia es muy conveniente, dado que que se sepa nunca ha habido aún una guerra en la que no haya habido defensa propia. Los estrategas nos aseguran que la verdadera defensa es el ataque; y cada gran nación cree que su propia fuerza descomunal es la única garantía posible de paz mundial y que sólo puede garantizarse con la derrota de otras naciones. En la guerra actual, Serbia se defiende de la brutal agresión de los austrohúngaros. Austria y Hungría se defienden de la agitación revolucionaria que se pretende que los serbios han fomentado. Rusia está defendiendo a los eslavos contra la amenaza de los teutones; Alemania defiende a la civilización teutona contra las provocaciones de los eslavos. Francia se defiende contra una repetición de lo de 1870 e Inglaterra, en principio sólo preocupada de que se mantenga el status quo, no deja desde luego de defenderse de una potencial amenaza contra su superioridad marítima. La apelación a la defensa propia por parte de cada combatiente aparece ante su enemigo como simple hipocresía porque, en cada caso el adversario piensa que tal defensa propia sólo quedará satisfecha por la conquista. Mientras que se considere que el principio de la defensa propia es una justificación suficiente para la guerra, una guerra en defensa propia sólo podrá justificarse tal y como una guerra de principios lo hace. Pienso, sin embargo que, incluso como asunto de política práctica, el principio de no-resistencia contiene una inmensa cantidad de sabiduría que el hombre aprovecharía si tuviese el coraje de intentarlo.

Los males sufridos durante una invasión hostil se sufren porque se ofrece resistencia. El Ducado de Luxemburgo, que no estaba en posición de ofrecer resistencia alguna, ha escapado al terrible destino de otras regiones ocupadas por tropas hostiles. Lo que una nación civilizada puede conseguir contra otra por medio de la conquista es mucho menos de lo que se supone comúnmente. Se dice, aquí y en Alemania, que cada parte lucha por conservar su existencia pero, cuando se escruta este razonamiento, se encuentra que oculta gran parte de confusión en el pensamiento inducida por el pánico irreflexivo. No podemos destruir Alemania ni con una victoria militar completa ni asímismo puede Alemania destruir Inglaterra ni aún sí todos nuestros barcos fuesen hundidos y Londres fuese tomado por los prusianos. La civilización inglesa, el idioma inglés, las fábricas inglesas, aún existirían y, como ejemplo de política práctica, sería totalmente imposible para los alemanes establecer una tiranía en este país. Si a los alemanes, en lugar de resistir por la fuerza de las armas, se les hubiese permitido pasivamente establecerse dondequiera que hubiesen deseado, el halo de gloria y coraje que rodea a la brutalidad de los éxitos militares no habría aparecido, y la opinión pública en la propia Alemania hubiese considerado imposible toda opresión. La historia de nuestros propios asuntos con nuestras colonias facilita suficientes ejemplos que muestran cómo bajo tales circunstancias el rechazo de un autogobierno no es posible. En una palabra, son los medios con los que se repele una agresión hostil los que hacen que las agresiones hostiles resulten desastrosas y los que generan el miedo por el cual las naciones hostiles llegan a considerar la agresión justificada. Como entre naciones civilizadas, por lo tanto, la no-resistencia dejaría de parecer un ideal religioso distante y pasaría a ser considerado el curso de una sabiduría práctica. Sólo el orgullo y el miedo se interponen a su adopción. Pero el orgullo de la gloria militar podría ser sustituido por un orgullo más noble, y el miedo ser superado por una realización más clara de la solidez y la indestructibilidad de las naciones civilizadas modernas.

VI.

El último tipo de guerra que tenemos que considerar es la que he llamado guerra de prestigio. El prestigio raramente es más que uno de los elementos que causan una guerra, pero habitualmente es un elemento muy importante. En la presente guerra, hasta que finalmente estalló por completo, era de hecho el único elemento implicado, aunque tan pronto comenzo la lucha otros muchos más importantes pasaron a plantearse. La cuestión inicial entre Austria y Rusia era prácticamente en su totalidad un asunto de prestigio. La vida de los habitantes de los Balcanes no debería haberse visto demasiado afectada por la participación o no de oficiales austríacos junto con los presuntos cómplices serbios de los asesinatos de Sarajevo. Esta importante cuestión, una de por las cuales la guerra está siendo librada, concierne a lo que se conoce como la hegemonía en los Balcanes, y es absolutamente una cuestión de prestigio. El hombre desea sentir el triunfo, y teme a la sensación de humillación que supone satisfacer por completo las demandas de otra nación. Antes que hacer inevitable el triunfo, que hacer eterna la humillación, se desea aplicarle al mundo los mismos desastres que se están sufriendo y todo el cansancio y la pobreza que va a seguirse sufriendo. El deseo de castigar y hacer eternos esos males está casi universalmente bendecida; se considera de alto espíritu, digno de una gran nación que demuestra fidelidad a las tradiciones ancestrales. El más tenue signo de razonabilidad es atribuido al miedo, y se recibe con vergüenza en un bando y mofas en el otro. En la vida privada existía el mismo estado de opinión cuando los duelos aún se practicaban, y aún existe en los países donde la costumbre permanece. Ahora se reconoce en cualquier parte del mundo anglosajón que el concepto del honor que hizo que los duelos existiesen era una estupidez y un engaño. Puede que no sea demasiado esperar que algún día el honor de las naciones, como el de los individuos, acabe siendo medido sólo por su capacidad para hacer daño. Puede difícilmente ser esperado, sin embargo, que ese cambio llegue mientras la relación entre las naciones siga estando en manos de diplomáticos que actúan únicamente bajo el anhelo del triunfo militar o diplomático del país del que proceden, y cuyo modo de vida les hace ignorantes de los hechos políticos y económicos realmente importantes para la vida de los ciudadanos, y de los cambios de opinión y de organización que han hecho de este mundo un lugar muy distinto del que era en el siglo dieciocho. Si debe hacerse algún tipo de progreso introduciendo algo de salud mental en las relaciones internacionales, es vital que esas relaciones estén en manos de personajes alejados de la aristocracia, más cerca del hombre normal, y más emancipados de los prejuicios de un tiempo pasado. Es necesario también que la educación popular, en lugar de inflamar el odio hacia los extranjeros y de representar incluso el más minúsculo triunfo como digno de los más elevados sacrificios, intente en cambio producir algún sentido de solidaridad con la humanidad y desprecio hacia aquellos elementos hacia los que los diplomáticos, casi siempre secretamente, hacen fluir la virilidad y el heroísmo de su pueblo.

Los objetivos por los que los hombres han luchado en el pasado, justos o injustos, no deben seguir siendo obtenidos mediante guerras entre naciones civilizadas. El gran peso de la tradición, de los intereses económicos o de la insinceridad política, está estrechamente ligado al anacronismo de la hostilidad internacional. Sin embargo, puede que no resulte quimérica la esperanza de que la presente guerra, que ha estremecido la conciencia de la humanidad más que cualquier otra guerra en la historia anterior, produzca una repulsión hacia métodos anticuados que podría llevar a naciones exhaustas a insistir en una hermandad y una cooperación que sus gobernantes les han negado antes. No hay motivo contra el establecimiento de un consejo de potencias que delibere todas las disputas de cara al público. Nada se opone a esto excepto el orgullo de gobernantes que no desean que nada que no sean sus propios deseos les controle. Cuando esta gran tragedia ya se haya encaminado a su desastrosa conclusión, entonces las pasiones de odio y autoafirmación habrán dado paso a la compasión con la miseria universal, y las naciones posiblemente se darán cuenta de que han estado luchando ciegas y engañadas, y que el camino de la piedad es el camino de la felicidad para todos.

Bertrand Russell, Trinity College, Cambridge.

The Ethics of War, por Bertrand Russell, fue publicado en el número de enero de 1915 del International Journal of Ethics. El original está disponible en el dominio público. Se facilita la traducción bajo la misma licencia que el resto del blog.