Aquí tienen el vídeo de mi charla «La conspiración alienígena», que di en el Club Deportivo Bilbao el 21 de febrero de 2026 dentro de la jornada 100 enigmas y más, una celebración del centenar de charlas del ciclo Enigmas y más organizadas por el Círculo Escéptico en la capital vizcaína.
Ronald y Nacy Reagan hablan con Steven Spielberg en la Casa Blanca después de la proyección de ‘ET’, el 27 junio de 1982. Foto. Biblioteca Reagan.
«Quiero agradecerle que haya traído ET a la Casa Blanca. Hemos disfrutado con su película. Hay gente en esta sala que sabe que todo lo que ha visto en esa pantalla es absolutamente cierto», le dijo Ronald Reagan a Steven Spielberg el 27 de junio de 1982 después de la proyección privada del largometraje en la residencia presidencial. ¿Admitió que las historias sobre cuerpos de alienígenas recuperados de platillos volantes estrellados tiene una base real? Reagan hizo ese comentario, confirmó Spielberg en 2012. «¡Y lo dijo sin sonreír! –añadió–. Sin embargo, lo dijo y todo el mundo se echó a reír. La sala entera se echó a reír porque lo hizo como una broma, aunque no sonreía mientras lo decía».
Cuando el inquilino de la Casa Blanca habla de extraterrestres, los periodistas enloquecemos. Lo comprobamos el domingo con las declaraciones de Barack Obama en el pódcast No Lie with Brian Tyler Cohen. El diálogo que desató una cascada internacional de titulares fue el siguiente:
Brian Tyler Cohen: Quiero hacer una ronda rápida de preguntas, porque no es normal que tenga acceso al presidente de los Estados Unidos. Así que aquí van un par de preguntas. ¿Existen los extraterrestres?
Barack Obama: Son reales, pero yo no los he visto, y no están recluidos en… ¿cómo se llama?
B. O.: El Área 51. No hay ninguna instalación subterránea, a menos que exista una enorme conspiración y se lo hayan ocultado al presidente de los Estados Unidos.
B. T. C.: ¿Cuál fue la primera pregunta que quiso que le respondieran cuando se convirtió en presidente?
B. O.: ¿Dónde están los extraterrestres?
Los medios enloquecieron. Algunos periodistas seguro que no habían escuchado las declaraciones del expresidente y se dejaron llevar por los teletipos, las redes sociales y el ansia del clics. Y muchos medios contaron al mundo que Obama sabe que existen extraterrestres, como dando a entender que tiene pruebas de ello. Yo tampoco había escuchado al exmandatario cuando, en un chat de periodistas, un compañero me preguntó qué pensaba de lo que había dicho Obama. Yo no sabía qué había dicho porque había estado desconectado tres horas viendo una película. Visité varias webs estadounidenses y en cinco minutos me hice una idea de qué podía haber pasado. Respondí en el chat:
Me gustaría escuchar el fragmento de la entrevista. Por lo leído, me atrevo a decir que lo que Obama sostiene es que a su juicio la vida extraterrestre existe más allá de toda duda -algo que comparto, que el universo es muy grande y aquí estamos nosotros- y ya está. Luego, como tiene que ser porque siempre ha bromeado con el asunto, añade lo del Área 51, que ya lo dijo él en su día y también lo dijo Clinton, el primer presidente de Estados Unidos que anunció al mundo el hallazgo de vida extraterrestre, aunque al final el hallazgo no fue tal.
Pero, lo dicho, tengo que escuchar el audio. Hasta entonces, me parece otro ejemplo de clickbait.
Horas después y ante el revuelo montado, el expresidente aclaró que, cuando había dicho que los extraterrestres «son reales», quería decir que el universo es tan grande que es lógico pensar que no estamos solos. Y el suflé se desinfló, hasta la próxima vez que Obama hable de alienígenas y el Área 51, la base secreta de Nevada nunca citada por su nombre por un presidente de Estados Unidos hasta que él lo hizo el 8 de diciembre de 2013 durante la entrega en la Casa Blanca de los premios del Centro Kennedy para las Artes Escénicas, la más alta distinción estadounidense a un artista vivo.
Dijo ante el guitarrista Carlos Santana, la actriz Shirley MacLaine, el cantante Billy Joel, el pianista Herbie Hancock y la soprano Martina Arroyo:
Cuando uno se convierte en presidente, una de las preguntas que le hace la gente es: ¿qué está pasando realmente en el Área 51? (Risas). Cuando quise saberlo, llamé a Shirley MacLaine. (Risas). Creo que me he convertido en el primer presidente que ha mencionado en público el Área 51. ¿Qué te parece eso, Shirley? (Risas y aplausos).
El guiño a Shirley MacLaine se debe a que es un creyente confesa en todas las chifladuras de la Nueva Era: la reencarnación, los extraterrestres, el poder de los cristales, el espiritismo, los viajes astrales…
Obama se convirtió en 2013 en el primer presidente estadounidense que citó en un acto público el Área 51, aunque no fue el primero que habló en público sobre las instalaciones secretas de Nevada. Sin citar el complejo por su nombre, Bill Clinton admitió en 2005 en la revista FinanceAsia que la base existía y que había gente de su equipo que creía que allí se ocultaban restos de naves extraterrestres. Dijo:
Existía también otro sitio en Nevada donde la gente creía que habíamos enterrados un ovni y quizás un alienígena profundamente bajo tierra porque no queríamos permitir que nadie fuera allí. Ahora puedo decirlo porque el secreto se ha levantado y es de dominio público. Había mucha gente en mi propia Administración que estaba convencida de que Roswell era un fraude, pero que lo de ese lugar de Nevada iba en serio, que había allí un artefacto alienígena. Así que mandé a alguien a que lo averiguara. Y se trataba realmente de una instalación de defensa en la que se hacían cosas aburridas que no queríamos que nadie más viera.
Cinco años antes, Washington se había visto obligado a admitir, en abril de 2000, la existencia de la base después de que una compañía publicó en internet fotos de satélite del complejo. «Tenemos ahí un centro de operaciones; pero el trabajo es materia clasificada», dijo entonces Gloria Gales, portavoz de la Fuerza Aérea.
Carter contó en el informe que una tarde de octubre de 1969 vio, junto con otras diez personas del Club de los Leones de Leary (Georgia), un objeto, «azulado al principio, después rojizo», que parecía moverse hacia nosotros desde una cierta distancia, para después detenerse, retirarse un poco, volver y, finalmente, desaparecer». El objeto era «más o menos del mismo tamaño que la Luna, tal vez un poco más pequeño» (Sheaffer 1986, 18). Al investigar el avistamiento en los años 70, el escéptico Robert Sheaffer descubrió que Carter se había confundido de fecha, que la observación había tenido lugar a las 19.15 horas del 6 de enero –no en octubre– y que el objeto podía ser Venus, la reina de los ovnis. El ufólogo Allan Hendry, autor del imprescindible The UFO handbook (1979), coincidió en el dictamen.
Pero en 2016 el pódcast The Skeptics’ Guide to the Universe se hizo eco de una carta enviada a la familia del expresidente por Carl G. Jere Justus, físico y exprofesor del Insituto de Tecnología de Georgia (1965-1993). Justus había trabajado para la NASA en el Centro Marshall de Vuelos Espaciales como especialista en investigación atmosférica entre 1993 y 2011, y en los años 60 y 70 había participado en un proyecto de la Fuerza Aérea que estudiaba la atmósfera superior mediante nubes químicas brillantes producidas por cohetes lanzados desde la base de Eglin (Florida).
Nubes artificiales para la investigación atmosférica creadas por cohetes de la NASA. Foto: NASA.
«En 2016, al leer el informe sobre ovnis de Carter en el libro de Rhodes [se refiere Georgia myths & legends, de Don Rhodes], me di cuenta de que la descripción de Carter encajaba muy bien con las características de una nube de bario liberada por un cohete a gran altitud», recordaba hace unos años (Justus 2020, 5). El físico descubrió que el ovni de Carter pudo ser producido por las nubes de bario creadas por un cohete de la NASA para estudiar la atmósfera superior lanzado a las 18.41 horas del 6 de enero de 1969 desde la base de Eglin. El cohete creó una nube de bario a las 18.44 horas a 202 kilómetros de altura, otra a las 18.45 horas a 208 kilómetros y una última a las 18.46 horas a 166 kilómetros, minutos antes del avistamiento. Justus mandó una carta con sus conclusiones a la Biblioteca Carter, que la reenvío a la familia del expresidente, y un nieto de este, Josh Carter, la mandó al pódcast The Skeptics’ Guide to the Universe (Justus 2020, 2).
«Puedes decirle que eso podría ser cierto», dijo Jimmy Carter a Steven Hochman, director de Investigación del Centro Carter, al conocer las conclusiones de la investigación de Justus (Oberg 2020, 106). El expresidente nunca había creído que su ovni una nave extraterrestre. Simplemente, no sabía lo que era y le intrigaba. Tampoco creyó nunca que fuera Venus; pero que fuera una nube de bario le pareció posible. Por su parte, Sheaffer admitió a finales de la pasada década, en una comunicación privada con Justus, que la descripción del ovni de Carter «encaja mejor con la nube de bario que con Venus» (Justus 2020, 5).
Cincuenta años después, el ovni del presidente Carter tuvo su explicación.
Sheaffer, Robert [1981]: Veredicto OVNI. Examen de la evidencia [The UFO verdict. Examining the evidence]. Prologado por James E. Oberg. Traducción de Alberto Coscarelli. Tikal (Colección «Eleusis»). Gerona 1994. 343 páginas.
Nota publicada en Magonia el 20 de febrero de 2026.
Vista parcial del cartel promocional del documental ‘The age of disclosure’.
«Esta es la campaña de desinformación más exitosa en la historia del Gobierno de Estados Unidos», dice Luis Elizondo en el documental The age of disclosure (La era de la revelación, en español), estrenado el 21 de noviembre en Amazon Prime Video. El exagente de inteligencia se refiere al encubrimiento del origen extraterrestre de los platillos volantes. Una conspiración que pretende sacar a la luz ese documental con testimonios de treinta y cuatro «altos cargos» de Washington que van desde el actual secretario de Estado, Marco Rubio, hasta el físico Harold Puthoff.
Dos de cada cinco españoles (42 %) creen que la homeopatía es una disciplina científica, según el Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España (1), cuyos resultados se hicieron públicos el viernes. Para uno de esos españoles (20 %), la homeopatia es «muy científica»; para el otro (22 %), «bastante científica». En una escala de 0 a 10, «donde 0 significa que la disciplina no es científica en absoluto y 10 significa que es muy científica», los primeros dan a la homeopatía de 8 a 10 puntos y los segundos, de 6 a 7. Un 13 % de la población le da 5 puntos («moderadamente científica»); un 14 %, de 3 a 4 («moderadamente científica»); un 25 %, entre 0 y 2 («nada científica»); y un 7 %, no sabe o no contesta.
Según el mismo trabajo, la acupuntura es «muy científica» para el 19 % de los consultados y «bastante científica» para otro 24 %, mientras que la quiropráctica es «muy científica» para el 23 % y «bastante científica» para otro 25 %. El psicoanálisis -«muy científico» para el 41 % y «bastante científico» para otro 27 %- supera en la clasificación popular de cientificidad a la historia, la economía y la sociología.
En los últimos meses, varios amigos científicos me han transmitido su satisfacción por el descrédito de la homeopatía en España. Para ellos, es poco menos que un capítulo cerrado en la lucha contra la pseudociencia en nuestro país. En todos los casos he replicado lo mismo, que puede parecer eso, pero que no por eso tenemos que relajarnos. Es lo que tiene haber alcanzado una edad: uno ha visto muchas veces cómo creencias irracionales se desinflan en un momento dado para recuperarse con fuerza años después. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Recuerden las caras de Bélmez, uno de los fenómenos más cutres de la historia de la parapsicología. En el verano de 1971, unos pícaros presentaron unas caras pintadas en el suelo de cemento de una cocina jienense como imágenes del más allá. El pueblo de Bélmez de la Moraleda se llenó de parapsicólogos que cebaron el misterio y lo envolvieron con palabras rimbombantes. Los medios vieron el negocio, explotaron la historia y, una vez exprimida totalmente, denunciaron el fraude. Las caras de Bélmez cayeron en el olvido a comienzos de 1972 y, cuando ya casi nadie las recordaba fuera del circo paranormal, Iker Jiménez las resucitó en 1997 y las rentabilizó como nadie antes. Desde 2013, las caras de Bélmez tienen su propio museo, levantado gracias a más de medio millón de euros de fondos europeos.
Recuerden cómo el carbono 14 dictaminó en 1988 que el sudario de Turín se había confeccionado entre 1260 y 1390, por lo que no pudo envolver el cadáver de Jesús de Nazaret. Aunque nadie ha refutado ese análisis científico, publicado en la revista Nature, periódicamente sale de la sacristía del misterio un creyente que, vestido con su sotana de laboratorio, reivindica la autenticidad de la reliquia. Algunos han echado mano de imaginativas alteraciones químicas de la tela que la habrían rejuvenecido; otros se han inventado declaraciones de científicos. Así, Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología (CES), aseguró en 1989 que Willard Libby, galardonado en 1960 con el Nobel por el descubrimiento del método del carbono 14, había dicho que el análisis se había hecho mal y, por consiguiente, los resultados no eran válidos. Libby había muerto en 1980, así que no habido podido decir nada de una prueba hecha en 1988, a no ser que lo hiciera a través de la güija; pero todo vale. Da igual el dictamen de la ciencia, la próxima Semana Santa, o la siguiente, la sábana de Turín tendrá su enésimo titular milagroso.
El profesor Thaddeus Schmidlap (interpretado por Ross Nelson), el vendedor ambulante del rancho Enchanted Springs y del parque temático Old West. Foto: Carol M. Highsmith / Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
Recuerden cómo Uri Geller fue puesto en evidencia por James Randi en Estados Unidos en 1973 y, dos años después, por el ilusionista José Luis Ballesteros y el parapsicólogo Ramos Perera tras salir en Directísimo (TVE) junto a un entregado José Maria Íñigo. Desde su primera aparición en España, y a pesar de que ya entonces quedó claro que era un prestidigitador, Geller dejó con la boca abierta a Eduard Punset en TVE (1998), Concha Velasco en TVE (2001), Ana García-Siñeriz y Boris Izaguirre en Cuatro (2007) y Pablo Motos en Antena 3 (2013), entre otros.
Como pasa con las enfermedades infecciosas, las creencias pseudocientíficas pueden remitir real o aparentemente en un momento dado para recuperarse con fuerza después. Siempre están ahí, esperando el momento idóneo para resurgir. El horóscopo sigue vivo en las páginas de los periódicos. No en vano, uno de cada tres españoles (30 %) cree en la astrología, según el Estudio de la Fundación BBVA sobre creencias y prácticas alternativas de 2025 (2). Los extraterrestres nos visitan y los gobiernos nos lo ocultan, sostiene también un tercio de la población (28 %), según el trabajo de este año (3), que apunta que, cuanto menor es el conocimiento científico, mayor cientificidad se otorga a la acupuntura y la homeopatía.
Relación entre el conocimiento científico y la ‘científicidad’ que se otorga a la acupuntura y la homeopatia. Gráfico: Fundación BBVA.
Los datos de la Fundación BBVA demuestran que la homeopatía sigue vivita y coleando en el imaginario colectivo, al igual que la acupuntura, la quiropráctica y el psicoanalisis. En 2022, entrevisté a Diana Morant, ministra de Ciencia a Innovación, para el diario El Correo. Le pregunté cuándo se iba a pasar a la acción en el plan gubernamental contra las pseudoterapias, anunciado a bombo y platillo en noviembre de 2018, y la ministra respondió: «Creo que la ciencia ha ganado al negacionismo y a las pseudociencias. Hemos vivido una pandemia, una crisis sin precedentes en la que hemos mirado a la ciencia para obtener respuestas. En este país, la ciencia ha ganado de manera aplastante al negacionismo. Ahí está el altísimo porcentaje de vacunados» (4). Ante esa respuesta y como no compartía su triunfalismo, volví a preguntar a la ministra cuándo se iba a empezar «a combatir a quienes venden remedios mágicos disfrazados de medicina», y me respondió: «Nuestra obligación es acercar la ciencia a la ciudadanía para que esté mejor informada y tenga comportamientos individuales que nos ayuden a combatir grandes crisis como el cambio climático. El secreto no es tanto poner el foco en quien niega la ciencia como acercar esta a la ciudadanía».
La guerra contra las pseudoterapias, y contra las pseudociencias en general, está lejos de ser ganada. Hace falta más pensamiento crítico, pero ¿cómo se consigue? Creo, sinceramente, que podemos avanzar exponiendo a la población a los virus del anticonocimiento, presentándolos como son, desvelando los trucos de quienes los transmiten y enseñando a buscar los agujeros en sus argumentaciones. Creo que, si hacemos eso, habrá ciudadanos que acabarán desarrollando una suerte de sentido arácnido que les hará desconfiar cuando una nueva superchería entre en escena o un político les intente llevar al huerto con bulos. ¿Hace falta buena divulgación? Siempre. Pero la promoción del pensamiento crítico no debe quedarse en la pizquita de escepticismo científico a añadir a unas jornadas o a un programa de radio o de televisión de divulgación para darle más sabor.
El movimiento escéptico lleva décadas alertando del peligro que supone para nuestro futuro una sociedad dominada por la sinrazón. Carl Sagan lo advirtió hace treinta años en El mundo y sus demonios:
Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta,en la superstición y la oscuridad. (5)
¿Qué proponía él?
El escepticismo tiene por función ser peligroso. Es un desafío a las instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo, incluyendo por ejemplo a los estudiantes de educación secundaria, unos hábitos de pensamiento escéptico, probablemente no limitarán su escepticismo a los ovnis, los anuncios de aspirinas y los profetas canalizados de 35.000 años. Quizá empezarán a hacer preguntas importantes sobre las instituciones económicas, sociales, políticas o religiosas. Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder. ¿Dónde estaremos entonces? (6)
(4) Gámez, Luis Alfonso [2022]: «Estamos en un momento revolucionario para la ciencia española». El Correo (Bilbao). 2 de junio.
(5) Sagan, Carl [1995]: El mundo y sus demonios [The demon-haunted world]. Traducción de Dolors Udina. Planeta (Colección «La línea del conocimiento). Barcelona, 1997. Págs. 43-44.
(6) Sagan, op. cit., pág. 448.
Artículo publicado en Magonia el 12 de febrero de 2026.
Fotograma de la serie ‘Cielo negro’ (1996-1997), alternativa de la NBC a ‘Expediente X’.
¿Cuántos estáis convencidos de que el hombre pisó la Luna en 1969? Cada año hago esta pregunta a un grupo de graduados universitarios. ¿Convencidos?, ¿en 1969?, me suelen preguntar. Tras aclararles que quiero saber cuántos están convencidos de que Neil Armstrong y Buzz Aldrin se pasearon por el mar de la Tranquilidad el 21 de julio de 1969, entre un tercio y la mitad no levanta la mano. En alguna ocasión, los partidarios de la conspiración lunar son mayoría.
Mi experiencia, sin ningún valor científico y que repito desde hace veinticinco años, no cuadra con los resultados del Estudio de la Fundación BBVA sobre creencias y prácticas alternativas de 2025 (1) ni con los del Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España hecho público hace unos días (2). Según el primero, un 17 % de los españoles mayores de 18 años niega la realidad de los alunizajes. Según el segundo, lo hace el 22 %. Que uno de cada cinco ciudadanos niegue los alunizajes me parece preocupante, aunque sospecho que pueden ser más. Me explico.
Sospecho que el elevado negacionismo lunar entre mis graduados se debe a que les pido que estén convencidos y sitúo la hazaña en 1969, mientras que en el estudio sociológico de la Fundación BBVA preguntan si los humanos hemos llegado a la Luna. Así, sin ninguna fecha. Sé, por experiencia, que hay quienes niegan los alunizajes entre 1969 y 1972, pero no que haya habido misiones similares exitosas después, aunque no precisen cuándo ni sean capaces de presentar una prueba de lo que dicen. Mi sondeo informal entre graduados carece de valor científico. Sin embargo, creo que estaría bien que futuras encuestas de cultura científica plantearan la pregunta sobre la llegada del hombre a la Luna en términos parecidos a los que yo uso en clase.
Según el último estudio de la Fundación BBVA, uno de cada tres españoles (28 %) cree que nos han visitado extraterrestres. El sondeo de 2025 revelaba, además, que también uno de cada tres (30 %) cree que las estrellas y los planetas influyen en nuestra vida; uno de cada cuatro (24 %), que es posible comunicarse con los muertos; uno de cada cinco (18 %), en la magia; y uno de cada siete (14 %), en las brujas. Según ese mismo trabajo, casi la mitad de los españoles (48 %) cree en la existencia de un dios; uno de cada tres, en que un dios creó el universo (33 %), en la vida después de la muerte (35 %) y en el paraíso (30 %); y uno de cada cinco, en el demonio (21 %) y el infierno (19 %). No sabemos –no se han publicado datos al respecto– cómo se solapan entre sí las creencias pseudocientíficas ni cómo lo hacen con las religiosas.
La nota de prensa de la Fundación BBVA sobre el sondeo de 2025 destacaba que «la gran mayoría de los ciudadanos» rechaza la astrología, y que la creencia en la magia y las brujas tiene «una aceptación muy baja». Es cierto, pero que uno de cada tres españoles crea en la astrología y uno de cada siete, en las brujas es como para preocuparse. La nota de prensa de este año indica que «la creencia en teorías conspirativas contrarias a la evidencia científica es globalmente minoritaria, aunque se registran porcentajes significativos a propósito de algunas cuestiones específicas». Los autores ven la botella bastante llena; yo no puedo.
El ilusionista francés Henry Robin, con un espectro. Foto de Eugène
Thiébault (1863).
Si damos por buenos los datos de la Fundación BBVA -no hay razones para lo contrario-, más de 12 millones de adultos españoles creen en la influencia de los astros y en las visitas extraterrestres; casi 10 millones, en el espiritismo; más de 9 millones niegan los alunizajes; y más de 7 millones creen en la magia. Este año no se ha preguntado por ello, pero, según la encuesta de 2025, el 21 % de los españoles usa productos homeopáticos, y el 19 % confía poco o nada en las vacunas. Me pregunto cómo casan estos datos con que el 93 % los encuestados otorgue «mucha o bastante importancia a la comprobación experimental», y el 72 % comprenda «los mecanismos institucionales de aceptación del conocimiento científico como conocimiento público validado a través de su publicación en revistas científicas». ¿Que consideran comprobación experimental los creyentes en la astrología, las visitas extraterrestres, el espiritismo, la magia, las brujas y la homeopatía? ¿En qué revistas científicas han visto validadas esas ideas? ¿Se guían por criterios similares a la hora de votar?
En las elecciones generales de julio de 2023, el PP obtuvo 8.160.837 votos y el PSOE, 7.821.718. Así que respaldaron a cada partido menos votantes que los españoles que niegan los alunizajes y menos también que los que creen en la astrología, en que nos visitan extraterrestres y en el espiritismo. Hay una España sobrenatural, convencida de la realidad de cosas increíbles, y pocas veces se habla en los medios de comunicación de ello con la seriedad que el asunto merece. Es más, lo habitual es que, a la menor oportunidad, algunos grandes medios alimenten creencias disparatadas en pos de la audiencia.
¿Qué futuro nos espera si los ciudadanos se tragan cualquier cosa? Me temo que el del Brexit y el del trumpismo. El de la vuelta del sarampión –y quién sabe si la polio– y el del negacionismo del cambio climático, en nuestro país con un fuerte componente político, según el Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España. Porque, lo mismo que hay una izquierda que, frente a los antibióticos y la quimioterapia, prefiere la lejía y el reiki, hay una derecha para la cual el cambio climático es un invento de los científicos. En España, con una media de negacionistas del calentamiento global del 15 %, «el 29 % de las personas que se ubican ideológicamente en la derecha da por verdadera la tesis de que el cambio climático no existe, mientras que solo el 6 % de quienes se sitúan en la izquierda lo hace». Hay una derecha, que ya gobierna en muchas comunidades autónomas y ciudades, que se opone al descenso del uso de combustibles fósiles, a recuperar las calles para los peatones y a que el aire sea respirable y no masticable.
Estos estudios son siempre interesantes y pintan un paisaje social que no debemos ignorar, aunque no descubran nada sustancialmente nuevo. No creemos hoy en más cosas raras que ayer, aunque haya algunas que antes no existían, como el negacionismo climático, y otras que se ignoraban por su escasa implantación, como el terraplanismo. A finales de la década de 1980, uno de cada tres españoles creía en la astrología. A mediados de la década de 1990, un tercio de la población creía en los espíritus, y la mitad de los jóvenes, en que los ovnis eran naves extraterrestres. En 2005, uno de cada cinco jóvenes confiaba en poder comunicarse con los muertos y en el horóscopo, y, para uno de cada cuatro, los ovnis eran ingenios alienígenas. En los países de nuestro entorno, pasaba y pasa lo mismo.
Eduard Punset con Uri Geller, en ‘Redes’ en 1998.
Tampoco hay que considerar a quienes profesan esas creencias unos ignorantes, gente sin formación que se traga cualquier bobada. Nadie es inmune a creer cosas infundadas, incluidos los genios de la ciencia; incluido usted, incluido yo. A ninguno nos han enseñado a pensar críticamente ni a ser conscientes de nuestros sesgos. Kary Mullis, nobel de química por el invento de la PCR, negaba el cambio climático y que el VIH cause el sida, y aseguraba que una noche se había encontrado con un mapache extraterrestre brillante y parlanchín en un bosque californiano. El naturalista Alfred Russel Wallace, codescubridor de la teoría de la evolución, era espiritista y antivacunas. Arthur Conan Doyle creía en el espiritismo y las hadas. Steve Jobs y Peter Sellers murieron prematuramente por ponerse en manos de terapeutas alternativos. Y el economista Eduard Punset estaba convencido de que Uri Geller tenía poderes paranormales, creía en la acupuntura y dio bola en Redes -su programa de divulgación científica en TVE- a Deepak Chopra, Rupert Sheldrake, Masaru Emoto y el propio Geller.
¿Vamos a hacer algo contra la pseudociencia y la superstición a escala nacional? ¿Se puede hacer algo? ¿Merece la pena?
No creo que con más divulgación científica vayamos a conseguir nada que no hayamos conseguido ya. Nunca ha habido en España tanta divulgación tan buena como ahora, y eso no ha supuesto en los últimos años un retroceso del anticonocimiento. La divulgación científica es una cosa y fomentar el espíritu crítico, otra. Un movimiento escéptico fuerte, bien organizado y con medios, podría plantar cara a la pseudociencia, el pensamiento mágico y la superstición, explicando a nuestros conciudadanos la realidad, las tergiversaciones, las mentiras y los intereses comerciales que les sirven de combustible, como hicimos en el caso de la homeopatía. No creo que sea fácil ni que pueda conseguirse sin un fuerte apoyo institucional en el que confío casi tan poco como en el horóscopo. (Ahí está el plan gubernamental contra las pseudoterapias, cuyo único fruto en ocho años han sido unos anuncios en televisión). Pero quiero creer –como Fox Mulder– que la exposición a la crítica racional puede, entre los creyentes no fanáticos, afectar al virus del anticonocimiento lo mismo que la luz solar a Drácula.
Volviendo al ejemplo de mis graduados universitarios, su respuesta a la pregunta sobre los alunizajes me lleva a darles una larga charla sobre la conspiración lunar. Es larga porque hay muchas cosas que contar y, además, el guion ha crecido año a año. Al final, vuelvo a hacerles la pregunta de marras: ¿cuántos estáis convencidos de que el hombre pisó la Luna en 1969? Se levantan más manos que la primera vez, y siento cada una de las nuevas como una pequeña victoria. No sé si algo así es el camino, pero por ahora es mi camino.
Erich von Däniken saltó a la fama en 1968 con ‘Recuerdos del futuro’. Foto: Sven Teschke.
El escritor suizo Erich von Däniken, para quien los extraterrestres ayudaron al ser humano a construir los grandes monumentos del pasado, murió el sábado a los 90 años en un hospital de su país por causas derivadas de su avanzada edad, según su hija Cornelia. Von Däniken saltó a la fama en 1968 con Recuerdos del futuro, libro al que siguieron Regreso a las estrellas (1969), El oro de los dioses (1972) y El mensaje de los dioses (1973), entre otros. Se calcula que ha vendido más 70 millones de ejemplares de sus obras, traducidas a más de 30 idiomas.
Comienzo del obituario publicado en el diario El Correo el 11 de enero de 2026.
Cuarenta y nueve años después de Encuentros en la tercera fase (1977), Steven Spielberg volverá en 2026 al primer contacto con El día de la revelación. La música la pondrá el gran John Williams.
Nota publicada en Magonia el 16 de diciembre de 2025.
George Adamski con su telescopio, en Laguna Beach (California) en 1938. Foto: Colección fotográfica de ‘Los Angeles Times’. Biblioteca de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).
¿De dónde sacó George Adamski su famoso platillo volante? Ya saben, el que tiene cúpula, ventanas redondas y tres semiesferas a modo de tren de aterrizaje. En el que su amigo venusiano Orthon viajaba a la Tierra a principios de los años 50. Adamski lo fotografió por primera vez el 13 de diciembre de 1952 desde monte Palomar, en San Diego, donde trabajaba en una hamburguesería. Eso cuenta en sus libros Flying saucers have landed (1953) e Inside the space ships (1955). Pero, seamos sinceros, excepto sus adeptos y los ufólogos más crédulos, ¿quién se tragó alguna vez el cuento de que seres de otros mundos habían elegido como su embajador en la Tierra a un tipo que se ganaba la vida cocinando hamburguesas?
George Adamski fue el primer contactado. Aseguraba que se había encontrado con el piloto de un platillo volante en el desierto de California el 20 de noviembre de 1952, cinco años después del avistamiento de Kenneth Arnold que marcó el inicio de la era de los ovnis. El visitante se llamaba Orthon y venía de Venus. Era un tipo alto y bien parecido. «La belleza del hombre superaba todo lo que yo había visto. Y su rostro era tan agradable que me liberaba de todo pensamiento sobre mí mismo», dice Adamski en Flying saucers have landed.1 Mediante gestos, una lengua ininteligible y telepatía, el extraterrestre le avisó de que nuestros vecinos estaban preocupados por el uso que hacíamos de las armas nucleares. Le dijo que las explosiones atómicas no solo ponían en peligro la supervivencia de la Humanidad, sino que también alteraban el equilibrio entre los planetas del universo.
La nave de Orthon
Aquel día, Orthon no dejó a su amigo terrestre sacar fotos ni de él ni del pequeño platillo en el que había bajado a la superficie desde una gran nave estacionada en órbita. Pasaron varias semanas hasta que Adamski consiguió la primera imagen de un platillo similar con su telescopio de 15 centímetros. Cuando en febrero de 1953 el Oceanside Daily Blade-Tribune publicó la foto dentro de una serie de reportajes sobre los encuentros del contactado, la dirección del diario californiano incluyó una advertencia que decía: «Ni este periódico ni el autor pueden responder de la autenticidad de los fenómenos relacionados en esta serie de artículos con las experiencias del profesor Adamski en Palomar Gardens. Cualquier pregunta debe dirigirse al profesor George Adamski, Star Route, Valley Center, California». Y el pie de foto indicaba: «Algunos espectadores dicen que la imagen es simplemente una lámpara eléctrica, mientras que otros dicen que se parece más a [un plato de] jamón y huevos boca abajo».2
El platillo volante venusiano de George Adamski. Foto: ‘Flying saucers have landed’.
El platillo salió poco después dibujado en la portada de Flying saucers have landed, el libro que el contactado escribió a medias con el teósofo y aristócrata angloirlandés Desmond Leslie. Adamski sostiene en esa obra que las tres esferas de la base son el tren de aterrizaje. A modo de confirmación de la realidad de los avistamientos de Adamski, además de sus fotos, el libro incluye una imagen de un platillo similar sacada por Jerrold E. Baker, uno de sus seguidores. Cuando el 13 de febrero de 1954 un niño inglés de 13 años, Stephen Darbishire, fotografió en Coniston un platillo con la misma apariencia, Leslie lo presentó en medio mundo como la prueba definitiva de la veracidad de las historias del contactado. «Tenía una parte superior en forma de cúpula con troneras y tres pequeños abultamientos en su parte inferior, en la que aparecía también un punto oscuro central, de forma semejante a un cono», le contó el chico. «El muchacho no solamente decía la verdad, sino que había visto el mismo artefacto fotografiado por Adamski [en 1952] u otro de idéntico modelo», concluyó Leslie después de haber hablado con Stephen, a quien acompañaba su primo Adrian Myers, de 8 años, cuando fotografió el objeto.3
Durante décadas, se especuló con la naturaleza real del platillo adamskiano. En 1956, un portavoz militar aseguró que análisis hechos en la Base de la Fuerza Aérea de Wright-Patterson, sede del Proyecto Libro Azul, habían determinado que era «un humidificador de tabaco con tres pelotas de pimpón pegadas en la base y una tetina de biberón, arriba». En su libro Flying saucers: here and now! (1967), el periodista Frank Edwards sostiene que se trata de la tapa de una aspiradora.4 La mayor parte de las sospechas apuntaban a que el platillo era parte de algún electrodoméstico, pero la cuestión no se resolvió hasta 2012, cuando el escéptico Joel Carpenter (1959-2014) lo identificó como la tapa de un quinqué popular en la década de 1930.5
Una broma infantil
Robert O’Byrne cuenta en su libro Desmond Leslie (1921-2001). The biography of an Irish gentleman (2010) que en sus últimos años de vida el aristócrata y ufólogo -fue uno de los fundadores de la revista Flying Saucer Review– recibió una carta de Stephen Darbishire, el niño que había fotografiado el platillo en Coniston en 1956. «Querido Stephen. Me encanta saber de ti otra vez; sabes que es extraordinario que todavía haya gente sacando fotos de los viejos platillos volantes… ¿Dónde encuentran esas pantallas de lámparas de los años 30? Creía que habían dejado de fabricarse», dice O’Byrne que le respondió Leslie.6
Tras leer la biografía de Leslie, contacté con Darbishire. No solo me confirmó la realidad de ese intercambio epistolar, sino que además reconoció que su pretendido avistamiento «fue una broma» que escapó de su control.7 Según él, cuando quiso echarse atrás, sus intentos por contar la verdad fueron ignorados por los adultos. A su juicio, como apunta la última carta que recibió de Leslie, el aristócrata sabía ya en 1956 que tanto su platillo como el de Adamski eran tapas de quinqués, como descubrió Joel Carpenter en 2012.
¡Ah!, en 1954, un año después de la publicación de Flying saucers have landed, Jerrold Baker negó haber fotografiado una nave venusiana, como sostiene Adamski en ese libro. «No hice la supuesta fotografía que se me acredita», dijo en una declaración jurada en la que indicó que la instantánea la había sacado el contactado.
Quinqué de los años 30 con cuya tapa creó George Adamski su famoso platillo volante.
Leslie, Desmond; y Adamski, George [1953]: Flying saucers have landed. Werner Laurie. Londres, 1954. Página 185. Versión española: Aterrizaje de platillos voladores. Indo-Hispana. Traducción de Ismael Diego Pérez. Ciudad de México, 1955. Página 222. ?
Baronel, Lon [1953]: «‘Space man’ displays concern over Earth’s scientific discoveries». Oceanside Daily Blade-Tribune (Oceanside). 6 de febrero. ?
Leslie, Desmond [1954]: «Un muchacho inglés de 13 años afirma que ha fotografiado un platillo volante». El Correo Español – El Pueblo Vasco (Bilbao). 23 de mayo. ?
Edwards, Frank [1967]: Flying saucers: here and now! Bantam Book. Nueva York 1968. Página 81. Versión española: Platillos volantes…, aquí y ahora. Plaza & Janés (Col. «Otros mundos»). Traducción de Adolfo Martín. Barcelona, 1975. Página 139 ?
Pier Domenico Colosimo (1922-1984) fue uno de los autores más populares de la primera hornada del realismo fantástico, el movimiento pseudocientífico nacido del éxito de El retorno de los brujos (1961), la obra de Louis Pauwels y Jacques Bergier. Periodista, bajo el pseudónimo de Peter Kolosimo, publicó en 1957 El planeta incógnito, donde habla de monstruos de todo tipo y de continentes perdidos. Siete años más tarde, en Tierra sin tiempo (1964), siguió abiertamente los pasos de Pauwels y Bergier con una nave alienígena estallando sobre Sodoma y Gomorra, investigaciones parapsicológicas en la Unión Soviética, el transporte de las piedras de la Gran Pirámide mediante levitación y visitas extraterrestres en el pasado. Luego vinieron Sombras en las estrellas (1966), No es terrestre (1968), Ciudadanos de las tinieblas (1971), Astronaves en la Prehistoria (1972)…
Casi cuatro décadas después de su muerte, el grupo de escritores italianos Wu Ming ha resucitado a Kolosimo como protagonista de Ovni 78 (2022). En la convulsa Italia de la segunda mitad de la década de 1970, con el secuestro y asesinato de Aldo Moro como telón de fondo, asistimos a la investigación de la desaparición de una pareja de adolescentes en una montaña mágica, a una oleada de avistamientos de platillos volantes, al día a día de una comuna jipi, a las pesquisas del periodista Martin Zanka –alter ego de Kolosimo, presionado por su editor para que escriba su próximo libro detrás de los extraterrestres– y a las andanzas de un grupo de jóvenes ufólogos a los que estudia una antropóloga.
‘Ovni 78’, de Wu Ming.
Wu Ming compone con estos mimbres una recomendable novela con incontables guiños ufológicos: el estreno de Encuentros en la tercera fase (1977), la veneración a Josef Allen Hynek –rebautizado como Allen J. Rynek–, las alertas ovni, los congresos, la ufología como una actividad masculina, la pretensión de algunos aficionados de cultivar su pasión con seriedad, los fanzines, las visitas extraterrestres como camuflaje de otras actividades humanas… Los que fueron jóvenes ufólogos en la España de la época seguramente se sentirán en la Italia de Ovni 78 como en su casa. Por lo menos, así me he sentido yo respecto a las aventuras de los miembros del Grupo de Investigadores, Ufólogos y Clipeólogos Asociados de Turín (GIUCAT), nombre rimbombante muy propio de aquellos tiempos tan ingenuos, y el ambiente que rodea su día a día en una Italia tan convulsa como la España recién salida de la noche del franquismo.
Wu Ming [2022]: Ovni 78[Ufo 78]. Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona. Anagrama (Colección «Panorama de narrativas», núm. 1.153). Barcelona 2025. 490 páginas.
Reseña publicada en Magonia el 17 de noviembre de 2025.
José Luis Babín, sobre un fotograma de ‘Ultimátum a la Tierra’.
El periodista Juan José Benítez hizo un revelación extraordinaria el 8 de febrero de 1976 en el programa La clave, del segundo canal de TVE. Dijo que su periódico, La Gaceta del Norte, tenía fotos que demostraban que los ovnis eran naves extraterrestres. Las habían sacado en Canarias, el 23 de octubre de 1975, «unos científicos» que habían concertado un encuentro con los tripulantes de esas «astronaves». Los testigos, añadió, eran de «toda confianza»: un astrónomo, ingenieros informáticos y electrónicos, fotógrafos, médicos… Él había visto las fotos. «Están en poder de mi periódico, en los archivos, y pueden disponer de ellas si mi periódico lo autoriza, por supuesto, en cualquier momento», invitó a los participantes en el programa.
Dirigida y presentada por José Luis Balbín, La clave se dedicaba cada semana a un tema de actualidad sobre el que se emitía una película y después había un coloquio. Aquella noche, el tema era «Los extraterrestres»; la película, Ultimátum a la Tierra (1951), de Robert Wise; y los invitados, John L. Acuff, Juan José Benítez, José María Casas-Huguet, Antonio Ribera, Fernando Sesma y Erich von Däniken. Tres ufólogos (Acuff, Casas-Huguets y Ribera), un periodista que escribía reportajes sobre platillos volantes (Benítez), un contactado (Sesma) y un autor de éxito que defendía que toda gran obra de una cultura antigua no europea se había hecho con ayuda extraterrestre (Von Däniken).
No había ningún escéptico en el plató porque, por aquel entonces, nadie abogaba en España por el análisis crítico de las afirmaciones de lo paranormal. Los más próximos a una postura racional eran Acuff y Casas-Huguet, pero ambos eran ufólogos creyentes: el primero dirigía el Comité Nacional de Investigaciones sobre Fenómenos Aéreos (NICAP) estadounidense y el segundo presidía el Centro de Estudios Interplanetarios (CEI) español.
La primera vez que Benítez sacó a colación las fotos canarias, la conversación derivó por otros derroteros. Pero, en cuanto tuvo oportunidad, el reportero insistió en que los citados «científicos» habían fotografiado en Canarias «con un material muy costoso, muy variado», cómo «del mar apareció algo» en respuesta una cita concertada con los visitantes, no especificó mediante qué sistema. Cuando Ribera le indicó que en aquel momento estaban hablando de si existían fotos de extraterrestres, Benítez dijo: «Yo tengo constancia de que en mi periódico hay tres fotografías concretas que pueden ser consultadas».
«Si tiene fotografías de seres extraterrestres que sean irrefutables, que no se puedan negar, que sean buenas fotografías, usted tiene el mejor reportaje desde que Jesucristo vino a la Tierra», comentó Acuff. Y preguntó: «¿Por qué no se ha publicado [esa historia] en todo el mundo? ¿Por qué está su periódico sentado encima del reportaje más importante de la historia?». Benítez dijo entonces que las fotos eran «muy recientes» y que habían sido analizadas en Madrid con resultados «altamente positivos», pero que su periódico era «muy serio» y se pronunciaría «definitivamente» cuando tuviera «las máximas garantías». «Lo que yo estoy diciendo -precisó- es que tenemos tres fotografías que consideramos que pudieran ser de seres extraterrestres, en pleno proceso de investigación. La procedencia es para nosotros de absoluta seguridad». De las fotos de marras, nunca más se supo.
La carrera ufológica de Benítez ha sido una sucesión de afirmaciones asombrosas, seguidas, en cuanto se le han pedido pruebas, de recogidas de velas no menos asombrosas. Lleva diciendo tiene pruebas de que los ovnis son naves extraterrestres desde que en 1975 vio algo raro en el cielo de Perú durante una excursión nocturna con un grupo de iluminados que decía estar en contacto con extraterrestres de Ganimedes, Marte, Calisto, Europa y otros mundos. Contactados como los que disfrazaba de científicos en el coloquio de La clave. Cincuenta años han pasado y Benítez sigue sin enseñar las pruebas. Si alguien cree que en su próximo libro, Están aquí (2025), va a hacer alguna revelación con un mínimo fundamento, su ingenuidad merece premio.
Nota publicada en Magonia el 15 de octubre de 2025.
Portadas de la revista ‘Planète’, de algunas de sus versiones internacionales y de ‘Nueva Dimensión’. Colección Luis Alfonso Gámez.
Hay cosas que durante años he dado por ciertas sin pruebas. Una es que el formato cuadrado de Nueva Dimensión (1968-1983), la considerada mejor revista española de ciencia ficción, fue una copia del de la francesa Planète (1961-1968), que mezclaba ocultismo, pseudohistoria, ciencia ficción y divulgación científica. Es algo que asumía sin haber hablado de ello nunca con nadie; solo por el peculiar formato de ambas publicaciones. Ahora sé que fue así, gracias a Mariano Villarreal y su Historia de la ciencia ficción española. Vol. 1. La era de los pioneros (1939-1969).
Planète nació a rebufo de El retorno de los brujos (1961), la obra de Louis Pauwels y Jacques Bergier que impulsó el llamado realismo fantástico, una realidad alternativa con visitas extraterrestres, civilizaciones desaparecidas y poderes paranormales. Dirigida por Pauwels, era una revista bimestral que llegó a vender en Francia más de 100.000 ejemplares y publicó cuentos de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Ray Bradbury, Jorge Luis Borges y H. P. Lovecraft, entre otros. Fue tal su éxito que contó con ediciones en España –Horizonte (1968-1971), dirigida por el ufólogo Antonio Ribera– y Argentina. Además, se publicó una colección de libros de realismo fantástico, divulgación y ciencia ficción con el mismo formato.
A finales de la década de 1960, Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil eran tres aficionados a la ciencia ficción que querían poner en marcha una revista comercial. Para ello, cuenta Villarreal en su libro, constituyeron Ediciones Dronte con un capital social de 300.000 pesetas. Explica el experto vasco:
Acto seguido, se pusieron en contacto con José Manuel Vergara, responsable de editorial Pomaire y gran aficionado a la ciencia ficción, además de editor especializado en libros de temática OVNI. Le consultaron si estaría dispuesto a distribuir una revista de de estas características y aceptó con la condición de que el formato fuese similar al de la francesa Planète, consagrada al realismo fantástico y cuya edición en español gozaba de un enorme éxito en Sudamérica, un mercado en el que esperaban vender parte de la tirada. Así nació Nueva Dimensión. (Villarreal 2025, 172).
Pomaire fue el sello español que publicó clásicos de la ufología como Los misteriosos platillos volantes (1958), de Aimée Michel; Los humanoides (1966), coordinado por Charles Bowen; El gran enigma de los platillos volantes (1966), de Antonio Ribera; y Fenómenos insólitos del espacio (1966), de Jacques y Janine Vallée. Martínez, Santos y Vigil también tuvieron que aceptar del editor la sugerencia de que «las páginas de la sección informativa tuviesen otro color», como pasaba en Planète.
Josep Maria Armengou
En aquella época, toda revista debía tener como director a un profesional del periodismo que se hiciera responsable de los contenidos ante las autoridades franquistas. Para Nueva Dimensión, Martínez, Vigil y Santos «encontraron un periodista dispuesto a firmar como director responsable a un precio razonable y sin meterse demasiado en la confección de los números» (Villarreal 2025, 173). El elegido fue Josep Maria Armengou, que en 1969 asumió también la dirección de la revista Algo, de la que había sido redactor desde 1963.
Armengou fue director de Nueva Dimensión y de Algo hasta diciembre de 1971, cuando le despidieron de la segunda por el giro que había dado a esa cabecera de divulgación científica. Un año después, lo explicaba así:
‘Historia de la ciencia ficción española. Vol. 1. La era de los pioneros (1939-1969)’, de Mariano Villarreal.
Mi entrada como director en funciones de Algo implicó el cambio de mentalidad de programación de la revista, y fue cuando di cabida primero a la sección de ufología, luego a la de parapsicología, posteriormente al hermetismo, sin olvidar el contacto con el lector a través de secciones como «Colabora el lector», «Cartas al director», etcétera. (Armengou 1972).
Según él, convirtió Algo en una revista «única en España» y triplicó su tirada, pero «a alto nivel empresarial» su enfoque disgustaba y, por eso, fue despedido, con todo su equipo. Meses después, lanzó Karma.7 (1972-2001), una revista centrada en lo que había desagradado a sus anteriores jefes. «Karma.7 no tiene ninguna relación con Algo. Ni como editorial, ni como dirección, ni como publicidad. Es más, en el campo profesional, en el periodístico, combatiremos a Algo hasta el límite de nuestras fuerzas», prometió en el número 1. Será la revista esotérica de referencia hasta el nacimiento de Mundo Desconocido (1976-1982) y aguantará en los quioscos hasta 2001.
Desde junio de 1972 –cuando se publica un número cero de Karma.7–, Armengou compatibiliza las direcciones de la revista esotérica y de Nueva Dimensión, aunque todo indica, como apunta Villarreal, que en la segunda se limita a poner el nombre. Respalda esta idea que no menciona a Nueva Dimensión ni en la presentación de Karma.7 a sus lectores ni en su libro Extrañas historias de un periodista (1974), donde solo hay una referencia a la revista de ciencia ficción en la contraportada y de pasada. Armengou siguió al frente de las dos publicaciones hasta enero de 1977, cuando fue relevado en ambas.
Los platillos volantes y Charles Fort
La de Nueva Dimensión y su primer director no es ni la primera ni la única conexión de la ciencia ficción española con lo paranormal. Ya en los años 50, el género -en especial, los bolsilibros- sufre la invasión de los platillos volantes con títulos como Los platillos voladores (1950), de J. M. Díez Gómez; Platillos volantes (1951), de Peter Debry (Pedro Víctor Debrigode Dugi); y El secreto de los platillos volantes (1953), de Juan Antonio de la Iglesia. Autores como Antonio Ribera y Juan García Atienza acabaran siendo más conocidos por sus devaneos con lo oculto que como pioneros de la ciencia ficción: al primero se le considera el padre de la ufología española, y el segundo es un referente de la historia mágica nacional.
Libros españoles de ciencia ficción y sobre el fenómeno de los platillos volantes de la década de 1950. Colección Luis Alfonso Gámez
Domingo Santos, a quien se considera «el padre de la moderna ciencia ficción española» (Villarreal 2025, 378), ya tenía relación con Planète de tiempos de Anticipación (1966-1967), un primer intento fallido de revista comercial de ciencia ficción que codirigió con Vigil y contó con una sección dedicada a lo paranormal. Anticipación, indica Villarreal, incluyó «un importante espacio» al realismo fantástico y publicó tres largos artículos sobre el fenómeno ovni «cuya autoría no fue acreditada, pero que se da por supuesto que fue obra del tándem Santos-Vigil» (Villarreal 2025, 152).
Además, Santos fue el traductor de la primera versión española de El libro de los condenados (1919) de Charles Fort, que publicó Rumeu en 1969 dentro de la colección «Esoterismo», que dirigía él mismo. «Charles Fort ha sido un precursor al hablar por primera vez, cuando aún nadie pensaba en ellos, de una serie de temas malditos que hoy ocupan las primeras páginas de muchas revistas y periódicos: platillos volantes, civilizaciones desaparecidas, visitantes extraterrestres», escribió Santos en el prólogo, un texto en el que reivindica la vigencia de la obra que estableció el canon paranormal (Santos 1969, 15).
Cien años después de la publicación de El libro de los condenados, su influencia en la cultura popular es incuestionable. Sin Fort, el primer ufólogo, no hubieran existido ni El retorno de los brujos –Pauwels y Bergier le tenían por uno de sus «más queridos maestros» (Bergier y Pauwels 1960, 151)-, ni revistas como Fate, ni series como Expediente X (1993-2018), ni programas de televisión como el Más allá de Fernando Jiménez el Oso, ni todos los productos culturales y del mundo del espectáculo que han seguido esa línea.
Referencias
Armengou, Josep Maria [1972]: «Ninguna relación con ‘Algo’». Karma.7 (Barcelona), núm. 1 (noviembre), pág. 5.
Bergier, Jacques; y Pauwels, Louis [1960]: El retorno de los brujos [Le matin des magiciens]. Traducción de J. Ferrer Aleu. Plaza & Jaés (Colección «Otros Mundos»). Barcelona 1972. 282 páginas.
Santos, Domingo [1969]: «Introducción». En Fort, Charles [1919]: El libro de los condenados[The book of the damned]. Traducción de Domingo Santos. Romeu, Editor (Colección «Esoterismo»). Barcelona 1969. 399 páginas.
Villarreal, Mariano [2025]: Historia de la ciencia ficción española. Vol. 1. La era de los pioneros (1939-1969). Dolmen Books. Palma de Mallorca. 416 páginas.
Nota publicada en Magonia el 29 de septiembre de 2025.
Si tienes una bitácora y escribes sobre ateísmo, ciencia, escepticismo, religiones desde un punto de vista ateo o como te afectan los mensajes de las religiones de tu entorno puedes publicar en este planet. Para ello escribe a redatea. Allí te aclararé cualquier duda que tengas.